Martes, 30 Julio 2019 10:38

La marca bicentenaria

Escrito por Equipo desdeabajo
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Exposición fotográfica “El testigo”, Jesús Abad Colorado,  Claustro San Agustín, Universidad Nacional, 2019.Exposición fotográfica “El testigo”, Jesús Abad Colorado, Claustro San Agustín, Universidad Nacional, 2019.

En el rastro arrogante y violento del poder, es una constante histórica: en Colombia la disidencia y la oposición se pagan con la vida. En otras palabras, el poder no perdona. Y los hechos así lo constatan: Muy temprano, el 25 de septiembre de 1828, los opositores al proyecto bolivariano intentaron matar a su gestor, el Libertador Simón Bolívar.

En 1855, el general José María Melo, última expresión del Ejército Bolivariano y de sus ideales, cabeza del levantamiento de los artesanos por un gobierno que defendiera la economía popular, es desterrado hacia Panamá con otros 200 de quienes hicieron parte del gobierno o del ejército por él dirigido, entre abril y diciembre de 1854.

El 15 de octubre de 1914, instigados por el –Cardenal primado de Colombia, a punta de hacha, dos sicarios asesinaron a Rafael Uribe Uribe, General liberal en la “Guerra de los mil días”, y única voz opositora en el órgano legislativo de entonces.

Treinta y cuatro años después, el 9 de abril de 1948, bajo la descarga a revólver de un sicario, cayó asesinado Jorge Eliécer Gaitán, quien llevaba sobre sí el signo de presidente, el que de acuerdo a todos los vaticinios sería refrendado como tal en las elecciones por realizarse en 1950.

El 6 de junio de 1957, fue asesinado Guadalupe Salcedo, el desmovilizado jefe guerrillero liberal del Llano. Y, más cerca en años, otro líder guerrillero, Carlos Pizarro, también desmovilizado, sufrió el mismo destino, el 26 de abril de 1990. Un mes antes de que el poder repitiera el método con Pizarro, el 22 de marzo de 1990 cae abatido Bernardo Jaramillo, dirigente y candidato presidencial por la Unión Patriótica. Igual suerte corrieron miles de sus copartidarios –entre senadores, concejales y activistas en general.

En los años 1991-2000, son asesinados cientos de exguerrilleros desmovilizados de la fracción del Eln (Corriente de Renovación Socialista), y del Partido Revolucionario de los Trabajadores, el Ejército Popular de Liberación y el M-19, que habían negociado la paz con el gobierno de César Gaviria. En ese periodo también son asesinados cientos de líderes populares vinculados a organizaciones sociales como la Coordinadora Nacional de Movimientos Cívicos, A Luchar, el Frente Popular,  la Anuc (Línea Sincelejo), el Cric y los sindicatos.

A pesar de la puja y la noticia diaria con expectativa por largos años en la Mesa de Oslo-La Habana, los Acuerdos de paz Gobierno-Farc no cambiaron la constante histórica.


Luego de firmados, y hasta la fecha, van asesinados ciento catorce exguerrilleros y 31 de sus familiares. Se denuncia que los atentados proseguirán como parte un plan para asesinar a todos los mandos medios con capacidad de sostener una conexión popular, campesina y municipal – un discurso de reivindicación popular radical– y reconstruir y dirigir la otrora estructura armada. La lista que dibuja la mano del poder, con su carácter violento y excluyente, con su odio para toda aquella persona o proyecto histórico que lo intranquiliza o desafía, podría extenderse hasta la náusea, si es que el asco con la constante del poder ya no arqueó el estómago de quien lee esta nota, pero… paremos ahí.

Paramos y nos miramos para intentar recordar por qué olvidamos ese carácter del poder; para intentar comprender el porque la sociedad colombiana aún no supera la peste del olvido. Una marca letal, ante la cual ni siquiera actuamos como en Macondo: marcando cada cosa para recordar su oficio. En este caso, familia X (gobernantes asesinos), familia Y (gobernantes asesinos) y familia Z (gobernantes asesinos), y así, también hasta sentir el vómito.

