Domingo, 09 Diciembre 2018 11:30

Migrar en el siglo XXI: espacio, tiempo e ideología

Escrito por Francesca Gargallo Celentani
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Migrar en el siglo XXI: espacio, tiempo e ideología

Tres mil personas salieron de Honduras, en la madrugada del día 10 de noviembre con cariolas, mochilas, bolsos y niños de la mano para enfrentar los 2.800 kilómetros que los separa de Tijuana, Baja California. Tres horas 22 minutos en avión, 42 horas en autobús, 31 en auto y unas jornadas indefinidas para migrantes que viajan a pie.

Cuando internet apareció en 1969, no sólo representó un sistema de información militar capaz de conectar a todos los puntos de Estados Unidos en caso de un ataque ruso, sino también un gran dilema para la geografía y las ciencias políticas. Si es posible que a la distancia una información se reciba en el mismo momento en que es emitida, ¿acaso es real esa distancia?

Durante casi treinta años, las ciencias políticas han utilizado la idea de que el internet acorta o cancela los recorridos permitiendo la construcción de una “aldea global”, mientras los y las geógrafas se preguntaban si la simultaneidad cibernética revelaba la falacia del espacio y el tiempo como conceptos inseparablemente relacionados. Luego, a principios del siglo XXI, grandes olas de migraciones asiáticas, africanas, americanas y europeas volvieron a demostrar que los tiempos de los trayectos sobre la tierra son brutalmente concretos e implican esfuerzos, fatigas, riesgos, encuentros con la muerte, así como el reacomodo de los derechos según las políticas del país receptor. En los últimos cuatro años, han muerto y desaparecido 28.052 personas en las principales rutas migratorias, siendo la del Mediterráneo la más recorrida y mortífera.

Según los datos y análisis de Missing Migrants Project, no existen rutas que no sean peligrosas. Muere la gente que emprende migraciones desde el Cuerno de África, África Subsahariana y África del Norte, tanto como las personas que atraviesan el Caribe, que migran de la América andina a las planicies de Argentina y Brasil, y en la muy concurrida ruta de América Central que confluye en la ruta de la frontera de México con Estados Unidos, una de las más violentas en relación al flujo migratorio registrado. El inhóspito desierto de Sonora, las bajas temperaturas invernales y bandas de secuestradores son los mayores peligros del lado mexicano. Del lado estadounidense, las tierras son mayoritariamente privadas y las comunidades de rancherías esperan con ánimos muy contrariados la llegada de civiles armados, pertenecientes a grupos de extrema derecha “nacionalista”, como los Minuteman de Texas, para detener las caravanas de migrantes que huyen de la violencia en Centroamérica. Los vigilantes de estas milicias blancas racistas declaran querer “detener una invasión” y que el “ingreso ilegal” de los migrantes equivale a una guerra. “Se están riendo en nuestra cara”, dijo Shannon McGauley, presidenta del Proyecto Minutemen. La retórica antinmigrante del presidente Trump fomenta muchas acciones de xenofobia: cuando los migrantes rompieron la valla fronteriza en el sur de México el 22 de octubre de 2018 (con un saldo de dos muertos y 500 personas que decidieron retornar), llamó incapaces y cobardes a los policías mexicanos y sostuvo que el ejército estadounidense dispararía sobre las personas que lanzaran piedras contra los agentes fronterizos.

Pero las migraciones pueden durar meses y años, tener carácter de invasión o de fugas, arrastrar a niños, niñas, ancianos, mujeres, hombres. Por las fronteras ya no pasan sólo hombres en busca de mejores condiciones laborales. La salida, el 12 de octubre pasado, de la primera caravana de personas en busca de refugio político, sexual, económico y contra la violencia desde Honduras, ha puesto de manifiesto que una media rápida de viaje a pie es de 25 kilómetros por día. Y eso cuando no enfrentan policías migratorias, accidentes climáticos, bandas de asaltantes y grupos de la delincuencia organizada, bloqueos por parte de la ciudadanía reaccionaria de los países receptores, cárceles y campos de concentración disfrazados de refugios.

El transporte motorizado dispersa las caravanas, pone en riesgo particularmente a las mujeres y las niñas y niños, que se vuelven presas fáciles de los tratantes de personas, y las personas con discapacidades físicas. No obstante, es mediante buses, camiones, en ocasiones tractores u autos particulares que las caravanas logran adelantar los tiempos de marcha. La primera llegó a la única ciudad santuario de México, la capital, entre el 4 y el 5 de noviembre, después de recorrer 1.160 kilómetros. Tres mil personas salieron en la madrugada del día 10 de noviembre con cariolas, mochilas, bolsos y niños de la mano para enfrentar los 2.800 kilómetros que los separa de Tijuana, Baja California. Tres horas 22 minutos en avión, 42 horas en autobús, 31 en auto y unas jornadas indefinidas para migrantes que viajan a pie.

