Viernes, 28 Abril 2017 17:16

La unidad, la siempre reclamada, la siempre esquiva

Escrito por CONSEJO DE REDACCIÓN DA
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“Es tiempo de crear, construir
y transitar nuevos caminos”.
Isabel Rauber

 

¿Alguien tendrá memoria de la primera convocatoria realizada en Colombia con el supuesto propósito de lograr la unidad entre las organizaciones sociales y políticas? ¿Sucedió hace 40 años? ¿O tal vez fue hace 3 décadas? ¿Quizás la convocatoria tuvo lugar hace 25 años? Como sea, desde varias décadas, una y otra vez los movimientos sociales y organizaciones políticas, a pesar de actuar enconchadas en su imaginario y diseño político, dicen buscar la unidad. Para lograrla han convocado infinidad de congresos, seminarios y talleres.

 

El pasado mes de marzo, durante los días 17 y 18, sesionó en Bogotá otro evento con igual postulado. Citación similar a la realizada hace varias décadas, o tal vez una, o tal vez cinco años atrás, o quizás el año inmediatamente anterior. Unidad, su necesidad es inobjetable, la pregunta vuelve y juega, ¿es posible?

 

La del 17 y 18 decía: “Asistimos a un momento que requiere un salto cualitativo [...]. La unidad política de todos los sectores partidarios y sociales [...]”.

 

¿Alguien está en contra de tal propósito? No. Desde hace cinco décadas, o desde hace unos pocos años, o desde el año inmediatamente anterior, todos los actores sociales dicen desearla, estar dispuestos a ella. Si es así, entonces, ¿por qué no se concreta?

 

Si leemos unos renglones más abajo de la cita ya relacionada encontramos una afirmación que dice mucho del objetivo pretendido con la unidad en los actuales momentos: “Si no se consolida el proyecto político de la unidad democrática, desde la construcción de poder popular, los acuerdos de paz no pasarán de ser buenos propósitos o efímeras reivindicaciones que pronto serán absorbidos por el modelo de dependencia y dominación”.

 

Hay que releer bien este párrafo para comprender, como también ocurrió en otros momentos de nuestra reciente historia nacional, por qué la unidad del campo popular termina siendo una quimera: “Si no se consolida el proyecto político de la unidad democrática [...] los acuerdos de paz no pasarán de ser buenos propósitos [...]”. La argumentación es categórica.

 

Ante tal afirmación cabe hacerse este par de preguntas –más allá de la importancia que le indilguemos al Acuerdo de paz en la coyuntura que corre: ¿Los acuerdos de paz compendian todos los contenidos por los cuales debe luchar la izquierda y el pueblo colombiano en este momento de su historia? ¿Si los acuerdos no recogen algunas o muchas de las necesidades inmediatas, mediatas y de más largo aliento con las cuales sueñan las mayorías nacionales, cómo será el contenido sustantivo de la unidad y el camino para lograrla?

 

En cuanto a que la unidad de la izquierda, incluso la que a toda vista es más difusa y difícil: la unidad democrática, sea la garantía para la realización de los objetivos de la paz, habría que decir que dado por sentado que el Acuerdo sí recoge lo fundamental de las reivindicaciones sociales, todavía será muy largo el trecho por caminar para su concreción, lo que demandará una manera muy distinta de accionar político para que amplios sectores sociales se sientan interpelados, convocados y, sobre todo, partícipes de un proyecto que sintetice sus necesidades. Por ello, más allá de la unidad, lo requerido es capacidad para sustentar y desplegar fuerzas en una disputa que de paso a una nueva relación poder tradicional – sectores alternativos, a través de la cual le quede claro al país nacional por qué, a pesar del Acuerdo firmado, las circunstancias de vida de las mayorías nacionales no varía, por qué la concentración de la riqueza y la desigualdad social prolongan su realidad de injusticia, por qué la violencia conserva sus dominios en muchos territorios del país, por qué la democracia continúa siendo una palabra vacía de sustancia, etcétera.

 

Insistimos: ¿Es posible sellar la unidad –la más ampliamente posible–, estableciendo en su centro un propósito que puede estar más acá y por lo tanto insuficiente ante las necesidades y afanes de quienes la izquierda dice representar, y más allá del conjunto de prioridades del tejido plural de los movimientos sociales y de la izquierda como un todo?

 

La respuesta ¡no! es categórica. Respuesta que nos invita a recorrer nuevas vías, a implementar otras formas de proceder, a girar, a romper con tradiciones políticas sepultadas por nuestros propios errores y por la historia misma.

 

Es claro. No es posible lograr la unidad del más amplio espectro social y político si ella está predefinida como vía para lograr el propósito central de uno o de varios proyectos de izquierda, sobre todo de quienes parecen que repiten el llamado a la unidad como si el problema fuera ella misma, como si la ‘cosa’ tuviera vida propia por fuera de un cuerpo –en este caso político y social– y de un tiempo, sin parar a preguntarse por qué ha sido imposible, tantas veces, sellarla como factor consustancial para un salto cualitativo y cuantitativo de quienes la pretenden.

 

Ahora sucede que el llamado a la unidad vuelve y queda en el aire –a pesar de supuestamente ser fundamental para la concreción de los acuerdos de paz–, pero si repasamos la historia reciente del país, seguramente encontraremos que la ‘unidad’ tenía como propósito, en unas ocasiones, ganar las elecciones, en otras lograr la liberación de los presos políticos, garantizar mayor presencia en uno u otro territorio de la geografía nacional también podía ser uno de los motivantes. Tales propósitos seguro que correspondían a necesidades sentidas en aquellos momentos por parte de uno u otro proyecto político, por lo cual tenían validez, pero con toda seguridad no cobijaban los intereses del conjunto político alternativo. Y con seguridad tampoco recogían los intereses y necesidades de las mayorías empobrecidas y marginadas, a las cuales se las ‘representa’ pero no se les consulta.

