Sábado, 07 Diciembre 2019 10:35

Edgar Garavito: una vida filosófica entre el transcurso y la subjetivación

Escrito por Nelson Fernando Roberto Alba
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Edgar Garavito: una vida filosófica entre el transcurso y la subjetivación

“La tarea de alcanzar la imagen
del pensamiento,
saber cuándo hay que detenerse
y cuándo hay que
pensar de manera diferente,
exige al filósofo
un atletismo en el borde
del pensamiento”

Edgar Garavito, La transcursividad, p.183

 

A la academia colombiana le ha costado reconocer el legado filosófico de Edgar Garavito Pardo (1948-1999), tal vez esto se explica por el marcado aire iconoclasta de sus reflexiones, por su prematura muerte o simplemente por el hecho de que él mismo supo hacer de la filosofía un ejercicio de desprendimiento de sí y del otro, lejano a las prácticas ortodoxas, institucionalizadas y normalizadas de la disciplina. Garavito fue un filósofo de los trayectos del pensamiento y sus bifurcaciones rizomáticas, de la experimentación teórica y de los agenciamientos colectivos, de la “vida en los pliegues” y de la “inocencia del devenir”. Así lo señalaba en un sentido homenaje su hermano Fernando Garavito: “él fue una hormiga pero quiso ante todo ser cigarra, quiso cantar y estar alegre y compartir sus hallazgos como una maravilla. Y lo hizo ante todo contra los tristes académicos sorprendidos por su asalto a la filosofía. Fue él quien comenzó a enseñarle a este solemne país acróbata incapaz de desprenderse del trapecio, que la filosofía es de todos, que todos podemos pensar, crear, hacer un mundo” (1).

Garavito estudió en Francia entre 1976 y 1985 un D.E.A., equivalente al actual Máster, en la ortodoxa Universidad Panthéon-Sorbonne y un doctorado en filosofía con la investigación “La transcursividad. Crítica de la identidad psicológica” en la Universidad Paris VIII Vincennes en los suburbios de Saint Denis, otrora Centro Experimental de Vincennes, bajo la dirección de Gilles Deleuze con el que entabló una estrecha amistad y quien sería su mentor más significativo. Al respecto señalaba en una efusiva evocación de su maestro en 1997: “yo llegué a París a mediados de los años setenta. No puedo decir que tuviera únicamente el interés de escuchar a Deleuze porque ahí estaban también Althusser, Foucault, Barthes, Serres, Lyotard […] los escuché a todos, a los nombrados y a muchos otros. Pero con Deleuze me pasó lo mismo que le pasó a Catherine Clément. Desde que lo oí supe que ya no podría escapar de él […] oír a Deleuze era asistir al funcionamiento en el ahí y el ahora de la más apasionante máquina de producción directa de la filosofía” (2).


Durante nueve años Edgar Garavito asistió al seminario de Deleuze de quien ya conocía Nietzsche y la filosofía (1971) y Lógica del sentido (1972), obras que había leído años atrás en su época de estudiante de sociología en la Universidad Santo Tomás en Bogotá y la Universidad Autónoma Latinoamericana en Medellín. La impronta de Deleuze fue decisiva para la actividad filosófica de Garavito, pues lejos de convertirse en un experto deleuziano, supo hacer del gesto filosófico de su maestro una excusa para buscar su propio camino, su propia línea de pensamiento. El mismo Deleuze se expresaba así de Garavito: “ha demostrado grandes capacidades para la investigación y la comprensión de los autores. Sus cualidades me parecen excepcionales. Fue uno de los mejores estudiantes que tuve a nivel de doctorado. Entre mis amigos él es uno de los más rigurosos y talentosos y uno de los más familiarizados con mi pensamiento” (3). Otros referentes fundamentales fueron Friedrich Nietzsche, pensador intempestivo cuyas ideas de muerte de Dios, nihilismo, superhombre y transvaloración están implícitamente presentes a lo largo de la obra de Garavito (4), y Michel Foucault, especialmente sus desarrollos sobre la arqueología del saber y los conceptos de discurso, archivo, práctica discursiva, así como la reflexión sobre la subjetivación, la parrhesía y las técnicas de sí.


