Viernes, 22 Marzo 2013 08:04

Chavéz: la realidad de un mito

Escrito por J. MAURICIO CHAVES-BUSTOS / DAMIÁN PACHÓN SOTO
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Chavéz: la realidad de un mito

Hace unos pocos meses, cuando todo el mundo especulaba sobre la enfermedad y el verdadero estado de salud de Hugo Chávez, el escritor colombiano William Ospina causó polémica al afirmar que el líder venezolano estaba a las puertas de la mitología. Desde luego, en el sentido de Ospina, y en el nuestro, el mito aquí no se refiere a esa etapa previa a la filosofía que ha impuesto las lecturas eurocéntricas, ni tampoco a las cosmovisiones de las miles de culturas del mundo que han estudiado los antropólogos. Nos referimos a una realidad, a un símbolo actuante, efectivo, a un aura, a una estela que se queda en el tiempo, etcétera., que crea una persona alrededor de sí, en su entorno, ya sea por su origen, por sus obras o por su legado. Y en el caso de Hugo Chávez, eso fue precisamente lo que ocurrió.

 

El pensador ruso Aleksei Losev (1998), parte de la base de que el mito es una categoría del pensamiento y de la vida, trascendentalmente necesario, "es la realidad auténtica y concreta al máximo". El mito, para quien lo vive, no es pues una falsa conciencia o una falsa representación de la realidad, es una realidad viviente, material, que se cala en la vida diaria de las personas, que alumbra el sentido del mundo, de la praxis, de los fines de la acción humana; el mito es algo que condiciona nuestras vidas, que se hace presente en ellas, es algo que llevamos puesto, como somatizado. El mito no es "el ser ideal sino la realidad material vitalmente sentida y creada".

 

Pero, ¿cómo se crea el mito?, ¿dónde tiene su origen, por ejemplo, Chávez como mito? El mito en este caso se crea en vida, toma forma por el personaje. Y es creado inconscientemente, pues nadie puede elegir convertirse en un mito o no, esto es algo que le sobreviene. Son los actos y las obras mismas las que van produciendo de manera paulatina su génesis. En el caso de Chávez, el mito empieza con una acción heroica cualificada: el intento de Golpe de Estado al gobierno de Carlos Andrés Pérez. No es una acción cualquiera sino que tiene una pretensión ética: la lucha por la dignidad, la justicia, la libertad, la autonomía nacional. Pero ésta acción heroica, moralmente cualificada, se va grabando en el pueblo, en las masas. Y así se da un segundo paso: un proceso de identificación con el héroe, pues este encarna, no una quimera, sino las necesidades vitales mismas del pueblo o de una parte de él; él héroe los representa. En tercer lugar, el proceso autopoiético (auto-productor del mito), cuando ha logrado la adhesión, la identificación, lleva a la conexión de la nueva realidad mítica con mitos del pasado: es una forma de legitimar el nuevo mito. Por eso Chávez legitimó su proyecto ético de sociedad con la identificación con héroes como Miranda, Bolívar, Martí, El Ché. Y esto hizo que el mito se cualificara más y adquiriera aval histórico. En este caso, los muertos se pusieron al servicio de los vivos, la historia legitima el presente, legitima el proyecto, legitima más el mito: los héroes del pasado inspiran al héroe de hoy: Bolívar y su proyecto de unidad latinoamericana legitima el proyecto del Alba.

 

En todo este proceso, el nuevo héroe, el nuevo mito, comienza a exaltar su nueva lucha, muestra sus fracasos como victorias, muestra que el proyecto tiene en sí mismo algo de providencial que ni aún un golpe de estado auspiciado con participación del Imperio puede impedir su realización, la concretización de la Revolución Bolivariana; muestra una especie de triunfo anticipado garantizado por la fuerza del mito mismo. Todo esto sucedió con Hugo Chávez. Él ya era un mito en vida para muchos, no porque él lo hubiera decidido, sino porque el mito había sobrevenido como acontecimiento, como resultado de un cúmulo de eventos. En este caso, lo que empezó como una acción heroica, con un momento fundacional, lo que se corroboró con 14 años de gobierno, consolidó un mito que se fortalece más con lo trágico. No se puede negar: lo trágico juega un papel fundamental en el mito. Es así en los mitos más conocidos de la antigua Grecia, pero también lo es la muerte de Bolívar, la de Martí, la de El Ché, la de Camilo Torres. La muerte trágica de Chávez lo convierte en un mártir, y ser mártir es casi una condición del héroe, de lo heroico, pues implica el sacrificio, el desprendimiento, el darlo todo por los ideales, por el pueblo, por las ideas consideradas justas.

