Domingo, 02 Junio 2019 14:43

El embajador picante

Escrito por Julián Pérez
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El embajador picante

“Los colombianos son una mezcla
de españoles, indios y negros,
y tienen el pelo rizado
que tienen los negros.
Tienen suficiente sangre negra
como para hacerlos perezosos,
y suficiente sangre española como para hacerlos malvados”.

Harper’s Weekly, 1902*

 

No dejan la mañana. Los dos primeros días del cuarto mes de este año, su “señoría”, el embajador de los Estados Unidos en Colombia, Kevin Witaker, irrumpió en las noticias nacionales por convocar a varios senadores y representantes del Congreso colombiano a desayunar en su residencia, para hacerles saber su respaldo a las objeciones del presidente Duque a la JEP, y su condena a los congresistas que se opusieran a las objeciones. Un desayuno picante, no queda duda.

Luego de que los invitados degustaron huevos revueltos con ají wai ya (ese delicioso picante que dan las selvas del Vaupés), cuando algunos estaban tosiendo por el ardor producido por este fruto exótico de nuestras tierras, el señor Whitaker les soltó otro perla: la determinación de extraditar a Santrich sin allegar pruebas que lo incriminen.

Con los rostros de algunos de los invitados cambiando de color (no se sabe si por el ardor producido por el picante ingerido o por la vergüenza que sentían –por primera vez– al ver como la “estrella del Norte” sigue marcando los pasos de la sometida oligarquía criolla, y sentirse impelidos a jugarle a los intereses del anfitrión, escucharon como éste enumeró las represalias que tomaría el gobierno de su país en caso de que las objeciones de Duque a la JEP fueran rechazadas por el Congreso Nacional. Parece ser que algunos de los comilones, entre picantes cucharadas y sorbos de leche para reducir el ardor que consumía sus paladares, expresaron inconformidad con lo que escuchaban. Alguno de ellos, ardido por el desayuno, luego del mismo contó en público lo que debía ser secreto, haciéndose merecedor a una medalla a su honor, representada por la perdida del derecho a entrar a ese país donde una escasa minoría negociante de la muerte y del robo del trabajo de millones de seres por todo el mundo, alimentados por inimaginables corazas de odio, lo destilan contra todo aquel que tenga algún grado de dignidad.

Parece ser que la leche hizo su efecto, pues el tramité de las objeciones de Duque a la Ley Estatutaria de la JEP no fue aprobada según lo pretendido por su “señoría”, y ahora todo está en las manos de la Corte Constitucional. ¿Quién le teme a la JEP? ¿Serán los autores intelectuales del exterminio, desplazamiento, robo de sus propiedades, persecución, campañas de engaño, mensajes de terror, etcétera, contra cientos de miles de connacionales? ¿Estarán detrás de ellos aquellos a quien representa el embajador anfitrión?
Una larga historia

Incidentes en los que embajadores o funcionarios del gobierno de los Estados Unidos se pronuncian o deciden sobre asuntos de los colombianos, no constituye ninguna novedad histórica. La nación ha sido acostumbrada a considerar el dominio norteamericano como natural e inevitable. Considerando los indispensables matices, desde el invierno de 1889-1890, cuando se celebró en Washington la Primera Conferencia Panamericana, toda América Latina ha tenido que conocer el significado del poder estadounidense en una región considerada estratégica para la proyección planetaria de su dominio.

Para garantizar la ascendencia se han usado los métodos del fuete y el mayoral. Y los procedimientos sibilinos dirigidos a corromper la clase política. También las decisivas operaciones encubiertas. El chantaje económico. La complicidad de los medios masivos de desinformación. La división de las fuerzas políticas nacionales. Las políticas educativas y culturales, los planes de estudio sin memoria, y los medios de confusión funcionales al dominio proyectado por la más grande potencia de toda la historia de la humanidad. Los medios desinformativos han oscilado entre la necesidad de los contratos y las prebendas, o el temor a las consecuencias de desobedecer y la ignorancia.

