Viernes, 28 Abril 2017 14:55

Trotski: enemigo de la revolución

Escrito por JOHN MARTÍNEZ
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En sus primeros años de exilio en Prinkripo, Turquía, Liev Davídovich Bronstein, líder implacable de la Revolución de Octubre, se desvelaba cada noche meditando en una escalofriante pregunta cuya respuesta intentaba encontrar al esculcar, con nervios de taxidermista, la mente de aquel a quien llamaba el Sepulturero de la Revolución. Se preguntaba ¿Por qué Stalin no lo asesinó con las manos de los hermanos Sobolevicius, a quienes, por error, había dejado entrar a su casa creyendo que eran trotskistas cuando en realidad trabajaban para la GPU1?

 

Porque “su vida –nos dice en relación a Trotski el genio de las letras cubanas, Leonardo Padura (La Habana, 1955), en su obra maestra y motivo de esta reseña, El hombre que amaba a los perros– aún parecía ser necesaria para el ascenso del Secretario General (Stalin) hacia el más absoluto de los poderes. (Así) horrorizado ante aquella evidencia que explicaba por qué lo habían dejado partir al exilio en lugar de asesinarlo en las estepas de Alma Atá, (Trotski) había comprendido que, mientras viviera, sería la encarnación de la contrarrevolución, su imagen mancharía toda exigencia de cambio político interno, su voz sonaría como la pervertidora de cualquier voz que reclamara un mínimo de igualdad y de justicia. Liev Trotski sería la medida capaz de justificar todas las represiones, (y) de fundamentar las expulsiones de críticos e incómodos” (102).

 

Consciente de esta imagen, el Trotski de Padura formuló entonces otra pregunta no menos siniestra: ¿En qué momento dejará de ser útil? La respuesta, que describe magistralmente cómo se planeo y cometió el asesinato de Trotski, constituye la trama de las tres líneas argumentales de El hombre que amaba a los perros: el último exilio y muerte del fundador del ejército rojo; la historia de su verdugo, Ramón Mercader, un comunista español; y la vida de Iván, un cubano escritor que conoció en La Habana a Mercader cuando este pasaba los últimos días de su vida en la isla, soportando los dolores de una enfermedad terminal y luchando contra un sentimiento de culpa.

 

Aunque radicalmente diferentes, estos tres personajes aún así guardan un elemento en común: aman a los perros. Sin embargo, como lo ha señalado la crítica, su afinidad compartida no termina de convencer porque, precisamente, no es un elemento determinante en el entrelazamiento de los personajes, no es, por ejemplo, a razón de los perros que Mercader logra vulnerar la seguridad alrededor de Trotski; pero no por ello dejan de ser un elemento importante: son la excusa para humanizar al verdugo; así, Trotski, quien a su vez le es infiel a su esposa Natalia e inclemente con sus colaboradores, sobre todo con su hijo, Liev Segov, es a su vez tan amoroso con Maya, como Mercader con Ix y Dax, quienes también, no por nada, son de raza borzoi, como la perra. Con esto entonces Padura se asegura que el lector no caiga en un maniqueísmo propio de la era estalinista sino que dilucide la complejidad humana que se entreteje con la descripción y contextualización de una densa red social; lo cual es una de las grandes cualidades de la novela.

 

Porque con El hombre que amaba a los perros estamos ante una novela que narra con gran maestría cómo las vidas de sus personajes se entrelazan con el contexto social del momento. En la línea de Trotski, por tanto, vemos a un viejo y empobrecido exiliado luchando contra la burocracia totalitaria de Stalin que lo acusa sínicamente de promover golpes de estado, desde el aislamiento forzado al que fue sometido en países que lo recibieron con el mayor de los recelos. Primero en Prinkipo, luego en Francia, donde fundó ‘con las uñas’ la IV internacional, hasta llegar a Noruega para terminar en México, su último destino. En cada país le impidieron participar en política y sus adversarios siempre intentaron silenciar sus análisis sobre la relación de cooperación de Stalin y Hitler, las muertes y encarcelamientos a críticos y la explotación del proletariado ruso, cortándole el camino a sus prolíficos textos, ya fuera quemándolos o interceptándolos. Sólo en México, gracias al espaldarazo del presidente Lázaro Cárdenas, Trotski fue recibido con bombos y platillos y fue acogido en la casa Azul de Frida Khalo, futura amante furtiva, y Diego Rivera, con quien llegaría a tener un altercado propio del artista, con pistola en mano. Pero aún en aquellas condiciones permaneció aislado políticamente, sin más recursos que su pluma para combatir al gran poder.

