Miércoles, 20 Enero 2016 19:15

Camilo Torres, causa pendiente

Escrito por Ancízar Cadavid Restrepo*
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"El sacerdote guerrillero Camilo Torres no es un pasado bajo una tierra anónima sin flores"

(Obispo Pedro Casaldáliga)

"El fascismo no entierra cadáveres sino semillas"
(Artista gallego en la guerra civil española).

"El grano de trigo que muere produce mucho fruto"
(Jesús de Nazaret).

 

El 85 por ciento del pueblo colombiano actual nació después de la muerte del sacerdote Camilo Torres Restrepo. Puede suponerse, entonces, que, aparte de una minoría con formación histórica y política de matriz crítico-social, a la mayoría del pueblo colombiano ese nombre le dice muy poco o le significa casi nada. Ese fue el propósito del Estado colombiano cuando lo asesinó con balas de su ejército, convertirlo en un sacerdote revolucionario enterrado en cualquier lugar de la selva, sin flores y sin nombre y borrarlo así, para siempre, de la memoria del pueblo colombiano.

Logro parcial, pues con Camilo está ocurriendo, para fortuna de las esperanzas populares y de las todavía pendientes transformaciones sociales en todo el continente, lo que pasaba en el pueblo griego que retrata Nikos Kazantzakis en su novela "Cristo de nuevo crucificado": Los viejos popes, desplazados con su pueblo, cargaban de un lugar para otro, junto con antiguos textos y gastados bártulos, los huesos de los antepasados. Eran los huesos de la memoria que harían el milagro de no dejar olvidar la humillación impuesta, el dolor, el desplazamiento y la muerte, de mantener caliente por siempre la sangre de sus mártires y de impedir que el pasado de vejación y despojo volviera a repetirse.

Me propongo en esta reflexión, por ver si ahondamos la campaña de recuperar sus restos mortales y la continuación de la causa que le impidieron –esperamos– transitoriamente, contarles a las generaciones nacidas después de 1966, el significado vigente de Camilo como colombiano, como científico social, como obrero popular, como cristiano, como sacerdote y como revolucionario.

Recuerdo que...

El 15 de febrero de 1966 yo tenía 16 años y me preparaba en un seminario para ser sacerdote misionero. Éramos un grupo de cuatro seminaristas y seguíamos en un radio clandestino –los llamábamos transistor– la creciente gesta que por todo el país agitaba el Padre Camilo Torres Restrepo, sacerdote de apenas 37 años. Era una gesta libertaria, popular, revolucionaria, plural, con carácter de "frente unido" y legal dentro de las reglas legales de la llamada democracia colombiana. La Colombia social, religiosa y política era un caos insufrible y la miseria cabalgaba sobre la inmensa mayoría del pueblo: sólo 25 familias y sus tentáculos eran dueñas de toda la riqueza nacional, radio, prensa, televisión, medios de producción, suelo y subsuelo, banca, empresas, productos y alianzas con el mercado internacional. La violencia expulsaba sin pudor y sin compasión a los campesinos de sus mínimas posesiones y los enviaba a engrosar los cinturones de miseria de las grandes ciudades, llamados tugurios.

Los Estados Unidos imponían políticas de saqueo, genocidio, etnocidio, esterilización de mujeres y de pueblos, penetración ideológica y cultural, invasión con sectas religiosas "made in USA", endeudamiento externo acelerado, entrenamiento ideológico y bélico de todos los cuadros militares del continente en su de mil modos criminal "Escuela de las Américas", manipulación política y control de las decisiones locales con dos aparatos invasores "la alianza para el progreso" y "los cuerpos de paz". Las burguesías nacionales eran sus aliados incondicionales y sumisos. El costo de todo ello se cargaba sobre las costillas esquilmadas de los pobres que eran cada vez más y cada vez más pobres. México y las Américas del Centro y del Sur eran el "patio trasero" de los intereses imperiales norteamericanos. La iglesia católica romana y las nacientes "sectas" evangélicas de tinte pentecostal, muchas introducidas directamente desde laboratorios norteamericanos, eran también aliadas naturales del imperio, representaban y bendecían las estrategias de poder y de dominio de las burguesías nacionales, predicaban la resignación política, la negación de sí mismo y el sufrimiento como condiciones obligatorias para ingresar a sus hipotéticos cielos post mortem, bendecían las armas y los ejércitos despóticos de las tiranías y sus jerarcas banqueteaban codo a codo con los tiranos. Al pueblo, a las religiosas, religiosos y sacerdotes sensibles y solidarios con su miseria y con sus luchas les ordenaban sometimiento y obediencia sin racionalidad.

