Jueves, 26 Abril 2018 09:52

Un patio que quiere seguir siendo trasero

Escrito por Raúl Zibechi
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Un patio que quiere seguir siendo trasero

En la evidente disputa económica y militar al interior del capitalismo, Estados Unidos enfrenta a diferentes potencias, obligándolo a consolidar nuevas formas de injerencia en nuestro continente para contener a China y a Rusia. ¿Cuál será la opción que tomarán los gobiernos latinoamericanos frente a este panorama? ¿Continuaremos con el patio trasero?


La principal característica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina deriva del colapso de las burguesías nacionales. Primero en Argentina y ahora en Brasil, las principales clases dominantes que merecieron ese nombre fueron desarticuladas por una pinza formada por el irresistible avance de los monopolios globales y las clases obreras que dejaron de percibirse como actores subalternos.

En el lugar de aquellas burguesías fue emergiendo un sector de empresarios enriquecidos con la especulación financiera en el casino global, gentes cuyo único sentido en la vida es la acumulación rápida de dinero para esconderlo en paraísos fiscales y utilizarlo en cualquier lugar del mundo para satisfacer caprichos y vanidades.

La inexistencia de estas clases nacionales con intereses propios, ora coincidentes ora divergentes de los grandes centros de poder, tuvo tres consecuencias mayores.

La primera es la desaparición de cualquier proyecto nacional, incluso del sentido mismo de nación. En otros tiempos, durante el período de sustitución de importaciones que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía industrial (poderosa en Argentina y en Brasil, mediana en México y más débil en el resto de los países) orientó las políticas exteriores. Los casos de Perón y de Vargas, hablan por sí solos de la búsqueda de un desarrollo como naciones más allá de los dictados del imperio.

La segunda es la aparición de nuevas burguesías “plebeyas” nacidas durante los gobiernos progresistas, que llenan el hueco dejado por las burguesías nacionales. El caso más destacado es el de Venezuela, donde la llamada boliburguesía se amalgama entre altos mandos militares, funcionarios estatales de primer rango y sectores de las viejas burguesías.

Su gran problema es que, como toda burguesía naciente, necesita apelar a una versión actualizada de la “acumulación originaria”, concepto de Marx para describir cómo nace el capital del robo y la expoliación. Su fortaleza es, a su vez, su debilidad. Para legitimar su corrupción rampante, debe destinar recursos a neutralizar al campo popular a través de subsidios y traspases de fondos disfrazados de políticas sociales. El punto débil aparece cuando los recursos escasean por la caída de los precios de los productos exportables que lubricaron la gobernabilidad.

La tercera es consecuencia de las dos anteriores y es el núcleo de la coyuntura actual. La debilidad estructural de quienes deberían defender algo que alguna vez conocimos como “intereses nacionales”, facilita los modos imperiales de dominación. Observamos que el Pentágono ya no necesita, salvo excepciones, desplegar flotas y aviones para derribar gobiernos, como hizo en la primera mitad del siglo hasta, digamos, la última intervención en Haití forzando al presidente Aristide a tomar el camino del exilio.

Ahora los modos de intervención son mucho más sutiles e indirectos. Al punto que, sobre la superficie, no existirían conflictos mayores entre Washington y América Latina, con la excepción de Venezuela. En los otros casos, Honduras y Paraguay, el imperio se limitó a mirar para otro lado cuando las fuerzas locales expulsaron por la vía “legal”, aunque ilegítima, a los presidentes Zelaya y Lugo. No tuvo la menor necesidad de intervenir.

Esto no quiere decir que Washington observe de brazos cruzados lo que sucede en su patio trasero. Interviene y mucho, pero de modo muy diferente. El caso de Brasil es el más transparente. Apoyó a la nueva derecha militante, formada en instituciones vinculadas a la derecha estadounidense. Esta derecha fue capaz de ganarle la calle a las izquierdas. Lo demás fue casi natural: promover la destitución de Dilma Rousseff, dejar que un verdadero corrupto desgobierne el país y sacar del medio al único líder que podría encarar un proyecto diferente.

A falta de burguesías con intereses nacionales, Washington cuenta en cada país con núcleos dóciles, interesados en apoyarse en el imperio para ocupar espacios de poder que, en el largo plazo, beneficiarán con creces a sus promotores. En el caso brasileño, el Pentágono está consiguiendo tres objetivos estratégicos: recuperar el control de la base satelital de Alcántara, neutralizar el programa de cazas de quinta generación con la sueca Saab y enlentecer hasta paralizar la construcción del primer submarino nuclear. Todo eso operando por lo bajo, a través de terceros que son los que dan la cara, como el juez Sergio Moro que procesó a Lula, y Kim Kataguiri, el líder del Movimiento Brasil Libre.

Hay un tema mayor, aunque bien sutil, que se escapa a este análisis y a las capacidades que hoy tenemos las izquierdas de comprender la realidad. Me refiero a las iglesias pentecostales. Salvo en México, donde el catolicismo es fuerza imbatible, en varios países como Colombia, Guatemala y Brasil (además de Chile y Uruguay), las iglesias evangélicas juegan un papel en el ascenso de las derechas duras. No es ni puede ser casualidad. Es una construcción de larga duración que comenzó a mediados del siglo pasado, que arraigó en algunos pequeños países centroamericanos y fue potenciada durante la Guerra Fría como forma de combatir a las comunidades eclesiales de base y a la teología de la liberación.

El último punto se relaciona con los objetivos inmediatos del gobierno de Donald Trump. Una vez domesticado el patio trasero, y sabiendo que cuenta con una cohorte de gobernantes sumisos, se trata ahora de usarlos como peones en su estrategia geopolítica consistente en contener a China y cercar a Rusia. Días atrás la agencia Reuters aseguraba que Donald Trump planea “exhortar a los líderes de América Latina durante la Cumbre de las Américas para que cooperen con EEUU en el ámbito comercial, en detrimento de China” (Sputnik, 7 de abril de 2018).

La Cumbre se celebrará en Lima del 13 al 14 de abril y los analistas estiman que los voceros de los Estados Unidos presionarán a los gobiernos de la región para que opten por los productos de su país y reduzcan las compras provenientes de Asia. Es la misma política que está aplicando con los países europeos. Puede chantajear a Brasil, por ejemplo, con las tasas impuestas a las importaciones de acero de este país.

Desde 2013 China es el primer socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos. Un viraje que siempre anuncia cambios mayores. La incógnita es qué camino tomarán las clases dominantes de una región que parece empeñada en seguir siendo el patio trasero del imperio.

Información adicional

  • Autor:Raúl Zibechi
  • Edición:245
  • Sección:Geopolítica regional
  • Fecha:Abril 17 - Mayo 17 de 2018
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