Desde finales del siglo XIX, salvo dignas excepciones, los gobernantes colombianos comprendieron que para poder dirigir los asuntos nacionales era indispensable acatar, cuando no anticiparse a cumplir con los mandatos del poder estadounidense. Los sobornos y el chantaje desnudo o sutil con información de inteligencia, también han formado parte del amplio menú utilizado para que los funcionarios colombianos actúen de conformidad con los intereses norteamericanos. Desde el embajador colombiano ante los Estados Unidos: Carlos Adolfo Urueta (1921-31), hasta el expresidente Uribe, pasando por directores de inteligencia, congresistas, magistrados, periodistas y altos oficiales de las Fuerzas Armadas, existe una vasta experiencia sobre lo conveniente que resulta las actuaciones que sirven a los designios del Departamento de Estado, al complejo militar industrial y a la red de corporaciones que tienen intereses en el territorio nacional.

Panamá, petróleo, bananeras, anticomunismo

Salvo contados historiadores como Eduardo Lemaitre, pocos investigadores han revelado la intervención de los funcionarios estadounidenses en la Guerra de los Mil Días para quedarse con Panamá.

En el año 2015 el Canal de Panamá produjo 2.610 millones de dólares. Si se sumara lo producido por el Canal hasta el 31 de diciembre de 1999, podríamos apreciar el real significado de los 25 millones de dólares que el gobierno estadounidense entregó al gobierno colombiano como “indemnización” por el zarpazo con el que mantuvo el Canal bajo su absoluto dominio durante 86 años. No hay que olvidar, sin embargo, que su “generosidad” no fue tanta. La “indemnización” fue entregada en 1922 con la condición de que el gobierno colombiano garantizara el acceso del capital estadounidense a las zonas petrolíferas en los tiempos en que el petróleo se convirtió en el líquido más codiciado de la tierra.

Desde los años veinte, primero desde el Departamento de Justicia y después desde el FBI bajo la dirección J. Edgar Hoover, justificaba sus escuchas telefónicas ilegales, su apertura clandestina de correos, su instalación de micrófonos en oficinas y residencias, y su penetración de sindicatos, organismos estatales o sociales con agentes camuflados, con el propósito de contener la “amenaza comunista”, la que era confrontada al interior de los Estados Unidos y también en otros países del mundo.

En Colombia, los primeros seguimientos e informes de inteligencia del gobierno estadounidense sobre Jorge Eliécer Gaitán fueron elaborados después de que en septiembre de 1929, Gaitán desnudase lo acontecido en la Masacre de las Bananeras y concluyese su intervención señalando: el gobierno colombiano tiene una rodilla hincada ante el oro yanqui, y la metralla asesina para su propio pueblo.

Al finalizar los años treinta, la potencia hemisférica, que se aprestaba a convertirse en la más grande potencia mundial, tenía claro que en todos los países de América Latina –su despensa para la proyección del poder planetario– era indispensable controlar los organismos de inteligencia para obtener toda la información crucial sobre los diversos actores de poder, y controlar también los nombramientos y la mentalidad de la alta oficialidad encargada de dirigir las Fuerzas Armadas. Comunistas eran todos aquellos que potencialmente o de hecho pudieran cuestionar o erosionar el dominio económico y político de la potencia global, la que para entonces ya había desbancado al Reino Unido de tal sitial.

Spruille Braden y Laureano Gómez

El primer embajador –nombrado en tal calidad– de los Estados Unidos en Colombia fue un empresario texano: Spruille Braden. Ejerció como embajador entre 1939 y 1942, durante el gobierno de Eduardo Santos. Antes de asumir su responsabilidad había sido agente de la Standar Oil Company en el marco de la Guerra del Chaco, y accionista de la United Fruit Company. Dos empresas con intereses en Colombia.

En Colombia, se publicó un Memorando1 redactado por Spruille Braden sobre la entrevista que sostuvo la tarde del jueves 20 de marzo de 1941, en casa de Francisco Urrutia, con Laureano Gómez, y José de La Vega, cofundador del diario El Siglo. En el Memorando Braden señala que Laureano acudió a la reunión con gran preocupación por el retiro de las pautas publicitarias de las empresas norteamericanas y porque le han dejado saber que tendrá crecientes dificultades para comprar en Estados Unidos el papel para imprimir el diario. Braden responde con las inquietudes de la embajada y de los empresarios patrióticos por las posiciones pronazis y anti estadounidenses del diario.

Laureano le juró a Braden que él no era antinorteamericano, afirmó que él era pronorteamericano, y al ser confrontado por Braden con informes sobre sus vínculos con la embajada de Alemania en Colombia, y con la embajada del franquismo en Colombia, sus reuniones con Gotfried Schmitt, funcionario de la embajada alemana, y sus declaraciones pronazis, desde 1939, coincidiendo los avances de Hitler con la victoria de Franco en la Guerra civil española, Laureano enrojeció y no pudo hilvanar palabra.

