Lunes, 11 Febrero 2019 19:17

Lucha de clases en Francia, año 2019

Escrito por Serge Halimi y Pierre Rimbert
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Eduardo Ramírez Villamizar,  Catedral policromada, metal pintado, 70 x 126 x 60, 1984 (Cortesía del Museo de arte contemporáneo)Eduardo Ramírez Villamizar, Catedral policromada, metal pintado, 70 x 126 x 60, 1984 (Cortesía del Museo de arte contemporáneo)

Y de repente, en la amable coreografía de la alternancia en el poder republicano de dos fracciones civilizadamente enfrentadas –conservadores versus progresistas, por ejemplo– de la misma clase social, irrumpe un actor impresentable. Francia siempre supo de estos estallidos que escalan a veces a revoluciones (1789, 1830, 1848, 1871...). Hoy los “chalecos amarillos”, cansados de tantas injusticias, pretenden que la historia reinicie su marcha.

 

Miedo. No a perder una elección, a fracasar en las “reformas” o a ver caer sus activos en la Bolsa. Más bien, a la insurrección, la revuelta, la destitución. Hacía medio siglo que las élites francesas no experimentaban semejante sensación que, el sábado 1° de diciembre de 2018, paralizó repentinamente algunas conciencias: “Lo más urgente es que la gente vuelva a sus casas”, señalaba preocupada la periodista estrella de BFM TV Ruth Elkrief. En las pantallas de su canal desfilaban las imágenes de los “chalecos amarillos” muy decididos a conseguir una vida mejor.


Unos días más tarde, la periodista de un diario cercano a la patronal, L’Opinion, revelaba en un estudio de televisión hasta qué punto fue fuerte el chubasco: “Todos los grandes grupos distribuirán primas, porque realmente en un momento tuvieron miedo de ver sus cabezas clavadas en picas.

Efectivamente, ese sábado terrible, con todos los daños que hubo, las grandes empresas llamaron al presidente del MEDEF, Geoffroy Roux de Bézieux, para decirle: ‘¡Dales todo! Dales todo, porque si no...’. Se sentían físicamente amenazados”.


Sentado junto a la periodista, el director de una encuestadora recordaba a su vez a “grandes empresarios efectivamente muy preocupados”, un clima “que se parece a lo que leí sobre 1936 o 1968. Hay un momento en el que uno se dice: ‘Es necesario saber ceder grandes sumas, antes que perder lo esencial’” (1). Durante el gobierno del Frente Popular, el secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), Benoît Frachon, recordaba en efecto que en las negociaciones de Matignon, producto de una ola de huelgas imprevistas con ocupaciones de fábricas, los patrones habían “cedido en todos los puntos”.


Este tipo de descomposición de la clase pudiente no es habitual, pero tiene como corolario una lección que atravesó la historia: quienes tuvieron miedo no perdonan ni a quienes se lo causaron ni a quienes fueron testigos de su miedo (2). El movimiento de los “chalecos amarillos” –duradero, inasible, sin líder, que habla un idioma de las instituciones desconocido, tenaz a pesar de la represión, popular a pesar de la mediatización maliciosa de los saqueos– provocó pues una reacción llena de precedentes. En momentos de cristalización social, de lucha de clases sin rodeos, uno debe elegir su bando. El centro desaparece, el pantano se seca. Y entonces, incluso los más liberales, los más cultos, los más distinguidos olvidan la tontería de “vivir juntos”.


Horrorizados, pierden su sangre fría, como Alexis de Tocqueville cuando mencionaba en sus Recuerdos las jornadas de junio de 1848. Los obreros parisinos reducidos a la miseria fueron entonces masacrados por una tropa que la burguesía en el poder, convencida de que “sólo el cañón puede resolver los problemas de nuestro siglo” (3), había enviado contra ellos. Describiendo al dirigente socialista Auguste Blanqui, Tocqueville olvidaba sus buenos modales: “Un semblante enfermizo, malvado, inmundo, una palidez sucia, el aspecto de un cuerpo enmohecido [...]. Parecía haber vivido en una cloaca de la que acababa de salir. Me daba la sensación de una serpiente a la que le pellizcan la cola”.


