Martes, 19 Noviembre 2019 18:02

La Otan, ¿hasta cuándo?

Escrito por Serge Halimi
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Omar Rivilla, de la serie Arqueología urbana (Cortesía del autor)Omar Rivilla, de la serie Arqueología urbana (Cortesía del autor)

Desde que la adhesión del Reino Unido al mercado común le abrió el camino a una expansión continua de la Unión Europea (UE), resulta difícil detectar en la misma una política exterior digna de ese nombre. Porque a veces más es menos; el compromiso verboso, no la afirmación; la supresión, no la potencia. Hoy, la UE cuenta con una mayoría de Estados que participaron en las aventuras imperiales de Estados Unidos (dieciséis de sus miembros actuales contribuyeron en la guerra con Irak); contribuyeron a diseminar la injerencia de Washington en América Latina (de ahí su reconocimiento absurdo de la oposición venezolana como gobierno legal); al tiempo que simulan oponerse a los caprichos de la administración Trump, pero vuelven a las filas apenas dicha administración amenaza con castigarla (sanciones económicas contra las empresas que comercian con Irán).


Europa pesaba mucho más en Medio Oriente antes de su expansión. Y aunque Charles de Gaulle se oponía a la adhesión del Reino Unido al mercado común porque pensaba que ese país se convertiría en el caballo de Troya de Washington en el Viejo Continente, Estados Unidos ya no tiene nada que temer del Brexit. Porque al cabo de décadas la Unión Europea se convirtió en su caballeriza.


Como un protectorado


El dominio de Washington es todavía más humillante en materia de defensa. Creada durante la Guerra Fría, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) es el instrumento. El aval de la Casa Blanca alcanza para que un Estado miembro de esta alianza colonice a otro (Turquía ocupa parte de Chipre desde hace cuarenta y cinco años) o trate a uno de sus vecinos como su “zona de seguridad”: el ejército de Ankara, segundo de la Otan, acaba de invadir el norte de Siria para liquidar ahí la autonomía kurda. Pero Washington no tiene ninguna objeción en tanto y en cuanto el régimen de Recep Tayyip Erdogan siga vigilando una de las fronteras marítimas de Rusia, le siga comprando el 60 por ciento de sus armas a Estados Unidos y resguarde ojivas nucleares estadounidenses. Y poco le importa además a Jens Stoltenberg, secretario general de la Otan, una marioneta estadounidense que lleva el sobrenombre elocuente de “Tony Blair noruego”, porque Turquía, según él, “actúa con reserva y en coordinación con los otros aliados de manera tal de preservar nuestros triunfos frente a nuestro enemigo común, Dáesh” (EI).


Al invadir Irak en 2003 bajo un pretexto falaz, el país que es el ejecutante de la Otan provocó el caos actual en Medio Oriente. Siguiendo ese impulso Estados Unidos, junto a otros, desencadenó una guerra en Libia, después, esta vez solo, cuestionó el tratado nuclear de julio de 2015 con Irán (cuya resolución sin embargo había marcado uno de sus raros momentos de sabiduría de la década…). En octubre pasado, al momento de entregar a los kurdos al ejército turco sin consultar a sus “aliados” europeos de la Otan presentes en el territorio, el presidente estadounidense envió un tuit de una franqueza admirable: “Espero que todos ellos se las arreglen, ¡nosotros estamos a 11.000 kilómetros!”. Seguir soportando a este excéntrico señor feudal que no tiene más interés que el suyo propio es lo mismo que admitir una relegación definitiva al rango de protectorado. Para que Europa salga de esa situación, tiene que salir de la Otan*.

 

* Véase Régis Debray, “La France doit quitter l’OTAN”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2013.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Aldo Giacometti

Información adicional

  • Autor:Serge Halimi
  • Edición:Nº194
  • Fecha:Noviembre 20 de 2019
Visto 112 vecesModificado por última vez en Martes, 19 Noviembre 2019 18:03

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