Jueves, 20 Noviembre 2008 20:22

El doloroso y discutido parto del siglo XXI

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
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El historiador inglés Eric Hobsbawn, en su controvertido ensayo El corto siglo XX, abre toda una polémica al afirmar que los años que van de 1914 a 1991 son los que deben considerarse como los verdaderos límites de dicho siglo. Y, curiosamente, no es tanto el año de comienzo como el de finalización del período lo que más genera controversia. El comienzo de la primera guerra mundial y el final de la guerra fría serían, entonces, el alfa y el omega de una época caracterizada por una disputa por la hegemonía mundial de la que en 1991 saldría victorioso el imperio norteamericano, luego de la caída incruenta de la Unión Soviética.

En un contexto diferente, pero teniendo como eje central la misma idea de que se iniciaba una etapa unipolar en la que Estados Unidos era la única potencia dominante, los neoconservadores norteamericanos liderados por Donald Rumsfeld, Dick Cheney, Richard Perle y Paul Wolfowitz dieron a conocer en 1997 su Proyecto para un nuevo siglo americano, que se convertiría en la guía de las políticas de las dos administraciones de Bush hijo, cuyo gobierno está por concluir. Sin embargo, el fracaso de la invasión a Iraq y el escalamiento del conflicto en Afganistán parecen no sólo enredar la realidad del “nuevo siglo norteamericano” sino igualmente cuestionar la finalización del siglo XX, y por tanto el inicio del XXI.

Sin pretender terciar en la disputa sobre la periodización, lo que no parece claro en ella es el puesto que, como suceso histórico, debe ocupar el breve pero impactante lapso en el que las ideas neoliberales llegaron a constituirse en hegemónicas (el “pensamiento único”) y cuyo ciclo parece haberse cerrado con la actual crisis económica. Porque ya casi nadie duda de que la caída de la Unión Soviética no es más que un corolario de los cambios que se inician en la década de los 80 y que llevan al frenesí las lógicas del mercado, la globalización y la uniformidad cultural, hasta el punto de llegar a hablarse del “fin de la historia”. Pues, bien, de no ser el colapso del socialismo real el hito que diera por finalizado el siglo XX, bien pudiera ser que hasta ahora estemos asomándonos al nuevo siglo, y con él a desconocidas formas de la hegemonía. Pues no debe olvidarse que paralelamente al predominio de las políticas neoliberales, y en alguna medida como su contrapartida, se dio la emergencia de China como potencia económica de primer orden, que alcanzó, en la nueva división del trabajo, el papel de “zona industrial” que la ha catapultado como el proveedor fundamental de bienes manufacturados, apoyándose en las ventajas comparativas de su cultura milenaria, el bajo costo de la fuerza de trabajo y su gran cantidad de mano de obra.

El reverso de la moneda lo encontramos en el proceso de desindustrialización norteamericano, cuya actividad manufacturera pasó de representar el 21 por ciento de esa economía en 1980 a tan solo el 12 en 2005, mientras los servicios financieros pasaban en el mismo lapso, de 15 a 21 por ciento. La tercerización de la economía (su tránsito de la manufactura al sector servicios), que fue presentada por algunos analistas como un salto cualitativo hacía una “sociedad posindustrial”, en realidad se ha convertido en una trampa. En primer lugar, los servicios no financieros con tecnología de punta (cuyo paradigma son las comunicaciones y la transmisión electrónica de datos) fueron incapaces de jalonar un ciclo al alza permanente, ya que movilizan muy poca fuerza de trabajo; en segundo término, al ser apoyado el proceso económico en forma preponderante en un consumo a debe, los puestos de trabajo que reemplazaron los empleos industriales exportados se centraron en servicios como el comercio de todo tipo, el transporte y los servicios personales, que con remuneraciones y condiciones laborales inferiores han terminado por traducirse en una incapacidad creciente del norteamericano medio para honrar sus deudas, siendo las más importantes en términos macroeconómicos aquellas asociadas a la adquisición de bienes de consumo durable, como los inmuebles y los automóviles.

Crisis y perspectivas


Es, pues, en ese contexto en el que debemos ubicar no sólo las causas de la actual crisis, que va más allá de los efectos de la desregulación financiera llevada a ultranza, sino asimismo las perspectivas que, como solución, nos esperan. Máxime si se tiene en cuenta que las medidas de rescate financiero no han terminado por reactivar el crédito ni reanimar a las bolsas. Como tampoco las bajas en las tasas de interés de los Bancos Centrales de los países desarrollados han tenido efectos sobre la demanda y la fluidez de los préstamos. Acá, por tanto, cabe preguntarse si el capital político con el que cuenta todo nuevo presidente puede usarse, en el caso de Estados Unidos, para implementar medidas más audaces. En ese sentido, es bueno precisar cuál es el mandato real con el que se asume el poder, y para ello parece un buen indicador inquirir en el pensamiento de los verdaderos arquitectos del discurso que esgrime el electo Barack Obama.

En el área económica debe destacarse la presencia de Robert Reich, ministro del Trabajo de Bill Clinton, quien considera que los análisis sobre el proceso de globalización no han sido suficientemente exhaustivos, y que han pasado por alto, por ejemplo, la profundización de las asimetrías sociales, incluso al interior de los países desarrollados. De otro lado, en su concepto de supercapitalismo (el año anterior publicó el libro Supercapitalismo: la transformación de los negocios, la democracia y la vida cotidiana), considera que la competencia intercapitalista lleva a que formas de corrupción como los sobornos se conviertan en práctica común, así como llama la atención sobre el papel creciente de las compañías en el cumplimiento de sus ‘deberes’ sociales y lo que eso significa como socavamiento de la ‘democracia’. Con lo que, sin darle nombre, se refiere a la lenta pero segura introducción del corporativismo como modelo de Estado (en el fondo, el corporativismo no es más que el gobierno directo de las corporaciones, por encima de la representatividad universal de los ciudadanos), y también a la consecuente amenaza para la ‘democracia’ a la que con frecuencia alude en sus escritos.

