Martes, 30 Julio 2019 10:19

Contrapunteo colombiano de la coca y el café

Escrito por Héctor-León Moncayo S.
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El título es evidentemente un homenaje a la obra, ya clásica, de don Fernando Ortiz1. La distancia es enorme, por supuesto, pero la alusión tiene, en este artículo, un propósito: contribuir a rescatar un enfoque socioeconómico que pueda ir más allá del tratamiento penal y policíaco que suele tener en Colombia el tema de la coca.

 

Aunque nos duela, la coca es una realidad innegable que tiene un peso considerable en la economía del país dentro de la cual establece numerosos vínculos: la compra de insumos para su producción, los pagos de remuneraciones a los trabajadores, la compra de bienes y servicios de consumo final por los hogares productores y las inversiones derivadas de estos ingresos. Por otra parte: uso de factores de producción provenientes del mercado nacional, ingresos distribuidos a los hogares residentes, flujos de contrabando que contribuyen al lavado de dinero y gastos en el país (consumo e inversión) por parte de dichos hogares, etc.

Y la comparación es del todo pertinente. Uno y otro son los productos agrícolas que más éxito han tenido en el mercado mundial. Cubren dos periodos sucesivos en nuestra historia económica; ambos han contribuido a edificar el orden rural; han sido determinantes en la política y forjadores de no pocos de nuestros rasgos culturales. A punto de terminar el segundo decenio del siglo XXI, la coca –ilegal– enfrenta una nueva ofensiva cuyas víctimas han de ser los campesinos, y el café – legal– vive la más profunda crisis económica desde los años noventa, con la previsible ruina de los campesinos.

La comparación aparece de cuando en cuando en los medios de comunicación, pero sólo en momentos de angustia. Por ejemplo, en El Tiempo del 13 de diciembre del año pasado podía leerse:
 
“La economía del narcotráfico movió incluso más dinero (equivalente al 5% del PIB) que sectores como el cafetero, que aportó el 1 por ciento el PIB del país el año pasado, según lo resaltó el Gobierno durante la presentación del nuevo plan integral de lucha contra las drogas al que llamó ‘Ruta Futuro”.2

El propósito escandaloso del redactor –y del Gobierno– es obvio. Se trataba de magnificar la “amenaza” en momentos en que arreciaban las presiones de los Estados Unidos. El último informe de la Unodoc3 (septiembre de 2018) señalaba que en el año 2017 se había alcanzado el mayor número de hectáreas cultivadas de todos los tiempos con un incremento de 17 por ciento respecto al año inmediatamente anterior. Pero las cifras del “volumen de negocios” que se le atribuyen al narcotráfico son puras conjeturas. Un año antes, exactamente, el gobierno recién posesionado de Duque advertía alarmado que representaba un 2 por ciento. Más nos valdría entonces tomárnoslo en serio, dejando de lado las manipulaciones políticas y las declaraciones de obediencia al amo del norte.



Algunos datos agregados sobre la economía de la coca



La investigación seria sobre la economía del narcotráfico tiene ya un cierto desarrollo en nuestro país, aunque no sea lo más publicitado. Y debe reconocerse que el Dane, en buena hora, supo desafiar el tabú y comenzó a calcular la producción de los cultivos llamados ilícitos (1994) y luego el valor agregado de las actividades de transformación para incorporarlo en las cuentas del PIB (especialmente, desde las de base 2005), si bien mediante un artilugio un tanto pudoroso que consistió en definir, para su registro, un “enclave” (“territorio virtual”) separado de la economía legal4. El Dane, desde luego, admite las dificultades para recabar la información y se limita a la producción, advirtiendo: “no se incluirá, en este ejercicio de medición económica, ni la comercialización de dichos productos ni los flujos de capital asociados, a pesar de su importancia, pero ateniéndose a reglas de prudencia”5.

