Sábado, 03 Marzo 2018 17:19

La corona

Escrito por John J. Martínez
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La corona

The Crown, o la agonía del mundo monárquico y su extraña, racista, patriarcal y elitista forma de ser y estar en el mundo.

 

Hay quienes, la mayoría, encuentra placer, satisfacción y gusto en lo nuevo, lo moderno, lo fresco, en lo original. Suspiran profundo dentro del carro recién salido del concesionario y con las manos acarician la cojinería aún caliente, sufren de ansiedad al abrir el estuche del último Iphone, los bebés les parecen lindos y miran por horas los documentales de History Chanel sobre los orígenes de la civilización y del ser humano. Ese deseo por lo nuevo, tal vez, se explica porque evoca de cierta manera a la vida y su relación con el nacimiento; es la metáfora de la flor roja que se abre al mundo.

 

Sin embargo, hay otros, unos pocos, raros, que encontramos la plenitud y el gusto por lo decadente, el deterioro, por las formas de las ruinas. A estos raros les da placer meter la nariz entre las páginas de los libros viejos para sentir el olor de la máquina de escribir o las manos del autor, y van a museos para ver fósiles, raspan contra el suelo las botas recién desempacadas o se sientes cómodos entre las casas coloniales del barrio La Candelaria en Bogotá –que están a punto de venirse abajo– y de su olor anacrónico a velas consumidas. Este gusto evoca, no a la muerte, sino también a la vida, nos revela que cada objeto, cultura, relación, idea, tiene una historia que está a punto de terminar.

 

Esto podría explicar entonces el gusto exacerbado de algunos por The Crown, en especial en su última temporada. Porque el trasfondo de la historia o lo que la unifica, en los diez capítulos presentados como microhistorias, es la agonía del mundo monárquico y su extraña, racista, patriarcal y elitista forma de ser y estar en el mundo. Así como el mundo occidental rotula de forma racista a las culturas indígenas en “peligro en extinción” (como si hablaran de animales), del mismo modo debería autodefinirse el mundo monárquico, solo que, en este caso, ese mundo es una de esas culturas que no se desearía salvar por las mismas razones que algunos desean eliminar la tauromaquia. Podrá ser muy cultural, pero ello no justifica el daño que le causan a la sociedad.

 

¿Cuáles son los signos de su decadencia? Entre muchos, la pérdida de poder y The crown es precisamente eso, una serie política basada en la inevitable debacle de un sistema de poder y en cómo la reina, Atlas, convertido en mujer, sufre e intenta detener el patético resquebrajamiento que comparte con Inglaterra como una de las máximas representaciones del capitalismo salvaje, aunque en un menor grado. Inglaterra es cuestionada y deslegitimada por sus colonias, las cuales, como se ve en el primer capítulo, se independizan y nuevos gobiernos como el de Egipto, Gamal Abdel Nasser, tienen la osadía de liberar el canal de Suez (principal vía para transportar petróleo) y permitir que otra potencia, las URSS, dirija la ruta. La reina se altera y concuerda con su Primer Ministro en la necesidad de la intervención militar. En esta acción, sin embargo, la Reina no puede, no le permiten hacer más, como si eso no bastara. Pero esto cambia al conocer a su contraparte, Jackie Kennedy. La figura de una mujer de Estado moderna, inteligente y joven como la reta, sin que aquella lo pretenda, a que la Reina busque dejar de ser la “marioneta” del poder y viaje a Ghana, donde sus cuadros, retirados de las instalaciones del gobierno yacen sepultados bajo mantos en rincones oscuros del olvido. Y para ello es capaz de todo, en el país africano la osada gran reina se atreve a bailar con Kwame Nkrumah, presidente socialista del país, delante de la prensa internacional; ella, la misma que nunca ofrece la mano ni a sus congéneres, se entrelaza con el mandatario en un vals rimbombante.

