Domingo, 27 Octubre 2019 14:58

Encuestas electorales, espectáculo político y distorsiones de la democracia

Escrito por Edwin Cruz Rodríguez
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Encuestas electorales, espectáculo político y distorsiones de la democracia

Las encuestas electorales son guías determinantes en un contexto caracterizado por el exceso de información. Pero distorsionan el proceso democrático, porque restringen el debate y la formación ciudadana, y le imprimen una tendencia conservadora que dificulta el tratamiento de problemas sociales fundamentales.

 

Las encuestas no siempre acompañaron los procesos electorales. De hecho, la normalidad con que hoy se realizan y publican sorprendería a los fundadores de los regímenes representativos. Por ejemplo, el jacobinismo revolucionario, en su afán por salvaguardar la concepción monista de la soberanía, que en su perspectiva residía en el pueblo soberano o la nación, mostró especial preocupación por prevenir cualquier información de un grupo particular que pudiera revelar, reivindicar para sí o manipular la voluntad general. El auge de las encuestas electorales se retrotrae a los años setenta del siglo XX, en un contexto en que convergen dos grandes procesos.

Primero, el crecimiento de la industria del mercadeo, en la transición del fordismo –que privilegiaba la oferta y concebía el salario como anticipación para la realización de las mercancías– hacia el postfordismo –volcado a garantizar la demanda y, por lo tanto, en busca de mecanismos que permitieran un intercambio más fluido entre la fábrica y el mercado.

Segundo, la crisis de los dispositivos que durante la mayor parte de su historia permitieron a los regímenes democráticos hacer efectiva la representación política: partidos políticos y sindicatos, principalmente. Con anterioridad, los partidos tendían a corresponder con los clivajes (de clase, regionales, ideológicos) de una sociedad. La crisis de representación radica en cierto modo en la desaparición de esa correspondencia y el ascenso de fenómenos como la personalización de la política, en los que las encuestas juegan un papel clave. En este contexto, los políticos profesionales alcanzan el poder ante todo gracias a sus capacidades mediáticas, no por ser de extracción social similar a la del electorado o por representar una ideología determinada.

Además, la política actual se caracteriza por un fenómeno de opacidad por exceso de luz que pone a las encuestas en primer plano. Durante mucho tiempo la democracia estuvo asociada a la idea de publicidad, como aquello que es transparente y está a la vista de todos formando un espacio de referencias comunes. Hoy en día existe un exceso de transparencia que no redunda en mayor publicidad, puesto que aunque se ha ampliado el rango de dominios de la vida social e individual a la vista de todos, no necesariamente coadyuvan a la formación de ese mundo en común. Frecuentemente, como resultado del predominio de información socialmente irrelevante pero políticamente determinante, como pueden ser ciertos datos sobre la vida íntima de los personajes públicos, se hace casi imposible el avistamiento de aquello que la reivindicación de transparencia trataba de hacer visible: todo lo atinente a los negocios públicos y la vida en común materia del gobierno y el Estado.

En otras palabras, así como la total ausencia de luz impide ver, demasiada luz también imposibilita el funcionamiento del ojo. Los ciudadanos son constantemente bombardeados por todo tipo de informaciones, cuya cantidad, velocidad y vida efímera hacen casi imposible su procesamiento, con lo cual incluso los criterios de ordenamiento de los datos, la relevancia o la urgencia, por ejemplo, entran en crisis. Por esa razón, las encuestas electorales se han convertido en un insumo determinante para la orientación política. Investidas con la legitimidad que provee el conocimiento científico especializado, son un factor nodal para dotar de sentido la realidad individual y colectiva.

Quizás el principal argumento a su favor es que confieren a una elección mayor legitimidad, puesto que funcionan como un tamiz que permite agregar los intereses mayoritarios en un número reducido de alternativas en contienda. Sin embargo, desde que se originó el gobierno representativo hubo mecanismos de “perfeccionamiento” del procedimiento electoral, como la segunda vuelta, que no presentan las desventajas de las encuestas. Aún suponiendo que siempre se realizan con rigor estadístico y sin la mediación de intereses partidarios, económicos y de otro orden, lo que ya es mucho suponer, las encuestas distorsionan el proceso electoral, restringiendo el debate y convirtiéndolo en un espectáculo de masas más que en un espacio para la construcción de ciudadanía.
La supresión del debate

Las encuestas son la máxima expresión del modelo de democracia como mercado electoral, construido sobre las ruinas de la figura del ágora griega que, incluso con la mediación representativa, estuvo en la base de los razonamientos fundantes de los regímenes republicanos modernos.

