Viernes, 23 Mayo 2014 10:18

García Márquez: Las huellas de la nación olvidada

Escrito por ALBERTO ANTONIO VERÓN
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García Márquez: Las huellas de la nación olvidada

No sabría decir si la muerte de Gabriel García Márquez incentive entre nosotros la búsqueda análoga de lo que José Arcadio Buendía simbolizó con sus tercos propósitos, con las lupas y con los imanes comprados a los gitanos: la búsqueda de la memoria de una nación. En mi caso, y en el de otras generaciones, leer "Cien años de soledad" –en la edición del Círculo de Lectores, por allá en una mañana soleada de la Cali de los años setenta– significó precisamente el hallazgo del croquis borroso de una nación que como Macondo ha tenido con dificultad que etiquetar y pegar sobre la superficie de los cuerpos el nombre y el uso de cada cosa, para así no caer en la prolongada enfermedad del olvido, extendida desde los tiempos del abuelo de Aureliano Buendía hasta el último de los descendientes de esa familia. A partir del legado de los personajes de García Márquez, de su afán por devolverle el nombre a todo lo perdido y extraviado por sucesivas pestes de olvido, se creó no solo el mito sobre el creador del realismo mágico, se creó entre las generaciones posteriores a él un referente acerca de lo que podría ser una carrera literaria, ya que su imagen sirvió de modelo para quienes sueñan con abrazar el destino de escritor en Colombia.

 

Pero la carrera de Márquez no transcurrió solamente en la esfera privada de su particular creación; esa carrera también dialogó en los años setenta y los ochenta con el día a día del continente latinoamericano y del país a través de lo que fuera el primer oficio del narrador: el de reportero. Ese oficio de periodista dejó reportajes inolvidables, maestros, por ejemplo el realizado con Hugo Chávez en 1999 donde encontramos la génesis del muchacho que, de hijo de humildes maestros, de modesto cadete de las fuerzas armadas venezolanas, de lector de Martí y de Bolívar, se transforma, gracias a su carisma y esfuerzo, en el hombre más poderoso de Venezuela. O ese otro reportaje que hiciera sobre la trágica desaparición de la avioneta en que viajaba hacia Panamá Jaime Bateman, el co-fundador del M-19, para entrevistarse con el presidente de la época, Belisario Betancurt. En el reportaje aparece de cuerpo entero, no solo el luchador político y guerrillero sino también el hombre cotidiano, el enamorado, el parrandero samario, el bailarín y el romántico.

 

Pero ¿cómo entender esa particular relación de García Márquez con ciertos personajes o hitos de la historia? Es fácil encasillar al escritor en la etiqueta de ser un fascinado con el poder. Esa es la manera más fácil de generar un dispositivo de olvido a través de la reducción. Pero es que su empatía estuvo al lado de quienes representaron para el continente la posibilidad de una esperanza distinta, la emergencia de algo nuevo: y Chávez, Fidel Castro o Bateman representaron, en su momento, esas astillas de esperanza de algo distinto.

 

El esfuerzo y el reconocimiento universal de su carrera estuvo también cerca de la tormentosa peste de conflictos y de violencias que acosan a Colombia. Recibe precisamente el Premio Nobel en el año de 1982, en los inicios de una tormentosa década donde la búsqueda de la paz tuvo instantes emblemáticos, como la desmovilización del M-19, la toma del Palacio de Justicia, las conversaciones con las Farc en Casa Verde. Fue también en el año de 1982 que nuestra generación tuvo un momento pletórico de universalidad cuando se anunció que el escritor de Macondo era el primer literato colombiano que recibiría un Premio Nobel de literatura. En ese instante verificamos que todo el esfuerzo de las elites colombianas de la segunda mitad del siglo XIX –los regeneracionistas– y las posteriores estrategias de sus continuadores: centralistas, clasistas, racistas y otros istas como la señora María Fernanda Cabal y sus despreciables mensajes enviando al infierno a García Márquez–, eran polvo deleznable, pues "Cien años de soledad" es la memoria escapada de la lógica de quienes han aceitado y mantenido al país en la intolerancia y la violencia.

 

Por muchos más años, luego de serle entregado aquel legendario Premio, García Márquez continuó publicando sus artículos en El Espectador, pero también sus relatos periodísticos como "Noticias de un secuestro" o una novela neo-romántica como "El amor en tiempos del cólera". Lo hizo mientras el país continuaba deshaciéndose en medio de diálogos y de amnistías rotas. Sus lectores pasamos de adolescentes a convertirnos en padres de familia con la sensación de hacer parte de una nación peligrosa, inviable, de la cual había que escapar como emigrante, cambiar de nacionalidad o hacerse rico en ella para merecer algún derecho humano. Una de sus últimas intervenciones por escrito, trascendentales, fue aquella donde le pregunta a España y la comunidad europea ¿por qué nos exigen visa a los colombianos?

 

Apelando a la responsabilidad histórica de España con Colombia se pregunta sino somos nosotros hijos o bisnietos de aquellos indígenas sometidos a la servidumbre, de esos africanos esclavizados, de esos españoles que viajaron atreviéndose a vivir en unos territorios sin domeñar. En ese famoso texto el escritor exigía lo que hoy ya está convertido en una exigencia mundial: la responsabilidad con las víctimas de la historia.

 

Mientras la gloria de García Márquez ganaba en fortaleza, como un verdadero monumento que enterraba sus raíces en la tierra de Aracataca, la idea de nación colombiana se tornó más difícil de sostener, en medio de la globalización mundial, de las presiones económicas, de la neo liberalización, del estallido de una cultura masiva global productora de ídolos de barro, glorias de un día en la televisión. En los años noventa, y la primera década del siglo XXI, la literatura fue reducida en la era de la técnica, a ser un producto refinado y distante, hijo de una modernidad ilustrada, sobreviviente solo en las universidades o entre quienes pudieran dedicarse al oficio de la lectura. Los escritores pasaron de ser "las conciencias y las voces de su tiempo" a ser simples técnicos de la palabra, separados lo más posible de la esfera de la reflexión sobre lo político.

 

Por eso, y pensando en las generaciones nacidas al borde de los años noventa, en un tiempo desintoxicado de ideologías políticas, descafeinado y falsamente "limpio" es bueno recordarles que, en un rincón de la costa Caribe, nació este colombiano que no sembró odio ni venganza sino, por el contrario, literatura, gran literatura, y que con eso nos donó desde el lenguaje los mejores cimientos en aquello que no hemos terminado de construir: la idea de nación.

 

* Escritor. Profesor Titular. Universidad Tecnológica de Pereira

Información adicional

  • Autor:ALBERTO ANTONIO VERÓN*
  • Edición:202
  • Sección:Nación
  • Fecha:Mayo 15 - junio 15 de 2014
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