No sólo Centroamérica expulsa a su ciudadanía por motivos que van de la violencia callejera, que afecta la vida cotidiana de todas las ciudades de El Salvador, Honduras y la capital guatemalteca, hasta la represión política, que se ha incrementado en Honduras después del golpe de 2009 y que se recrudece después de cada proceso electoral, por lo general fraudulento, pero que permite decir a las autoridades que la democracia es estable, y la falta de oportunidades laborales y de estudio, cuando no la persecución de las personas de sexualidades disidentes. En América del Sur, el caso de Venezuela es alarmante. Desde 2016 han salido 925 mil personas por avión, por tierra y por mar hacia quince países, equivalentes a los migrantes de los catorce años anteriores. Según un informe de Tendencias Migratorias Nacionales en América del Sur, publicado el 27 de febrero de 2018 por la Oficina Internacional de Migraciones (OIM) de la ONU, en los últimos dos años, la mayoría de las y los migrantes venezolanos se ha dirigido hacia Colombia, siendo Estados Unidos y España los siguientes países donde se registra su llegada. Sin embargo, es en Brasil donde la retórica sobre el peligro que representa su presencia es más virulenta, habiendo sido utilizada con fines propagandísticos por la extrema derecha electoral que ha ganado las elecciones presidenciales el 28 de octubre recién pasado.

¿Por qué si las migraciones existen desde que la humanidad empezó a organizarse, hoy se han convertido en un fenómeno que pone en riesgo la misma convivencia democrática que el Occidente colonizador reivindica como su principal aporte al desarrollo social? ¿Por qué mujeres y hombres que huyen de las guerras, la represión, el hambre fomentan discursos nacionalistas que cuestionan la universalidad de los derechos humanos? En un clima de despunte de la xenofobia, las personas que luchan en defensa de los derechos humanos sufren cada vez más ataques, al punto de llegar a una situación “de crisis” en todo el mundo, según las mismas Naciones Unidas. Los días 28, 29 y 30 de octubre, en París, se reunieron más de 150 activistas para concordar una estrategia de lucha durante la segunda Cumbre Mundial de Defensoras/es de Derechos Humanos, ya que, según Michel Forst, relator especial de la ONU, “estamos frente a un panorama alarmante para los defensores de derechos humanos. Su situación se deteriora en todo el mundo a pesar de las obligaciones de los Estados de garantizar su protección”.

El fenómeno migratorio es esencialmente político. La pésima distribución de la riqueza entre países, no sólo entre clases sociales, empuja a masas de personas hacia los lugares donde espera conseguir mejores oportunidades de libertad personal, ganancias, estudio y seguridad. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1946 ampara sus derechos a la movilidad y las políticas de descolonización mundial de las décadas de 1950-1970 ofrecen argumentos a las demandas de resarcimiento de las poblaciones empobrecidas por el colonialismo. Sin embargo, las políticas antinmigrantes de la Unión Europea, Estados Unidos y los países que apelan al nacionalismo revelan cuánto los discursos de odio actúan en los rechazos selectivos de las poblaciones más necesitadas, empobrecidas o demonizadas.

En América, los dos casos referidos, muy diferentes entre ellos, revelan patrones reaccionarios semejantes por parte de gobiernos y poblaciones de los países receptores que hacen leva sobre los sentimientos de repulsión a los migrantes, favoreciendo respuestas intolerantes, complotistas, fanáticamente nacionalistas y fundamentalistas.

En el caso de Honduras, después del golpe de 2009 y los subsiguientes gobiernos elegidos en situación de excepción, las caravanas de migrantes (una segunda ha cruzado el río Suchiate diez días después de que la primera lograra superar la frontera sur de México y una tercera cinco días después) son la manifestación pública y masiva de la crisis que experimenta la mayoría de la población. Ésta se empuja a pie rumbo al norte pidiendo refugio, exigiendo su derecho a la vida y buscando concretizar el derecho humano, que se supone universal, a la libertad de movimiento y residencia. Se trata de gente desesperada, pero fuerte, que protagoniza un hecho sin precedentes y confronta cruzando fronteras el miedo a la violencia de pandilleros, agentes de estado y paramilitares. ¿Algo parecido a las migraciones de pueblos germánicos que trastocaron el Imperio Romano y cambiaron la historia de Europa?

Después de haber sido marginados por el gobierno, despojados por la oligarquía, amenazados por sus sicarios y negados por las embajadas a las que se habían dirigido en busca de asilo, campesinos y obreros agrícolas, poblaciones garífunas y afromestizas, lesbianas, trans y homosexuales, madres de familia y diversos tipos de desempleados no confían en la capacidad de protegerlos de las organizaciones de la sociedad civil y consideran que algunas agencias de cooperación hacen el juego de sus opresores.