Los días 23 y 24 de marzo de 1941, fue notoria la variación en la política editorial de El Siglo. Cesaron los editoriales y los artículos contra los Estados Unidos, y se iniciaron los textos pronorteamericanos. De esta manera, sin dignidad, el Partido Conservador, dirigido por Laureano Gómez, viraba hacia el acatamiento del nuevo poder global norteamericano y de esa manera abría su camino hacia el poder estatal.

Braden informó sobre la reunión sostenida con Laureano en un cable estrictamente confidencial dirigido al Departamento de Estado:

“7. Aunque en todo momento debemos tener en cuenta la admonición del presidente Santos de que Gómez no es en absoluto un hombre confiable y no vacila en mentir, distorsionar, y citar incorrectamente, tampoco hay que olvidar que siempre tomará el camino que considere más conveniente para sus propósitos. Por lo tanto, si alguna vez llega al Poder, teniendo presentes estos hechos y nuestra posición en el hemisferio, estoy seguro de que Gómez puede ser manejado. En efecto si por cualquier circunstancia el partido conservador volviera a tomar la riendas del gobierno, en condiciones internacionales favorables a nosotros, no recibiríamos menos colaboración que ahora”2.

Y el funcionario de marras no se equivocó, ya que Laureano prestó la colaboración muy pronto, en primera instancia con la legislación favorable a las petroleras norteamericanas, luego con el envío del Batallón Colombia a Corea. Y, cuando se abran los archivos que aún permanecen ocultos sobre el nueve de abril, se sabrá lo que ahora se sospecha: su colaboración en la operación encubierta con la que eliminaron a Jorge Eliécer Gaitán, y abrió su camino a la presidencia en 1950.

El embajador de la coca

Lewis Tambs fue nombrado como embajador de los Estados Unidos en Colombia en 1983, cuando Ronald Reagan lideraba el embate contra la revolución sandinista, triunfante en Nicaragua en 1979. Al llegar a Colombia regia el gobierno Belisario Betancourt, quien había logrado abrir una puerta de paz con las Farc. Tambs fungió como embajador hasta 1985.

En 1985, estando aún en funciones, la embajada de los Estados Unidos se opuso entre bambalinas a un acuerdo para que un candidato del partido liberal, con un proyecto nacionalista, diese continuidad a los acuerdos de paz. Con la política del garrote y la zanahoria logró el nombramiento de Virgilio Barco como candidato liberal, funcional a los designios de la embajada.

Presiones con logros que extienden sus nefastas consecuencias hasta nuestros días. El 21 de agosto de 1989, cuando ya estaba bien adelantada la misión de ahogar en sangre los acuerdos de paz, la revista Semana publicó un artículo titulado: “El embajador de la coca”, en el que presentaba las revelaciones de una investigación del parlamento costarricense.

En síntesis, la investigación mostraba que Lewis Tambs, embajador de los Estados Unidos en Costa Rica entre 1985 y 1987, presionaba al gobierno de aquel país para que en una pista de aterrizaje construida al norte de su territorio pudiesen aterrizar aviones que llevaban armamentos a los paramilitares que enfrentaban al gobierno sandinista, conocidos como “La contra”. Después de descargar las armas, los aviones de la Southern Air Transportation regresaban a los Estados Unidos con cargamentos de cocaína. La operación era coordinada por el Coronel Oliver North. Las investigaciones del Congreso estadounidense revelaron que la empresa había sido propiedad de la CIA entre 1960 y 1973. El FBI reveló que el Clan Ochoa de Medellín había utilizado la aerolínea para sus exportaciones de “snow”. El Congreso de los Estados Unidos había prohibido expresamente brindar ayuda militar a los escuadrones de “La contra”. Lewis Tambs había cobrado notoriedad en Colombia por acuñar el término narcoguerrilla, en su retórica de la guerra contra las drogas, desdecida por sus acciones de apoyo al narcotráfico utilizado para la guerra política contra el sandinismo.

Treinta años después, en 2018, Oliver North fue nombrado como presidente de la poderosa Asociación Nacional del Rifle en los Estados Unidos, organización que giró treinta millones de dólares para la campaña presidencial de Donald Trump.

