Lunes, 11 Febrero 2019 19:23

Hacia una “nueva moral” latinoamericana

Escrito por Philip Potdevin
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Jafeth Gómez, Germinación (Cortesía del autor)Jafeth Gómez, Germinación (Cortesía del autor)

El avance de los movimientos evangélicos y pentecostales en América Latina va de la mano con el retroceso de la Iglesia católica y busca reconfigurar un nuevo mapa moral del ciudadano latinoamericano

 

La separación entre Estado e Iglesia ha sido uno de los elementos esenciales para la construcción del Estado moderno, desde cuando los movimientos liberales en el siglo diecinueve pusieron el asunto a la cabeza de sus programas políticos. Por ello, la necesidad de un Estado laico o aconfesional es una de las primeras discusiones que se da en una asamblea constituyente al redactar una nueva constitución para una nación. En nuestra región, la Iglesia Católica nunca ha tomando distancia del poder, ligándose a él bien sea a través del control de la educación, de concordatos con el Vaticano, o mediante la injerencia directa de sus prelados en asuntos de Estado (1). De igual forma, no cabe duda de que la Iglesia latinoamericana ha estado presente en muchas de las luchas sociales y de reivindicación. En los años sesenta y setenta del siglo pasado la Teología de la Liberación intentó conciliar el pensamiento cristiano con las doctrinas e ideales sociales más progresistas.


Hoy día soplan otros vientos: los medios dan cuenta de cómo, en el auge de las derechas en Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Costa Rica, Guatemala, entre otros países latinoamericanos, un factor importante para tal auge es el apoyo, directo o mediante coaliciones, de los llamados “cristianos”· ¿Cómo interpretar ese avance de los movimientos evangélicos y pentecostales en América Latina en los últimos tiempos y de qué manera éste va de la mano del retroceso que registra la Iglesia Católica en la región? Es innegable que la demografía religiosa en el continente ha cambiado: de un irrisorio 4 por ciento cultivado por las iglesias evangélicas y pentecostales en la región en 1970 a un 20 por ciento en los días que corren; en algunos países centroamericanos, esta cifra llega hasta el cincuenta porciento (2).


Los resultados políticos de este crecimiento son evidentes: el presidente de Guatemala, Jimmy Chamorro, pertenece a esos movimientos; en la elección costarricense del 2018 el predicador evangélico, Fabricio Alvarado, ganador en la primera vuelta, estuvo a punto de ganar las elecciones; no es desconocido que Amlo, en México llegó al poder gracias a las alianzas que logró con los “cristianos”, lo mismo que Bolsonaro en Brasil, Piñeira en Chile y Duque en Colombia. El alcalde de Rio de Janeiro, Marcelo Crivella, es evangélico. A nivel parlamentario, estos movimientos forman poderosas bancadas, imposibles de ignorar cuando se quieren sacar adelante iniciativas legislativas. En Brasil, “la bancada evangélica” cuenta con 87 diputados (3).


Lo cierto es que el fenómeno del crecimiento evangélico es inseparable al detrimento en confianza y participación de los ciudadanos católicos frente a la antes poderosa Iglesia romana. La oleada de escándalos sobre delitos de pederastia (y su encubrimiento) que recae sobre el clero, incluidos muchos de sus grandes jerarcas, parece ir de la mano con el incremento de la popularidad de los movimientos de corte protestante. La lógica se impone: ante el desprestigio de la Iglesia en lo más preciado –y palpable– de una religión, como es la moral y la buena conducta, miles de feligreses parecen huir del catolicismo para buscar lugares de adoración menos contaminados de escándalo y reprobación. El destino natural para continuar practicando la vida espiritual, no son las otras religiones monoteístas como el islamismo o el judaísmo, o religiones orientales como el budismo, el confucionismo, el hinduismo o el taoísmo, sino dentro de la misma supracorriente cristiana: los múltiples movimientos que abarca el protestantismo.