La obra de Garavito, que supera por mucho al puñado de textos publicados, ha permanecido “por encima de nuestras cabezas” –evocando la expresión de Gilles Deleuze tras la muerte de su amigo Michel Foucault–, pues sus conceptos, sus afectos, su risa, sus múltiples vidas y muertes siguen siendo esquivas al gesto petrificante de una vetusta forma de hacer filosofía incapaz de reconocer lo otro como diferencia pura y no como proyección de lo Mismo. Con todo, Garavito nunca buscó tampoco dicho reconocimiento, pues su obsesión, como lo señala lucidamente el filósofo Gustavo Chirolla, era otra: la creación de conceptos que permitieran incluir la vida en el lenguaje más allá del fascismo de la lengua, en un intento por inteligir la imagen contemporánea del pensamiento, es decir las disposiciones espacio-temporales que constituyen la posibilidad misma de los enunciados y los discursos en nuestro presente (5).


Existe una estética del pensamiento que interviene como condición de posibilidad del acto de pensar. El filósofo parte de la materialidad y plasticidad del pensamiento, de su contingencia histórica y social para señalar que “las cosas dichas” son siempre acompañadas por un modo de ser espacio-temporal que históricamente sufre transformaciones. Así, no cabe concebir la existencia univoca y transhistórica del pensamiento, pues no siempre hemos dicho las mismas cosas ni de la misma manera ni nos hemos referido a los mismos objetos. Es en esta contingencia histórica que se instala la empresa de Garavito y su quehacer filosófico durante su potente y corta existencia. Si la tarea fundamental de la filosofía es crear conceptos, esto es conocer y transformar un material determinado, entonces “un filósofo maneja, une, separa, recorta ese material de manera análoga a como un pintor crea figuras y formas espaciales, como un músico crea sonidos o como un artesano manipula y da forma a la materia” (6).


El concepto así entendido deja de ser una abstracción teórica, exclusiva de unos cuantos especialistas, para convertirse en una marca filosófica que cumple una función política y social en una época determinada. El cogito cartesiano, el fenómeno kantiano o la voluntad de poder nietzscheana son conceptos, “gritos filosóficos”, creados por filósofos pero que trascendieron el dominio exclusivo de la disciplina y la institución universitaria. Crear conceptos no es asunto de especulación teórica sino de la necesidad existencial de constituir nuevas formas de vida o más exactamente de introducir la vida en el lenguaje: “el filósofo crea un concepto a partir de la necesidad angustiosa de transformar el mundo del lenguaje y del pensamiento” (7).


Para Garavito la creación de conceptos no solo consiste en darle forma lógica a la verdad sino sobre todo en romper su forma hegemónica mediante el surgimiento de nuevos conceptos. Ello es posible únicamente cuando el filósofo logra integrar la potencia vital de su existencia al concepto a punto tal de transformar la sensibilidad y los afectos de la realidad material donde éste opera. Además, el concepto comporta una potencia vital en el nivel de la mirada al introducir una perspectiva inusitada sobre lo observado, una potencia capaz de producir consecuencias prácticas y un referente objetivo al que se dirige la filosofía. Especialmente, un concepto sin potencia vital solo puede ser la marca de una existencia objetivada por la teoría, de una vida que ha perdido toda posibilidad de potenciación e intensificación de los afectos. De allí que se pueda afirmar la particularidad del filósofo quien es visto como “alguien que pone en juego toda su potencia vital en la creación de conceptos nuevos capaces de transformar tanto la concepción que del mundo se hacen los hombres como el modo de ser de su pensamiento, afectando con ello la vida propia de los seres humanos” (8).


La comprensión de la imagen del pensamiento actual reviste entonces una importancia capital para Garavito, por cuanto designa una tarea política indispensable para la actividad filosófica. En este sentido, el filósofo vivió una época convulsa atravesada por diversos eventos como la contracultura, la Guerra fría, la desintegración de la Unión Soviética y la caída del modelo socialista, la puesta en marcha de proyectos neoliberales en China, Gran Bretaña, Estados Unidos y Chile, la crisis petrolera, la Guerra del Golfo Pérsico, el genocidio en Ruanda, las dictaduras en Latinoamérica.


