Sábado, 07 Diciembre 2019 10:36

Esclavitud, despotismo y violencia contra nosotros mismos

Escrito por Alfredo Motato M.
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Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)

Where do you want to go today?
Microsoft.

“Porque ahora una luna añora,
cuándo un anhelo revive.
Todo, ahora será”.
Boesnio

Cada revolución, que irrumpe en el mundo, genera indiscutiblemente un cambio radical tanto en la realidad, la configuración del ser humano como en su entorno cultural. Análogo a una ola, que nace mar adentro, crece, encuentra su plenitud y muere en la playa, de la misma forma los inventos toman fuerza y se vuelven cotidianos. No obstante, en algunos casos la ola llega y arrasa todo lo que encuentra a su camino tal como hace presencia la internet. Tal es la idea, que nos obliga pensar que esta tercera ola define y redefine radicalmente a la humanidad y su entorno.  El mismo Alvin Toffler (1928-2016), en su obra “La tercera ola” (1979) metaforiza los cambios trascendentales de la historia, desde la primera que corresponde a la revolución agrícola, la segunda a la Industrial y la tercera a la tecnológica. Toffler ya había anunciado de forma categórica los cambios y transformaciones que se darían en todos los ámbitos, desde lo privado a lo público e incluso vaticinó que en el siglo XXI seríamos seres humanos mediados, dominados, manipulados y controlados por las nuevas tecnologías. De hecho, no hay espacio ni tiempo que no esté intervenido por la internet. O sea, que a pasos agigantados estamos en medio de un mundo entre lo real y lo virtual.


Con justa razón, Byung Chul Han (1959) en su libro «La hiperculturalidad” (2005) cita al etnólogo Nigel Barley cuando dice que la verdadera llave del futuro radica en que «conceptos fundamentales como cultura (la cursiva es mia) dejan de existir “. Evidentemente, las voces en torno a la cultura y su desaparición están a la orden del día, desde Byun-Chul Han en “La hiperculturalidad” (2005), Gilles Lipovetsky “La era del vacío” (1983), Mario Vargas Llosa en “la civilización del espectáculo” (2012), Zygmun Baumann en “La cultura en el mundo de la modernidad líquida” (2013), entre otros. Unos abogan por la cultura desde los valores tradicionales y el retorno al pasado. Otros apuntan hacia el presente inmerso dentro de las tecnologías. Cada uno apela por el compromiso con el futuro y el mantenimiento de los valores tanto de la alta cultura, como lo que se ha llamado la civilización del espectáculo o cul-tour. En tal medida, toda la discusión que se quiera hacer de esta tercera ola tiene que estar circunscrita en este concepto, que modificó y llegó al siglo XXI con una débil fuerza y que poco a poco se desvanece entre los recuerdos y nostalgia de un puñado de hombres románticos, que buscan revivir este moribundo que empezó a dar sus últimos respiros desde finales del siglo XIX e inicios del XX. Con agudeza Sándor Márai lo deja manifiesto en sus novelas, en especial en “Los rebeldes” (1930), “Divorcio en Buda” (1935) o en “El último encuentro” (1942). En tal sentido, leer al escritor húngaro, es adentrarse en un mundo que se inició con grandes avances científicos, la inversión de los valores como la amistad, la familia, el amor, la solidaridad, entre otros aspectos esenciales de la sociedad. Un replanteamiento de la idea del hombre y la sociedad a partir del estallido de la Primera Guerra Mundial. El mundo se tradujo a la luz de los maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud y por consiguiente el ideal de Humanidad se desdibujó con las guerras, campos de exterminio o la implementación de sistemas totalitarios. Mientras tanto, el XXI con la hipercultura da pasos e invade el mundo con la presencia tecnológica dentro de una nueva vision de la cultura, hombre y la realidad.


