Martes, 24 Marzo 2015 15:23

¿Un caso aislado?, o ¿Sólo la llaga de un cáncer generalizado?

Escrito por Rafael A. Ballén Molina
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¿Un caso aislado?, o ¿Sólo la llaga de un cáncer generalizado?

"Si hay sentencias rectas, la ciudad y el pueblo florecen; la paz anda; en la tierra nunca habrá dolorosa guerra. Nunca a los hombres de rectas sentencias el hambre acompaña. La tierra tiene sustento abundante: hay bellotas en el monte, lana en los rebaños, miel en los panales y las mujeres paren hijos semejantes a sus padres. Mas si son torcidas las sentencias, a un tiempo el hambre y la peste llegan, perecen los hombres, la mujeres dejan de parir, las casas se caen y la ciudad se hunde".

La reflexión es de Hesíodo (siglo VIII antes de nuestra era). Este hombre, del Valle de Beosia, entre Atenas y Delfos, con un adelanto de 2800 años, parece que estuviera haciendo un diagnóstico de la sociedad colombiana, de los tres primeros lustros del siglo XXI, pero al mismo tiempo parece que estuviera brindándonos la solución: justicia y paz. Todo está ahí, en muy pocas palabras. Para qué explicar o interpretar lo que está tan inmensamente diáfano.

Como las palabras de Hesíodo son demasiado claras, lo mejor es que los colombianos hagamos el esfuerzo de responder los interrogantes que encabezan esta nota. Habría que hacer votos porque sea un hecho aislado. Sí, será aislado, entre los nueve magistrados de la Corte Constitucional. Pero si los nueve representan 50 millones de habitantes ¿a cuántos representa un bandido?

Aunque nos hagamos la ilusión de que se trata de un hecho aislado, los antecedentes cercanos nos indican que se trata solo de la llaga de un cáncer generalizado. No solo en la rama judicial, sino en toda la estructura del Estado y en toda la sociedad. Basta recordar unos pocos casos para sacar conclusiones: la fallida reforma que promovió y hundió el presidente Santos en su primer mandato. El Gobierno tuvo que abortar el proyecto, por la perversidad en la que cayeron los legisladores y los altos jueces. El Consejo Superior de la Judicatura, a ciencia y paciencia de que la Constitución no le dio la función de juez, hace y deshace con las tutelas, que es una tarea exclusiva de los jueces. De ahí que todos los colombianos, excepto sus propios miembros, piden que se suprima. Pero recordemos que el propio presidente Santos ha denunciado el cortejo, que esos magistrados hacen a los legisladores, para mantener ese organismo. El presidente de la Corte Suprema de Justicia le entrega el carro oficial a su hijo, éste lo utiliza como motel en plena vía pública, y cuando los agentes de policía lo requieren, los ultraja y los amenaza, porque los pobres "no saben quién soy yo". Y, si seguimos anotando casos, no alcanzan las páginas de este periódico para relacionarlos todos.

Pero volvamos al caso Pretelt. Nadie de nosotros, común de los mortales, lo podemos condenar antes de ser juzgado y vencido en juicio por sus jueces naturales. Pero lo que sí podemos es hacernos mil y una preguntas. ¿Es supuesto el soborno o es real? Si es real, ¿es la primera vez que exige o lo ha exigido en otros casos, desde cuando se posesionó como magistrado? Un hombre que declara tener 3.077 millones de pesos y que gana 27 millones mensuales, ¿para qué necesita 500 millones más? ¿Acaso no le alcanzan esos recursos para el sostenimiento suyo y de su familia? ¿Será que un hombre es capaz de comerse en su vida, 3.077 millones de pesos? ¿Cómo hará para consumir ese dinero? ¿Qué pensará de estas cifras un excluido, un desplazado, un desheredado de la fortuna, un hombre de la calle, un vendedor informal, un asalariado de barrio, un labriego?

Todas las preguntas que aquí formulamos, las trasladamos a su juez natural. Y, ¿quién es juez natural? La Comisión de Acusaciones, cuyo presidente, el representante Julián Bedoya, asume, mutuo propio, la conducción del proceso. Y, ¿quién es Julián Bedoya? Un señor que no es abogado, que fue expulsado de la Escuela de Policía General Santander, porque se vio envuelto en el extravío de un arma oficial. En la praxis del juzgamiento de las personas protegidas con fuero especial, suele seguirse el principio de que se adelante por "un par profesional". Entonces, ¿cómo es que un hombre, que solo tiene el título de bachiller, puede juzgar a un abogado, que ostenta la más alta magistratura de la nación? Todo esto ocurre, porque en la alta dirección del Estado (presidente de la República, ministros, legisladores, altos magistrados, jefes de organismos de control), no han efectuado el ejercicio de pensar por quince minutos, ¿cuáles son las funciones esenciales del Estado y cómo deben repartirse esas funciones? Y, digo que no se han detenido a pensar, así sea por quince minutos, porque lo que están proponiendo como gran reforma es un cambio para que todo siga igual, o peor, aún.

Entonces, ¿qué hacer?, preguntarán muchos. El caso es de fondo, y no puede resolverse en mil cuartillas. Se trata de la voracidad del poder y la riqueza, que es insaciable. Donde quiera que hay un centro de poder, hay un bandido, o para ser más exactos, un gran bandido, que lo aprovecha todo en su propio beneficio. El ser humano es uno sin poder y otro con poder. La cultura de la corrupción, como la cultura de la guerra, se halla enquistada en el alma colectiva de nuestra sociedad. Y, para volver a Hesíodo, debemos comenzar a construir una cultura de la ética y de la paz. Lo que hemos tenido, durante los últimos doscientos años, ha sido una cultura de guerra, violencia y antivalores.

Información adicional

  • Antetítulo:PRETELT, LA CORRUPCIÓN Y EL AXIOMA DEL PODER
  • Autor:Rafael A. Ballén Molina
  • Edición:211
  • Sección:Justicia
  • Fecha:Marzo 20 - Abril 20 de 2015
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