La misma metamorfosis de la civilidad enfurecida tuvo lugar durante la Comuna de París en 1871. Y esa vez sorprendió a muchos intelectuales y artistas, progresistas a veces, pero preferentemente en momentos de calma. El poeta Leconte de Lisle montó en cólera contra “esa liga de todos los desclasados, todos los incapaces, todos los envidiosos, todos los asesinos, todos los ladrones”. Para Gustave Flaubert, “el primer remedio sería acabar con el sufragio universal, la vergüenza del espíritu humano”. Sosegado por el castigo (20.000 muertos y alrededor de 40.000 detenciones), Émile Zola extraería las enseñanzas para el pueblo de París: “El baño de sangre que acaba de sufrir quizás sea una horrible necesidad para calmar algunas de sus fiebres” (4).


Lo que lleva a pensar que el 7 de enero pasado, Luc Ferry, profesor de Filosofía y Ciencia Política, pero también ex ministro de Educación de la Nación, podía tener en mente los excesos de personajes, al menos con tantos galones como él, cuando la represión de los “chalecos amarillos”, demasiado indolente a sus ojos, le arrancó –en Radio Classique– esa exhortación a los guardianes de la paz: “Utilicen sus armas de una buena vez [contra] esa especie de matones, esa especie de canallas de extrema derecha o de extrema izquierda o de los barrios que vienen a golpear a la policía”. Luego Ferry se fue a almorzar.


Generalmente, el campo del poder se despliega en distintos componentes, a veces simultáneos: altos funcionarios franceses o europeos, intelectuales, empresarios, periodistas, derecha conservadora, izquierda moderada. Es en este amable marco que opera una alternancia calibrada, con sus rituales democráticos (elecciones, luego hibernación). El 26 de noviembre de 1900 en Lille, el dirigente socialista francés Jules Guesde analizaba ya ese pequeño juego político al que la “clase capitalista” debía su longevidad en el poder: “Se dividen en burguesía progresista y burguesía republicana, burguesía clerical y burguesía librepensadora, de manera tal que una fracción vencida pueda siempre ser reemplazada en el poder por otra fracción de la misma clase también enemiga. Es el barco de compartimentos estancos que puede hacer agua de un lado y no por ello deja de ser insumergible”. Sin embargo, puede ocurrir que el mar se agite y la estabilidad de la nave se vea amenazada. En ese caso, las disputas deben eliminarse ante la necesidad de un frente común.


Frente a los “chalecos amarillos”, la burguesía realizó un movimiento de esas características. Sus voceros habituales, que, en momentos de calma, procuran mantener la apariencia de un pluralismo de opiniones, asimilaron al unísono a los contestatarios a una jauría de poseídos racistas, antisemitas, homofóbicos, facciosos, conspiradores. Pero, sobre todo, ignorantes. “‘Chalecos amarillos’: ¿ganará la estupidez?”, preguntaba Sébastien Le Foll en Le Point (10 de enero de 2019). “Los verdaderos ‘chalecos amarillos’ –confirmaba el editorialista Bruno Jeudy– luchan sin reflexionar, sin pensar” (BFM TV, 8 de diciembre). “Los bajos instintos se imponen en el desprecio a la civilidad más elemental”, señalaba a su vez con preocupación Vincent Trémolet de Villers (Le Figaro, 4 de diciembre).


Ya que este “movimiento de ramplones poujadistas y facciosos” (Jean Quatremer), conducido por una “minoría rencorosa” (Denis Olivennes), es fácilmente asimilado a una “ola de ira y odio” (editorial de Le Monde), donde “hordas de retrasados mentales, de saqueadores” “carcomidos tanto por el resentimiento como por las pulgas” (Franz-Olivier Giesbert) dan rienda suelta a sus “pulsiones malsanas” (Hervé Gattegno). “¿Cuántos muertos tendrán en la conciencia estos nuevos ramplones?”, decía preocupado Jacques Julliard.


