Viernes, 26 Mayo 2017 17:57

Antonio Gramsci: el triunfo de la voluntad revolucionaria

Escrito por FRANCISCO JOSÉ REYES TORRES
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Antonio Gramsci: el triunfo de la voluntad revolucionaria

Amarga y dura fue la vida de Antonio Gramsci. Años después de su muerte, acaecida en 1937, su férrea decisión de escribir para la eternidad e incidir en la posteridad de la humanidad se ha cumplido. En medio de las más duras condiciones del sistema carcelario de la Italia fascista y luchando contra sus graves y dolorosas dolencias de salud, agravadas por las precarias condiciones económicas de su vida, Gramsci, legó a todos los explotados y explotadas de la tierra el potente arsenal de su pensamiento político.

 

Aquellos que pretendieron impedir que su cerebro funcionara solo son ahora recordados gracias a que Antonio los venció, porque la grandeza e inmortalidad de la víctima, alcanza para que sus perseguidores y verdugos entren también en la historia, así sea por la puerta de atrás.

 

Desarrollando y enriqueciendo de manera genial el pensamiento marxista revolucionario, el suyo, abierto y fecundo, abre todas las posibilidades de pensar y repensar, cuantas veces sea necesario, la política y la lucha emancipadores de las clases y sectores sociales subalternos.

 

Su vida, desde temprana edad quedó marcada por las preocupaciones sociales ante la miseria y el atraso de Cerdeña (Italia), donde nació el 22 de enero de 1891, y por las propias privaciones de su entorno familiar. Rápidamente se inclinó por el estudio de la literatura, la política y la cultura. Siendo todavía un adolescente conoció las ideas socialistas de manera que cuando entró a la Universidad de Turín, no tardó en juntarse con otros jóvenes políticamente inquietos y afiliarse al Partido Socialista Italiano (PSI). Pese a sus constantes quebrantos de salud y a la estrechez de sus recursos económicos, desde entonces empezó a destacarse como un revolucionario integral que combinaba con igual intensidad la acción y la teorización política.

 

Gramsci se convirtió en el motor intelectual de la renovación del pensamiento revolucionario italiano desplegando una impresionante actividad como escritor político en los periódicos y revistas del PSI.

 

Atento seguidor de las revoluciones rusas de febrero y octubre de 1917, se hizo uno de los más entusiastas seguidores del leninismo. La actividad educadora y formativa de Antonio desplegada en las páginas del periódico LÓrdine Nuovo, junto a su trabajo directo en las fábricas, fue la pieza fundamental para que el proletariado turinés desarrollara, entre 1919 y 1920, la experiencia de los consejos de fábrica, que recordando los consejos de obreros y campesinos rusos: los soviets, en Italia, permitieron formas autogestionarias (democracia obrera) de movilización y control proletario sobre todos los aspectos de la producción fabril al mismo tiempo que articularon las grandes huelgas y movilizaciones de la clase obrera turinesa y piamontesa, que por momentos, adquirió el carácter de un doble poder, de un poder revolucionario obrero y popular que le disputó por esos años el dominio a la burguesía italiana y desafió al naciente fascismo de Mussolini.

 

Ya en el periodo de reflujo del movimiento obrero italiano, en 1921, el año previo al ascenso del fascismo, Gramsci, junto a Palmiro Togliatti, Umberto Terracini y Amadeo Bordiga, fundan el Partido Comunista Italiano-PCI. Viaja a nombre del nuevo partido a Moscú como delegado a la III Internacional, donde permanece por dos años, lo que le permite conocer a la dirigencia de la revolución, entre ellos Lenin y Trosky; también conoce a Julka (Julia) Schucht, quien se convertirá en su compañera sentimental y madre de sus dos hijos: Delio y Giuliano.

 

Regresa a Italia en 1924, ya como Secretario General del PCI y como jefe de la bancada de dicho partido en el parlamento italiano, controlado por los fascistas, Su actividad parlamentaria en la oposición es intensa hasta que en 1926 Mussolini decide acabar con las pocas libertades burguesas y arresta a los dirigentes de los partidos de oposición, violando incluso la inmunidad parlamentaria. Para Antonio Gramsci se inician, así, los años más duros de su vida, los de la cárcel, pero a la vez los años donde, en medio de fuertes restricciones para escribir por la censura y el aislamiento penitenciario, con acerada voluntad y consciente de la trascendencia de sus ideas, elabora las notas, no acabadas pero iluminadoras, de lo mejor de su pensamiento político: los Quaderni dal carcere.