 

Muchos se asombraron al ver los ríos de gentes que acompañaron al Comandante, en su último paseo por una populosa avenida caraqueña, gentes venidas de todo el país, muchos latinoamericanos y más de 30 Jefes de Estado, comparable a la despedida de líderes religiosos, principalmente, cuando no a la partida de los millonarios acumuladores de capital o estrellas del cine o del Jet Set.

 

Lo curioso, es que si se repasa la vida del Coronel Hugo Chávez Frías, se entiende que poseía un carisma que hasta sus propios detractores admiraban y comentaban; desde la Escuela de Cadetes Chávez figuraba y sobresalía entre los demás, luego alcanza la presidencia constitucionalmente por 14 años, hasta que irrumpió la muerte. La curiosidad que despertó entre los contradictores la presencia de la multitud despidiendo a su líder, se entiende en la medida que no pudieron o no quisieron ver la realidad de un Chávez capaz de mantener a una audiencia por más de 9 horas, o de ver una Caracas vertida de púrpura cuando de acompañarlo se trataba. Cuando la intentona de Golpe, que pareció más un chiste montado por unos cuantos burgueses capaces de sobornar a unos cuantos, el país se conmocionó y sobrevino una crisis que fue contenida únicamente ante la voz del camarada que sabía como llegarle a su pueblo. Y aquí es necesario resaltar un cuarto aspecto. El mito Chávez no es posible sin su carisma. Entendido éste como nos lo recuerda Max Weber en Economía y sociedad: "la cualidad, que pasa por extraordinaria [...], de una personalidad, por cuya virtud se le considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, o por lo menos específicamente extra-cotidianas y no asequibles a cualquier otro, o como enviados de dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía, o líder". Eso era y es aún Chávez para la mayoría de las clases populares de Venezuela, así se lo representaron.

 

La realidad que funda el mito, el de Chávez, se refuerza con la muerte. Otra cosa es la venda que muchos se impusieron en sus ojos para no querer ver la realidad o el milagro que se estaba dando en Venezuela, que trascendió las fronteras y se extendió a Ecuador, Argentina, Bolivia, Nicaragua y a otras partes del mundo, pues el socialismo del siglo XXI no era sólo una propuesta latinoamericanista, también era tercermundista. Los medios, particularmente los colombianos, y los que el propio Chávez denominó los de los ejes del imperio, trataron de ocultar esa realidad, y entonces trataron de construir un comediante, un Jefe de Estado que improvisaba rancheras, que era callado por un rey que caza elefantes y que mantiene a su país en la peor crisis de los últimos tiempos, un personaje que se persignaba en el recinto de la ONU y que afirmaba que Bush había dejado una estela de azufre, un payaso que retaba a su entonces homólogo colombiano, el supuesto mesías, dando albergue a miembros de las farc-ep.

 

Pero siendo el mito una realidad, la imagen que quisieron construir las élites derrotadas, añejas en su propia podredumbre, los medios que sustentaban esas élites, los poderes avenidos del narco-capital, los títeres y conmilitones de un imperio que cada vez muestra más y mayores debilidades, esa imagen sucumbió y se impuso la que tienen millones de venezolanos, los desposeídos, el pueblo llano, los tradicionalmente excluidos, los de abajo, los subalternos, la que tienen los visionarios de una Latinoamérica co-construida bajo los preceptos de la solidaridad responsable, la cooperación entre las naciones, la imagen del mito padre, libertador e integrador, esa es la que se impuso, en la medida que concretiza la realidad de muchos, de millones de personas que realmente ven y vieron en Chávez un verdadero milagro. Sí, Chávez movilizaba, era como si supiera lo que alguna vez dijo Sorel, el teórico de la violencia: las masas se mueven no por la razón o la ciencia, sino por los mitos.

 

Los detractores del mito quisieron mostrar una Venezuela en crisis, anotando que Pdvsa dejó de producir petróleo, que la producción interna decayó notablemente, que los índices de importación de alimentos aumentaron de manera considerable, que la economía muestra altos índices de inflación, que no sembró el petróleo. que muchos venezolanos –generalmente los dueños de capital–, debieron salir de su país y asentarse, como los sin patria cubanos, en la cálida y fértil Miami.

 

Son simples palabras. La realidad se impone y el mito entonces aparece y se fortalece, cuando la propia ONU y la Unicef muestran que bajo el gobierno de Chávez los índices de escolarización alcanzaron un 93%, que más de dos millones de jóvenes estudian en la universidad, así como el aumento de atención y asistencia médica, que la tasa de natalidad disminuyó en un 50%, que la tasa de pobreza pasó de un 42,8% a un 26,5% y la tasa de extrema pobreza de un 16,6% en 1999 a un 7% en 2011. Esta es la realidad del mito que no se impone sólo con su muerte, sino que sobreviene gracias a un modelo económico, político y social fundado en la justicia social y la solidaridad, particularmente sobre aquellos que más lo necesitan. Los mitos son populares, duraderos, contienen y guardan anhelos y verdades, deseos, utopías: así como El Ché, Gaitán, Allende, por eso, y pesé al deseo de muchos, con Chávez simplemente se comprueba la identificación de millones de personas con un ser capaz de trascender a su propia realidad para volverse, desde mucho antes de su muerte, en un verdadero mito.