Desde tal panorama, podemos afirmar que la presencia de la tecnología computarizada de la tercera ola ha generado particulares formas de relacionarnos con el entorno y que en la misma lógica implican la necesidad de una esclavitud voluntaria. En otras palabras, nos convertimos, con “entera” libertad en esclavos y, con orgullo, nos autoproclamamos en déspotas, violentos y amos de nuestra existencia. Atrás quedaron las prácticas tradicionales de violencia para dar paso a nuevas formas violentas e invisibles. De hecho, la sustentación de estar controlado por el otro desde la tesis de P. J. Proudhon en su obra “Idea general de la revolución en el siglo XIX” tiene que tener un cambio radical puesto que el individuo del siglo XXI implica y exige ser: autovigilado, autoinspeccionado, autoespiado, autodirigido, autoreglamentado, autoencasillado, autoadoctrinado, autosermoneado, autofiscalizado, autoestimado, autoapreciado, autocensurado o autoviolentado. Una serie de actos ejecutados por parte del otro, o sea el que vigilaba y/o controlaba; pero hoy en día es de carácter exclusivamente personal, individual y voluntario hacia sí mismo. Una particular realidad donde nos autonombramos amos y esclavos de forma simultánea.


El ámbito donde mayor se evidencia o se constata lo anterior es en el espacio laboral. Una idea neoliberal de explotación del hombre por el hombre, del dinero que genera status y por tanto, la correspondiente obligación de consumo hace que la frase “el tiempo es oro” sea una regla de orden mayor y a su vez un imperativo que cada individuo debe luchar por sostener. Hemos reculado en las ganancias temporales. Las 24 horas del día, divididas en tres secciones de 8 horas para dormir, trabajar y descansar respectivamente se han fusionado en el lema de muchos jefes: disponibilidad de 24/7. Celulares conectados a email, WhatsApp, redes sociales entre otras aplicaciones por donde se envían trabajos y que en la misma dinámica cada uno vive en función de responder, dar imagen de eficiencia, productividad y por ende vivir a plenitud el síndrome de Hubris o para ser categórico la imagen del imprescindible (1). Cada trabajador lucha por convertirse en ficha clave ante la empresa y por ello, se va lanza en ristre contra sus compañeros por demostrar que es el trabajador de la semana, del mes y del año y de la vida hasta que su entrega sea total y que aquellos que no son como él no son dignos de estar en la empresa. O sea, quien no sea como yo, está contra mí y mi empresa (hacer énfasis en el posesivo mí). El tiempo vital se convirtió en tiempo laboral y no hay más vida que el trabajo. 


Somos una sociedad definida bajo una enfermedad en particular: “burnout” (2).  En otras palabras, “hemos logrado” ser un conglomerado social caracterizados por ser: individualizados, agotados, quemados y autoexplotados ya que buscamos por todos los medios posibles “mantener el status social en boda o coctel”. Pero ¿cómo hemos llegado a tal condición? La respuesta se vislumbra desde la misma idea de considerarse un trabajador imprescindible que, en su misma alienación, se cree parte determinante y trascendental para la empresa; cuando en realidad es una pieza más del engranaje laboral que se reemplaza en cualquier instante por otro mucho más barato. Tal actitud es benéfica para el empresario porque tiene un grupo de hombres que se explotan voluntariamente, mucho más tiempo del estimado, con un rendimiento del 100 por ciento y por el mismo salario. El efecto inmediato es contagiar y convertir este comportamiento en un estado natural de todos los empleados y en la misma lógica en una condición inherente al trabajo. Mostrar eficiencia, entrega total, convertir el tiempo laboral como tiempo vital, desespacializar la vivienda hasta convertirla en un lugar lejano y etéreo y por el contrario espacializar el lugar de trabajo como cercano, real y agradable es una inversión absoluta de la vida y la forma de ver el mundo. En este sentido, la efectividad, el rendimiento es de carácter libre. Con justa razón Byung-Chul Han afirma:

 

“la violencia se mantiene constante. Simplemente se traslada al interior. La decapitación en la sociedad de la soberanía, la deformación en la sociedad disciplinaria y la depresión en la sociedad del rendimiento son estadios de transformación tipológica de la violencia. La violencia sufre una interiorización, se hace más psíquica y, con ello, se invisibiliza. Se demarca cada vez más de la negatividad del otro o del enemigo y se dirige a uno mismo (3).

