Martes, 23 Octubre 2012 20:05

El día de Colón en el país de Colón

Escrito por Mauricio Ospina
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El 12 de octubre es la fecha para que Europa festeje y América llore. Ellos dicen que nos descubrieron, como si nosotros fuésemos un fenómeno de la naturaleza, como si nosotros no fuéramos conscientes de nuestra existencia hasta que ellos nos la hicieron notar. Aquí nunca hemos necesitado espejos para reconocer que existimos. Que ellos lo piensen no es lo más terrible; el desastre está en que los americanos también lo creamos. Los americanos nos vemos a través de la mirada del invasor.

Seamos piadosos con los saqueadores. Con un esfuerzo de nuestra amplia imaginación, adoptemos por un momento su posición. Con nuestros pies descalzos puestos en sus botas pudiéramos hablar de ciertos descubrimientos. Y lo que ellos realmente descubrieron fueron tesoros, tierras fértiles, mercancía, riquezas incontables que solventaron el afianzamiento del capitalismo. Su mirada estrecha sólo encontró objetos y recursos. Allí donde había gente, cultura, religión, Europa veía artículos de uso. Ojos invasores encandilados ante la abundancia, como si esta no tuviera dueño. Un continente compitiendo entre sí para tomar la porción más grande del botín.

Qué destino el nuestro

Nos bautizamos con sus nombres lejanos, nombres judíos, latinos y anglos. Practicamos las religiones que ellos nos impusieron con su aburrida catequesis. Adoramos a sus dioses moribundos y sus santos indolentes. Sujetaron nuestra lengua con su gramática y la aprendimos bien para que entiendan nuestros insultos –aunque preferimos usar la lengua para besar y cantar. Nos envolvemos con sus vestidos, nos organizaron a su medida y nos empequeñecimos al tamaño de su moral.

No soy nasa ni wayúu ni mapuche ni tupí; no soy un nativo americano mas soy americano. Desde aquel amargo 12 de octubre, este continente es cosa diferente de lo que era: es la nueva casa para todos los pueblos del mundo. Mi bella madre América fue violada por mi canalla padre español; somos los criollos, los hijos bastardos; tal es mi linaje de vástagos abusados, herederos de la infamia hasta que de ella nos libraron nuestros rebeldes cuando cometieron el justo crimen del parricidio.

Nuestra verdadera historia, la que verdaderamente podemos llamar nuestra y es la que narra el destino en nuestras propias manos, comenzó hace 200 años, cuando de nuestro pueblo esclavo surgieron hombres y mujeres libres. Sólo a partir de allí podemos iniciar el relato de la historia americana –antes de esto hay otra historia que debe ser recuperada y tejida a la nuestra. Lo que esos viejos rebeldes lograron con la independencia política de nuestras comarcas fue la fundación de una nueva América. Si bien nuestras independencias son una libertad parcial hecha a la medida del pensamiento europeo –como ha sido siempre, ellos piensan y nosotros hacemos–; si bien la independencia no es aún libertad, sus luchas abrieron el camino a ella. Para completar aquella proeza, nosotros, las gentes de hoy, debemos persistir en nuestra lucha y nuestro trabajo en el campo político, económico, cultural e incluso religioso.

América debe pensarse a sí misma. De este suelo nutritivo a todas las semillas también brotaran vigorosas filosofías. Debemos romper con las taras y los paradigmas que el colonizador implantó en nosotros. Cuando nos emancipemos de ellas como sociedades y como individuos, ganaremos mayor carácter en nuestras identidades. Es posible que en esa búsqueda encontremos nuestra medida del tiempo, o decidamos nuestro propio nombre y nuestra propia forma de organización. ¿Por qué vivir en un calendario defectuoso que inventó Roma en lugar de la lectura exacta de las estrellas que hicieron los pueblos precolombinos? ¿Por qué seguir llamándonos con el nombre de un navegante florentino? ¿Por qué continuar dividiendo nuestros pueblos en Estados? ¿Por qué concentrarnos en ciudades con moldes extranjeros?