La pregunta es: ¿dónde está el pivote para atraer católicos hacia los toldos evangélicos y pentecostales? No es, en definitiva, en asuntos teológicos o de doctrina, por ejemplo, si se habla en lenguas o si se cree en la sanación divina, sino en algo más cercano a la vida cotidiana del practicante: la moral en su más amplia concepción, que rige la conducta personal, familiar y social –la relación con el otro–, y que, en este caso, incluye un amplio rango de consignas, expresiones y sentimientos nacionalistas, xenófobos, misóginos y homófobos. Todos estos movimientos han encontrado su grito de batalla en combatir, lo que, para una sociedad de corte liberal en su pensamiento, parece ser de su esencia: la libertad de orientación sexual, el derecho a optar por el aborto, el matrimonio igualitario, la aceptación de nuevas formas de constitución de la familia, la educación y la práctica social con respeto y tolerancia a la identidad y la diferencia sexual, el respeto –y solidaridad– por el inmigrante y la tolerancia por la diferencia étnica y el rechazo hacia la misoginia, el machismo y la homofobia.


Abundan los ejemplos: en una de las más claras alusiones de esta campaña del protestantismo contra el catolicismo es la circulación por las calles de Santiago del llamado “bus de la libertad” del Movimiento Social Patriota (MSP), un partido neoultraconservador chileno. El bus ostenta un inmenso aviso que lo cubre de lado a lado que dice “#ConMisHijosNoSeMetan. Nicolas tiene derecho a un papá y a una mamá” (4). Doble ataque: al clero católico por las acusaciones de pederastia y a los defensores del matrimonio igualitario. En Colombia, igualmente, la inesperada derrota del Sí en el Plebiscito del 2016, se debió gracias al apoyo que los movimientos cristianos dieron al No, fustigando, además de la esencia de lo acordado en la mesa de negociación de La Habana, lo convenido en torno a la llamada ideología de género. De allí, que la pregunta insoslayable es: ¿quién gana, en últimas con que la Iglesia católica se derrumbe? La respuesta es obvia.


Hay otro aspecto, dentro de la esfera de lo moral, para resaltar: los “cristianos” no pierden la oportunidad que brinda el descontento de la ciudadanía que desconfía cada vez más de sus políticos tradicionales y corruptos. La moral parece ir de la mano con la lucha contra la corrupción, por ello, enarbolar las banderas de una “nueva moral” trae siempre réditos políticos y espirituales. En un continente donde la corrupción es considerada uno los tres principales problemas en países como Brasil, Perú, Colombia y México, según el informe 2018 de Latinobarometro (5), no es extraño que candidatos afiliados a los intereses evangélicos y pentecostales se apropien las banderas de la recuperación de la moral en la lucha contra la corrupción. En la reciente campaña presidencial de Brasil, esa fue una de las cartas que Bolsonaro jugó contra Lula y, luego de la inhabilitación de éste, contra Haddad.


Otra afinidad que encuentra el protestantismo es la identificación con lo más puro del pensamiento neoliberal: el ideario capitalista, que permite ganar el cielo a través del esfuerzo personal, la libre competencia, y el trabajo abnegado y duro, con énfasis en el individualismo sobre lo colectivo y lo social. Max Weber, a comienzos del siglo XX, reveló los vasos comunicantes entre religión protestante y capitalismo en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (6): la adquisición del dinero como valor supremo de la vida, la austeridad, la racionalidad y el ejercicio constante de una profesión, es decir del trabajo. La ética protestante conjuga el ascetismo, la piedad y la acumulación del capital.


Dentro de esta línea capitalista, todo templo o iglesia evangélica es un centro de utilidades económicas, lo que en el mundo empresarial se denomina profit center. La estricta aplicación del recaudo de los diezmos (7) hace que la disputa por los feligreses se convierta en un aspecto más de la libre competencia en el más puro sentido neoliberal. Si se tiene en cuenta que aún existen cerca de 400 millones de latinoamericanos que se reconocen como católicos, no es difícil calcular el ingreso que potencialmente representan al aportar el 10 por ciento de sus ingresos, cifra nada despreciable que por si misma habla de los intereses profundos para desprestigiar al catolicismo dentro de sus propias filas a través de los escándalos por abuso sexual contra la niñez.