 

O sea, que ese afán por figurar, deslumbrar, y ser el único dentro de la vida laboral es uno de los tantos caldos de cultivo de la violencia que se evidencian en la sociedad. Una violencia que se ejecuta sin enemigos, ni poder tangible o coercitivo, sino que por el contrario es invisible y probablemente mucho más funesto que la eliminación del otro. Es decir, de una forma muy particular nos esclavizamos y en la misma dinámica ejercemos violencia contra nosotros y contra los demás a partir de la spamización (4) del lenguaje, pues “la violencia de la lengua hiriente también remite, como la violencia física a la negatividad pues resulta difamadora, des-acreditadora, denigradora, o des-atenta” (5).


Pero si tejemos en detalle, con certeza afirmamos que un aspecto inherente a nuestra sociedad es la violencia, que se hace y vive, desde la cotidianidad y las ambigüedades del doble vínculo de lenguaje (6). Tesis que desarrolló Gregroy Batenson y que de forma puntual resume en su canal de YouTube, el sociólogo Fabián Sanabria (7). Por ello, el doble vínculo genera la confusión en tanto que genera la dificultad entre dos mensajes contradictorios entre sí. Un lenguaje que esta sobrecargado en información, masificación y en la misma comunicación que se generaliza y estandariza desde la exclusión, discriminación, anulación, agresión y destrucción del otro. Una agresión con una sutil y velada tortura que va desde el chiste sexista a la humillación, desde la desvaloración a lo simbólico o desde la violación o asesinato al silenciamiento del otro. Una bastardización que se hace invisible, que genera miedo, paraliza y permea todos los ámbitos de la sociedad. Por ello, de forma soterrada se nos ha vendido la imagen de un siglo ya sin torturas, decapitaciones, cámara de gas o exterminios porque vivimos en un mundo libre, donde ya no hay fronteras y mucho menos segregacionismos. Sin embargo, todo es falso pues no hay tal mundo de “libertad” sino un mundo violento donde se respira a todo pulmón el terrorismo lingüístico y donde se interioriza cada vez con más fuerza e “inocencia” la brutalidad para minimizar al semejante. Situación particular, en la medida que anexo al terrorismo local, de Estado, internacional, violación de los derechos humanos, desapariciones, torturas etc. hay nuevas formas que permean y legitiman el acto violento silencioso.

 

La situación en la que tiene lugar un acto violento a menudo tiene su origen en el sistema, y la estructura sistémica en la que se integra. Las formas de violencia manifiestas y expresivas remiten a una estructura implícita, que el orden de dominación establece y estabiliza, pero que, sin embargo, escapan a la visibilidad… las estructuras establecidas en el sistema social se ocupan de la persistencia de las condiciones de la injusticia.” (8).

 

Un sistema laboral que busca solidificar las estructuras rígidas del poder, en aras de mantener un estado constante de autoexploración e imposición de conductas miméticas efectivas y rentables bajo el término de “talento humano”.


En consecuencia, la violencia ha sido, es y será una práctica inherente a la condición humana y como tal hace mutaciones particulares que se adaptan a las realidades sociales. Esta aparece, se institucionaliza e incluso se legitima, se combate y nuevamente varía según el entorno. Por ello, en la actualidad esta se modifica ante nuestros ojos desde lo visible a lo invisible, de lo real a lo virtual, de lo físico a lo mental y lo que Chul Han ha llamado de lo negativo a lo positivo. Dentro del panorama natural de nuestra existencia estamos constantemente bombardeados de acciones violentas que se han trasformado desde tres fundamentos: constante, real e invisible. Por tanto, lo que fue la agresión física y esporádica, ahora se hace diaria, pública en las redes y desdibujada desde el supuesto humor. Los chistes, bajo la excusa de la risa, lo único que logran disimular es el rencor y la carga agresiva que en ellos subyace. Estamos en una jauría de comentarios diarios con agresiones a las cuales voluntariamente nos exponemos en cada red social. No hay una frontera entre lo público y lo privado, la verdad y la mentira, lo moral e inmoral, la justicia e injusticia.  