Para empezar habría, pues, que aclarar que son varias las etapas, o eslabones, de la cadena de valor de la cocaína. Si hablamos de los ingresos o rentas de narcotráfico el mayor componente, desde luego, lo representa la exportación propiamente dicha.  Es el componente de más difícil cálculo. Podría deducirse de las toneladas producidas menos las incautadas, evaluadas a un precio promedio, pero no deja de ser una estimación arriesgada. Y esto, suponiendo que los traficantes colombianos no se encargan del transporte y distribución en el exterior. -el valor del producto total, desde un punto de vista mundial, es decir desde su salida del territorio hasta su distribución dentro de los países consumidores significa un cálculo de mayor complejidad y numerosos supuestos-.

Ahora bien, la estimación del ingreso neto de nuestros narcotraficantes, y de la parte que se reintroduce al país, que implicaría, entre otras cosas, una cuantificación del lavado de activos, implica una gran investigación. En fin, esto que se llama “el negocio del narcotráfico” no es para improvisar cifras, así sepamos con toda certeza que es un dinero que se irriga en todo el país y que, por cierto, se mueve dentro del sector financiero. En cambio, podemos tener algunos indicadores agregados más confiables en lo que se refiere a la producción en Colombia.

Las etapas básicas o eslabones son, entonces, los siguientes: i) cultivo y cosecha de la hoja de coca, ii) transformación primaria de la hoja en pasta y base de coca, iii) transformación en clorhidrato de cocaína, iv) tráfico mayorista del producto hacia las costas y fronteras nacionales. Una investigación al respecto que se hizo en 2010 y ha tenido merecido reconocimiento es la de Daniel Mejía y Daniel Rico de la U. de los Andes6. Los autores, con base en datos de 2008 concluyen que la producción y el tráfico de cocaína podían llegar, en conjunto, a 13.6 billones de pesos, es decir, un 2.3 por ciento del PIB. Y esto, suponiendo un total de 100.000 hectáreas cultivadas y una producción de clorhidrato de cocaína, para ese año, de 642 toneladas7. Curiosamente, en 2016, a pesar del crecimiento sostenido en el número de hectáreas cultivadas y en las toneladas de base producidas, que se inició en 2013 y tuvo un gran salto precisamente en ese año, se estaba estimando un valor de 10.3 billones de pesos es decir cerca del 1.2 por ciento del PIB8.



De la microeconomía a los territorios



Lo más interesante del estudio que se acaba de citar es, sin embargo, el cálculo de la distribución del valor agregado entre las diferentes etapas, a partir de un análisis detallado de diferentes escenarios de producción y transformación. Se demuestra allí, de manera contundente, que a la etapa del tráfico le corresponde el 71 por ciento, mientras que a la producción de la hoja tan sólo el 9 por ciento. (Ver Tabla). Téngase en cuenta que en esta etapa se calcula que estarían involucradas unas 166.000 familias.  

Distribución del valor agregado, 2008

Etapa Pesos Porcentaje
Tráfico de cocaína 9.6 billones 71
Cocaína 2.0 billones15
Base de coca0.8 billones5
Hoja de coca 1.2 billones9
 13.6 billones100


Fuente: Mejía, D. y D. Rico, “La microeconomía de la producción y el tráfico de cocaína en Colombia”.

Es un enfoque que se utiliza desde entonces en diferentes estudios. Cabe destacar que el Informe anual de Unodoc ofrece una rica información con un detalle similar, con la particularidad de que profundiza en el análisis del impacto territorial. En el Informe correspondiente a 2017, publicado en septiembre de 2018, se presentan algunas particularidades además de la continuación del crecimiento en el número de hectáreas sembradas y en la cantidad de cocaína la cual alcanzaría un total de 1.379 toneladas9. Algunas son las siguientes: los departamentos de Antioquia, Putumayo, Norte de Santander y Cauca muestran el mayor aumento en el área de cultivo, pero el departamento de Nariño y el municipio de Tumaco continúan siendo las zonas con más coca en el país. La concentración territorial sigue siendo evidente; el 44 por ciento de la coca se produce en diez municipios.

