Martes, 19 Noviembre 2019 18:13

Chile. Días de furia

Escrito por Consejo de redacción
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Chile. Días de furia

“Así han comenzado todas las revoluciones”, sentencia y describe la escritora Isabel Allende en reciente mensaje enviado a los compañeros de nuestra edición chilena. Y amplía: “En Chile, que supuestamente goza de estabilidad, han estallado graves protestas populares con actos de destrucción y pillaje. Son la expresión iracunda de un pueblo frustrado. Esta crisis no se resuelve con militares en la calle; se requieren cambios profundos. El sistema neoliberal, basado en el lucro, ha vendido o privatizado toda la educación, la salud, el agua, el gas, el transporte colectivo, etcétera. La desigualdad social y económica es vergonzosa. La gente está enfurecida por los sueldos de hambre y el costo de la vida, que obliga a la gran mayoría a vivir a crédito o en la pobreza, mientras los ricos viven en su burbuja, evadiendo impuestos y acumulando más y más. Esto inevitablemente crea violencia y en algún momento estalla. Así han comenzado todas las revoluciones”.


Y le asiste la razón. Lo visto desde lejos, en una primera instancia, es gente furiosa que saquea, saciando el deseo de tener lo que todos los días le dicen que compre y a lo cual no puede acceder, ya que el nivel de sus ingresos lo impide. Y represión, violencia institucional para contener esa energía que estalla luego de años de negaciones, de frustraciones, de privatización de todo lo imaginable e inimaginable. Una herencia de la dictadura prolongada durante décadas por la ‘democracia’.


Pero luego llegó la protesta masiva, dirigida contra el gobierno central, exigiendo el final de esa larga noche neoliberal que mercantilizó todos los derechos humanos y que ha propiciado que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. Una protesta violentada, negada por las fuerzas militares y policiales heredadas también de la dictadura, cuya doctrina y formas operacionales están fosilizadas en el “enemigo interno”, y de cuya visión no escapa el Presidente, que ante la masiva protesta lo que atina a sentenciar es que “estamos en guerra”. Y el producto de la represión oficial así parece ratificarlo: 25 muertos –11 calcinados y 14 asesinados por balas y tramas múltiples; heridos: 41 por bala, 23 atropellados, 62 con trauma ocular severo, 997 con atención hospitalaria, 160 hospitalizados, de los cuales 10 con riesgo vital; 5.485 detenidos; 61 denuncias por tortura; 15 denuncias por violencia sexual contra detenidas*.


Estamos ante el ‘diálogo’ que ofrece todo poder cuando es encarado, ante lo cual –con más de un millón de personas en la calle y que exigen la renuncia de Sebastián Piñera y todo su equipo de gobierno, así como nueva Constitución– no tuvo más opción que ceder, por ahora ganando tiempo con el pedido de renuncia a la totalidad de su gabinete. Pero la sociedad quiere más y exige cambios profundos, lo cual tiene que ver con la política económica y social en general, y el modelo político en particular, lo que anuncia que esta crisis va para largo.


Son exigencias que recuerdan que aún están abiertas las heridas producidas por una dictadura que consolidó en mayor medida un sector empresarial, agrícola, industrial y financiero que se lucró por décadas de la pobreza de millones a través del usufructo de todo aquello que en algún momento fue público y ahora es privado, precisamente producto de la acción de aquella dictadura que le dio entrada al neoliberalismo más crudo.


Se expresa ahora un cuerpo social en el que todos estos desafueros se hicieron posibles como producto de una heredada constitución ‘democrática’, redactada por esa misma dictadura y unos cuantos civiles, con la cual se vivió la etapa de transición hacia lo que ellos llaman la democracia, la formal, como ahora es evidente.


Precisamente lo que demandan esos cientos de miles es enterrar el capítulo de transición que los ha llevado al extremo de desigualdad que hoy padecen, y redactar un nuevo pacto social, una nueva Carta Política; un ejercicio deliberativo y participativo en el cual se retomen las iniciativas y los sueños de todos los cuerpos sociales, dejando atrás la redacción y los intereses de las minorías del país.


El pais austral está ante una exigencia de apertura que no llega de repente. Desde hace años, la sociedad chilena pide un cambio y la oligarquía local lo niega. Basta recordar tres novedosos movimientos sociales que así lo han demandado a lo largo de los últimos 13 años: el inmenso movimiento estudiantil conocido como Los Pinguiños, acaecido a lo largo de 2006; el movimiento universitario de 2011 y las corrientes humanas que demandan cambio en el sistema de pensiones, todos los cuales son comunes en puntos como cese de la privatización, regreso de lo público, prioridad a la justicia, igualdad social, vida digna.


A estos movimientos masivos se les deben sumar las marchas de mujeres de 2018, con reclamos de justicia en distintos órdenes, y los paros de docentes de la primera parte del año en curso, en demanda de una transformación del sistema educativo.


No es casual, por tanto, lo que ahora estalla. Es un producto histórico con manifestaciones específicas de distintos cuerpos sociales. Es claro que quienes tomaron colegios y exigieron cambios en el año 2006 ahora ya están en edad de trabajar, como les sucede, de igual manera, a quienes cursaban semestre en 2011. Es casi una generación en formación política, activa, con una perspectiva distinta de país, pues en aquella época lo que recibieron como respuesta fue represión y violencia en general, dilación y negativas: algo no muy distinto de lo que hoy les dispensan.


Llegó la hora del cambio para Chile y de igual manera debe serlo para toda América.

 

*Fuente: Ministerio del Interior de Chile, Fiscalía e Instituto Nacional de Derechos Humanos de la República de Chile (INDH).

Información adicional

  • Autor:Consejo de redacción
  • Edición:Nº194
  • Fecha:Noviembre 20 de 2019
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