Domingo, 31 Marzo 2019 11:43

...Lejos de casa

Escrito por Patricia Restrepo
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...Lejos de casa

¿El que sepamos que mucha gente alrededor del planeta está sufriendo, hace que el sufrimiento individual sea menor? ¿O nos inmuniza, nos curte, ante el sufrimiento de otros? ¿Qué hacemos, cómo nos comportamos, cuando la tragedia y los avatares adquieren nombre y apellido, cuando adquieren forma, cuando se vuelven persona? ¿Cómo nos comportamos cuando la tragedia deja de ser un número, cuando deja de ser una noticia y se nos presenta ante nuestra cara?

Eliana tiene 22 años, cada día, desde muy temprano, cuando el frío se cuela por todos los poros de nuestra piel, pero además lo evidenciamos en el vapor que sale de nuestra boca por el simple gesto de entreabrirla, ella está en una esquina de Nueva Villa Alsacia, una urbanización bogotano que los burócratas de la administración distrital clasificaron estrato cuatro, en esa artimaña clasista que inventaron en este país de arribismo no oculto, donde todos aspiramos a ser lo que no somos, soñando con gastos que no podemos cubrir, perdiendo identidad y por ello capacidad de acción social transformadora.

Mientras ella empieza otro día de rebuscar la sobrevivencia, por su lado, con paso afanado, cruzan decenas de personas en procura de transporte público que los acerque a sus lugares de trabajo; otros deambulan con sus perros en procura de un lugar en donde estos puedan desechar lo que ya les impide estar tranquilos en las cuatro paredes del apartamento que habitan.

El sol le va ganando la partida a la noche –que ya muere–, y allí, en la esquina de siempre, está Eliana, vestida sin mucha protección contra el frío, tal vez protegida por la fuerza de la juventud, obligada al rebusque por la lejanía con su tierra natal; en la mano la bolsa de dulces, la misma que ofrece a los apurados transeúntes, siempre anteponiendo un “buenos días”. Su acento la delata pero también le obvia tener que explicar muchas cosas.

El “buenos días” es un dulce para quienes proceden de ese lugar que hoy llena espacio en todos los noticieros y en todos los periódicos; ese saludo es muy significativo para quienes de allí proceden pues es una señal de que eres persona, de que compartes lo que tienes. Un saludo que da contra el aire, contra la indiferencia bogotana, fundida en las imágenes cotidianas de cientos de personas arrojadas desde siempre a la calle, malviviendo, desposeídas de todo, rebuscando en canecas algo para comer. Pese a ello, ella continúa con su saludo, esperando que alguien se fije en ella, les responda y tal vez compre un dulce.

Eliana tiene un hermosos rostro que también delata su lugar de origen, no hay duda de ello por sus labios gruesos y una mirada alegre, pero aun ingenua, que expresa confianza en la gente y que para los colombianos puede ser interpretado como atrevimiento. Para un colombiano ella es una “igualada”, cosa rara para los venezolanos pues allí no son tan evidentes las diferencias sociales, como sí resaltan acá; puede que sufran limitaciones, sí, pero a la hora de relacionarse con alguien se tratan sin protocolo social, miran sin bajar la mirada y casi rompen los espacios de intimidad sin el menor reparo.

Como otros tantos de quienes han migrado en los últimos años, para llegar a Bogotá Eliana realizó una travesía llena de penurias y situaciones de gran riesgo por su condición de joven, de mujer y, sobre todo, de embarazada. Su voluminosa barriga se ciñe en un pantalón licra y una camiseta que apenas le quedan. Da la sensación de que su bebe va a nacer en ese mismo momento. Ella me contó que a su tía se le murió su bebe un par de días después de nacer, porque no aspiraron correctamente sus vías respiratorias, al tiempo que le dejaron la placenta en el útero; deceso que la empujó a salir del país.

Desde Caracas, desde una populosa zona llamada El Valle, salió el siete de diciembre rumbo a Colombia. El trayecto de Maracaibo hacia La Guajira, llegando hasta La Raya, fue todo lo difícil, pesado y angustioso que podía ser: “Nos quitaron mucho de lo que teníamos. Tanto comida como objetos personales, porque eso es lo que se vive literalmente con los guardias en Venezuela. Ellos siempre te están quitando algo”.