Aquellas y otras aceptaciones nos acarrearon la historia escrita por mano ajena; sin embargo, llevaremos nuestro nombre de América y contaremos los años y las eras como se lleva una cicatriz sobre la piel. Nuestras fronteras –quizá ni haga falta borrarlas– se desdibujan finalmente como polvo bajo los pies de quienes las cruzan cotidianamente como si no estuvieran ahí. Ellas existen para remarcar nuestras similitudes, como juego didáctico de la imaginación, a lo sumo como ejercicio protocolario. Nuestros límites son débiles –y deben serlo aún más– para mantener a raya nuestros abrazos. Y acerca de nuestro urbanismo, yo me lo tomo con mayor seriedad y replico la queja del uruguayo Pedro Figari: “Las urbes se han hibridizado. Hay parises, madrides, romas, vienas y hasta berlines por estas comarcas, en tanto que la ciudad americana, de pura cepa, y aun de media cepa, está por verse; y hasta parece ser de realización utópica”1.

Es tiempo de que América sea descubierta por los americanos; y en cuanto suceda, esta será la tierra donde se cumplan las utopías. Unirnos los pueblos americanos, romper con los meridianos de poder colonizadores, romper con el lazo que tantas veces ha sido nudo en nuestro cuello ¡Cambiar nuestro centro, crear muchos centros en nuestra América! Nuestras letras deben ser libres, nuestro arte debe ser libre, nuestra filosofía debe ser libre; nuestra política, nuestra economía, y aprender nuestra historia primero.

Nuestra independencia no puede ser una simple administración política manipulada por algunas familias de buen nombre que trafican mafiosamente con el seudopoder robado al pueblo. Nos negamos a una independencia con soberanía de cartón para pose ante las cámaras y vitrinas, para la presunción de la oligarquía criolla; una independencia endeble cuando el poder se sustenta ahora sobre la economía. América debe enseñarle al mundo el orden estricto: es la política lo que debe gobernar la economía; es la filosofía el punto de partida de toda política verdadera y debe ser el amor el empuje de nuestra filosofía.

Basta de conocer a la Amazonas por Nat Geo, al Caribe por agencias de turismo, a la Patagonia por postales y revistas, a México por telenovelas tediosas, a las Antillas por los informes meteorológicos ¿Por qué sabemos más de Miami que de Quito, por qué sabemos más de París que de Rio, por qué sabemos más de Londres que de Santiago? América debe ampliar su diálogo; nuestras naciones, nuestros pueblos, deben conocerse todavía más, intercambiar todavía más, problematizar nuestra realidad común.

Homenaje a lo nuestro

Si queremos celebrar a nuestros rebeldes, olvidemos el patriotismo anual con sus perezosas fechas festivas y las fachadas tricolores. Por su memoria, por sus vidas, por nuestro futuro, continuemos la lucha por la libertad. Creer que somos libres es el peor error de nuestro tiempo, error que nos encadena de vuelta al servicio de nuevas coronas y bandas de poder ¡El mayor homenaje a nuestros héroes esta en superarlos!

El invasor moderno ya no necesita cruzar el océano para llegar a nosotros; el invasor de hoy está en nuestra propia tierra, presionando sobre nuestras fronteras; intenta despojarnos incluso de nuestro nombre común, apropiárselo para el solo. Pero hoy también ese invasor, que se mantuvo puro y se cuidó de conservar sus rasgos étnicos intactos, está padeciendo de lo que hace más extraordinaria a América: el mestizaje. Ni siquiera el avance arrasador de las 13 colonias fue incapaz de mantenerse intacto. En el seno de las metrópolis yanquis continúan creciendo sus minorías; en sus propias tierras se amalgaman cientos de pueblos del mundo; los castizos se resisten a ver contaminada su gran nación pero ignoran que este mundo no está hecho para purezas. El mestizaje salvará a Estados Unidos.