También preocupado por los “odios desembozados y ciegos a su propia voluntad”, Bernard-Henri Lévy accedió, sin embargo, a firmar en Le Parisien un petitorio, acompañado por nombres como el de Cyril Hanouna, Jérôme Clément y Thierry Lhermitte, invitando a los “chalecos amarillos” a “transformar su ira en debate”. Sin éxito, pero, alabado sea Dios, suspiraba Pascal Bruckner, “la policía, con su sangre fría, salvó a la República” de los “bárbaros” y la “chusma encapuchada” (5).


De Europa Ecología Los Verdes (Eelv) a los vestigios del Partido Socialista, de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (Cfdt) a los dos animadores de la mañana de France Inter (una “alianza de la inteligencia”, al decir de la directora de la estación de radio), todo un universo social se unió para bombardear a las personalidades políticas solidarias con el movimiento. ¿Su error? Atentar contra la democracia sin compartir su temor. ¿Cómo oponerse a estos inoportunos? Utilizando un viejo truco: buscando todo lo que podría relacionar a un vocero de los “chalecos amarillos” con un punto de vista que la extrema derecha habría un día defendido o compartido. Pero, si va a ser así, ¿deberían también fomentarse los ataques contra periodistas, debido a que Marine Le Pen, en sus pedidos a la prensa, vio allí “la negación misma de la democracia y el respeto del otro sin el cual no existe un intercambio constructivo, ni vida democrática, ni vida social”? (17 de enero).


Nunca la reacción del bloque burgués que conforma la base electoral de Emmanuel Macron (6) se mostró tan crudamente como el día en que Le Monde publicó el retrato, empático, de una familia de “chalecos amarillos”, “Arnaud y Jessica, la vida euros más, euros menos” (16 de diciembre). Miles de comentarios furiosos invadieron entonces la página web del diario. “Pareja poco astuta... La verdadera miseria ¿no sería, en algunos casos, más cultural que financiera?”, decía un lector. “El problema patológico de los pobres: su capacidad para vivir por encima de sus recursos”, agregaba un segundo. “No piensen que se convertirán en investigadores, ingenieros o diseñadores. Esos cuatro hijos serán como sus padres: una carga para la sociedad”, afirmaba un tercero. “Pero ¿qué esperan del Presidente de la República? –reaccionaba otro–. ¿Que viaje todos los días a Sens para controlar que Jessica tome bien la pastilla anticonceptiva?”. La periodista autora del retrato tambaleó frente a esta “lluvia de ataques” con “tono paternalista” (7). ¿“Paternalista”? No se trataba, sin embargo, de una discusión familiar: los lectores de un diario reputado por su moderación encendían más bien la alarma de una guerra de clases.


La “recaída”


En efecto, el movimiento de los “chalecos amarillos” marca el fracaso de un proyecto nacido a fines de los años 80 e impulsado desde entonces por evangelistas del liberalismo social: el de una “República del centro” que habría acabado con las convulsiones ideológicas expulsando a las clases populares del debate público y de las instituciones políticas (8). Todavía mayoritarias, pero demasiado inquietas, éstas debían ceder lugar –todo el lugar– a la burguesía culta.