 

Recobra la libertad en abril de 1937, convertido ya en un moribundo; pocos días después, el 27 del mismo mes, a las 4 horas y 10 minutos de la madrugada, muere en la clínica Quisisana de Roma. El mismo día en que su anciano padre lo esperaba en casa para verlo, por fin, después de 11 años de ausencia.

 

Algunos elementos del legado gramsciano

 

De la amplia variedad de conceptos e ideas que legó a la humanidad el dirigente e intelectural italiano, hay que resaltar lo más importante. Entre ello, sin lugar a dudas, su aporte más novedoso y fundamental a la teoría revolucionaria y al marxismo fue su definición del concepto de hegemonía que le permite a partir de allí, reelaborar la idea del Estado, introducir la distinción entre la Revolución de Oriente y la Revolución de Occidente, para culminar con la noción de clase y sectores sociales subordinados y la urgencia de una reforma intelectual y moral para la lucha contra-hegemónica. Otros conceptos e ideas de señalada importancia ameritarían un artículo mucho más extenso.

 

Para Gramsci la hegemonía es la capacidad dirección sobre la sociedad y el Estado de una clase social. Capacidad de dirección significa ganar la autoridad para imponer en lo político, lo económico, lo militar, lo cultural, lo científico, lo técnico, lo estético, lo ético y lo moral, una visión del mundo y una orientación de los procesos prácticos concomitantes. El logro de esa hegemonía, más que una imposición coactiva es el resultado de la persuasión y del consenso resultante logrado por la superioridad de la nueva visión del mundo. En ese momento la clase social se vuelve clase dirigente.

 

Para Gramsci es válida la concepción marxista del Estado como aparato de dominación pero precisando con mayor detalle, en la noción de Estado Ampliado, el doble carácter del Estado: por un lado, el papel de la fuerza o la violencia mediante la cual se ejerce la dominación –los aparatos de la coerción; por el otro, el papel del consenso y la hegemonía mediante los cuales se ejerce la dirección –los aparatos donde se construye y se afirma el consenso.

 

A partir de allí, a Gramsci le resulta claro que una cosa es una revolución como la bolchevique en un país donde el Estado y la dominación zarista estaban más afincados en la dominación y la coerción directa y donde la debilidad de la sociedad burguesa no había permitido el desarrollo de una fuerte sociedad civil con diversos, complejos y sofisticados aparatos de consenso y dirección. Para él, por todo esto, allí fue más adecuado una revolución que rápidamente pasó al asaltó del núcleo burocrático-militar del zarismo y de la precaria fase burguesa del régimen de Kerensky. Él llamó a esto, la Guerra de Movimientos, propia del asalto insurreccional al poder, que corresponde a su noción de la Revolución en Oriente.

 

Por contraste, la Revolución en Occidente será necesaria donde la burguesía ha logrado consolidar un poder estatal afincando de manera sobresaliente su hegemonía y dirección sobre la sociedad civil. Se trata de una sociedad civil desarrollada, compleja y rica en aparatos e instituciones ideológicas, mediante los cuales logra imponer su consenso a los sectores subordinados o sectores y clase sociales subalternas. Allí, más que en Oriente, la lucha revolucionaria, la lucha contra-hegemónica, es y debe ser una lucha que le dispute palmo a palmo el terreno al consenso y a la hegemonía burguesa, una guerra que le dispute y les cope los aparatos de dirección a las clases dominantes. Gramsci llama a esto la Guerra de Movimientos, propia de la Revolución de Occidente.

 

Sin duda esta reflexión gramsciana está motivada por su evaluación del fracaso de las revoluciones de 1919 en Alemania y en Hungría, y por la derrota del movimiento de los consejos de fábrica de los obreros de Turín en 1920.

 

Más allá de hasta dónde haya sido en el pasado o sea necesario en el futuro, combinar en una revolución la guerra de movimientos con la de posiciones, lo cierto es que Gramsci abre una fecunda perspectiva para pensar el papel de la consciencia revolucionaria, el papel de la lucha cultural, de la renovación ética y moral, para que los sectores sociales y las clases sociales subalternas, dominadas y aplastadas, se levanten, dignifiquen y autoinstituyan como sujetos históricos con capacidad para liberarse ellos mismos. Sujetos con capacidad para construir una nueva hegemonía. Capaces de convertirse en fuerzas sociales dirigentes. Ello requiere una profunda reforma intelectual y moral dirigida por un gran intelectual colectivo: el partido político revolucionario.

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