Lunes, 03 Junio 2019 10:00

El paro, del dicho al trecho…

Escrito por Equipo desdeabajo
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El paro, del dicho al trecho…

El 25 de abril fue el día decidido por decenas de organizaciones sindicales, sociales y políticas para convocar a la sociedad colombiana a parar y protestar contra la política gubernamental en marcha. Las razones económicas, políticas, en derechos humanos, y otras, todas justas, no hay duda de ello, darían para una potente protesta pero, ¿por qué el llamado de las organizaciones convocantes no encuentra el eco requerido dentro del conjunto social?

 

Parece un fantasma que recorre los pasillos y auditorios donde se congregan para sus reuniones las organizaciones sindicales, sociales y políticas alternativas. Siempre está allí su sombra, su recuerdo, la misma que se extiende y gana más presencia cuando los concurrentes a estas citas valoran que es necesario confrontar con mayor fuerza al mandatario de turno. En sus análisis determina la razón objetiva –la crisis económica, el desempleo, los incumplimientos con compromisos firmados por el gobierno producto de jornadas de protesta en otros paros, la violación de los derechos humanos, etcétera– y por fuera quedan otras variables de la realidad, como el potencial de fuerza efectivo con que se cuenta para sacar avante un paro nacional, cívico por demás, la capacidad organizativa para darle forma en pocas semanas a un reto de esta magnitud, los imaginarios sociales y políticos hoy vigentes, las nuevas gramáticas que ganan espacio en el mundo que vivimos, etcétera.

El fantasma extiende su sombra desde 1977, cuando un paro cívico nacional paralizó al país, en algunas ciudades no solo por uno sino hasta por dos y tres días. La rabia cundió por todas partes y rompió los poros de los más pobres, y a piedra limpia y tachuelas como alfombras que cubrían las principales avenidas de muchas de las ciudades, le marcó el límite a la policía y a las fuerzas militares, que con sus métodos de siempre quisieron impedir el desborde social.

Un paro nacido de las contradicciones interburguesas, donde la fracción conservadora del ospino-pastranismo, Fenalco y Andi, y con ellos la Unión de Trabajadores de Colombia –UTC, de filiación conservadora– vieron en el paro una oportunidad para mejorar su tajada en la torta del poder. Fracción que encontró el apoyo de un sector del liberalismo, pese a contar con la dirección del gobierno.

Un paro alimentado por una pobreza por ingresos que cubría al 59 por ciento de los 24 millones que habitaban el país por entonces, golpeados por una inflación que rondaba el 28,3 por ciento y un desempleo que ascendía al 9,3 por ciento, con una economía que atravesaba un buen momento producto de la bonanza cafetera, que solo beneficiaba a los de siempre.

Sociedad sometida al Estado de sitio, que negaba todo tipo de libertades políticas. Es esa sociedad, en tránsito acelerado del campo a la ciudad, la que respondió al llamado de la alianza conservadora, liberal, izquierda, coordinados a lo largo de un año, conformando comités de paro por todo el territorio nacional, para finalmente hacer realidad aquel 14 de septiembre que sigue vivo en la memoria de dirigentes sindicales y otros, que quisieran revivir tal potencial humano por todas las calles del país.

Simple deseo. Han transcurrido 40 años desde que un cuerpo se trasformó en fantasma, lo que debería llevar a unos y otros, a quienes vivieron aquella jornadas, como a quienes la conocen por anécdotas o por lecturas, a preguntarse por las condiciones mínimas por garantizar para que la consigna deje de ser simple letra muerta –buen deseo– y encarne en las fibras de miles, de millones de personas.

 

¿Qué se entiende hoy por paro?

 

Para 1977 no existía duda entre el activismo social: el sujeto de la revolución era la clase obrera, y alrededor de ella realizan su esfuerzo fundamental de organización y lucha. Las precaria industria que el establecimiento había tratado de construir a lo largo de 40 años estaba en pie, y cada una de las principales empresas aglutinaba cientos de trabajadores. El factor fundamental de la producción era la economía real, y el sector financiero aún era pequeño.

La participación política legal brillaba por su contracción, expresión de lo cual era la centralización de poderes locales y departamentales en manos del Ejecutivo central; la extensión efectiva del Frente Nacional (monopolio del poder), la militarización de ciudades y campo, y el control policivo de territorios hacía mucho más difícil cualquier nivel de organización independiente de la población. Contracción de la participación legal y control social que propiciaron el surgimiento y multiplicación en pocos años de los movimientos cívicos, los cuales realizaban año tras año decenas de paros cívicos locales a lo largo de la geografía nacional.

La ilegalización de sindicatos, la persecución de la crítica, la tortura como una práctica recurrente y la multiplicación de los presos políticos, no podían ocultarse aunque el régimen no aceptara su concreción cotidiana.