Al igual que el mercadeo de cualquier producto, las encuestas electorales tienen por objeto no solamente revelar sino fundamentalmente formar las preferencias de los “consumidores”, en este caso ciudadanos electores, y orientar lo que se percibe como una “competencia” entre quienes ofrecen sus mercancías. La representación del electorado que proveen tiene una eficacia performativa, puesto que influyen decisivamente sobre la acción de todos los actores comprometidos, electores y potenciales elegidos. De esa manera, las encuestas trastornan por completo el sentido del mecanismo electoral.

En primer lugar, los sondeos no están orientados a la elección de lo mejor, de esa aristocracia del conocimiento por la que apostaban los federalistas norteamericanos a fines del siglo XVIII, sino de quien mejor comportamiento exhibe durante la campaña, representado en porcentajes de opinión favorable o potenciales votantes. Por lo tanto, la representación ideal de las campañas, vistas como debates públicos sobre problemas socialmente relevantes y sus soluciones, ha cedido ante la metáfora de una carrera, que tiene a las encuestas como el principal indicador de éxito.

En efecto, gracias a los sondeos, durante el proceso se van “eliminando” propuestas y candidatos, no de acuerdo a la solidez de sus argumentos o la factibilidad de sus propuestas, sino a su registro en las encuestas, que cada cierto tiempo permiten saber “quién va ganando”. Como consecuencia, la elección final, por el efecto que las mismas encuestas tienen en el proceso, no es entre las mejores opciones sino a lo sumo entre las más populares.

En segundo lugar, las encuestas restringen el debate electoral, no solo porque “eliminan” opciones de elección con arreglo a criterios ajenos a la ponderación y crítica pública de sus argumentos y propuestas, sino también porque no aportan información relevante sobre los problemas sociales, puesto que solo informan a la ciudadanía sobre la favorabilidad de los candidatos o de sus propuestas.

Esto las distingue de las adhesiones, uno de sus antecedentes históricos consistente en la publicación de listados de firmas de notables a favor de un candidato y las razones de su respaldo. Las adhesiones hacen parte del posicionamiento en medio de un debate político, mientras las encuestas pretenden medir la favorabilidad de las opciones en competencia sin que necesariamente se aporten insumos para ese debate.

 

El espectáculo de masas

 

Debido a las restricciones que implanta sobre el debate público, la preponderancia de los sondeos ha restado a los procesos electorales la posibilidad de constituirse en foros para la educación y cualificación política de la ciudadanía. Esto implica una renuncia al ideal ilustrado del progreso y la perfectibilidad humana cimentado en la educación y, por consiguiente, la mejora de los seres humanos mediante la práctica de la democracia.

Lo determinante en la “competencia” no son los argumentos ni las propuestas sino el posicionamiento en las encuestas y, más que proyectos políticos, lo que se elige son personas. En consecuencia, el proceso electoral tiende a convertirse en un espectáculo en donde todo vale y en el cual los insumos para descalificar un participante comprenden cualquier información que pueda escandalizar y lo anule como adversario legítimo. Lo que debería ser un debate sobre problemas socialmente relevantes, termina convertido en un corrillo sobre toda clase de aspectos de la vida de los candidatos que los puedan proyectar en términos de favorabilidad o, al contrario, que los confine en el espacio de la incorrección política.

Por eso, las campañas se desenvuelven en medio de señalamientos personales, falacias ad hominem, y acusaciones sobre conductas marginales o socialmente consideradas como inadmisibles. El formato de reality show, usado con mucha frecuencia para parodiar el proceso electoral, parece ahora una ajustada representación del mismo. La eficacia de una campaña se define en proporción al éxito que consiga en la inducción de comportamientos de masa en los ciudadanos electores, más que por el convencimiento a partir de procesos dialécticos o pedagógicos.

De acuerdo con la clásica concepción de Gustave Le Bon, en la masa los individuos tienden a despojarse de su capacidad de raciocinio y ceder ante la manipulación, la sugestión e incluso el “contagio”. En efecto, la posición política que orienta la elección, mediada por el indicador de la encuesta, no proviene fundamentalmente de un razonamiento individual sobre propuestas y argumentos, como se esperaría según el ideal ilustrado de ciudadanía, sino de la toma de partido por alguna de las opciones que encabezan la “competencia”. Las preferencias iniciales, quizás fundadas en dicho razonamiento, ceden al final ante los insumos recibidos durante la campaña pero principalmente a los resultados de las encuestas. De ahí la predominancia en las fases finales del llamado “voto útil”, a favor o en contra, la más grande perversión del proceso electoral.

 

Una distorsión funcional

 

Las encuestas electorales presentan más aspectos disfuncionales para el funcionamiento de la democracia y refuerzan la tendencia conservadora del modelo mercantil, incluso obviando la economía política del problema en escenarios concretos, es decir, las relaciones de poder y los intereses que medran tras su realización y sus resultados, y asumiendo que siempre se siguen procedimientos estadísticos rigurosos.