 

Una vez más. El propósito de la unidad es innegable en su imperiosa necesidad, pero la forma de procurarla no resulta procedente. Con seguridad, en los eventos realizados para discutir su necesidad todos, o la mayoría de los convocados, llegaron y expusieron sus argumentos –sus análisis de coyuntura–, en los cuales confirmaron de manera afirmativa la necesidad de la unidad, pero también, con seguridad, en los hechos siguieron concentrando sus fuerzas alrededor de la concreción de su ideario ideológico, político y lo que éste les indicara que era más imperioso, reforzando su proceder con lo indicado por su programa, mínimo y máximo.

 

Así, como en un diálogo de sordos, este tipo de eventos recorre, una y otra vez, un camino que a ninguna parte verdaderamente importante conduce, un reencuentro para saludos y despliegue de buenos propósitos que, cuando más, lleva a coordinaciones puntuales, bien para realizar un evento, una jornada de protesta, o realizaciones similares.

 

Sin embargo, volvamos a lo que nos dice Isabel Rauber, intelectual argentina que abrió el evento realizado en marzo anterior: “Es tiempo de crear, construir y transitar nuevos caminos”.

 

Y en esa orientación, las conclusiones del evento en cuestión realzan que “[...] el Método y la Ética es central para el ejercicio de una política renovada”. Método, categoría siempre relegada pues lo fundamental es el propósito y la seguridad en el objetivo central del proceder de cada proyecto político y social. Y ética, la cual, por descontado, se supone pulcra y unánime, pues el propósito de “liberación de la humanidad” así lo dispone.

 

Por fortuna los tiempos cambian. Ahora no es suficiente con acertar en el propósito central, ahora es indispensable establecer cómo proceder para su concreción. El Método, precisamente ese que es necesario explorar con nueva vista pues en los tiempos remozados que vivimos ya no es posible proseguir tras la ‘unidad’ –política– sin partir de las mismas luchas e imaginarios populares, de sus demandas inmediatas y mediatas.

 

Método, cambio de proceder para alcanzar un certero vínculo social, que nos obliga a alistarnos para realizar entre las diversas organizaciones y proyectos proclives a la ‘unidad’, una verdadera vuelta a Colombia a través de la cual identifiquemos en diálogo con las mayorías sociales– de las más diversas identidades y territorios–, intereses, necesidades y sueños, fruto de lo cual estructuremos una plataforma de lucha común con la cual construyamos una “unidad social”, algo más concreto que la “unidad política e ideológica”.

 

Tal vez si así procedemos, logremos romper el esquema y el dogma, los mismos que llevan a que cada cual parta para el análisis del país y de los tiempos que corren, únicamente de sus esquemas ideológicos. Actuar similar al adoptado, desde siempre, por iglesias e imperios, para los cuales los otros siempre fueron bárbaros y por ello era necesario someterlos. La pluralidad no tenía cabida en su lógica. Occidente enseña mucho sobre este particular.

 

Y la ética, esa misma que las mayorías encuentran totalmente marchita en el proceder cotidiano de los políticos, hay que fundirla como sello indeleble en el actuar de los sectores alternativos.

 

Es por ello que, en esa perspectiva de creación, de transitar nuevos caminos, de coherencia ética, mientras alcancemos esa edad de madurez que demanda la misma ‘unidad’, es indispensable superar la lectura y el interés de grupo y abrazar el interés mayoritario de los excluidos y empobrecidos. Mientras esto llega a ser una realidad, lo que corresponde de manera sensata en todas las organizaciones dispuestas a ello es la coordinación, la unidad de acción.

 

Diagnóstico reforzado por las mismas conclusiones emanadas por el evento unitario acá comentado, el cual enfatiza que el llamado a la unidad realizado por el mismo es: “[...] un hecho inédito e histórico [...]”!! ¿Hace cincuenta años, hace cuarenta, o hace un año, no se decía lo mismo?

 

Un lugar común. Como no lo fue otra de sus conclusiones: “[...] evaluar, crítica y propositivamente, las experiencias históricas pasadas y presentes...”.

 

Reto obligatorio de encarar sí de verdad existe disposición, como nos invita Isabel Rauber, para transitar nuevos caminos, pues como está comprobado, una y otra vez: “él que no conoce la historia está condenado a repetirla...”. Conocimiento que demanda de otro ingrediente de igual importancia: la disposición a reconocer los errores, a superarlos, dejando a un lado las agendas de grupo, las cuales presuponen que siempre sea más importante lo definido por mi colectivo que lo priorizado por los otros.

 

Propósitos, uno y otro, que no son factibles de materializar por fuera de la acción social concreta, pues solamente la necesidad obliga a romper con las pesadas herencias que todos y cada uno de los proyectos sociales y políticos cargamos.

 

Así lo enfatiza también Isabel Rauber: “Apostar a la construcción del protagonismo colectivo de los pueblos para construir la fuerza político-social de liberación es el factor neurálgico que marcará el rumbo y las dinámicas políticas del presente y el futuro inmediato en los procesos populares en curso en cada país y en la región. Es vehículo, también, para la construcción de la unidad de los pueblos”.

Información adicional

  • Autor:CONSEJO DE REDACCIÓN DA
  • Edición:234
  • Sección:Opinión
  • Fecha:Abril20-Mayo20
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