Domingo, 09 Diciembre 2018 14:27

El coletazo de Pizano

Escrito por Equipo desdeabajo
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El coletazo de Pizano

Sorbo a sorbo, así llega la muerte, provocada, no natural. Como en las mejores series de espionaje en televisión, aunque aquí, como sucede tantas veces en nuestro país, la realidad supera a la ficción.

El más reciente escándalo de corrupción del que el país se entera, que estalló ante el rostro de millones de colombianos sorprendidos por efecto de una manipulada y maquiavélica acción del poder realmente existente, fue el que les costó la vida a Jorge Enrique Pizano y a su hijo, Alejandro Pizano Ponce de León.

El señor Jorge Enrique era el auditor del contrato vial Ruta del Sol II, ganado en licitación por las empresas Odebrecht y Episol –esta última, parte del Grupo Aval, uno de los mayores conglomerados económicos colombianos, verdadero poder detrás de la Casa de Nariño y su inquilino de turno–, obra que compromete 3,2 billones de pesos en la construcción de un tramo de 528 kilómetros en una carretera que va hacia la costa caribe. Y como dicen por ahí, “por la plata baila el perro”, y muerde, con rabia, hasta matar.

Todo indica que el señor Pizano muere por enterarse de lo que no le correspondía, no de lo evidente: que más de 30 mil millones de pesos estaban siendo hurtados, sino de los nombres y apellidos de quienes desangran al país, de quienes han llevado a esta parte del mundo al sitial de deshonor que una y otra vez lo resalta como uno de los más desiguales de todos los que integran el sistema mundo capitalista.

Por las denuncias ahora públicas, se conoce que el señor Pizano, en cumplimiento de sus funciones, comparte en el año 2015 las irregularidades que detecta con uno de los abogados fiables del señor Luis Carlos Sarmiento, el mismo que por aquellas cosas del poder hoy ejerce como fiscal general de la Nación, el doctor Néstor Humberto Martínez.

En el momento de escuchar lo narrado por el interventor de la obra, el abogado del Grupo Aval comprende de inmediato que las fugas de dinero correspondían al pago de coimas, muy seguramente a favor de paramilitares. ¿Quién(es) facilita(n) la información para el cobro correspondiente? Es éste uno de los interrogantes que hoy quedan en el aire. Pero hay otro, que inquiere fuerte: ¿Quién cancela tales sumas de dinero y a quién se las cancela?

Como todo parece indicarlo, descubrir esto por parte del interventor, ingeniero civil y no sociólogo, es comprender cuáles son los factores de poder que mantienen a Colombia en guerra, sirviéndose de la misma para su beneficio particular.

Al avanzar así en su comprensión de la realidad nacional, tal vez por la seguridad que sentía con funcionarios de supuesta confianza, a los que muy seguramente consideraba como ‘amigos’, es de suponer que Pizano exterioriza lo que está viendo y comprendiendo, sin saber que sus contertulios son en verdad unas fichas de esos factores de poder a los que les está desnudando su corazón. Franqueza que le salió cara.

Así lo comprendió en algún momento de su vida, por los años 2015-2017, seguramente cuando le llegan las primeras citaciones judiciales, sindicado de corrupto, o tal vez cuando en su computador descarga correos intimidatorios o al recibir mensajes amenazantes de manera directa o a través de tercera persona.

Su vida le había cambiado totalmente. Y entre citas judiciales y de otra índole, vino a comprender que para los negociantes no hay amigos sino únicamente intereses. Aislado, solo, siente que la vida se le va, por lo que opta por negociar con el sistema judicial de los Estados Unidos, interesado, como siempre, no en ejercer justicia sino en recuperar para ellos los dineros en fuga, así como de apretar funcionarios y agentes del poder, a fin de mantener –por su conducto– apaciguada, sometida a su servicio, a la clase dominante de uno y otro país.

¡Una pésima decisión! Conocedores de que en algún momento, al amanecer de un día cualquiera, aparecerá con chaleco antibalas, escoltado por agentes nacionales y extranjeros, abordando un avión rumbo al país del norte, aquellos que controlan los hilos del poder –involucrados mediante contratos con Odebrecht en el desfalco del tesoro nacional– toman la decisión de “borrarlo del mapa”, así como se hizo en otro país con Jamal Khashoggi por igual motivo: por ser incómodo para el poder.

Es aquella una decisión que llevan a cabo con total conocimiento de la vida privada de su víctima, a punto de que saben el tipo de agua que le gusta, cuándo y dónde la bebe, tal vez el sitio donde la compra. Y así, poco a poco, lo llevan a la tumba, aunque el diagnóstico médico diga otra cosa. Mas, como en las buenas películas, los desenlaces son impredecibles. Cuando se suponía que todo había terminado con la cremación del occiso, aparece el hijo para beber de esa misma agua maldita y fallecer de inmediato. Un giro resalta en la pantalla nacional: que tras la muerte del ingeniero Enrique Pizano algo no fue normal.

Él lo sabía. Él tenía la firme convicción de que querían asesinarlo, y por ello se aseguró de filtrar secretos que develaban parte de lo sucedido, y de los intereses que están detrás de su trágico final. Es como pensar: “Me matan pero me llevó a estos por los cachos”.

Bien. El coletazo de su cuerpo ahora reducido a cenizas logró su cometido. De su denuncia se puede concluir que la corrupción, como la conocemos hoy, no es posible sin neoliberalismo, máxima y moderna expresión del capital en la cual “primero, segundo y tercero yo, y los demás que se jodan”.

Ahora, con Pizano muerto, el país puede ver que esto de la corrupción va mucho más allá de los factores que pretendió enfrentar la campaña anticorrupción, pues –como ahora es evidente– la corrupción, en su grado máximo, no es un factor individual sino un componente más del poder. En verdad, en muchas ocasiones los condenados por este delito son agentes del poder, actúan no para beneficio propio sino para un poderío que se sostiene sobre bayonetas, cianuro y otras sustancias que –bebidas, olidas, untadas, sin dejar rastro inmediato– terminan con la vida de quien resulta incómodo para el poder.

Estamos ante un poder que en Colombia no repara en formas, prácticas, estilos, etcétera. Un poder que se ganó el reconocimiento de otros pares en el mundo, mayores que él, por lo cual ahora es de confianza en la Otan y otras instancias militares del globo. Alumno del poder israelí, surafricano, estadounidense, inglés, desde hace mucho el colombiano está graduado como un buen alumno, como un maldito.

Información adicional

  • Autor:Equipo desdeabajo
  • Edición:252
  • Sección:Editorial
  • Fecha:Noviembre 20 - Diciembre 20 - 2018
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