 

Sir. Francis Bacon, el filósofo inglés, padre de la filosofía experimental, decía que "La muerte nos abre el camino de la fama", pero habría que agregarle, no sólo de ella, sino también de la inmortalidad, y de hecho, mucho más, cuando esa muerte refuerza un mito, uno que es una realidad viviente y que puede ser el motor de la construcción de la utopía, del diseño y la configuración de nuevas realidades.

 

J. MAURICIO CHAVES-BUSTOS, Filósofo y escritor.

DAMIÁN PACHÓN SOTO, Profesor de Teorías y Filosofía Política, Universidad Santo Tomás y Nacional de Colombia


El decisionismo de los gestos

 

Por Alberto Verón


No sé que estarán pensando Slavoj Zizek, Toni Negri, Diego Maradona, Emir Kusturica, Sean Penn. Al menos para mí y algunos otros inadaptados de nuestra generación, la figura de Hugo Chávez representará la de un extraño personaje lleno de condecoraciones en el pecho, de timbre caribeño y voz marcial que ascendió al mundo de lo público acompañado por las cámaras de la televisión que mostraron, al principio de la década de los noventa, un joven militar que hablaba en términos políticos y que exhortaba al rescate de la palabra “patria” de las manos de las antiguas cúpulas políticas tradicionales latinoamericanas, representadas en el nombre de Carlos Andrés Pérez, a quien dio un golpe de estado despuntando la década de los años noventa.

 

Pero con el tiempo, ese mismo militar que despertaba la desconfianza de quienes lo asociaban en su rol con la de aquellos dictadores de los años setenta en el cono sur empezó a realizar unos gestos inéditos que recordaban a los de Fidel Castro en los sesenta o Perón en los cincuenta. Para quienes nacimos acostumbrados a una clase política cuyos gestos, eran los de unos gerentes que trataban a sus gobernados con la distancia y desconfianza que los jefes tratan a sus trabajadores, el de Chávez fue un lenguaje caliente, emotivo, cercano, y cuando uno observaba su rostro, se encontraba con el del mulato caribeño apasionado y no el del criollo blanco ansioso de ser reconocido por sus “pares blancos” del hemisferio norte. Chávez, poseedor de eso que Weber llamó el “carisma”, una mezcla de astucia innata popular y atrevimiento aventurero se empezó a ganar la simpatía de toda una generación que sentía una tristeza melancólica por los mitos revolucionarios de izquierda, de líderes mesiánicos, que en el ostracismo de una vida sometida a la visión de mundo individualista norteamericana, guardaba nostalgia por un discurso disidente.

 

Así de nuevo, bajo el nombre de “Chavismo” se construyó un sentimiento más emocional que filosófico, fundamentalmente anti-hegemónico, que puso en el centro del debate político a América Latina y que en respuesta al llamado “fin de la historia” o “fin del comunismo” de finales de los años ochenta puso en escena el “otro mundo es posible”, un sentimiento que no era precisamente el que representaba a los triunfantes Reagan, Thatcher, “Chicago boys” y “neoliberales” sino que contrariamente disentía y realizaba empatías con los proscritos del discurso reinante: el llanero, el afrodescentiente, el habitante de las periferias.

 

¿Fue decisionista Chávez? No sé. Se lo dejo a los estudiosos de la política. Pienso que tomó partido, habló a nombre de ese “pueblo” latinoamericano olvidado, de tez oscura o morena o indígena y se vistió de ellos, de los más pobres y se apalancó en ese lenguaje redentor y mesiánico de izquierda que se creía “muerto y enterrado” y lo volvió a sacar, y se lo tiró en el rostro al llamado “Imperio”, y atacó a las grandes y pequeñas burguesías y propietarios venezolanos y con esas acciones se ganó su odio. Fue esa su decisión. Pero con ella, con sus gestos, equivocados unos, acertados otros, nos puso a pensar, nos sacó del tedio de reverenciar lo impuesto e instituido e hizo del actuar político algo cercano y humano. Falta saber si como en V de Venganza, “V” seremos muchos.

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Información adicional

  • Autor:J. MAURICIO CHAVES-BUSTOS / DAMIÁN PACHÓN SOTO
  • Edición:189
  • Sección:Testimonio
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