Sábado, 03 Marzo 2018 17:53

¿De qué vamos a trabajar mañana?

Escrito por Verónica Ocvirk*
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¿De qué vamos a trabajar mañana?

La incorporación de la robótica y la informática a los procesos productivos destruye algunos empleos y crea otros. Aunque es difícil decir cuáles sobrevivirán, sí se pueden anticipar ciertos problemas y desafíos de un futuro en el que no está claro si habrá trabajo para todos.

 

La pregunta por el trabajo del futuro –qué vamos a estar haciendo, si esa actividad será más o menos digna, cómo nos distribuiremos las tareas y si en definitiva los 2.000 millones de almas más que se supone habitaremos la tierra en 2050 tendremos o no un empleo– es tan vieja como la luz. Ya en 1811 un grupo de artesanos ingleses, los luditas, protestaron contra las máquinas que amenazaban con reemplazar su trabajo y las destruyeron a mazazos. Sin embargo, noticias como el acelerado reemplazo de humanos por robots en Foxconn1 (la mayor ensambladora de smartphones del mundo, con sede en China) reinstalan un debate también signado por tendencias en principio imparables, como la deslocalización productiva y una concentración de mercado tal que, a fuerza de megafusiones y adquisiciones, cristaliza en una “hegemonía laboral desreguladora”2, fenómeno que entre otras cosas promueve una uberización de las relaciones laborales, esto es: trabajaremos desde nuestras casas y sin jefes, pero sin garantías ni derechos.

 

El trabajo es importante para la economía, pero también –y de una forma muy esencial– para los individuos, porque es tanto un medio de subsistencia como una vía para la realización personal y, al fin y al cabo, el cimiento sobre el cual descansa gran parte de la organización social. Los avances impresionantes en la robótica explican algunas de las sacudidas que se presume sufrirá el mundo laboral, pero en realidad son muchas las fuerzas capaces de transformarlo. Es más: resulta difícil prever si habrá empleo o no y de qué calidad, sin imaginar en paralelo cuestiones como dónde vamos a vivir, qué vamos a comer, cómo nos vamos a vestir o a mover y de qué nos vamos a enfermar. Y en ese camino de cruzar variables y trazar escenarios, no todo aparece tan lineal. Entonces se vuelve necesario, por ejemplo, pensar qué sucedería si el petróleo empieza a dar muestras más certeras de agotamiento (si es que todavía no lo es, la necesidad de extraerlo de piedras enterradas a más de 300 metros de profundidad). Claro que las energías solar y eólica podrán hacer funcionar una casa, un auto y hasta una fábrica entera pero ¿alcanzarán los paneles y los molinos para soportar unas necesidades energéticas como las actuales? ¿De qué forma se moverían los buques portacontenedores post Panamax que, con sus 400 metros de eslora, constituyen hoy una pieza clave de los procesos de deslocalización? ¿Podría esto afectar la lógica bajo la cual funcionan las economías de escala? ¿Deberíamos volver a producir localmente productos que hoy se importan? ¿O la posibilidad de fabricar lo que quisiéramos mediante impresoras 3D ayudaría a enfrentar este dilema?

 

El documental británico Will work for free3 explica cómo la mayoría de los trabajos que hoy llevan a cabo los seres humanos serán cada vez menos necesarios, conforme avanza el desarrollo tecnológico. Muestra algunos ejemplos bastante verosímiles –los vehículos autónomos que posiblemente terminarán suplantando a choferes y repartidores– y otros más improbables, como el sistema automático de rieles que llevaría los platos de la cocina a la mesa en un restaurant, y eliminaría así la función de los camareros. Sam Vallely, su director, asegura que no hay un solo político que hoy comprenda las implicancias del desempleo tecnológico. Pero menciona también el tránsito hacia una nueva economía sostenible, diseñada sobre la base de una inteligencia más evolucionada y capaz de orientar científicamente la distribución de recursos. “En el medio pueden sobrevenir períodos de pobreza extrema y hambrunas, y nada impide que continuemos aferrándonos a esta economía obsoleta. Como sea, el crecimiento perpetuo es insostenible”, concluye en el cierre de su film.

 

Desde esta perspectiva, ya no importa tanto si la cantidad de puestos de trabajo desciende de una manera drástica porque viviendo más simple, consumiendo menos, compartiendo más y sin la dependencia de la acumulación de bienes para construir nuestra identidad no será necesario que nos deslomemos durante ocho horas al día. Que las máquinas se encarguen de ese trabajo que nadie más quiere hacer. Y distribuyámonos los humanos las tareas que quedan, promoviendo al mismo tiempo un modelo de consumo en el cual no estemos obsesionados con la propiedad. Suena provechoso, alentador y hasta matemáticamente viable, pero poco asequible en un planeta donde 700 millones de personas todavía no alcanzan a consumir lo esencial.