El “giro del rigor” en Francia (1983), la contrarrevolución liberal impulsada en Nueva Zelanda por el Partido Laborista (1984), y luego, a fines de los años 90, la “tercera vía” de Anthony Blair, William Clinton y Gerhard Schröder, parecieron concretar ese objetivo. A medida que la socialdemocracia se escondía en el aparato de Estado, se instalaba a sus anchas en los medios de comunicación y ocupaba los directorios de las grandes empresas, relegaba a los márgenes del juego político a su base popular de antaño. En Estados Unidos, apenas sorprende que, frente a una asamblea de proveedores de fondos electorales, Hillary Clinton coloque en la “canasta de gente lamentable” los apoyos a su adversario. Pero la situación francesa es apenas mejor. En un libro de estrategia política, Dominique Strauss-Kahn, un socialista que formó a muchas personas cercanas al actual Presidente francés, explicaba hace ya diecisiete años que su partido debía en adelante apoyarse en “los miembros del grupo intermedio, constituido en su inmensa mayoría por asalariados sensatos, informados y educados, que constituyen la estructura de nuestra sociedad. Aseguran su estabilidad, debido [...] a su apego a la ‘economía de mercado’”. En cuanto a los otros –menos “sensatos”–, su destino estaba sellado: “Del grupo más desfavorecido, lamentablemente no se puede seguir esperando una participación serena en una democracia parlamentaria. No es que se desentienda de la historia, pero a veces sus irrupciones se manifiestan de manera violenta” (9). Sólo se preocuparían por estas poblaciones una vez cada cinco años, en general, para reprocharles los resultados de la extrema derecha. Luego de lo cual, volverían a la nada y a la invisibilidad –la seguridad vial aún no les exige a todos los automovilistas llevar un chaleco amarillo–.


La estrategia funcionó. Las clases populares se encuentran excluidas de la representación política. También excluidas del corazón de las metrópolis: con un 4% de nuevos propietarios obreros o empleados cada año, la París de 2019 se parece a la Versalles de 1789. Excluidas, finalmente, de las pantallas de televisión: el 60 por ciento de las personas que aparecen en los programas informativos pertenecen al 9 por ciento de trabajadores activos con mayor formación (10). Y, a los ojos del jefe de Estado, no existen. Europa, estima, es sólo un “viejo continente de pequeñoburgueses que se sienten protegidos en el confort material” (11). La cuestión es que ese mundo social obliterado, estigmatizado como reacio al esfuerzo escolar, a la formación, y responsable pues de su destino, resurgió bajo el Arco de Triunfo y en los Campos Elíseos. Confundido y consternado, el consejero de Estado y constitucionalista Jean-Éric Schoettl diagnosticó en la página de internet de Le Figaro (11 de enero de 2019) una “recaída a una forma primitiva de lucha de clases”.


Transformaciones ideológicas


Si bien el proyecto de sustraer del escenario político a la mayoría de la población se ha vuelto un desastre, otro capítulo del programa de las clases dirigentes, el que apuntaba a confundir las referencias entre izquierda y derecha, vive en cambio una suerte inesperada. La idea inicial, que se tornó dominante tras la Caída del Muro, consistía en empujar a los márgenes desprestigiados de los “extremos” toda posición que cuestionara el “círculo de la razón” liberal, expresión del ensayista Alain Minc. La legitimidad política ya no se basaría entonces en una manera de ver el mundo, capitalista o socialista, nacionalista o internacionalista, conservadora o emancipadora, autoritaria o democrática, sino en la dicotomía entre razonables y radicales, abiertos y cerrados, progresistas y populistas. La negativa a distinguir derecha e izquierda, un rechazo que los profesionales de la representación les reprochan a los “chalecos amarillos”, reproduce en suma en el seno de las clases populares la política de confusión perseguida desde hace décadas por el bloque burgués.


Este invierno, los reclamos de justicia fiscal, mejora del nivel de vida y rechazo al autoritarismo del poder ocupan un lugar central, pero la lucha contra la explotación salarial y la propiedad social de los medios de producción están en gran medida ausentes. Ahora bien, ni el restablecimiento del Impuesto de Solidaridad sobre la Fortuna, ni el retorno a los 90 kilómetros por hora en las rutas secundarias, ni el control más estricto de los informes de gastos de los representantes electos, ni tampoco el Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) pondrían en tela de juicio la subordinación de los asalariados en la empresa, la distribución fundamental de los ingresos, o el carácter ficticio de la soberanía popular en el seno de la Unión Europea y en la globalización.


