Domingo, 24 Febrero 2013 16:34

Una idea escandalosa y peligrosa

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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"Verdad" ha sido una de las ideas, formas de vida, prácticas y problemas más manoseadas en la historia de la humanidad occidental. Si alguna vez fue una joven lozana y pulcra, poco queda hoy, según parece, de ello, pues ha sido aprovechada por cuanto bando e interés, fuerza y poder ha existido. Forzada, maltratada, ultrajada, manoseada, violentada y violada, y luego, mil veces más, puesta a resguardo, encerrada y confinada a cuidados distintos –sin que nunca la hayan podido eliminar, aún cuando siempre se lo ha pretendido. Al cabo del tiempo, aprendió a volverse altiva, conoció a los hombres, y por qué no, se aprovechó de ellos, por todo lo que le han hecho. Y siempre permanece atractiva, lasciva, conocedora, experta y algo pura, en el fondo.

 

La historia de Occidente es la historia de la sustantivación de "verdad" como "la verdad", como si hubiera una única verdad. Sin embargo, desde la antropología, M. Détienne ha puesto ya en claro que en la Grecia arcaica sólo se decía "verdad"; es sólo a partir de la Grecia clásica que se sustantiviza, y ese proceso se acentúa a partir del triunfo de la cristiandad con el emperador Justiniano. Todavía en Platón los diálogos no terminan, y "verdad" no es, en absoluto, un punto de partida, puesto que nadie es poseedor de ella y sólo, al final, si acaso, se arriba a la misma.

 

Que "verdad" sea un punto de llegada –¡cuando lo es, en el mejor de los casos!–, significa claramente que su espacio se encuentra lejos del sentido común, que es por definición acrítico. Al respecto, bien vale la pena recordar que tradicionalmente todas las políticas más conservadoras han hecho –abierta o tácitamente– el elogio, o se han fundado en el primado, del sentido común. "Verdad" es el resultado de procesos de crítica, de reflexión, de debate y pollemos (en griego). "Verdad" es una conquista, y no una bandera que abre un territorio o que anuncia un ejército, como tradicionalmente ha sido el caso.

 

Con la cristiandad, el predominio de las tres religiones monoteístas como fundantes de Occidente, y el advenimiento del Estado nacional, la historia de "verdad" es sujeta a manejos pontificiales o de autoridad. Son los vaticanos, los avignons, los washingtons o los moscús, por ejemplo. En rigor, "verdad" que está sujeta a fuerzas e intereses, fuerzas y poderes. Y entonces, claro, se vuelve única. "Pensamiento débil" lo llama, con mucho acierto G. Vattimo.

 

En un mundo axiológicamente plural, caracterizado por una diversidad de culturas y civilizaciones, en las que ya el saludo "orbis et orbe" (todos los caminos conducen a Roma), en el que la diversidad, la alteridad y la diferencia se encuentran, manifiestamente, a la orden del día, a plena luz, sobre la mesa, la noción de pluralidad de verdades no debe ser ajena. Y sin embargo, es fundamental atender al hecho de que la pluralidad de verdades no significa, en absoluto, relativismo. Por consiguiente, no es cierto que cada verdad dé lo mismo. El tema tiene, manifiestamente un carácter agónico –en ello nos va la vida misma.

 

Es un lugar común reconocer que verdad es la primera víctima en toda guerra; pero en realidad, es la primera víctima en todo conflicto. En medio de los conflictos de toda índole (¿no era Marx quien decía que la violencia es la partera de la historia?) el trabajo en torno a verdad es, en últimas, el trabajo mismo en torno a la vida. Vida que es plural y diversa. Diversidad genética, diversidad biológica o natural y diversidad cultural. Para países como Colombia, por ejemplo, el tema es de la más alta importancia dada la megadiversidad existente en el territorio nacional.

 

Con seguridad, si la univocidad de "verdad" es peligrosa, la multiplicidad vacía y el relativismo son igualmente perjudiciales, pues ambos le hacen el mismo juego a la opacidad, la ausencia de transparencia, la autenticidad. Una cosa y otra se traducen como asimetrías de información, toma de decisiones amañadas, cooptación del sector público por el sector privado en beneficio propio, corrupción, inequidad, violencia sistemática y sistematizada.

 

De acuerdo con la lectura particular de Heidegger, la historia de "verdad" coincide con la historia misma de "ser". Así, lo que es verdadero es, por definición, aquello mismo que es –según el caso. Sólo que ésta es una historia de ocultamiento y desocultamiento (Verborgenheit/Unverborgenheit). Pero la realidad no es que a "verdad" le gusta ocultarse y desocultarse –juguetear y coquetear, digamos. Es que los procesos de interpretación de lo que es o pueda ser verdadero han sido tradicionalmente juegos de poder y contrapoder; movimientos pendulares, si se quiere (la cual es en realidad una expresión difusa e imprecisa).

 

A la voluntad de verdad, que es voluntad de poder, como sostenía Nietzsche, el filósofo contraponía la voluntad de vivir –voluntad de vida, digamos. Esto quiere decir, sencillamente, que "verdad" no puede superponerse como un valor supremo o más elevado que la vida misma. Por el contrario, es la vida misma la que le otorga sentido y significación a lo que pueda ser verdad en un momento y un lugar determinado. Como lo recuerda, por ejemplo, la película En el nombre del padre (1993, dirigida por Jim Sheridan), si un sacerdote debe mentir para salvar la vida, la mentira es bienvenida y justa.

 

En efecto, ante la idea de valores y principios incólumes e inmaculados –entre los cuales "verdad" ocupa un lugar propio y destacado– la afirmación, el posibilitamiento, la gratificación, la exaltación, la dignificación y la calidad de la vida se imponen como principio, valor, actitud y acto primero. Sólo que la vida es un fenómeno plural y diverso que no puede ser reducida a un solo tono o color. La maravilla de la vida estriba en su polifonía y cromatismo –los cuales le otorgan visos y matices a "verdad", pero nunca relatividad en el sentido trivial y banal de la palabra.

 

Al fin y al cabo, en nombre de una u otra verdad determinada se han emprendido guerras y masacres de todo tipo. Es contra esta historia que la afirmación y el cuidado de la vida se erigen como un cambio de la historia precedente, y de algún tipo de cosas actuales, en boga.

 

Existe, manifiestamente un pluralismo lógico, y ya no es posible, por consiguiente, una canónica del pensamiento. No hay una verdad única. Pero tampoco hay que banalizarla hasta el punto de vista de cada quien, según circunstancia y amaño. Al fin y al cabo, lo contrario de la noche no es el día, de la misma manera como lo contrario de la belleza no es la fealdad –sino la normalidad.

 

* Profesor Titular Universidad del Rosario.

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Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • Edición:188
  • Sección:Opinión
  • Fecha:Febrero 20 - marzo 20 de 2013
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