 

En la línea del verdugo material, vemos aun Ramón Mercader sumergiéndose lentamente, sin ser el más fiel de los creyentes ni el más capacitado de los sicarios, en la misión más importante, según el establecimiento, otorgada a un hijo de la gran patria rusa para salvar a la humanidad: asesinar a Trotski sin delatar al autor intelectual. Así, Padura eligió comenzar la historia de Mercader con el anuncio graneado de esta misión que sólo decenas de páginas después revelará en qué consiste. De tal modo que en medio de la guerra civil española la madre de Mercader, Caridad, una problemática y perturbada mujer de origen burgués que poco honor hace a su nombre, lo exhorta a contenerse de ir al campo de batalla, ya que la guerra no se gana sólo con el conflicto directo, argumenta ella repitiendo palabras de sus superiores, pues también se logra desde las sombras. Persuadido, Mercader es llevado a Rusia donde, revelado el objetivo de asesinar a Trotski, lo transforman en algo muy parecido a una máquina. Ahí lo transforman en un asesino y le enseñan a sobrevivir en la adversidad, a controlar sus sentimientos, a camuflarse y a odiar a Trotski (dibujándolo como el enemigo de la revolución), pero, sobre todo, a odiarse a sí mismo. Porque Ramón Mercader cuestiona, duda, mientras la máquina que el Secretario General construye sólo obedece y ejecuta órdenes. Esa contradicción es la que hace que el lector, por momentos, llegue a plantearse la falsa esperanza de que el villano se rebele, negándose a consumar la misión encomendada; aún cuando Ramón es Jacson, uno esperaría que este no sacara su piolet para darle el zarpazo mortal a Trotski, como finalmente ocurrió.

 

Sin duda, fue bastante arriesgada la decisión de mantener el suspenso sobre la naturaleza de la misión ya que el lector la conoce desde un principio. ¿Qué la salva del error? La esencia misma de la novela: vivir en el personaje; mirar a través de sus ojos y pensar desde su limitado punto de visión. Al adentrarnos en la cotidianidad de Mercader entendemos la imposibilidad del este para prever lo que se avecina.

 

Igual situación ocurre con la línea de Iván, quien al conocer al hombre que amaba a los perros, cuando era un veterinario al que obligaron olvidar que alguna vez fue escritor, le era imposible saber que, en sus charlas ocasionales, este no le narraba una vida ajena sino que practicaba el acto de la confesión; imposible de saber esto, aunque el lector siempre lo supo la identidad de Jaime López, porque el gobierno cubano, como política de estado, había borrado de las escuelas, universidades y bibliotecas, hasta de la vida cotidiana de su pueblo, toda referencia a Trotski. Por eso Iván representa, como dice el propio Padura, a toda su generación. Iván escribió un libro que fue condecorado por el establecimiento, pero al salirse de la línea oficial lo castigaron drásticamente. Padeció en carne propia la discriminación hacia los homosexuales ya que su hermano, al admitir esa preferencia sexual, fue acorralado por la sociedad de tal modo que lo obligaron a lanzarse al mar y perder así la vida. Además, vivió la gran crisis económica que potenció la terrible enfermedad que llevó a su mujer a la muerte. Una generación que sufrió todos los errores del régimen, uno de ellos, aceptar las imposiciones de la Unión Soviética.