Ahora anuncian que el nuevo embajador propuesto por Trump para nuestro país es Philip Goldberg, funcionario experto en asuntos de inteligencia, coordinador del Plan Colombia en la Embajada de Estados Unidos de aquellos años, asistente del embajador de los Estados Unidos en Bosnia –mientras el país estaba en guerra–, embajador en Cuba y en Bolivia, de donde fue expulsado por sus actividades conspirativas con el gobierno de Evo Morales.

Puede estar segura la sociedad colombiana, sin mucha dificultad, que habrán más desayunos, más huevo con ají bien picante, por parte de la nueva “señoría” que llegará a ocupar el búnker situado en Bogotá en la avenida 26 con 48, e imaginarse, también sin mucha dificultad, mucho silencio por parte de aquellos a quienes hablará a su oído este representante de multinacionales: políticos representantes del alto gobierno, así como de algunos partidos del establecimiento, al igual que propietarios de los principales emporios del país, gente sin vergüenza, dignidad, ética ni moral.

* Revista política estadounidense con sede en Nueva York, publicada por Harper&Brothers desde 1857 hasta 1916.
1 Revista Número, diciembre de 1999-enero de 2000.
2 Revista Número. Entrevista con Laureano Gómez. 26 de marzo de 1941. Dic-Feb 1999-2000.

 


Recuadro

 

Un nuevo orden internacional

 

Malos recuerdos, eso es lo que tienen en todos los países en sus relaciones con el imperio más grande que hasta la fecha ha conocido la sociedad global. Invasiones, robo de sus recursos naturales, complots, golpes de Estado, asesinato de ministros, presidentes, así como de miles de ciudadanos indefensos atacados por francotiradores, pero también por agentes secretos –protegidos por diversos poderes en el país de sus misiones–, pero también con drones, como es común desde hace años.

En nuestra región quienes tienen el peor de los recuerdos son los mexicanos, que perdieron dos millones de kilómetros cuadrados, cuando se acercaba el final de la primera mitad del siglo XIX.

Lejos de nosotros, los japoneses llevan en su memoria el horror de las bombas atómicas lanzadas sobre población civil, con el simple propósito de impedir que la URSS venciera a Japón, si se prolongaba la Segunda Guerra Mundial, y así quedará con el control de aquellos mares.
El recuerdo de los vietnamitas no puede ser diferente. ¿Qué sentirán los afganos, los iraquíes, los iraníes, los palestinos, etcétera?

Ahora, en los años que corren, las cosas no cambian de color: prosiguen con su política contra Cuba, bloquean de igual manera a Venezuela, amenazan a todo aquel que opte por una política no sometida a los intereses de las 50 estrellas.

Una política que empieza a encontrar competencia en potencias que ahora amenazan su poder, bien en lo económico, lo comercial, lo tecnológico, en ciencia, en poderío militar, abriendo campo para que el mundo haga el transito del unilateralismo al multilateralismo. China y Rusia son las potencias, en uno u otro campo, que ahora le hacen contrapeso.

Es una disputa que dará paso en pocas décadas a reorganizar el Orden Internacional heredado de la Segunda Guerra Mundial, pero que por ello no traerá nada bueno para los pueblos del mundo, pues al fin y al cabo es una disputa entre potencias de las cuales se benefician los capitales que representan e impulsan cada uno de estos países, pero no los pueblos.

Es por ello que de nuevo está a la orden del día la necesaria coordinación de las luchas de resistencia existentes por diversidad de países, de cuyo entrelazamiento deben surgir las bases para la instalación de un Orden Internacional Alternativo, para el cual y con el cual se pongan en marcha cientos de experiencias de intercambio económico y soberanía popular, políticas de solidaridad no sometidas a ningún Estado, mecanismos de protección y denuncia ante la represión que pueda sufrir cada una de estas experiencias, espacios de deliberación y definición de políticas comunes, así como de investigación y construcción de nuevas teorías que alienten la insurgencia global contra un orden mundial abrazado a la muerte, cuya expresión de violencia ampliada es su visión sobre el desarrollo y la naturaleza, y con ello la catástrofe ambiental que ya todos vivimos y padecemos.

Información adicional

  • Autor:Julián Pérez
  • Edición:257
  • Sección:Soberanía
  • Fecha:Mayo 20 - junio 20 de 2019
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