Martes, 27 Agosto 2019 09:50

Discurso en clase: Hablar con el alma

Escrito por Francisco Rodríguez
Valora este artículo
(0 votos)
Discurso en clase: Hablar con el alma

“Al igual que el niño que está aprendiendo a montar en bicicleta logra montar de hecho cuando se sumerge a fondo en esta actividad y, por contrapartida, se cae al suelo cuando se para a considerar lo bien o lo mal que lo está haciendo,  así nosotros, todos, en cualquier actividad  que llevemos a cabo”.

Pablo D’Ors

 

Como lo decía Shakespeare, y lo reiteró D’Ors, lo verdadero, lo real surge del compromiso profundo, no de los gestos superficiales. Tal como lo he explicado muchas veces a mis estudiantes de Ciencia Política en la Universidad del Rosario (Bogotá), en las jornadas de tutoría, el discurso se puede hacer de dos maneras: tipo estudiante y tipo orador. (Digo “el discurso” porque se trata de un ejercicio de retórica canónico y tradicional en la Facultad). 

Para dar algo más de contexto digamos dos cosas. Todos los estudiantes de primer semestre deben presentar al final del curso de Argumentación un discurso clásico interpretado por ellos. El texto se les entrega dos meses antes de modo que lo memoricen y lo preparen. Ya está editado a unas 320 palabras, de modo que dure alrededor de tres minutos. Al comienzo lo hacen muy mecánico, pero a medida que avanzan las tutorías, la caracterización va ganando brillo. Los mejores logran conmover al público. Como les suelo decir: “Ellos no declaman el discurso, como dice Shakespeare, sino que se convierten en él”. Le dan vida de tal forma que en ocasiones he visto estudiantes que superan estrellas de cine. Uno entre tantos ejemplos es la interpretación del discurso de Marco Antonio en el funeral del César que aparece en la película Le brio. Mis alumnos siempre lo hacen mejor que Daniel Auteiul y su discípula de la Sorbona. Siempre.

La diferencia entre estas dos formas de hacer el discurso es clara. En la primera, tipo estudiante, se sabe bien el discurso y lo actúa. Todo sucede en este caso guiado por la mente. Las manos, los pies, la cara, toda la expresión corporal depende de decisiones ensayadas. El resultado es que no se ve natural, se ve postizo, se ve como una lección: “La célula”. La mente está puesta en las palabras, los gestos, y los movimientos; en general, en la parte técnica, y no en lo esencial: el mensaje.

Nada más patético que ver a los chicos en bachillerato haciendo la clásica exposición de “La célula” en el tablero. Con sus carteleras pegadas en la pared, le dan la espalda a sus compañeros, miran al profesor todo el tiempo, leen mal lo que escribieron y esperan sacar 5.0 porque las imágenes (que hizo la mamá) están muy bonitas.

El orador, al contrario, transmite una emoción. Se sabe el discurso a la perfección, igual que en el caso anterior, pero su mente está puesta en el mensaje: las ideas y las emociones correspondientes. Vocaliza bien y con melismas (no me pregunten qué son los melismas). Articula claramente los famosos sonidos difíciles, en especial la “n” y la “rr”, “cannnta oh rrrey del cielo”. Estas sílabas suenan timbradas dentro de la palabra. Además, no se come sílabas, no mutila y pega palabras, ni deja apagar la voz al final de la frase. Refleja, con naturalidad, las impresiones espirituales contenidas en el mensaje del discurso. Si es triste, la voz timbra en esa dirección; si es arenga, el público se siente convocado; si es indignación, ironía o sorpresa el discurso va ídem. Y, por supuesto, lleva un ritmo, una cadencia, con sus altos y sus bajos, de modo que cuando cierra, el público siente que terminó y no se queda esperando lo que no ha de llegar. 

En síntesis, el orador capta el alma de discurso; el estudiante hace una tarea, “La célula”. El orador habla desde el corazón, porque está convencido profundamente del mensaje que presenta. El estudiante habla desde la mente, porque está preocupado por hacer bien la tarea que le pusieron, y para que lo ensayado no se le olvide.