Les estoy contando esto para que 39 millones de los colombianos de hoy que no conocieron directamente al Padre Camilo, contextualicen su lucha, su entrega y su comprensión del sacerdocio cristiano al servicio del "amor eficaz", que fue su máxima y más honda categoría de teología y fe. Camilo, formado teólogo y sacerdote en la ultraconservadora arquidiócesis de Bogotá del Cardenal burgués Luis Concha Córdoba y sociólogo en la ya entonces libertaria universidad católica de Lovaina, Bélgica, leía esa realidad con estudiantes de la Universidad Nacional de Bogotá. En su comprensión del cristianismo como una convocatoria abierta y plural en favor de nueva humanidad, de condiciones radicales de justicia y de equidad, Camilo amplió sus círculos de conversación con el partido comunista colombiano y con otras militancias político-populares del país. Él entendía ya y sin dificultad lo que años más tarde entendería y afirmaría ante el mundo el monje revolucionario nicaragüense Ernesto Cardenal: "para los comunistas Dios no existe, sino la justicia. Para los cristianos, Dios no existe sin la justicia"1. En esa certeza descubrió razones hondas de encuentro que deberían mover a la unificación de las luchas de los empobrecidos, fuesen cuales fuesen sus raíces, sus militancias de partido y sus motivaciones. Y no le cupo duda de que, con certezas teológicas, entre cristianismo y revolución no hay contradicción.

Camilo, con la nueva teología –de la liberación– en gestación en América Latina, se hizo revolucionario. Convencido como estaba de que la mal concebida y pésimamente construida democracia colombiana era, con todo, porosa y permeable y de que estaba, pese a sus radicales y esenciales contradicciones, confeccionada sobre marcos legales, se lanzó a los cuatro vientos de la geografía nacional con la más lícita, legal, legítima y constitucional de las acciones: anunciar, pensar, escribir, idear, plantear, replantear, discutir, disertar y arengar desde múltiples balcones y plazas públicas, en foros al aire libre y en recintos cerrados, la nueva democracia necesaria que tendría que pasar por una fase revolucionaria y debería partir y llevarse a efecto desde unas radicales convicciones revolucionarias. A Camilo no le había pasado por la cabeza ni por la intención la ideación de la lucha armada como condición necesaria para construir un estado nacional revolucionario. Era un hombre de paz, de paz revolucionaria, pero de paz. A su comprensión de la revolución no pertenecía, ni como sociólogo, ni como cristiano, ni como sacerdote, la lucha armada como categoría inexorable de la construcción de un estado nacional revolucionario.

