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Viernes, 23 Mayo 2014 10:14

La otra mirada de Gabo

Escrito por M.G. MAGIL
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La otra mirada de Gabo

Si bien la necrofilia es uno de los vicios más inhumanos de la distinguida sociedad colombiana y de sus instituciones, hay situaciones en que saben aprovechar esos momentos de dolor para reivindicarse a cuenta de la memoria de la persona fallecida. Rebasando el oportunismo de su necrofilia, eso fue lo que sucedió recientemente con la muerte del Premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, sin desconocer que muchos de los que se refirieron al nuevo viaje que inició Gabo el pasado mes de abril, realmente fueron personas que tuvieron una cercanía, y con los que el autor de Cien años de soledad mantuvo una afectuosa amistad.

 

Lo cierto es que entre la proliferación de artículos y reportajes realizados acerca de la muerte del Nobel, muy pocos logran un análisis objetivo de la figura del colombiano más destacado del siglo XX, y sobre el cual considero aún no se logra tener una visión serena de lo que significó su paso por este mundo ancho y ajeno, parodiando la novela del escritor peruano Ciro Alegría; él sí, muy cercano al pensamiento del realismo mágico macondiano, alejado de toda clase de lagarterías y tráfico de influencias, algo que en Colombia parece un mal endémico, tan perjudicial o más que el narcotráfico.

 

Sin olvidar la importancia literaria de su obra, es necesario rescatar lo no mediático del intelectual controvertido, que en la primera etapa de su vida no sólo fue un periodista que manejó una ética y mantuvo una actitud crítica frente a lo que ocurría en Colombia y en el mundo, sino que incluso, cuando tuvo recursos, intentó sacar un medio periodístico alejado de la clase política tradicional, que al darse cuenta de la importancia del autor, hizo todo lo posible por granjearse su amistad y algunos de ellos no dudaron en ayudarlo, tal como salieron a recordarlo después de su muerte.

 

Es de señalar que en la década del 70, cuando apenas comenzaba su éxito editorial, no dudó en invertir para un medio de comunicación como lo fue la revista Alternativa; tal vez el intento mejor logrado de periodismo investigativo conocido hasta ahora en el país, pero quienes fallaron fueron los aliados; también la falta de una oposición unificada que acompañara aquel proyecto periodístico, al que Gabo le apostó y en el que contó con la colaboración de los más destacados pensadores del momento, como el maestro Orlando Fals Borda, el poeta Nelson Osorio Marín, Arturo Alape, entre otros; que terminaron chocando con quienes dirigían la revista. No sé si a él le informaron de lo que en verdad ocurrió, pero durante casi un año estuvo saliendo la revista de quienes eran directores, con el nombre de la misma, y la publicación paralela Alternativa del Pueblo, en la que escribían los que hicieron parte del equipo de redacción, bajo la dirección del maestro Fals Borda.

 

Por muchos fue conocida la decisión de García Márquez de donar la cuantía del Premio Rómulo Gallegos al MAS de Venezuela, un movimiento político de tendencia socialista que apenas comenzaba y del que escasamente queda el recuerdo. Los intentos por crear una publicación en Colombia siempre le preocupó al Nobel; el último sería la revista Cambio, y los aliados de nuevo fallaron, porque iban contra los principios ético periodísticos que tanto inculcó en los talleres de redacción en que participó. En esta última publicación la alianza fue más maquiavélica al nombrar como director a un promotor del modelo neoliberal, un ex ministro de telecomunicaciones que durante su ministerio criminalizó la protesta social y mandó a la cárcel a los trabajadores de las telecomunicaciones por oponerse a la privatización de Telecom, acusándolos de terrorismo y sabotaje a las instalaciones de la empresa, cuando el verdadero apátrida era él y el gobierno neoliberal en el que fungía de ministro.

 

La generosidad y compromiso de Gabo los colombianos pudieron apreciarlos en su columna del diario El Espectador. En una de ellas, escrita en 1981, se refiere a una polémica desatada en Colombia y que traspasó fronteras, cuando un joven autor reclamó a una editorial española el 10 por ciento que estipulaba la Ley de Derechos de Autor del Código de Comercio colombiano y que era lo estipulado por la Unesco. La editorial en cuestión, se negó y prefirió que el reclamo llegara a juicio antes que acogerse a la ley; antes que tener que darla razón al desconocido autor al que acababan de otorgarle el Premio Nacional de Novela colombiana. Fue un debate difícil, hasta cuando Gabo escribe en aquella columna un artículo en el que, sin mencionar al autor, deshilvana el nudo gordiano sobre derechos de autor, después de meses de debate acerca del justo reclamo del joven escritor.

 

La inmensa mayoría de los colombianos se pregunta por qué su Premio Nobel no volvió a vivir en el país; quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo un poco, saben que a pesar de ser una persona tan influyente en la opinión pública, quería evitar a esta clase política corrupta, la que prefirió dejar filtrar las instituciones del Estado por la narco parapolítica antes que permitir un gobierno cuya prioridad fuera la paz con justicia social. Para conseguirlo, han procurado eliminar al contradictor político, en magnicidios impunes como el de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, e incluso Luis Carlos Galán, que comenzaba a descubrir dichos vínculos, cuando lo mataron. Otro tanto sucedió con el Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, quien seguramente había descubierto cómo los carteles del narcotráfico controlaban las instituciones del Estado, incluida la presidencia de la República.

 

Ésta es la otra mirada de Gabo, lo que explica la ausencia y el silencio que mantuvo respecto a lo que sucedía en su país, porque como el buen periodista que siempre fue, sabía que si comenzaba a investigar y escribir sobre estos temas no sólo su vida corría peligro, sino también la de sus familiares más cercanos. Es lo que ocurre con abogados, sindicalistas, líderes populares e indígenas, activistas y defensores de derechos humanos; personas que se atrevan a denunciar la corrupción e impunidad que hizo metástasis en casi todas las instituciones, locales, departamentales y nacionales. Lo lamentable es que la corrupción afecta incluso a lo que llega a identificarse como alternativa política a lo establecido, y sigue creciendo de manera alarmante el carrusel clientelista.

 

La falta de conciencia social y pertenencia de país, hace que esta clase de políticos, algunos con pedigrí, como los nietos del general Rojas Pinilla, hayan sido considerados alternativa, para terminar siendo algo más de lo mismo: corrupción, clientelismo endulzado con mermelada; tragando entero, sin mantequilla y sin rechistar, porque puede perder las migajas prometidas al aceptar ser idiota útil en el carrusel de la corrupción y la impunidad.

 

Bogotá, 3 de mayo de 2014

Información adicional

  • Autor:M.G. MAGIL
  • Edición:202
  • Sección:Nación
  • Fecha:Mayo 15 - junio 15 de 2014
Visto 3325 vecesModificado por última vez en Viernes, 23 Mayo 2014 15:36

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