 

Otra oportunidad

 

A Sergio Kaufman, presidente de la consultora especializada en servicios empresariales Accenture Argentina y Sudamérica Hispana, la automatización no lo asusta en absoluto. “Uno tiende a decir: ‘no con mi trabajo’, pero cuando vemos que el arado pasó de empujarse por personas a ser movido con tractores, lo tomamos como una evolución. A veces pareciera que perdemos humanidad en manos de las máquinas, pero también definimos como poco humano el trabajo mecánico que debíamos hacer antes”, explica. No por nada ingresar a las oficinas centrales que la consultora tiene en el microcentro porteño es un poco como estar adentro de un capítulo de la serie Black Mirror: el proceso de registro se hace frente a enormes pantallas donde se conversa con una recepcionista virtual mientras el documento es escaneado mediante una solución tecnológica, todo con la idea de centralizar la recepción de personas en todos los edificios que la corporación tiene en el país, sumando incluso la capacidad de trabajar remotamente para el extranjero.

 

En aras de dilucidar cuáles son las tareas que corren el riesgo de ser total o parcialmente automatizadas, Kaufman cita un estudio de la Reserva Federal de Estados Unidos que analizó la evolución entre 1985 y 2015 de cuatro categorías de empleo: el manual rutinario (que cae abruptamente); el cognitivo rutinario (tareas de administración o incluso de diagnóstico de enfermedades, básicamente del reconocimiento de patrones, que cae en menor proporción); el manual no rutinario (como el que hacen enfermeros o peluqueros, que aproximadamente crece como la población); y el cognitivo no rutinario (que es el de la creatividad, el análisis complejo, la innovación y la inteligencia social, y es el único que crece en forma acentuada tanto en países desarrollados como emergentes). “La información indica que en términos absolutos el empleo no cae, porque la cantidad de puestos en el cognitivo no rutinario es mayor a la de los dos rutinarios. El tema, claro, es cómo pasar de un sector a otro”, señala.

 

El auto eléctrico ya alcanza una autonomía de 300 kilómetros y tiene cerca de 1.500 piezas móviles contra las diez mil de los modelos de combustión interna, y esto lo vuelve mucho más fácil de armar y mantener, en parte porque no tiene caños de escape, ni bujías, ni radiador ni tampoco frenos. Requiere, por lo tanto, menos trabajadores para su fabricación. “Las terminales probablemente se van a adaptar muy fácil a este cambio, porque sólo ensamblan. A lo sumo, simplificarán su proceso. Pero la pyme que desde hace 50 años fabrica radiadores en San Justo va a tener que empezar a pensar su reconversión ahora, cosa difícil porque en general les falta gerenciamiento y capital. Ya no hablamos de tareas que son reemplazadas, sino de ramas industriales enteras que no harán falta y entonces desaparecerán. Los desafíos son enormes”, marca Kaufman, que de todos modos advierte: “Es un simplismo hablar de que solo los ingenieros en informática van a tener trabajo, porque hay toda una serie de tareas que no requieren alta calificación, que tienen que ver con la empatía y que van a seguir existiendo”.

 

El drama de la mediana edad

 

“Si tuviera una fábrica de faxes, no funcionaría.” Sin rodeos y al límite de la crudeza, el empresario Gustavo Grobocopatel definió en esos términos la inevitabilidad de la muerte de determinadas actividades que sin embargo –asegura– siempre terminan compensándose con otras nuevas. “En una hectárea tengo un tractorista arriba de un vehículo que viene de una fábrica donde trabajan mil personas, y que a la vez consume insumos electrónicos de otra fábrica con cien personas. Mi papá dice: ‘Antes éramos cien en el campo y diez en la oficina, y hoy es al revés’. Claro, pero son ingenieros agrónomos y contadores. En esos cambios hay mucha gente que queda afuera y otra que se integra. El debate es cómo ayudamos a esas empresas a reciclarse”, reflexionaba hace unos meses el productor sojero durante una entrevista con el diario Perfil4.


Para Juan Graña, economista, investigador del Conicet e integrante del Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, la automatización no parecería destruir empleo en términos agregados. “Por lo menos, no por ahora –dice–; por un lado, porque la contratendencia es que aparecen sectores nuevos, por caso todo el de la informática; pero también porque podría suceder que la escala siga creciendo, y entonces una empresa puede agregar una máquina que reemplace trabajo humano, aunque si tiene que producir diez veces más, así y todo va a seguir necesitando trabajadores. De hecho, eso fue lo que sucedió en la posguerra”.

 

Sin embargo, Graña sostiene que no todo trabajo pasible de ser automatizado será necesariamente reemplazado por un robot. “¿Cuándo es que se introduce la máquina? Cuando es más barata que los sueldos a los que reemplaza. Esa es la ecuación. Las prendas, por ejemplo, se confeccionan igual que hace cien años, las plantas de Bangladesh funcionan con personas de carne y hueso frente a sus máquinas de coser. Y no es que eso no se automatice porque no está la tecnología, sino porque no rinde económicamente. El sueldo que se paga es tan bajo que no se justifica”.