Hasta tal día somos lo que acordamos en llamar América Latina, término de eurocentrismo desfachatado e impreciso ¿Se entenderá un ciudadano afrancesado de Quebec con un francés isleño de Martinico, tanto o más que como lo haría un hispanohablante cubano? En el lenguaje aún hacen falta mil batallas de emancipación, nuestro nombre nace de la ambición hegemónica de los países subdesarrollantes. Debemos incluir a los otros pueblos también colonizados y de habla anglosajona; debemos nombrar a los pueblos originales dueños eternos de estas tierras y esta agua; debemos hallar un nombre que nos describa más allá de los referencias lingüísticas y de la falsa genética de una raza desaparecida; debemos encontrar un nombre que no reseñe las lenguas romances sino el espíritu de nuestras palabras, alzar la vista hasta lo más lejano del horizonte cultural de nuestra patria grande; tenemos el desafío de hallar un nombre que describa al conjunto multicolor de naciones cuyo pasado no viene únicamente de Europa porque viene también de África, del Medio e incluso del Lejano Oriente, y, cómo no, una voz enterrada y silenciada aquí mismo en nuestro suelo que no espera ser exhumada, pues ella sube por las raíces de los árboles y se despliega con la agitación del viento cuando mece sus copas.

Parece ilógico que este llamado a la unión latinoamericana surja desde el país de Colón, el país que está sumido en el peor conflicto interno de la región, conflicto que a la vez nos ha atrasado y nos ha truncado parcialmente la participación en importantes dinámicas de Latinoamérica; un conflicto que tiene como mayor mal propiciar la intervención del Tío Sam. O quizás es precisamente esta realidad lo que le exige a este desprestigiado país que replique los deseos americanistas de grandes figuras y pueblos ejemplares del pasado y el presente continental.

¿Y qué será América para el mundo? Como el autor de la raza cósmica, “creemos en nuestra América no tanto por lo que es sino porque los otros han traicionado el propósito universal, humano. Y nuestra América, especialmente ante el fracaso yankee, es la única esperanza del hombre. ¡Ay de las gentes, todas, si también fracasamos nosotros!”2.

No deseamos la derrota ajena; nuestro triunfo es el triunfo humano. No seremos una sola voz americana sino la sinfonía donde armonizarán todas las notas, todos los instrumentos. No queremos ser un continente monocromo; queremos el contraste de todas las pieles; ser puerto libre para todos los mitos, todos los cuentos, todas las danzas, todas las comidas. Somos el continente que le enseñará al mundo que el ser humano se enriquece cuando lo comparte todo.

Recordar no es resucitar el pasado. No buscamos revancha ni justicia porque sabemos que no les alcanza para pagar el daño. Queremos ser arquitectos del mundo y robar su admiración. Ante el viejo y el nuevo colonizador, América continuará resistiendo a su extinción, y luchando por su libertad y su autonomía. Ante un mundo occidentalizado y dividido, América propone un mundo sensible y fraterno. Quien rompa este contrato será deglutido. “Sólo la antropofagia nos une”3. ¡Abrir nuestras fronteras para que bailen nuestros pueblos en la fiesta de la revolución!

1 Pedro Figari. “El gaucho”, publicado en la revista Pegaso 10, abril de 1919.
2 José Vasconcelos. “Palabras iniciales”, publicado en la revista La Antorcha 1, abril de 1931.
3 Oswald de Andrade. “Manifiesto antropófago”, publicado en Revista de Antropofagia 1, mayo de 1928.

Información adicional

  • Autor:Mauricio Ospina
  • Edición:185
  • Sección:Persistente memoria
  • Fecha:Octubre 20 - noviembre 20 de 2012
Visto 7742 vecesModificado por última vez en Miércoles, 24 Octubre 2012 10:55

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