En el plano filosófico Garavito experimentó un contexto intelectual no menos agitado, por lo menos si se tiene en cuenta que a finales del setenta en La condición postmoderna (9) Jean-Francois Lyotard hacía un claro diagnóstico sobre cómo el progreso del saber científico cambió de estatuto en las sociedades postindustriales por la incredulidad en los metarrelatos de la modernidad. Sumado al diagnóstico de Lyotard sobre la postmodernidad, el acervo crítico de las filosofías de la diferencia de Jacques Derrida, Michel Foucault, Gilles Deleuze y Félix Guattari, gestadas en Francia como férreas opositoras a la dialéctica hegeliana, la fenomenología de Husserl y el psicoanálisis lacaniano –más conocidas bajo la etiqueta anglosajona de postestructuralismo o French Theory– supone la formulación de una crítica a los modos modernos de sujeción y sometimiento del sujeto de la que deriva una comprensión otra, la de la subjetivación, con implicaciones políticas, éticas y estéticas apenas exploradas en los últimos veinte años por las ciencias humanas, pero advertidas por Garavito desde los años setenta.


El filósofo colombiano sabía que la cuestión de la postmodernidad, antes de ser una simple etiqueta para una forma de crítica cultural gestada en Francia, señalaba cierta disposición del saber en la que se mostraba urgente su transformación y ello por varios síntomas: la inadecuación de las palabras y las cosas, la sustitución del saber por la “creencia en el saber” y el carácter disruptivo del saber en la disposición tradicional del discurso. La postmodernidad y los conceptos (marcas) que la caracterizan (mundo, cuerpo, pensamiento, cerebro) suponen “un espacio de dispersión conceptual donde se constituyen en la actualidad unos modos de existencia nuevos que no guardan relación con el humanismo ni con el pensamiento de la modernidad” (10). Así las cosas, la postmodernidad y sus autores no solo supone un capítulo clave en la historia intelectual de Occidente, también constituyó un acervo teórico y un horizonte reflexivo significativo para la actividad filosófica de Garavito. No obstante, el filósofo conocía el carácter restrictivo de la expresión y a propósito de Foucault señalaba: “él, como los otros grandes de hoy, está más allá de los que en nuestros días se ha dado en llamar “postmodernidad”, está en el “pensamiento del afuera” (11).


En La transcursividad. Crítica de la identidad psicológica, su tesis doctoral publicada en 1997, Garavito despliega un fino andamiaje teórico para destituir al yo psicológico y la gestión social y cultural de la identidad que se constituye en torno a este niño mimado del pensamiento clásico. Para dicho fin, hace una crítica del monólogo, el diálogo y el discurso como formas de presentación del lenguaje/pensamiento que responden al principio de identidad. Ahora bien, en la obra el filósofo no cede ni una línea a la reflexión autorreferencial propia de la disciplina, la cual pasa por la restitución histórica de los conceptos y el diálogo intertextual con autoridades de la tradición. Se trata de un “libro-máquina de guerra” en el que la literatura, el psicoanálisis, la lingüística, el marxismo y otros saberes desterritorializan el espacio filosófico y desdibujan el rostro del filósofo-autor. Así, los enunciados de Bakhtine, Todorov, Pessoa, Joyce, García-Márquez, Borges, Teresa de Jesús, Castaneda, Gogol, Foucault, Deleuze, Kant y Nietzsche entran a hacer parte de una nueva disposición discursiva que busca dar vida al concepto de transcursividad como práctica de abandono del yo y franqueamiento de los límites de la conciencia.


El transcurso, como gesto nietzscheano, supone un doble movimiento para Garavito: una destrucción activa del yo a partir del análisis crítico de la producción de la identidad psicológica mediante formas de presentación del pensamiento del “sujeto que habla” y, a su vez, una afirmación radical de la vida que parte de la necesaria tarea de transvalorar los valores vigentes de la cultura, cuestión que pasa necesariamente por la fabricación de otro tipo de hombre y de humanidad.


