Domingo, 09 Diciembre 2018 13:38

La paja en el ojo de Dios

Escrito por Francisco Rodríguez
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La paja en el ojo de Dios

Escribir es corregir, como decía 

Darío Jaramillo, y ¿qué mejor ayuda
que la crítica mirada ajena?

 

Mi clase de Estilos Argumentativos, en Bogotá, tiene dos componentes centrales: hablar en público y escribir en privado. Para mejorar en ambos aspectos he desarrollado mi pedagogía blasfema, que echa mano de las fallas de Dios y las pone a rendir en favor de mis estudiantes.

 

Esta pedagogía es sencilla, como debe ser toda pedagogía, e irreverente con el Señor. En ambos casos, en la escritura y en la retórica, el pobre sale chamuscado. En este escrito solo me ocuparé de la técnica para escribir mejor; en otro, mostraré cómo Él no ayuda a hablar mejor y, además, por qué es importante que no lo haga.

Veamos lo que dice el evangelista citando al maestro:

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lucas 6, 41-42)

Mejor no lo habría podido decir. La respuesta a su divina pregunta queda servida, y es esta: “Miro la paja en el ojo de mi hermano porque tú, señor, y tu padre, y toda tu sagrada familia involucrada en la creación de la especie humana, todos están untados: así me hicieron. Así nos hicieron. Vos y la Santísima Trinidad (y no sé si la Virgen María también metió baza) nos modelaron desde la eternidad con un ojo que mira para afuera, ¿de qué os quejáis?, ¿qué os admira?, ¿a qué ese enojo? Señor, así como la serpiente pica y la rana croa, nosotros no podemos eludir nuestra naturaleza, somos tu obra.

Más bien, las cosas son al revés, ¿a qué viene esa pregunta? Pregunta retórica por lo demás, porque de lo que se trata es de un regaño, con ese tonito que ya no estamos para aguantarle a nadie. Ahora, si se le olvidó cómo nos hizo, no demorará en empezar a preguntar ¿por qué no vivimos debajo del agua como los peces, o volamos como las aves, o vivimos tantos años como las tortugas? Sencillo, por la falta de agallas, alas, y caparazones. Así somos. Es como regañar a la serpiente por envenenar. Ya Voltaire se quejaba de cosas similares en su delicioso texto, Las preguntas de Zapata a los doctores de la Sorbona, publicado por Grijalbo en el tomito, Crítica religiosa. En particular, en la pregunta 56 (de las 66 que les plantea a los grandes sabios, doctores, teólogos) se coge a dos manos el poco pelo, asombrado de ver la ira de Jesús cuando una higuera no le da higos, entre otras razones, como dice el mismo evangelista, porque era marzo y no era tiempo de higos. Pequeño detalle. Pero veamos la cita completa de la Biblia:

Qué geniecito
(Marcos, 11, 12-14)

12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. 13 Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada halló, sino hojas, pues no era tiempo de higos. 14 Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos.

Y como lo oyeron, hay que decirlo, luego se afanaron en reescribir este pasaje para suavizar el absurdo. De modo que en Marcos ya no es que nadie vaya a comer higos de esa higuera, sino que ella no dará frutos. Y en Lucas, la higuera se vuelve una alegoría de un campesino que al ver que no le daba frutos quiso cortarla para sembrar otra (hombre sensato) y entonces un vecino le recomienda que le dé un nuevo chance, la cuide y la pode a ver qué pasa y si no, pues proceda a sembrar otra.

Así que, y volviendo a hablar con el dueño del negocio, por favor, revise el libreto celestial antes de regañar y maldecir.

Ahora bien, ya entrados en pajas, saquemos provecho de nuestra naturaleza falible. Eso es inteligencia pragmática, americana, hacer de necesidad virtud, y usando nuestra inveterada maña de mirar la mota en el ojo ajeno y descuidar la viga propia, avancemos en la corrección de nuestros escritos.

En pedagogía es un arma super poderosa. Los chicos escriben un artículo, lo revisan y lo entregan, cuando ya no ven más errores. Lo llevan a clase impreso, lo intercambian con sus compañeros y se leen cruzados. El resultado es de maravilla. Este joven que dejó pasar en su texto diez tildes, cinco comas y cuatro palabras mal escritas, ahora le corrige al compañero veinte tildes, tres puntos y coma, y cuatro palabras mal escritas. Todos ganan con la paja del ojo ajeno.

En ocasiones fotocopio treinta veces un escrito particularmente chueco y lo reparto a toda la clase. Al final sale una pequeña joya. Después de tantas miradas hemos puesto en práctica la tesis de James Surawecki presentada y ejemplificada en su libro, Cien es mejor que uno. Ni qué decir tiene que yo mismo he pasado escritos míos y he salido ganando, cuando algún estudiante pilla algún error garrafal que se me había escapado en la revisión.

Así que esa capacidad de ver la pajilla en el ojo ajeno es un prodigio para enderezar entuertos en el salón de clase. Nada distinto a lo que cuenta Ed Catmull en esa delicia de libro que es Creatividad S.A. En la compañía Pixar, nos cuenta Catmull, la mirada ajena en las sesiones de braintrust es esencial para mejorar las películas en desarrollo. Si Toy Story tiene tantos méritos, agrega, es porque se nutrió de los comentarios de todo el equipo y no solo de los expertos. Isaac Asimov contaba en su Autobiografía que él era el peor corrector de sus textos. Por la misma razón y porque cuando se leía le encantaba de tal modo la historia que llevaba entre manos, que se olvidaba de corregir, divertido con las ocurrencias y aventuras que contaban sus propios libros.

Schopenhauer, en El arte de envejecer, toca un aspecto complementario de mi pedagogía. Dice: “El Evangelio moraliza de forma ejemplar sobre la astilla en el ojo ajeno y la viga en el propio: pero la naturaleza del ojo lleva consigo el hecho de que el ojo mira hacia fuera y no hacia adentro; de ahí que observar y censurar los errores en los otros resulte un método muy apropiado para interiorizar nuestros propios errores. Para contribuir a nuestra enmienda precisamos un espejo” (Schopenhauer, A. (2009). El arte de envejecer. Madrid: Alianza. P. 48).

Y si quisiéramos extender las propiedades de esta característica externa del ojo humano y la aplicásemos metafóricamente a la vida moral, nada más grato que invocar a Tales de Mileto en la versión de Diógenes Laercio. Interrogado Tales, ¿qué es fácil? Respondió: “Dar consejo a otros”.

Para terminar de ser blasfemo, nótese que en el título de este artículo me apropio del nombre de la novela de Jerry Pournelle y Larry Niven, La paja en el ojo de Dios. Ahora ya no somos nosotros los que miramos la paja en el ojo ajeno, es Él que no ve la viga en el propio.

*Profesor Universidad del Rosario.

Información adicional

  • Antetítulo:Pedagogía blasfema
  • Autor:Francisco Rodríguez
  • Edición:252
  • Sección:Opinión
  • Fecha:Noviembre 20 - Diciembre 20 - 2018
Visto 215 vecesModificado por última vez en Domingo, 09 Diciembre 2018 13:42

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