Desde luego, los movimientos aprenden sobre la marcha; se fijan nuevos objetivos a medida que perciben obstáculos imprevistos y ocasiones inesperadas: en la reunión de los Estados Generales, en 1789, los republicanos en Francia eran apenas un puñado. Señalar su solidaridad con los “chalecos amarillos” es actuar pues para que la profundización de sus acciones se realice en el buen sentido, el de la justicia, la emancipación. Sabiendo sin embargo que otros trabajan por una evolución inversa y esperan que el enojo social beneficie a la extrema derecha en las elecciones europeas de mayo próximo.


Este resultado sería favorecido por el aislamiento político de los “chalecos amarillos”, a los que el poder y los medios de comunicación se esfuerzan por volver intratables exagerando el alcance de cada uno de sus comentarios inadecuados. El eventual éxito de esta campaña de descalificación validaría la estrategia implementada desde 2017 por Macron, que consiste en resumir la vida política a un enfrentamiento entre liberales y populistas (12). Una vez impuesto este clivaje, el Presidente de la República podría amalgamar en un mismo oprobio a sus opositores de derecha e izquierda, y relacionar todo cuestionamiento interno con el accionar de una “internacional populista” en la que, junto al húngaro Viktor Orbán y al italiano Matteo Salvini, participarían según él conservadores polacos y socialistas británicos, insumisos franceses y nacionalistas alemanes...


Sea como fuere, el Presidente francés deberá resolver una paradoja. Apoyado en una base social estrecha, sólo podrá implementar sus “reformas” al seguro de desempleo, las jubilaciones y la función pública al precio de un autoritarismo político reforzado, represión policial y con la ayuda de un “gran debate sobre la inmigración”. Resultaría irónico que, habiendo sermoneado a los gobiernos “no liberales” del planeta, Macron termine copiando sus recetas.

 

1. “L’Info du vrai”, Canal Plus, 13-12-18.
2. Véase Louis Bodin y Jean Touchard, Front populaire: 1936, Armand Colin, París, 1961.
3. Auguste Romieu, Le Spectre rouge de 1852, Ledoyen, París, 1851, citado por Christophe Ippolito, “La Fabrique du discours politique sur 1848 dans L’Éducation sentimentale”, op. cit., N° 17, Pau, 2017.
4. Paul Lidsky, Les Écrivains contre la Commune, La Découverte, París, 1999 (1ra ed.: 1970).
5. Respectivamente: Twitter, 29-12-18; Marianne, París, 9-1-19; 4-12-18; Le Point, París, 13-12-18 y 10-1-19; Le Journal du dimanche, París, 9-12-18; Le Figaro, París, 7-1-19; Le Point, 13-12-18; Le Parisien, 7-12-18; Le Figaro, 10-12-18.
6. Véase Bruno Amable, “Lejos de las bases”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2017, y, del mismo autor, junto con Stefano Palombarini, L’Illusion du bloc bourgeois. Alliances sociales et avenir du modèle français, Raisons d’agir, París, 2017.
7. Faustine Vincent, “Pourquoi le quotidien d’un couple de ‘gilets jaunes’ dérange des lecteurs”, Le Monde, 20-12-18.
8. Véase Laurent Bonelli, “Les architectes du social-libéralisme”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1998.
9. Dominique Strauss-Kahn, La Flamme et la Cendre, Grasset, París, 2002. Véase Serge Halimi, “Flamme bourgeoise, cendre prolétarienne”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2002.
10. “Baromètre de la diversité de la société franҫaise”, vague 2017, Consejo Superior del Audiovisual, París, diciembre de 2017.
11. “Emmanuel Macron - Alexandre Duval-Stalla - Michel Crépu, l’histoire redevient tragique (une rencontre)”, La Nouvelle Revue française, N° 630, París, mayo de 2018.
12. Véase Serge Halimi y Pierre Rimbert, “Liberales contra populistas, una oposición engañosa”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, septiembre de 2018.

 

*Director y redactor de Le Monde diplomatique, respectivamente.
Traducción: Gustavo Recalde

Información adicional

  • Autor:Serge Halimi y Pierre Rimbert
  • Edición:185
  • Fecha:Febrero de 2019
Visto 38 vecesModificado por última vez en Martes, 19 Febrero 2019 09:59

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