Antes de salir de Venezuela, Eliana ve con asombro y tristeza como su mundo se desmorona. “Nosotros nos criamos todos en El Valle, pero ahora todo representa un peligro, la policía amenazando a todo el que ve por ahí con matarlo. En los barrios populares ahora hay una disputa permanente”.

“Por ejemplo, si el azote de barrio (se refiere a los delincuentes de la zona) te pide agua y si no se la doy me saca de mi casa o me mata algún familiar, y si te la doy se entera la policía e igualito, vienen y me quitan mi casa. Entonces te quedas en el aire. Allá le quitan a las personas la casa porque sí. Si colocaste una denuncia y afectó al azote del barrio, él te quita tu casa, y te quedas sin nada y tus hijos sin nada, y si no entonces los policías van y dicen que tu le estas tapando la sinvergüenzura y te quitan tu casa. O sea, no tienes ni quien te defienda ni quien te ayude”.

En medio de un caos, que le impide planificar una vida para ella y para su bebe, en compañía de su hermanito de diez años, se llena de falsas ilusiones y valentía y empieza un tortuoso recorrido para llegar a Bogotá. Cruzó como ilegal hasta llegar a Riohacha, allí la impactó el ambiente de droga, prostitución, evidente maltrato a las mujeres y cero posibilidades de trabajar. En horas de la madrugada era tanta la desesperación “que agarraré mis bolsos a las tres de la madrugada y con un señor llamado Rey, al que no conocía, nos arriesgamos para el viaje, y nos llevó hasta Barranquilla; me preocupaba mucho mi hermano”.

“Llegamos a Barranquilla y había muchas personas, mas que todo hombres. A todas las personas que les pedíamos ayuda decían que no, porque como yo estaba embarazada, porque lo que querían era que nos quedáramos ahí pero con segundas intenciones”.

Ella continúa narrándome: “Ante esta realidad, agarré a mi hermano, y le rogamos a un muchacho que nos trajera, él nos dejó en Santa Marta. Nos regresó de Barranquilla a Santa Marta, en donde nos robaron. Al día siguiente agarramos para Bogotá, teníamos que llegar para proteger a mi hermano, así como a los pocos bolsos que nos quedaban los que en la madrugada, llegando a Ibagué, nos los terminaron de quitar; unos hombres le quitaron los bolsos a mi hermano, porque el estaba dormido.

Llegamos a Ibagué, nos montamos en una camioneta, nos bajamos de esa camioneta, nos montamos en otra, hasta que llegamos a Bogotá, eso fue como a las diez de la noche del viernes y acá estamos. Todos los días luchando para no dormir en la calle”.

Pero en Bogotá su condición de mujer y joven resultó un problema, en lugar de un beneficio. Eliana cuenta con tristeza que las mujeres la miran con recelo y los hombre le proponen cosas, le preguntan cuánto cobra y le dicen que todas las venezolanas son putas.

Aun así Bogotá es la única opción que tienen por ahora, y considera una victoria el que cada día puede conseguir lo de la comida. Está preocupada por una hermana y un hermano que dejó allá y agrega que, igual, no puede regresarse porque no tiene cómo costearse el retorno. Colombia no resultó ser la tierra próspera y salvadora que esperaba, tierra para iniciar una nueva vida, pero aún así es lo único que tiene en este momento.

Eliana tendrá un hijo en Colombia y ni siquiera será colombiano, porque la trabajadora social ya le explicó que si la atienden debe llegar de emergencia, sino no. y que a su hijo lo tiene que registrar en un consulado venezolano, como venezolano.

Mientras tanto, los comentarios de aquí y allá hacen referencia a la sobrepoblación de venezolanos, que no deberían estar aquí, que Colombia ya tiene sus propios problemas, que ahora tienen los delincuentes de siempre y de ñapa los de Venezuela, que esos venezolanos pidiendo en la calle bien vestidos y todo, y pare de contar. Porque para algunos colombianos el sufrimiento tiene nacionalidad y Colombia ya la patentó, entonces lo de otros no es sufrimiento, y el derecho a emigrar a trabajar, a buscar futuro en otro país, también lo patentaron los colombianos.

Eliana me mira, y entiendo en sus ojos el interrogante, ¿qué hacer?

Información adicional

  • Autor:Patricia Restrepo
  • Edición:Nº255
  • Sección:Entrevista
  • Fecha:Marzo 20 - abril 20 de 2019
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