En esas condiciones el paro cívico era la efectiva parálisis de la vida cotidiana en un municipio dado, un espacio para el desfogue de la rabia acumulada por jóvenes sin oportunidades de ninguna especie y proletarios mal pagos, poblando la periferia de muchas ciudades, arrinconados en tugurios o habitaciones construidas con latas, madera o con paroy. Un factor a paralizar para la efectiva concreción del paro era el bloqueo del transporte urbano, en manos de decenas de propietarios privados, incluso con mucho propietario que solo tenía uno o dos buses. Por su parte, la huelga era la paralización de la producción en una fábrica o empresa en particular, la cual encontraba algún eco de solidaridad más allá de los activistas, para muchos de los cuales las mismas semejaban el embrión de la revolución, sobre la cual no caía sombra o duda alguna.

Transcurridas estas cuatro décadas, todo es distinto: el modelo de industrialización ya no existe, el sector fundamental de la economía es el financiero con su baja incorporación de personal, automatización en muchos de sus procesos y teletrabajo en auge; la clase obrera dejó de ser el referente de la acción social y la revolución –en su concepto clásico– ya no es el norte que alumbra todas las luchas. El Ejecutivo, a pesar de la pervivencia del presidencialismo, liberó una parte del poder, abriendo vía a la elección popular de gobernadores, alcaldes y representantes barriales –ediles– descentralizando presupuestos y abriendo vías para la participación legal de la población, lo cual desfoga rabias. Las cárceles ya no están inundadas de presos políticos, aunque sí de prisioneros de guerra. La desocupación del campo y el crecimiento de las ciudades, multiplicó la informalidad laboral, obligando a que cada uno busque lo suyo, individualizando luchas, realidad multiplicada por acción del neoliberalismo, el que culturalmente adentró a la sociedad en un prolongado escepticismo.

Al mismo tiempo, las ciudades avanzaron en su estabilidad interna, regularizando barrios e incluyendo a toda su población en la política impositiva y tributaria, la misma que arrincona a cada familia obligándola a cumplir con pagos si no quiere perder su propiedad o ser desplazado a la periferia urbana o más allá de la misma. Familias que, por demás, endeudadas con el capital financiero para poder adquirir su “propiedad”. El afán por reunir el dinero para la cuota mensual y la amortización de intereses marca la vida de miles de miles. Con un cambio sustancial en la geografía interna de los barrios: en muchos la gente dejó de vivir en casas para pasar a la habitación de apartamentos, lo cual no es un detalle menor pues en los primeros había vida de barrio y en los segundos es evidente la debilidad de la misma. Con todo ello, el reclamo por servicios públicos también dejó de ser una prioridad, y ahora el afán no es lograrlos sino reunir el dinero necesario para cancelar la cuota mensual que implica el acceso a tales “derechos”.

En estas circunstancias, aunque el déficit de vivienda es inmenso, el techo no es el eje de la lucha de miles. Aunque parezca extraño, hoy no existe un movimiento cívico de la magnitud del conocido a finales de los años 70 y a lo largo de los años 80 del anterior siglo; los paros cívicos suenan a cosa extraña para quienes tienen que salir cada día a rebuscarse por cuenta propia, y las huelgas –que los trabajadores denominan paro– no ocurren sino de manera ocasional en alguna dependencia estatal y con mucha rareza en una empresa privada.

Resalta en estas circunstancias, entonces, algo que no hay que pasar de menos: cuando en los tiempos que vivimos los liderazgos sociales y sindicales llaman a un paro puede que estén pensando en lo que se entendía por pueblo en 1977, pero es evidente que ese no es el mismo de hoy, pues el establecimiento logró meterlo en una dinámica que rompió solidaridades traídas del campo, pasando a primer instancia lo de cada uno. Puede que los niveles de pobreza no sean muy diferentes a los de hace varias décadas, (en realidad el porcentaje de pobreza por ingresos hoy cayó al 27,9 por ciento) pero las subjetividades individuales y colectivas cambiaron, también los lenguajes, de manera que concitar hoy a la lucha demanda experimentar nuevas rutas, de lo cual está lejos el sindicalismo y el activismo social, tan sometido a las lógicas y dinámicas del establecimiento, como a los afanes de cada organización, algunas de ellas aún simples instrumentos de organizaciones partidarias que en sus prácticas y decisiones, pese a identificar en ello un error, continúan dándole prioridad a sus objetivos particulares –crecimiento y protagonismo– e instrumentalizando al actor social.