Cuando el Estado colombiano y todo el aparato burgués –prensa y medios, iglesias y jerarcas, empresas y empresarios, ideólogos del sistema, zalameros y beneficiarios del bipartidismo letal, ejércitos y sus cúpulas– vieron el movimiento que crecía por todo el país como una marejada de nueva esperanza y se articulaba con la convocatoria a revolución y unidad popular camilista, se llenaron de espanto y sintieron que el poder bisecular les tambaleaba bajo los pies. Afinaron toda la fuerza de su aparato de control, vigilancia y represión. Las manifestaciones legales y pacíficas en la plaza pública fueron declaradas atentatorias contra la paz del Estado, el verbo de Camilo fue declarado incendiario y subversivo, su sacerdocio fue excomulgado y su fe revolucionaria fue expulsada de la comunión eclesial. Camilo empezó a ser acechado a la salida de las manifestaciones masivas y las armas estatales apuntaron contra su vida. Para no ser asesinado o desaparecido le tocó muchas veces huir por sobre tejados o por vericuetos preparados por sus seguidores. Fue encarcelado con multitud de seguidores y en múltiples ocasiones. En vista de que todo el aparato represivo estatal no lograda disuadir esta creciente revolución, había que eliminar al líder y cuando la vida de Camilo quedó en la mira de los ejércitos oficiales, no le quedó otro camino, por pura y neta supervivencia revolucionaria, que el de hacerse clandestino en la montaña. Escogió hacerlo al lado de la militancia armada del Ejército de Liberación Nacional –Eln.
Habían asestado el golpe final, el de la condena formal y, por esa vía, la condena al olvido. Camilo había sido asesinado, demonizado como hereje y contradictor de la rectitud católica, de la ortodoxia burguesa. La orden ahora era sacarlo, y para siempre, del afecto de los creyentes. Condenado al olvido, su causa también se olvidaría y el pueblo volvería a someterse al letargo de la quietud dócil, y la articulada organización política de los empobrecidos en frente unido, a la desarticulación radical y absolutamente conveniente al statu quo.

El presente

Cuando leo a Camilo Torres Restrepo de cara a las generaciones sucedidas después de su muerte –¡40 millones de colombianas y colombianos menores de 50 años!– buscando moverlas a una justa comprensión de su vida, su fe, su sacerdocio, su compromiso con el pueblo colombiano, su cristiana opción revolucionaria y su entrega hasta la muerte, encuentro unas claves para entenderlo como un sacerdote colombiano revolucionario de entera vigencia, claves que saltan de su palabra, de su vida y de su entrega: 1. La importancia y la urgencia de pasar de una interpretación piadosa y ahistórica de la fe, a una unidad dinámica entre fe y política, entre fe y liberación; 2. El obligatorio salto, por conciencia y por fidelidad de fe, de una caridad asistencialista, omnipotente, humillante, acrítica y dependiente, a un acompañamiento al pueblo en su avance hacia la histórica liberación; 3. La superación de los sectarismos de partido y de los dogmatismos ideológicos para avanzar, con vocación clara e irrompible, al compromiso con la unidad del pueblo, unidad que debe ser abierta, plural, incluyente y diversa; y 4. El avance de una visión totalitaria y cerrada de la vida, de las personas, de las culturas nacionales, de la historia y de la política, a una actitud humana, plural y ética a favor de la revolución.

Esperanzado entiendo hoy con el poeta gallego de la guerra civil española2 que a Camilo no lo mató definitivamente el totalitarismo del Estado colombiano, no, lo sembró como semilla. Y esa semilla que es Camilo no cesa de reventar en esperanzadas acciones revolucionarias, todos los días, en las más nuevas generaciones y en todas las geografías latinoamericanas y de los pueblos oprimidos. Al fin y al cabo, en profecía de Jesús de Nazaret, "la semilla que cae en tierra y muere produce mucho fruto". Y entiendo con el obispo, poeta y profeta catalán-brasileño Pedro Casaldáliga que "Camilo Torres es una causa, la causa de América Latina"3.

1 Cardenal, Ernesto, prólogo a obra poética de Pedro Casaldáliga citado por éste en "Yo creo en la justicia y en la esperanza"
2 Acaecida entre 1936 y 1939 y que puso en el poder al dictador Francisco Franco, hasta noviembre de 1975.
3 Casaldáliga, Pedro, Experiencia de Dios y pasión por el pueblo.

* Animador de Comunión Sin Fronteras,
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Información adicional

  • Antetítulo:1966 – 2016
  • Autor:Ancízar Cadavid Restrepo*
  • Edición:220
  • Sección:Opinió
  • Fecha:Enero 20 - febrero 20 de 2016
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