Sin embargo, la pregunta grande gira alrededor de cuán reversibles son los procesos iniciados. La tendencia a la desindustrialización de Norteamérica parece imparable. La industria del automóvil, por la cual Obama toma partido definitivamente (hasta el punto de significarle un primer choque con el gobierno saliente de Bush), solicita un paquete de ayuda de 50 mil millones de dólares, que de concretarse y darse como préstamo puede deslegitimar la parte del rescate de los bancos que ha asumido la forma de capitalización (inyección de liquidez a cambio de acciones), pues éstos reclamarían por no ser tratados de igual manera. Pero, de asumir tal rescate la forma de capitalización, es decir, la nacionalización parcial o total de un sector que ha sido el símbolo de la empresa privada, el discurso del mercado es susceptible de un golpe demoledor. Pero, más allá de lo que suceda en el corto plazo, pocos apuestan por la industria automovilística norteamericana en el mediano plazo. Que la India y China estén en condiciones de producir autos de gama baja, a costos cercanos a los tres mil dólares, deja muy poco espacio para la producción de autos norteamericanos más costosos, en una época en la que los salarios de los grupos medios han descendido. Algunos expertos consideran que la industria del automóvil en los Estados Unidos debiera dedicarse a la producción de componentes de alta tecnología y abandonar el ensamblaje de coches.

El contraste es notorio con una economía emergente como la de China. A comienzos de la segunda semana de noviembre, ésta anunciaba un paquete de estímulo económico de 586 mil millones de dólares (15 por ciento de su PIB), no para rescatar empresas del sector financiero sino para invertir durante dos años en 10 macroproyectos que cobijan medio ambiente, transporte e infraestructura. La economía china creció en el tercer trimestre del presente año a una tasa de 9 por ciento, lo que significa una desaceleración del 1,14 si se compara con el mismo trimestre de 2007. Por lo cual, con una respuesta que parece incluso desproporcionada, China envía un doble mensaje a Occidente: de un lado, que está dispuesta a defender su histórica tasa de crecimiento de dos dígitos a como dé lugar, y, del otro, que se equivocan quienes consideran que, por el gran peso de las exportaciones en la composición de su producto, su suerte está atada indefectiblemente a la de los países del centro. Que existe actualmente un acoplamiento entre la economía china y la estadounidense es algo innegable, pero otra cosa es creer que por eso no se pueda dar, con el tiempo, un desacople relativo. La sustitución de demanda externa por demanda interna, que ya el último congreso del Partido Comunista Chino había planteado, con el reciente paquete de estímulos deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en una realidad que habrá de marcar en el futuro la correlación de fuerzas en el mundo.

La posibilidad de reactivar la economía mediante inversión estatal en grandes obras de infraestructura se limita seriamente cuando las economías ya cuentan con un significativo déficit fiscal, como es el caso de la economía estadounidense. Como bien señala Robert Rubin, otro referente teórico de Obama, los crecientes déficits terminarán debilitando al dólar, por lo cual se hace necesario tanto el ajuste fiscal como el de cuenta corriente. Bajo ese panorama, la probabilidad de que la actual recesión se convierta en depresión profunda se torna significativa.

Planes soterrados


Ello abre paso a una tensa situación internacional. Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad de Jimmy Carter (1977-1981) y considerado por algunos el verdadero mentor de Obama, en su libro El gran tablero mundial cree que lo esencial del juego geopolítico se libra en Asia Central, y que la aceptación de Estados Unidos como única potencia militar, así como la creación de un núcleo político de responsabilidad compartida (conformado, además de Estados Unidos, por Europa y Japón) es lo más conveniente para el mundo. Sin embargo, desde 1997, año de publicación del libro, hasta hoy, se han dado cambios dramáticos en el ajedrez mundial, como el renacimiento de Rusia y el crecimiento monumental de China (que centra su estrategia en “el ascenso pacífico”), que deben haber alterado la visión de Brzezinski. Este internacionalista, considerado el iniciador de la caída de la Unión Soviética –pues se dice que fue quien diseño los sucesos que la llevaron a involucrarse en Afganistán– y asimismo a quien también se le considera artífice de la destrucción de Yugoslavia, se muestra partidario de dinamitar a los rivales de Estados Unidos desde adentro. Algunos aseguran que él está detrás de los movimientos de liberación del Tíbet y de la conversión del Dalai Lama en figura mediática. ¿Estaremos entrando en la etapa de los intentos de balcanización de Asia, incluida China? De ser así, y seguimos la lógica de Hobsbawn, podemos decir que el siglo XX resucitó o que el siglo XXI parece, hasta ahora, su clon.

Parece, entonces, que del papel que desempeñen los movimientos populares en esta crisis seguramente dependerá el verdadero alumbramiento del siglo XXI. Las reacciones por el desempleo galopante ya comienzan a mostrar síntomas de que los sectores trabajadores no parecen dispuestos a aceptar pasivamente peores condiciones que las que ya padecen. En Barcelona, los trabajadores de la filial de la Nissan en esa ciudad apedrearon la sede cuando se enteraron de que había despidos masivos. Los choques de clase parecen, entonces, regresar con fuerza. Sin embargo, la izquierda da la impresión de seguir aún sedada y en la defensiva. Las crisis son dolorosas pero al fin y al cabo son oportunidades, y la responsabilidad histórica de quienes de verdad creen que otro mundo es posible es hoy seguramente mayor. Definitivamente, no parece un momento para vacilaciones.
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