De pobreza y violencia hablan las mujeres que cargan a sus hijas e hijos por los caminos de México; de falta de oportunidades, los hombres jóvenes que abren la marcha; de acoso de los grupos criminales, los expulsados de las ciudades. Su migración revela la crisis humanitaria provocada por el colapso de un sistema económico que considera a personas y territorios como recursos financieros. Todos coinciden que no tienen alternativas en su país y por ello prefieren morir en el camino que volver a sus pueblos y barrios. “Si nos van a deportar, considérenos como desaparecidos”, confesó un joven a un colectivo de mujeres el 30 de octubre a su llegada a Juchitán, Oaxaca. Las autoridades municipales de la ciudad, que todavía no se repone del terremoto que en septiembre de 2017 afectó el 75 por ciento de sus construcciones, habilitaron para los siete mil migrantes el espacio que ocupa la terminal de autobuses de segunda, mientras cuatro unidades médicas llegaban de la Ciudad de México para atender 2000 llagas en los pies y tres niños con dengue hemorrágico. Al día siguiente, nació la primera niña mexicana de la caravana. La madre conmovió a muchas personas poniéndole por nombre Guadalupe. Pocos, sin embargo, manifestaron su impresión por el niño desaparecido al ingresar a Chiapas y por el hombre que cayó de un camión, matándose. Mientras tanto, según Arturo Peimbert, titular de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, la policía hostiga a las familias de la caravana y a la gente que se solidariza con ellas para hacer más arduo su avance hacia el norte.

Arturo Peimbert y su equipo de trabajo han monitoreado el tránsito de la caravana desde el momento en el que la columna humana dejó territorio chiapaneco para entrar a Oaxaca y hasta su salida hacia Veracruz. En Juchitán, donde los refugiados permanecieron dos días, se abrió la oportunidad de aligerar el camino del éxodo con la disponibilidad de autobuses para trasladarlos. Universidades, grupos solidarios e iglesias católicas iban a contratar 70 autobuses. Sin embargo, funcionarios del gobierno federal llamaron a los dueños de las empresas de transportistas oaxaqueños y los amenazaron con acusarlos de tráfico de personas y de quitarles las concesiones si cedían sus unidades.

La inestabilidad política hondureña es histórica, pero el golpe de estado de 2009 ha propiciado un despojo sin límites por parte de las mineras estadounidenses y canadienses y de una oligarquía que no reconoce límites institucionales a su enriquecimiento. Cuentan para intervenir en los territorios indígenas, en la costa garífuna y en los barrios obreros con el Ejército Nacional, entrenado a la más brutal represión. Esta situación es mal conocida. En parte, el hecho de que, a cuatro meses del golpe, se realizaran elecciones facilitó que la opinión pública internacional considerara “resuelta” la crisis hondureña con un “retorno” a la democracia. Pero sobre todo en su contra juega que en 2017 en Estados Unidos ganó la presidencia el candidato que había manipulado a su favor una brutal propaganda antimigrante para levantar su ventaja. Contra toda posibilidad de empatía hacia las y los migrantes, ahora está prometiendo enviar 5 200 tropas a la frontera con México con la orden de disparar contra cualquier persona que intente entrar a territorio estadounidense o “lance piedras y palos” contra los uniformados. Para reforzar su posición, propone contravenir el principio americano de la nacionalidad por nacimiento, no permitiendo el registro de hijas e hijos de migrantes que él considere “ilegales”.

Los migrantes centroamericanos parecen destinados a quedar atrapados en México, como les sucede a cientos de miles de personas que se topan con fronteras selladas en Turquía, Libia o Marruecos. Afortunadamente, el próximo gobierno en México, que tomará posesión el 1 de diciembre de 2018, es de tendencia progresista, lo cual no sólo lo lleva a condenar la represión policial ordenada por el gobierno saliente, sino que, además, influye positivamente en el abandono del lenguaje agresivamente xenófobo utilizado por representantes de los sectores medios y oligárquicos al inicio de la travesía de las caravanas migrantes por el territorio nacional.


Las migraciones, a su vez, tienen la característica no sólo de recordarnos que el tiempo de vida es concreto y las travesías implican espacios, sino que las divisiones entre pueblos son ficticias. Los días 5 y 6 de noviembre recién pasado, me dirigí a contar cuentos a las niñas y niños que habían llegado con la caravana al albergue que el gobierno capitalino instaló en el estadio Jesús Martínez ‘Palillo’, de la Ciudad Deportiva, en la alcaldía de Iztacalco. Conmigo venían dos amigas y traíamos un gran fajo de papel blanco, colores, y algunos libros de cuentos. Después de pasar varias horas contándonos historias y leyendo los libros, las niñas y niños empezaron a narrarnos su historia del camino, por qué sus madres habían decidido salir, cómo eran sus casas o sus barrios y qué deseaban hacer cuando llegarían a destino. La mayoría provenían de Honduras, aunque de zonas muy distintas. Una niña, Alejandra, de unos 5 años, saltaba alrededor de la mesa, nos sonreía, se nos subía a los brazos con un evidente afán de no pasar desapercibida. Cuando finalmente tomó la palabra nos dijo que ella pertenecía a otra familia. Algo sorprendidas mis amigas y yo preguntamos a los demás si eran hermanas y primos, a lo cual nos contestaron que no. Alejandra se rió: “Soy de otra familia porque vengo de El Salvador, pero ellos me tratan igual. Ya somos amigos”.

Información adicional

  • Autor:Francesca Gargallo Celentani
  • Edición:252
  • Sección:Población
  • Fecha:Noviembre 20 - Diciembre 20 - 2018
Visto 103 vecesModificado por última vez en Domingo, 09 Diciembre 2018 11:36

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