Ese olvido, esa amnesia de dos siglos de violencia, muerte y exclusión, nos impide como sociedad recordar que la única alternativa que tenemos para girar la realidad de nuestro país, para que Colombia sea de todos y deje de ser de unos pocos, es la acción mancomunada, identificando con nombres y apellidos los integrantes de una clase, que pese a su poder y minoría, ha controlado el poder económico en Colombia a lo largo de dos siglos, y usufructa la existencia, acción y venta del narcotráfico, impidiendo la felicidad de las mayorías, hundiendo al país en el rincón del desastre social.

Acción de identidad, hermandad y clase que debe estar acompañada de un proceder social con decisión de construir un país otro a través de miles de experiencias solidarias, cooperativas, con economía incluyente, donde el interés común prevalezca sobre lo particular, y donde la movilización ciudadana con base y fortalecimiento territorial por doquier, de paso al emplazamiento del poder minoritario en cada localidad, y desnudado en su real carácter sea relegado de los espacios que hasta ahora monopoliza.

Un proceder constituyente, que a través de una deslegitimación y acusación a los monopolizadores de la tierra y la riqueza nacional, como de los politiqueros y funcionarios corruptos, abra una dualidad de poderes, erija y ponga en marcha decenas de experiencias de incidencia frente a las sedes del Ejecutivo o de gobierno propio, ya sean locales, municipales y de otro orden, a través de las cuales la democracia resulte real, dejando de ser simbólica –del ínfimo voto– para transformarse en un ejercicio integral de vida colectiva. En una cotidianidad donde economía, política, cultura, medio ambiente, administración de lo público, etcétera, pase a ser reto, deliberación y decisión de mayorías. Así, desde la acción ciudadana, emplazando al poder tradicional, nacerá otro país en el curso de numerosas jornadas, que llevarán o forzarán a una refrendación institucional.

Este es el reto de quienes desde la realidad comunal, social y la llamada sociedad civil aspiran a otro país, donde la capacidad productiva honesta sin enriquecimientos ilícitos y la dignidad de las mayorías sea el faro que guíe al gobierno, en cabeza de miles pero como representación y vocería real y asamblearia de millones en distintos puntos.

En la página rota, de quienes hasta hace poco estaban en armas, tal vez como expresión de la recuperada memoria que en Macondo volvió a su lugar algún día, mandos de su Estado Mayor, así como mandos medios y la guerrillerada, han optado por replegarse. Por resguardar sus vidas. Y aún sin confirmación absoluta, sumergirse en una nueva etapa –ahora, como víctimas– o, reincidentes alguna parte de ellos, de la prolongada guerra que parece extenderse sobre Colombia, como su signo determinante en estos dos siglos de vida republicana.

Quienes así proceden, son parte de la misma gente alzada en armas que negoció hace poco la paz con el gobierno de Santos, y que desoyendo los consejos de su dirigente-fundador, de no entregar las armas sino en un ciclo de diez años, y en la medida que se fueran cumpliendo los acuerdos firmados con el gobierno para una paz justa, en una manifestación de amnesia absoluta renunciaron a ellas en menos de dos años.

Ahora parece que recobran la memoria. ¿Tarde? ¿Errado?

Si así es, y dado que el Eln, a pesar de su disposición para el diálogo, prosigue en armas sin poder acordar un cese bilateral de fuegos a “término fijo”, y dado que hay otros núcleos menores de connacionales también armados, a izquierda y derecha, entonces hay que constatar que la guerra intestina prolongará su sombra. ¿Hasta cuándo? La amnesia no permite precisar su momento final, pero la utopía sí permite indicar que bajo el impulso de la Colombia distante y con lutos, solo la acción decidida del conjunto de la sociedad civil dará el verdadero veredicto por una paz integral, que aun no está en la mente y el sentir de la Colombia metropolitana.

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