En estas circunstancias, para mayor complejidad, los paros cívicos, en tanto desnudan la poca presencia territorial construida por los sectores alternativos, y la precariedad de lo sindical, quedan reducidos a una marcha por las principales avenidas de una ciudad u otra. La consecuencia de ello no es de poca monta, mucho más cuando se insiste en realizar paros que en verdad son jornadas de protesta, uso inadecuado del lenguaje que desvirtúa la posibilidad y el efecto que puede tener un paro cívico, el cual debería obligar al establecimiento a negociar una agenda específica, concreta y viable, estructurada por los sectores convocantes a través de una agenda labrada en infinidad de asambleas territoriales, que los conecten con la base de la sociedad y con sus deseos e imaginarios.

Mientras no se logre algo parecido a esto, con dificultad se recuperará el real significado de estas palabras, lo cual demanda, en primera instancia, retomar con humildad la acción territorial en miles de barrios, a la par de darle más tiempo a la cimentación que demanda la realización de cualquier jornada de lucha, atravesada, cuando es nacional, por la pregunta por la coordinación –por no aludir a la imposible unidad en frío– de los distintos sectores del activismo comprometidos en una acción de cambio social, no de revolución, palabra mayor que implica otras acciones y otros procederes, y la cual no puede estar reducida a jornadas puntuales que muchos quieren usar como plataforma para avanzar hacia la misma.

El factor cultural, aquí, es uno de los fundamentales por abordar, pensar, investigar, comprender y, producto de todo ello, reorganizar la acción política cotidiana con proyección de largo plazo. Sin comprender los nuevos imaginarios sociales, y los cambios de estructura sufridos por nuestra sociedad –como parte del conjunto mundial– no es posible obtener resultados diferentes a los alcanzados el pasado 25 de abril, dejando a un lado, por demás, el voluntarismo y el diseño de acciones sociales y políticas estimulados por fantasmas que no parten a su definitivo descanso, o por las necesidades de una organización u otra –en su diseño estratégico o táctico–.

Un factor cultural que implica y afecta la variable de los sujetos del proceso social, en el cual al sujeto proletario ya no es único ni hegemónico, sino que comparte su rol con otros que lo complementan o superan, algunos de relevancia también mundial, entre ellos el feminismo (que además de lucha contra el patriarcado y machismo en general, implica igualdad y justicia en el trabajo, la familia por reivindicar, la autonomía a la hora de decidir sobre su cuerpo y la reproducción de la especie, entre otros aspectos), el ambientalismo (que además del importantísimo factor del cambio climático, implica el debate y decisión sobre lo que se entiende por desarrollo y crecimiento, el asentamiento en y el manejo del territorio, extractivismo en sus diversas variables, relación y/o unidad con la naturaleza, consumo y salud, vida-muerte, entre otras variables), el mismo factor cultural (que incorpora factores como identidad, comunidad individuo, nación/mundo/fronteras/libertad, usos y consumos, nuevas formas de comunicación e interrelacionamiento) y con él la juventud.

Y otros factores que no son menores a la hora de intentar comprender el por qué hoy reviste mayor dificultad lograr sintonía con el conjunto social: 1) no existe referente global para las luchas sociales, lo que hace décadas descansaba en el socialismo, bien en la experiencia rusa, china, cubana, albanesa; 2) hace 40 años no había tomado forma el paramilitarismo, y el genocidio que rompió amplias capas del tejido social aún estaba por concretarse, dejando una estela de cadáveres, desaparecidos, desplazados y aterrorizados por todo el país; 3) acudir al Estado no era la prioridad para procurar protección ni cuidado, el cual lo garantizaban, tal vez sin mucha eficacia, las mismas organizaciones populares y las armadas. El Estado era el referente por conquistar pero no la brújula para garantizar la propia existencia; 4) como aspecto poco procesado, el narcotráfico aún no lograba su maléfico efecto de desarticulación y destrucción social, antecedente individualista del neoliberalismo y potenciador del mismo, que cooptó toda una generación de jóvenes que identificaron en tal posibilidad una vía expedita para resolver los problemas económicos propios y de sus familias, militarizando aún más la cotidianidad de las barriadas y comunidad en general.

Son todos estos –y seguro otros– factores, junto con el escaso reconocimiento por parte del activismo social y político de estar atravesando el desierto de la derrota política, la cual demanda la reconstrucción teórica para una sociedad por construir, lo que dificulta que los paros cívicos hoy alcancen los resultados que unos y otros esperan de ellos. Un reconocimiento y una conjunción de factores que desterrarán el o los fantasmas que acompañan el pensar y el hacer de los sectores alternativos; un conjuro a las sombras de lo que se añora y una conjunción de nuevos quehaceres para renacer, luego de atravesar el desierto de la derrota.

Información adicional

  • Autor:Equipo desdeabajo
  • Edición:257
  • Sección:Movimientos sociales
  • Fecha:Mayo 20 - junio 20 de 2019
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