El grito filosófico de Garavito aún perdura, pues como sociedad nos ha costado desprendernos de los regímenes identitarios que nos han constituido en lo que somos, en las amalgamas y polarizaciones económicas, políticas y sociales que nos asisten en la actualidad. En plenos años noventa, marcados por el recrudecimiento del conflicto armado, el terrorismo, la apertura económica neoliberal, la Constitución de 1991, el inicio de cierta modernización democrática en las instituciones del Estado y el genocidio de los militantes de la Unión Patriótica, Edgar Garavito señaló los peligros de la “homogénesis”, es decir de la reproducción social, política y cultural de lo mismo que nos aletarga y estropea las infinitas posibilidades de constituirnos de otra manera. Mediante su enseñanza transversalizó múltiples registros de expresión como el literario, el filosófico y el poético que hicieron de su labor docente todo un campo de experimentación continua. Enseñó en la Universidad Nacional de Medellín, la Universidad Javeriana, la Universidad de los Andes y la Alianza Colombo-francesa en Bogotá, especialmente cursos para auditorios diversos, no filosóficos, sin pretensión alguna de fundar escuelas o hacer discípulos, no obstante, los efectos de su magisterio transgresivo han sabido reunir a alumnos, colegas, profesores, amigos y estudiosos de las ciencias humanas con las que tanto discutió para homenajearlo y evocar la multiplicidad de voces y afectos que lo habitaban.


Con una lúcida conciencia y aquejado por la enfermedad Garavito escribía en una nota introductoria a sus Escritos Escogidos días antes de su muerte: “hace veinte días, al volver de Portugal, los signos que daba mi cuerpo eran muy explícitos. Entonces, en la soledad de mi cuarto, frente al desastre de mis limitaciones, dije para sí mismo (sic): voy a morir. Esa constatación, de tres de la mañana, produjo sin embargo, internamente, una tormenta de nieve, como la de Turner, que ya me había producido un impacto tremendo en la Galería Tate, en 1977, y que me ha acompañado a lo largo de muchas vidas y de muchas muertes. Pero instantes después, la tormenta de nieve fue atravesada por la luz que en el cuadro de Turner le produce un agujero a la escena marina. Esa luz fue el silencioso fluir del deseo. Y entonces me dije para mí mismo: quiero morir” (12).

 

1. Garavito, Fernando, “Cigarra y Hormiga. Apuntes sobre Edgar Garavito”, Nómadas, Universidad Central, Nº11, octubre, p. 221, 1999.
2. Garavito, Edgar, Escritos escogidos. Medellín: Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, p. 309, 1999.
3. Deleuze citado por Garavito en: Garavito, Edgar, La transcursividad. Crítica de la identidad psicológica. Medellín: Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, 1997.
4. Garavito, Edgar, “Tiempo y espacio en el discurso de Michel Foucault”. Foucault, M. El sujeto y el poder, Bogotá, Carpe Diem Ediciones, 1991.
5. Chirolla, Gustavo, “Edgar Garavito (1948-1999)”. Hoyos Vásquez, G. Millán, C. y Castro-Gómez, S. (Eds.). Pensamiento colombiano del siglo XX 2. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, pp. 61-76, 2008.
6. Garavito, E., Escritos..., op. cit., p. 60.
7. Ibíd., p. 62.
8. Ibíd., pp. 64-65.
9. Lyotard, Jean-François, La condición postmoderna: informe sobre el saber. Madrid: Cátedra, 1989.
10. Ibíd., p. 202.
11. Ibíd., p. 117.
12. Ibíd., p. 141.

Referencias bibliográficas
Deleuze, Gilles. (1971). Nietzsche y la filosofía. Barcelona: Anagrama.
Deleuze, Gilles. (1972). Lógica del sentido. Medellín: El Bote de Vela, 1972.
Rojas, Cristina. (2017). “Édgar Garavito, 1944-1999. Una poética de la transformación”. Arcadia, 22 de noviembre. En línea: https://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural--revista-arcadia/articulo/edgar-garavito-filosofo-colombiano-lgbti-bogota/66794
Pabón, Consuelo. et all. (2014). “Homenaje a la vida y obra del filósofo Édgar Garavito”. Revista Pedagogía y Saberes, No 40, Facultad de Educación, Universidad Pedagógica Nacional, pp. 133-145.
Velásquez, Enrique. (1999). “La transcursividad –aventura de una vida filosófica–”. Nómadas, Universidad Central, No11, octubre, pp. 227-235.

* Profesor Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Santo Tomás. Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

 

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Información adicional

  • Autor:Nelson Fernando Roberto Alba
  • Edición:195
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº195
Visto 278 vecesModificado por última vez en Viernes, 13 Diciembre 2019 08:43

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