El éxito también se debe, en gran parte, al manejo que tienen estos movimientos de los medios masivos de comunicación: la manipulación de la opinión pública se logra a través de acudir a las emociones más básicas de la ciudadanía: el miedo o la búsqueda de la felicidad. En Brasil, la ministra de Educación, Damares Alves, una pastora evangélica, manifestó al comienzo del año, una “nueva era” en Brasil en la que “el niño viste de azul y la niña de rosado” (8) en un claro rechazo a la ideología de género. El Colombia, como se anotó, la campaña por el No, en el plebiscito del 2016 se construyó, en gran parte, atacando la ideología de género incluida en los acuerdos en La Habana. A esto se añade la campaña que por la misma época se emprendió contra la ministra de Educación del presidente Santos, Gina Parody, una lesbiana confesa, por haber promovido, desde el ministerio, cartillas de educación sexual donde supuestamente se defendía la ideología de género. Las cartillas debieron ser retiradas de las escuelas y ella perdió su puesto.


No es extraño, entonces, que, de manera paradójica, los movimientos evangélicos y pentecostales encuentren alianzas y puntos de coincidencia con los movimientos más ultraconservadores de la Iglesia Católica. Unos y otros encuentran un enemigo común a combatir: el aborto, el matrimonio igualitario, la libertad de orientación sexual, el control de la natalidad, los movimientos Lgbt. No de otra forma se explica que dentro de la gran sombrilla uribista del Centro Democrático puedan convivir personajes como el exprocurador Alejandro Ordoñez, quien hace parte del ala más conservadora del catolicismo, el Opus Dei, y la exfiscal general de la nación Vivian Morales, líder del partido evangélico Somos Región Colombia, y que ambos hoy sean embajadores del gobierno de Duque: uno en la OEA y la otra en Francia.


La gran perdedora es, a todas luces, la Iglesia Católica. El propio papa Francisco ha admitido la profunda crisis que sacude al catolicismo. La pérdida de la confianza en la iglesia es generalizada en todo el continente, registrando, según Latinobarómetro, una disminución de 10 puntos porcentuales del 2013 al 2018, cayendo del 73 al 63 por ciento (este índice incluye todas las iglesias); pero en Chile, por ejemplo, un país tradicionalmente católico, la confianza se ha desplomado a un mínimo histórico del 27 por ciento en el 2018, cuando el año anterior estaba en 36 por ciento (9). La visita papal, en el 2018 agudizó esta desconfianza cuando Francisco permitió, ante el estupor de los católicos de aquel país, en varios de los oficios religiosos que celebró, estar acompañado del obispo Juan Barros, acusado desde tiempos atrás encubrimiento de abusos sexuales cometidos por varios miembros del clero (10).


Y si bien la Iglesia católica sigue siendo llamada como garante, intermediaria o testigo en los procesos más delicados de algunos conflictos en Colombia, como por ejemplo en la liberación de secuestrados, su injerencia parece debilitarse cada vez más. Lejos están las épocas en que el arzobispo primado de Colombia era un protagonista de la política nacional, hoy monseñor Rubén Salazar Gómez, parece ser un actor más entre muchos que existen en el teatro colombiano. Los mismos jesuitas, antes tan presentes en los momentos más delicados del conflicto criollo, hoy parecen más distantes que nunca de la realidad que acosa al país, en situaciones tan delicadas como es el asesinato de los lideres sociales.


Consideradas así, sumariamente, hay numerosas razones para dar cuenta del auge de los movimientos protestantes, sean evangélicos, carismáticos o pentecostales; un auge que es imposible analizar si no es a la par del declive del catolicismo en la región.


Las implicaciones de lo uno y lo otro son varias. Por una parte, es claro que los movimientos de derecha son los grandes beneficiados con el auge de los evangélicos. La derecha, siempre tan cercana de las consignas moralistas en torno a la tradición de la familia, la oposición al aborto, y los anticonceptivos, la rígida concepción sobre la identidad sexual, la intolerancia frente a la diversidad en asuntos de sexualidad, encuentran entre los ciudadanos de estos movimientos un caudal electoral afín a sus intereses. También, en los toldos de la ultraderecha se agitan las consignas nacionalistas y xenófobas. Las migraciones desde Venezuela hacia muchos países de la región, Colombia en primer lugar, también comienzan a encontrar eco en las consignas contra esas poblaciones vulnerables (11).