En cuanto a la dinámica, la verdad es que el 80 por ciento de la coca se encuentra en las mismas zonas en las que ha estado durante los últimos 10 años. Si bien el 34 por ciento está en áreas que en 2014 eran bosque no puede asociarse directamente con una deforestación pues no se descarta que el territorio haya tenido otros usos previamente. El 33 por ciento de los cultivos de coca se ubica en zonas a más de 10 kilómetros de centros poblados y el 16 por ciento de la coca está a menos de 10 kilómetros de una frontera. Las fronteras con Venezuela y Ecuador son las más afectadas.

Como era de suponerse, el crecimiento de la oferta acarrea un descenso de los precios, aunque el propio Informe sugiere otras causas que operarían de manera diferente según regiones. En todo caso, en promedios, de un año a otro, según este reporte, los precios de la hoja de coca fresca, la pasta básica y el clorhidrato de cocaína cayeron 28, 14 y 11 por ciento, respectivamente.

Aquí habría que tener en cuenta algunas variaciones en el esquema de los negocios. En relación con las primeras etapas de producción y transformación, el informe sostiene que hoy en día es mayor la proporción de productores que adelantan la transformación (pasta básica) en la propia finca. La producción de la base (a veces no es fácil establecer la diferencia) de todas maneras se hace en la misma zona, con lo cual queda la duda de si más bien existen intermediarios locales (vecinos) que se encargan de la transformación básica, es decir que los ingresos que llegan a los cultivadores propiamente serían cada vez menores. No sorprendería que fuese mucho menos que el 9 por ciento que se había estimado. También se registra un incremento del número de hogares aunque, a diferencia del cálculo de Mejía de diez años antes, la estimación aquí no supera las 120.000 familias. Por último ha de mencionarse que, al parecer, ha habido un cambio en la variedad y dinámica de los compradores de la base con la que se abastecen los laboratorios que son de diversos tipos, repartidos en todo el territorio e incluso en otros países. Se destaca el caso de mafias extranjeras que compran directamente la base.



La transparencia de la información cafetera

Los datos básicos referentes al sector cafetero son bien conocidos y solamente vamos a recordar algunos, a título de comparación.

(Año/sept) Área cultivada (Miles de Has.)  Valor de la producción (Billones de pesos)
2016931,75 7.1
2017 903,957.5
2018 877,146.2

Fuente: Federación Nacional de Cafeteros.



Así, el cálculo de la producción nos llevaría a una participación en el PIB que estaría alrededor de 0.7 por ciento. El valor del “negocio” en su conjunto es, por supuesto, mayor que el de la producción. Contempla las actividades del procesamiento, de la exportación y la comercialización para consumo interno. Teniendo en cuenta que la institucionalidad cafetera asegura la compra del café a los productores a un precio de garantía (a veces con subsidio estatal), al igual que asistencia técnica, incluida la renovación de los cafetos y el desarrollo de nuevas variedades. Obviamente, si se quiere comparar de manera rigurosa con el PIB, habría que deducir el valor agregado en cada etapa. En todo caso, no hay muchas cosas ocultas en esta información.

Para lo que nos ocupa, es interesante resaltar que generalmente se habla de un número aproximado de 500.000 familias involucradas en las actividades del sector. En cuanto a la distribución territorial de los cultivos, el contraste con la coca es ostensible. Se encuentra en diez departamentos, pudiendo exceptuarse por su escasa representatividad Bolívar, Caquetá, Casanare, Chocó, Guajira, Meta y hasta hace poco Putumayo. El eje tradicional, Antioquia, Caldas, Quindío, Risaralda, Santander, Tolima y Valle representa todavía el 54 por ciento del área cultivada. Y se destacan por su avance en los últimos diez años Huila, Cauca y Nariño, al contrario de Cundinamarca y Norte de Santander que son cafeteros pero pierden importancia en el mismo periodo.