 

El drama, entonces, no pareciera pasar tanto por la cantidad de empleos que se van a perder sino más bien por cómo las fuerzas que afectan al mundo laboral operan sobre cada país, cada sector y cada colectivo de trabajadores en particular. ¿Qué harán las personas de 30, 40 o 50 años cuyos puestos de trabajo desaparezcan en un contexto en el que, a la vez, se discute retrasar la edad de jubilación? ¿Es que deben encarar por sí mismas la labor de recalificarse? “Una cuestión esencial pasa por pensar qué se hace con quienes están en la mitad de la trayectoria –advierte Graña–, porque a los nuevos es más fácil ubicarlos en la senda laboral que va a existir. Pero por algo en Estados Unidos se ve gente de 50 años trabajando en McDonald’s: son los que no pudieron dar el salto pero igual tenían que trabajar, y tal vez pasaron de ganar 25 dólares la hora a ganar diez”.


Para comprobar esta clase de infortunios personales tampoco hace falta viajar tan lejos; y de hecho, muchas localidades de la provincia de Buenos Aires abundan en ejemplos elocuentes. El cierre de fábricas de los años 90 y la transformación del agro, abrió la puerta a nuevos sectores, como los emprendimientos turísticos, aunque en el proceso surgieron también determinados conflictos, como aquel caso –tal vez leyenda– del mozo vestido de gaucho que harto de todo le revoleó una tira de asado a un porteño que se había puesto particularmente quejoso. Bajo determinada matriz cultural servir asado a los turistas puede parecer un trabajo más, pero no lo es para aquellas personas que tenían un oficio y un camino recorrido y que, frente al cambio en el modelo productivo, debieron tirar sus saberes por la borda. “La ortodoxia suele plantear que las condiciones laborales son genéricas, y entonces daría lo mismo conseguir trabajo de una u otra cosa. Sin embargo, el cambio sectorial es difícil. Y en términos sociales puede ser una catástrofe”, advierte Graña.

 

“Capacitar a las nuevas generaciones, de cara a la nueva economía es central –remata–, pero al mismo tiempo hay que seguir construyendo una vieja economía que funcione para todos, porque hay quienes no están en condiciones de cambiar de paradigma. Al que logre saltar solo, protejámoslo. Pero todavía necesitamos contar con una economía industrial que genere puestos de calidad, para que los hijos de quienes se desempeñan en ella puedan ir al colegio, comer bien, estudiar en la universidad y entrever que una trayectoria personal de capacitación y trabajo tiene alguna perspectiva. Me parece que hay que trabajar en dos velocidades.”

 

¿Cuál es el plan?

 

Dicen los economistas que la cuarta revolución industrial será la de la inteligencia artificial y la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, los robots integrados en sistemas ciberfísicos (aquellos que combinan infraestructura física con software y sensores) y la llamada “internet de las cosas”. Resulta bastante claro que las implicancias de estos desarrollos pueden ser enormes, aunque tampoco es posible hacer futurología: nadie sabe a ciencia cierta qué sectores desaparecerán y qué trabajos humanos serán reemplazados por robots. Tal vez todos los empleos estén potencialmente amenazados y advenga entonces el fin de la sociedad salarial. O tal vez sólo debamos dedicarnos a crear la nueva generación de máquinas que en cada instancia alcanzarán a reproducir la capacidad intelectual que los humanos tengan en ese momento. Por lo pronto, la sola pregunta acerca de qué puede ser automatizado y qué no resulta de por sí reveladora al ponernos frente a lo que podría suceder en nuestro país, sector y actividad y empujarnos también a delinear un plan que nos permita navegar en la nueva economía con una trayectoria viable.

 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) cumplirá cien años en 2019 y con ese motivo como excusa, decidió impulsar una reflexión de alcance mundial sobre el futuro del trabajo. En una investigación reciente5, el organismo reconoció que el cambio tecnológico es un proceso complejo, incierto y en absoluto lineal, que llega en oleadas y que produce tanto fases de destrucción como de creación de empleos. Pero tal vez lo más relevante es que ese devenir no sucede de una manera automática y mucho menos homogénea, sino que está condicionado por fuerzas económicas, políticas, sociales y culturales. “El futuro no está decidido, no es inevitable”, indicó el director general de la OIT, Guy Ryder. “No es la tecnología la que por sí sola decide, ni es la demografía la que por sí sola decide. Estamos acá para construirlo”, sostuvo, agregando otra de las razones por las que se pueden intuir muchas cosas pero no adivinar el futuro: aún nos queda algún margen para poder construir lo que viene.

 

 

* Periodista.
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, 08/2017.
1 www.pagina12.com.ar/23788-el-mercado-laboral-del-futuro.
2 Ver el editorial “Capital y trabajo en tiempos de Macri”, en Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Nº 216, junio de 2017.
3 www.youtube.com/watch?v=0177DLSUtH4.
4 www.perfil.com/economia/si-yo-tuviera-una-fabrica-de-faxes-no-funcionaria.phtml.
5 www.ilo.org/global/research/publications/WCMS_544189/lang--es/index.htm.

Información adicional

  • Antetítulo:Transformaciones del mercado laboral
  • Autor:Verónica Ocvirk
  • Edición:Edición Nº243
  • Sección:Ciencia y trabajo
  • Fecha:Febrero 20 - Marzo 20 de 2018
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