 

Sin embargo, no sólo los ataques vienen del exterior, también llegan del interior, tanto de la sociedad como de la familia. En “Marionetas”, capítulo cinco, tras dar un discurso en el que resalta lo aburridas y patéticas que son las vidas de los obreros de fábrica, la propia nobleza se atreve a criticarla llamándola anticuada y anacrónica, le dice que es incapaz de adaptarse a un mundo que ya no es el que ellos conocieron cuando eran los verdaderos reyes del mundo. Y es que ni siquiera a los miembros de la familia real les interesa seguir las normas auto impuestas y que ahora, parece que, por el contrario, las padecen. Así, en una gira por medio mundo, Felipe, su esposo, se libera de las ataduras dejándose crecer la barba y comportándose en contra de los protocolos aburridos del buen comportamiento y Margarita, su hermana, en un capítulo dedicado al tema, intenta adoptar la forma de vivir de su enamorado fotógrafo burgués.

 

Eso es The crown y, a su vez, es más. La serie es un documento que nos permite aproximarnos a ese mundo que nos es tan diferente, extraño y en muchos aspectos incomprensible. Uno en el que está lucha contante por aparentar ser la reencarnación en vida de los perfectos valores familiares, que como dice Slavoj Zizek con relación a mitos como el de Santa Claus, en los que ninguno cree, pero a los que todos aspiran. También nos expone un momento crítico de la familia real cuando desclasifican el documento que demuestra la siniestra relación del duque de Winsor, su tío, con el nazismo. Este capítulo retoma una de las astillas que en la actualidad la realeza busca limpiar, depurando su nombre al demostrar que su conexión con la Alemania Nazi quedó establecida por medio de la oveja negra de la familia, la manzana podrida, lo que a ellos les generaba un absoluto rechazo.

 

Y puede ser cierto en un sentido político. Es decir, el ministro Churchill, junto con sus aliados reales, luchó contra el nazismo por el peligro que éste representaba en términos geopolíticos –la expansión del poder de Hitler–, pero es en términos culturales donde se presentan las dudas. ¿La realeza, como institución no era antisemita? En ese campo tienen la palabra los expertos. Claro que, como Estado, ser antisemita tampoco implica necesariamente la legitimación de los campos de concentración, pero, de nuevo, que los expertos, como Peggy Nooman, en su columna titulada The lies of ‘The crown’ and ‘The post’, al señalar que el arte, tanto como la política, tienen la necesidad de decir la verdad y en eso, según la autora, The crown falla al mostrarnos una falsa relación entre Ms. y Mrs. Kennedy y entre la Reina y un Primer Ministro.

 

Otros capítulos brillan por su belleza narrativa. Un ejemplo de ello es “Paterfamilias”. En otra muestra de su falta de poder, esta vez en su rol de esposa, se ve obligada a aceptar que su esposo conduzca a su hijo por el camino que él recorrió para, según su mentalidad, convertirse en hombre y dejar de ser el mimado hijo de la reina. Aquí se ve la torpeza de un padre que piensa en su hijo como una fotocopia de sí mismo y cree que porque a él estar en un colegio de machitos cabríos le cambió la vida, lo mismo sucederá con su hijo, el príncipe Carlos, futuro esposo de la persona que, posiblemente, se convirtió en la mayor celebridad de su tiempo por encarnar en vida a la Cenicienta, y quien, de seguro, será representada en un futuro cercano en la serie como un revitalizante de la misma decadencia monárquica. Una decadencia evidenciada a plenitud en el mismo hecho de que, siendo tan hermético, permitan que la plataforma mainstream más famosa en la actualidad narre su vida, exponga sus pensamientos y sentimientos al público mundial.

Información adicional

  • Autor:John J. Martínez
  • Edición:Edición Nº243
  • Sección:Televisión
  • Fecha:Febrero 20 - Marzo 20 de 2018
Visto 969 vecesModificado por última vez en Sábado, 03 Marzo 2018 17:35

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