Por otra parte, la Iglesia Católica no encuentra cómo frenar su desprestigio. El Papa, asediado por las mismas fuerzas ultraconservadoras del Vaticano, al que consideran un enemigo, es incapaz de emprender, por sí mismo, una profunda reforma que reverse lo que parece ser un declive definitivo. En un reciente y extenso artículo titulado La guerra contra el papa Francisco (12), el prestigioso diario ingles The Guardian, dice: “Su modestia y humildad lo han hecho popular en todo el mundo; pero al interior de la Iglesia, sus reformas han enfurecido y encendido una revuelta”. Dentro de esta campaña de desprestigio –a todas luces fundada en hechos incontrovertibles (decenas de altos jerarcas de la Iglesia enfrentan hoy día juicios en su contra por abuso sexual o encubrimiento de otros colegas por delitos de esa naturaleza (13)– es imposible ignorar quienes puede estar alentando estos denuncios.

Puesto lo anterior en contexto, nos encontramos ante la búsqueda de un nuevo orden moral que los sectores más tradicionalistas de latinoamericana quiere imponer; un orden donde no hay lugar para la libertad sexual, ni para que la mujer pueda decidir sobre su cuerpo, un orden moral en el que la sociedad se encasilla en unos parámetros estereotipados donde “los niños visten de azul y las niñas de rosado”, donde el desarrollo de la personalidad no es libre sino sujeto a los dictámenes de unos nuevos mandarines del poder político y religioso, donde cualquier desviación de ese nuevo orden moral es mirado con recelo y desconfianza y en donde se puede ser victima de la intolerancia mediante ataques verbales, físicos o mediáticos por no “encasillarse” en lo que unos consideran lo justo, lo correcto, lo debido.


De donde se desprende que ese nuevo orden moral va de la mano con los postulados de un neoliberalismo que no encuentra límites: el exacerbado individualismo, el culto al dinero como dador de la felicidad, al trabajo abnegado como medio de salvación. No es coyuntural que los movimientos evangélicos y pentecostales, en su concepción moderna tengan su origen en los Estados Unidos, y lo que vemos en Latinoamérica, en cuanto a su desarrollo, modelos de formación de las iglesias y de los discursos de los pastores, no es sino una replica del esquema neoliberal anglosajón.

 

1. Es conocida la injerencia que el arzobispo de Bogotá, Bernardo Herrera, tuvo durante la hegemonia conservadora de 1885 a 1930, señalando cada cuatro años el candidato conservador que debía ser finalmente electo como presidente de Colombia.
2. Según el Pew Research Center, citado en https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-43706779
3. https://www.publico.es/internacional/extrema-derecha-latinoamerica-expresiones-ultraderecha-emerge-america-latina.html
4. https://www.publico.es/internacional/extrema-derecha-latinoamerica-expresiones-ultraderecha-emerge-america-latina.html
5. Corporación Latinobarómetro, Informe 2018 en www.latinobarometro.org
6. Weber, Max, La ética protestante y el espíritu capitalista, FCE, México 2001.
7. En el catolicismo, al menos en nuestros países es un asunto estrictamente voluntario y flexible, aunque en Europa., por ejemplo, en Alemania, el aporte a la Iglesia es obligatorio según la confesión religiosa que se haga al aceptar un empleo, y se hace directamente por nómina a la iglesia católica o protestante a la que se pertenece. Solo los declarados agnósticos están libres de estas contribuciones.
8. https://www.elpais.com.uy/mundo/nueva-bolsonaro-nino-viste-azul-nina-rosa-dijo-ministra-brasilena.html
9. Corporación Latinobarómetro, Informe 2018 en www.latinobarometro.org
10. Después de defender vehementemente a Barros durante su visita: “No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia ¿Está claro? dijo Francisco, durante su visita. Tres meses después, en abril, reconoció su error, con gran bochorno, pidió perdon y reconoció haber cometido “graves equivocaciones de valoración” en el caso de Barros. Lo anterior demuestra lo aislado que estuvo el pontífice de la realidad chilena. El paso atrás fue tardío y el pueblo chileno sigue sin perdonar al papa por esa falta de sensibilidad con un pueblo realmente indignado.
11. https://www.semana.com/nacion/articulo/xenofobia-en-colombia-contra-los-venezolanos/569808
12. https://www.theguardian.com/news/2017/oct/27/the-war-against-pope-francis
13. La periodista norteamericana Kathy Shaw publica un blog desde el 2003 donde todos los meses publica todos los denuncios que hay en cualquier parte del mundo contra obispos y prelados de la iglesia católica por abuso sexual: https://www.theguardian.com/news/2017/oct/27/the-war-against-pope-francis

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