Quienes realizan las encuestas son empresas privadas, presumiblemente con un conocimiento técnico idóneo. Los costos de su realización introducen una desigualdad de partida entre los competidores, en el caso de sondeos por encargo de candidatos determinados o partidos. Sus resultados, como cualquier otro dato, tienen interpretaciones pero, en este caso, hay unos intérpretes calificados que generalmente son los mismos técnicos que las diseñan. Tanto las firmas encuestadoras como los intérpretes, sin embargo, no tienen una responsabilidad política respecto de la ciudadanía. Puesto que pertenecen al sector privado y ofrecen una mercancía, los criterios éticos en los que se desenvuelven corresponden al de una industria, no al de actores que intervienen activa y determinantemente en la orientación de las preferencias electorales. En fin, la disposición de esta información, por transparente y neutral que sea, puede incluso ser útil para legitimar el fraude a distintos niveles. Por ejemplo, en contextos de alta corrupción es usada como un indicador esencial para determinar los capitales a invertir y la cantidad de votos a comprar y vender.

Por otro lado, las encuestas y la forma como perfilan el proceso electoral imprimen a la democracia una tendencia conservadora. En la lógica de las encuestas, el objetivo es formar una mayoría antes del escrutinio final, lo que no necesariamente implica persuadir o convencer una mayoría, pues aparecer a la cabeza del sondeo es en sí mismo un dato fundamental para obtener votos. Por lo tanto, crea incentivos a los candidatos en contienda para dejar de lado las propuestas de transformación social radical, las que van a las “raíces” de los problemas socialmente relevantes, porque este tipo de propuestas necesariamente afectan determinados sectores de la sociedad. En su lugar, se prefieren propuestas indeterminadas, indefinidas o nebulosas que no afecten de modo sustancial a ningún sector, o al menos a ningún sector con el poder suficiente para oponerse.

Ese modelo del votante medio tiene su correlato en el hecho de que el proceso electoral así definido termina por privilegiar el corto plazo. En aras de la eficacia de las campañas para ascender en las encuestas, no solamente se excluyen las propuestas de cambio social sustancial, sino que se privilegian problemas de relevancia inmediata, de urgencia, porque son los que más fácilmente pueden impactar en las encuestas. El objetivo de las campañas, más que proponer, será capturar la tendencia ganadora, esto es, la que se refleje mejor en, o sintonice mejor con, los resultados de los sondeos.

Una consecuencia adicional de este mismo problema es la ampliación de la brecha entre representante y representado, que es inmanente a la democracia. La representación política se basa en un mandato libre, de tal manera que los electores no pueden confinar la voluntad de sus representantes, pero siempre hubo unos mecanismos para premiar o castigar su responsabilidad, por ejemplo se podría castigar al partido por el desempeño de sus miembros individuales en determinados cargos. Ahora bien, en un contexto en donde no se eligen proyectos de largo plazo sino personas, con propuestas no referidas a problemas socialmente relevantes, etéreas e imprecisas para no afectar un sector en concreto o enfocadas en tendencias de opinión efímeras, esa responsabilidad tiende a difuminarse.

 

Un mal innecesario

 

Como se ha visto, los aportes de las encuestas electorales al proceso de elección y a la democracia en general son bastante pobres. Su existencia se justifica por los intereses, económicos y políticos creados a su alrededor. Las regulaciones legales actuales muy rara vez tienen en cuenta los efectos aquí discutidos y se limitan a determinar formas y tiempos en los que se pueden realizar y publicar los sondeos, sin reparar en lo determinantes que son para el proceso en su totalidad. No obstante, la pregunta sobre el qué hacer con las encuestas electorales debería enmarcarse en una discusión más profunda sobre la reforma de las instituciones políticas en su conjunto.

En efecto, las instituciones políticas dominantes son anacrónicas respecto a las lógicas, el funcionamiento y los tiempos que caracterizan el mundo contemporáneo. Fueron diseñadas en correspondencia con las sociedades occidentales de finales del siglo XVIII, ajenas a las experiencias de aceleración temporal y compresión espacial que comportan tecnologías como los ferrocarriles y, aún más, las actuales tecnologías de transporte y comunicación.

Esta asincronía entre instituciones políticas y mundo social produce tensiones que afectan los principios éticos y políticos que aquellas se propusieron operacionalizar. Las encuestas, en particular, deben ser evaluadas en función del ideal de debate público en una democracia, el tipo de ser humano y de ciudadano que se quiere formar y, sobre todo, la capacidad de las instituciones democráticas para responder a problemas neurales del mundo contemporáneo cuyos tiempos son perentorios como, por mencionar el ejemplo más dramático, la crisis ambiental global.

Información adicional

  • Autor:Edwin Cruz Rodríguez
  • Edición:Nº262
  • Fecha:20 de octubre - 20 de noviembre de 2019
Visto 123 vecesModificado por última vez en Domingo, 27 Octubre 2019 14:59

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