Domingo, 09 Diciembre 2018 10:52

Hay fuerzas superiores al miedo

Escrito por Carlos Gutiérrez Cuevas*
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Hay fuerzas superiores al miedo

Perseguidos, como sus ancestros esclavos, pero en su propia tierra: en las riberas infinitas de los caños y quebradas que forman una tupida red bajo las espléndidas selvas en la esquina noroeste de Colombia. Allí, desperdigados entre algo como treinta y cinco mil kilómetros cuadrados, sobre el borde del Cacarica –un tributario intermedio del portentoso río Atrato–, viven unas cuantas familias en pequeñas parcelas y mínimos caseríos: alentados por el sueño de tener, algún día, mejores condiciones para avanzar en esta geografía cruzada por la exuberancia y el miedo.

 

Colonización y despojo

 

Mariela sueña con ser maestra de una escuela la que sólo existirá cuando la misma Mariela la edifique. En esa tarea, cuenta con el apoyo –a veces duramente logrado– de vecinos y allegados de la zona. También colaboraron algunos misioneros católicos y visitantes. Al fin, la clave está en insistir hasta integrar una comunidad para que resuelva de la mejor manera las carencias y limitaciones de sus miembros.

Pero, ¿cómo crear una escuela en semejantes lejanías, sin presencia del alguna del Estado? Excepto un cuerpo del ejército dedicado a hostigar a la población local a fin de asegurar el retorno latifundista montado, ahora, en inversiones estimuladas por capitales recién formados tal cual sucede en muchas partes que, para el caso, se reducen a la zona bananera de Urabá durante los años noventa.

Poderosos empresarios emparentados con altos cargos públicos, en confabulación con traficantes, militares, comerciantes y funcionarios locales; todos empeñados en expulsar a las comunidades autóctonas, apropiarse de su territorio y explotar las inmensas riquezas naturales que posee.

Esta colonización, fundada en el despojo, repite feroces episodios vividos alrededor de la quina, del azúcar y del tabaco. También se da tras el petróleo, el oro, otros minerales y las maderas. Un territorio virgen en el sentido estricto del término, amenazado por el arrasamiento de sus suelos, la alteración cruenta del curso de las aguas, el derrumbe de laderas y vertientes, la pérdida de tesoros naturales únicos e irrepetibles y el desalojo –cuando no la eliminación– de pueblos que guardan, desde tiempos inmemoriales, maneras y producciones culturales de singular riqueza.

 

Asedio a la esperanza

 

Al frente, la fuerza pública abre camino a las bandas de sicarios aupadas por terratenientes y traficantes. Cercenan el tránsito por las vías fluviales, únicos medios de transporte y comunicación. Asedian a la población del Cacarica que, sin nada en las manos para resistir, intenta defender sus magros bienes y frenar la devastación de sembradíos, chozas y esperanzas.

Esta novela, primera de Alexandra Huck, se tituló precisamente “Marielas Traum” (El sueño de Mariela), en la edición alemana de 2014. La traducción de Constanza Vieira Quijano al castellano aparece en la colección Ríos de letras, de Ediciones desde abajo (2018), bajo el título “Contra la corriente de aguas terrosas”.

Empecinados en el crimen

Los trazos sutiles del relato conforman un fresco de acontecimientos enlazados rítmicamente, sin estridencias ni alteraciones en la armonía. Casi sin veleidades, logran ilustrar la geografía tropical húmeda e impregnan de ternura los ásperos pasajes urbanos.

Intensa, nada tediosa, la narración ilumina el drama que afrontan las comunidades negras y limpia la turbiedad de la muerte. El cuadro muestra las tropas oficiales detrás de los sicarios, los empresarios junto a los generales; los latifundistas y los gobernantes en la cúspide del poder empecinados en el crimen.

Esos propósitos de los terratenientes, traficantes, militares, funcionarios y sicarios se enfocan en la eliminación de los líderes comunitarios. Pero, obnubilados por un machismo irredento, asignan ese liderazgo a los hombres y, en particular, adoptan la condición de guerrilleros. Los hombres de la guerrilla.

La insurrección armada aparece en esta novela de Alexandra Huck entre bambalinas. Los guerrilleros advierten, antes que nadie, los peligros que conlleva la presencia de mercenarios en la región. Después de lanzar sus advertencias, los insurgentes se sumergen en las profundidades de la selva a esperar a que pase la tormenta. Aunque algunos miembros de la comunidad se suman a la acción clandestina, los nexos entre la guerrilla y la población civil son endebles, prácticamente inexistentes más allá del encuentro casual entre quienes se conocen de infancia.

La resistencia es femenina

El peso de la resistencia frente a las agresiones del poder, recae en la comunidad y, esencialmente, en las mujeres. Al margen de su comodidad urden el tejido social, procuran la sal y el cobijo, organizan el baile y la música y orientan la solidaridad que viene en manos de mujer.

Tales virtudes, al tiempo que las convierten en blanco predilecto de los asesinos, constituyen un rasgo de identidad capaz de superar los arquetipos del “eterno femenino”, justo en el momento en que los varones pierden su capacidad de disimular el miedo.

Son las mujeres presentes en esta novela y que se congregan en torno a Mariela (la protagonista, la soñadora de escuelas), empezando por Beata (una joven alemana activista de los Derechos Humanos vinculada a la comunidad perseguida), quienes cargan el peso de una acción decidida y audaz para concretar la posibilidad de acallar las armas, con canciones, y de aclarar las aguas turbias.

* Sociólogo Universidad Nacional de Colombia, Ms. Scs. Universidad de Montpellier III

Información adicional

  • Autor:Carlos Gutiérrez Cuevas*
  • Edición:252
  • Sección:Colombia
  • Fecha:Suramérica
Visto 189 vecesModificado por última vez en Domingo, 09 Diciembre 2018 11:27

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