Como se ve, pudiera decirse que los territorios cafeteros no coinciden con los de la coca, con algunas notables excepciones. Lo más significativo, sin embargo, consiste en que mientras las zonas cafeteras se articulan a centros urbanos de mediana y gran importancia y cuentan con vías de transporte (a pesar de las múltiples quejas de los últimos tiempos) lo mismo que con infraestructuras de servicios públicos, las zonas coqueras, como se señaló anteriormente, se definen precisamente por su existencia marginal. Es por eso que la incidencia de la pobreza, o mejor, la miseria, en estas últimas, es enorme y persistente.



Una conclusión preliminar


Son dos caras contrapuestas de nuestro mundo rural. Dos historias casi gemelas pero de signo contrario. El mismo modelo de monocultivo para la exportación ha llevado a resultados socioeconómicos contrapuestos. Pero no se crea que depende exclusivamente de la disyuntiva legalidad-ilegalidad. La historia del café (y la colonización asociada) difícilmente puede repetirse en espacios y tiempos diferentes. Las condiciones con que hoy cuenta son el resultado de esta larga historia. Sin embargo, la legalización probablemente llevaría al fin de la agricultura cocalera porque es el sobreprecio de la ilegalidad el que asegura su viabilidad.
Por ello, en las condiciones que tienen actualmente, es casi imposible encontrar otro monocultivo de exportación que pudiera desarrollarse en esos territorios. Ni siquiera el café. Es por eso ilusorio el intercambio que parecería encontrarse en las notables excepciones mencionadas antes. Es cierto que en algunos programas de sustitución voluntaria de los cultivos ilícitos los campesinos han recurrido al café, como en el Putumayo, pero también se ha denunciado que, ante la crisis, producida el año pasado por el descenso del precio mundial, hay cafeteros que han decidido cambiarse a la coca, particularmente en el norte del Cauca y el sur del Valle10.   

La verdad es que el café se encuentra hoy en día en una encrucijada difícil de superar. Es la característica de este tipo de productos cuya dependencia del mercado mundial los hace particularmente vulnerables a fluctuaciones, agudas e imprevisibles, con funestas implicaciones económicas y sociales. La única solución, en ambos casos, sólo puede resultar de una transformación radical de la economía agraria y el mundo rural.

1    Ortiz, F. “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar” (1940) Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, 1987
2    El Tiempo, 13 de diciembre, 2018. Consultado, 9 de julio de 2019 en mwww.eltiempo.com/justicia/conflicto-y-narcotrafico/ingresos-del-narcotrafico
3    Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.
4    Dane, Dirección de Síntesis y Cuentas Nacionales, “Enclave: cultivos ilícitos fases agrícola e industrial. Base 2005 serie 2000-2010pr” Octubre de 2011, Bogotá.
5    Ibídem., p. 5.
6    Mejía, D. y D. Rico, “La microeconomía de la producción y el tráfico de cocaína en Colombia” En: “Drogas ilícitas en Colombia”. Cede, U. de los Andes. Bogotá, 2010
7    Los autores toman en cuenta los datos presentados por la Unodoc pero también las de la Oficina Nacional del Control de Drogas de los Estados Unidos (Ondcp) que siempre difieren tanto en número de hectáreas como en productividad estimada y número de toneladas de coca. Por ejemplo en el último Reporte, correspondiente a 2017, UNODOC registra 171.000 hectáreas sembradas y ONDCP, 209.000 hectáreas.
8    La República, 15 de septiembre de 2017. Consultado el 9 de julio de 2019 www.larepublica.co/economia/el-negocio-del-narcotrafico. La noticia se apoya en estimaciones del Centro de Estudios sobre Seguridad y Drogas de la Universidad de Los Andes.  
9    Sistema integrado de monitoreo de cultivos ilícitos en Colombia (Simci) Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODOC). Informe de Monitoreo, 2017. Bogotá, 2018
10    Declaraciones del gerente de la Federación de Cafeteros, Portafolio, septiembre 18 de 2018 www.portafolio.co/economia/bajos-precios-del-cafe-llevan-a-algunos-agricultores-a-sembrar-coca-521276. Consultado el 9 de julio de 2019

 

 

Información adicional

  • Autor:Héctor-León Moncayo S.
Visto 580 vecesModificado por última vez en Martes, 30 Julio 2019 10:35

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