 

Así, El hombre que amaba a los perros, «trata –dijo Padura en una entrevista para El Tiempo– de una novela en la que el lector, antes de empezar, sabe lo que ocurrió, cuándo y hasta cómo. Hacerlo leer esa historia era el gran reto de su escritura. La solución para lograrlo fue arquitectónica: todo en esa novela funciona gracias a su estructura. Y al tempo de las narraciones»2.

 

Lo único realmente sucio de la historia son las extensas reflexiones de Trotski que, aunque necesarias para la comprensión del contexto histórico y político en el que se desenvuelven los hechos, recuerda los eternos discursos de Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoyevski. Aquí el autor, como opinan la mayoría de críticos, hubiera podido gozar del principio periodístico de la economía de las palabras.

 

En conclusión, el acierto más significativo de Leonardo Padura en esta novela es la misma elección del tema. Narrar la vida de Trotski, quien fue elevado por Stalin a epígono de la contrarrevolución y baluarte para denunciar, aislar, juzgar y controlar a los críticos al interior del partido comunista para mantener con ello la cohesión al interior del régimen, es abrir una puerta para que el mundo conozca su pensamiento y, a partir de sus aportes, imaginarse una nueva utopía en la que tenga cabida la oposición, la libertad creativa y el debate intelectual que rompa las imágenes de la realidad que imponen quienes tienen el poder para controlar a la población.

 

1 Policía Secreta de la Unión Soviética y antepasado inmediato del Comité para la Seguridad del Estado (o KGB, sigla rusa).
2 Consultar en: http://www.eltiempo.com/bocas/leonardo-padura-en-entrevista-con-revista-bocas-47235

 


 

Recuadro 1

 

La obra en su contexto

 

Dado el carácter crítico frente al régimen cubano presente en El hombre que amaba a los perros, dado que llegó no sólo a publicarse en su propio país, sino a ganar premios en él, dado que su autor aún vive en La Habana, es legítimo preguntarse lo siguiente: ¿Esta obra surge gracias a un cambio en la actitud del gobierno frente a la crítica? No cabe duda que el gobierno le permitió a Padura escribir la novela al darle acceso a los documentos con los que la construyó. No cabe duda tampoco que la sociedad cubana es por excelencia crítica frente a su realidad, y la muestra de ello está en general, en su importante producción cinematográfica, y en particular expresada, por ejemplo, en otras novelas como la titulada Todos se van, de Wendy Guerra. Recordemos, además, que la hija de Raúl Castro, Mariela Castro, es quien abandera los derechos de la comunidad LGTBI* en Cuba y una de las críticas más fuertes presente en la novela está relacionada con ese tema, como se expone en la reseña. Otra pregunta más sugerente es si Padura es un instrumento de esta nueva actitud.

 

* http://www.elmundo.es/loc/2016/05/18/573b31c0268e3ed8638b463d.html

 


 

Recuadro 2

 

La Unión Soviética y la Guerra Civil Española

 

En El hombre que amaba a los perros la Unión Soviética debilita el movimiento republicano que combate al fascismo al robarse el oro de España y al asesinar a republicanos importantes, como al anarquista Buenaventura Durriti. Al respecto, Caridad, sin ruborizarse, le dice a su hijo Ramón:

 

“– ¿Te creíste el cuento de que a Buenaventura Durruti lo mató una bala perdida?

 

Ramón miró a su madre y sintió que no podía pronunciar palabra.

 

–¿Tú crees que podemos ganar la Guerra con un comandante anarquista que tiene más prestigio que todos los jefes comunistas?

 

–Durruti luchaba por la República –trató de razonar Ramón.

 

–Durruti era un anarquista, lo habría sido toda su vida”.

 

De la misma manera, Padura nos muestra cómo la GPU persiguió anarquistas y a simpatizantes del Poum, hasta llegar a asesinar a su líder Andrés Nin. Con ello, por tanto, permitieron la dominación fascista en España.

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