Cambiando un par de palabras del original (van en cursiva) se podía explicar de nuevo esta idea sacando una cita de Pablo d’Ors en su libro Biografía del silencio. “Quienes nos dedicamos a la retórica tenemos muy claro que lo que brota de la mente está muerto y que vive, en cambio, lo que brota de un fondo misterioso al que, a falta de un nombre mejor, llamaré yo auténtico” (Pablo d’Ors, p. 65).

Para efectos de la calificación, un estudiante excelente saca 3.0; un orador excelente, 5.0. La nota mínima para el estudiante es 1.0; para el orador que termina su discurso, 3.5. La diferencia entre un estudiante excelente y un orador excelente es de intensidad, de alma. El primero se ve falso, y el segundo se funde con su discurso. Por lo común, todas las presentaciones del estudiante son iguales, porque están ensayadas. En cambio, el orador siempre que presenta el discurso varía un poco con cada nueva salida al escenario, porque él responde a un principio distinto, intengible. Por lo tanto, sus sonidos no salen de la masa gris, sino del plexo solar (¿qué querrá decir “plexo solar”?). Bueno desde el pecho, el centro de las emociones, según Platón.

Todo esta explicación está muy bien, ni más faltaba, pero hacer la distinción entre lo uno y lo otro no siempre es fácil. Cuando un grupo de estudiantes ve la presentación del compañero y este grita y gesticula, tienden a aplaudirlo generosamente, se dejan impresionar y creen estar en presencia de un orador. Con el tiempo y las tutorías, el ojo y la sensibilidad se van afinando y cada vez es más fácil ver cuándo es cuándo y quién es quién. Un discurso es como una partitura y el alumno es el interprete. No basta con que se sepa las notas y las ejecute todas, se necesita que a partir de ellas produzca eso que llaman música. Pero catarla no es tan sencillo ni se da de buenas a primeras. No obstante, con un poco de ensayo es fácil distinguir el ruido de la armonía.

Shakespeare se copió de mí. Dice algo similar, en el mismo sentido, pero con menor perspicacia, en Acto III, escena II, de Hamlet: “Te ruego que recites el pasaje tal como lo he declamado yo, con soltura y naturalidad, pues si lo haces voz en grito, como acostumbran muchos, de vuestros actores, valdría más que lo diera a un voceador de periódicos. Guárdate bien de aserrar demasiado el aire, así, con la mano” (Hamlet, Act. III, Esc. II). 

La pregunta más potente y al mismo tiempo la más ridícula que recibo en las tutorías es la del estudiante que me pide que le diga cómo sentir el discurso. Yo le digo que convenciéndose de la verdad y la importancia del mensaje que contiene. Y me reitera que cómo se convence del mensaje y la importancia que contiene. Yo le digo que este es un caso para Kant. Enmanuel Kant decía que era capaz de enseñar las reglas de la lógica, pero no de utilizarlas. De hecho, agrega el ilustre filósofo alemán, quien usa bien las reglas de la lógica es inteligente; el otro, lerdo.

En fin, hay dos formas de hacer el discurso. Ambas requieren mucho ejercicio, mucha repetición. Puedo decir que lo mejor es que la etapa superior sale de la inferior, tipo estudiante. Un buen estudiante, en algún momento de su ensayo, da el salto dialéctico al siguiente estadio y sigue como orador. Y una vez experimenta la felicidad de expresarse desde lo más profundo, sabrá de qué estamos hablando. Y si tienen dudas escríbanme a mi correo electrónico Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. Eso les digo, para ver cómo lo están haciendo.

Nota: La vocalización se ensaya con el palito pincho (mi gran invento, mi cordial regalo), diciendo todo el discurso sílaba por sílaba, sintiendo que todos los sonidos se articulan bien. Luego de este ensayo palillesco, se deja de lado el palito en un lugar limpio, en una servilleta, una cajita plástica que haya sido previamente desinfectada para no contaminarlo y pueda ser reutilizado luego (toda esta explicadera está fuera de lugar, ¿cierto?). Decía, luego de ensayar sílaba por sílaba se dice todo entero el discurso para sentir que los sonidos se arman fáciles y dulces en la boca, sin esfuerzo. Suficiente explicación, ¡a trabajar, vagos!

Información adicional

  • Autor:Francisco Rodríguez
  • Edición:260
  • Sección:El orador
  • Fecha:Agosto 20 - septiembre 20 de 2019
Visto 83 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.