Entonces, la sociedad del siglo XXI lleva incrustado de forma permanente, en su conciencia, el lema neoliberal: rendimiento, productividad y servicio 24/7. Un devenir que va entre la vida laboral y la violencia que se complementan en su autogestionamiento. Por un lado y por el otro se aviva la angustia y la autoesclavitud. El panorama es funesto y tétrico desde nuestra perspectiva, pero paradójicamente, la búsqueda y vivencia de la “felicidad” moderna, se concentra en los centros comerciales, las pautas publicitarias, las melodías, los libros de superación personal, el coaching, ver el vaso medio lleno, las redes sociales, el WhatsApp, los memes, los videos en la banalidad, la llenura del vacío y la ignorancia en una vida rutinaria y efímera de hoy, del presente, el doble vínculo lingüístico, la eliminación de la vida privada y todos aquellos paraísos artificiales actuales.


En tal medida, asistimos a la idea del Homo liber como producto de una sociedad neoliberal y económica. Una política del “sistema del Estado mínimo” donde las responsabilidades no existen, la privatización es un imperativo y, por tanto, con el apoyo de los aparatos ideológicos del Estado, aconductar a los ciudadanos en una lógica de trabajar y venderles la idea de libertad. Eres libre y en la misma dinámica: “Tú puedes”, “Lo lograrás” “Actitud positiva” etcétera es el nuevo modo de vida. Atrás quedaron las vigilancias y controles de la sociedad disciplinaria, donde el semáforo social anunciaba desde la luz verde, amarilla o roja; respectivamente lo viable, preventivo y no viable. Hoy se anuló la luz roja y todo el camino tiene dos luces: amarilla y verde. Todo es viable, posible, legítimo y justificable y como tal no hay sanción moral, ética, judicial o de conciencia. “En la vida todo es relativo / para todo hay excusa y motivo”, dice la canción de Rubén Blades. Y el mismo, Zygmung Baumann lo denominó adiaforización o sea “hacer que el acto y el propósito de dicho acto se vuelvan moralmente neutros e irrelevantes.

 

“La adiaforización contemporánea, lo que hace, es que el mal esté entre nosotros y no nos inmutemos, tiene los mismos componentes, que son propios de la modernidad líquida: En la actualidad la autoridad de los estados nacionales ha ido cediendo su autonomía frente al mercado. El dios mercado es quien dicta las órdenes, y es fácil escuchar a los victimarios justificar cualquier decisión como lo haría Eichmann: “yo solo sigo las órdenes (las reglas) del mercado”. Los mercados adquieren características humanas: “son sensibles”, se dice, y hay que actuar siempre conforme a sus deseos. Con ese pretexto se puede hacer trabajar a las personas en condiciones de explotación o en horarios que destruyen el tejido social, o se puede trabajar destruyendo el medio ambiente” (9).

 

En otras palabras, la ficción se tomó los terrenos de la realidad y ya la lectura de “Un mundo feliz” (1932) de Aldoux Huxley o “1984” (1949) de George Orwell son relatos tan idénticos a nuestra realidad que, poco o nada tenemos que imaginar, porque ya son parte de lo que somos. En acuerdo con David Herrerías, un nuevo slogan hace camino y anuncia la repetición de las pesadillas tenebrosas del XX: “Adiaforízate y duerme tranquilo (Eichmann dixit)”, pues en la sociedad del rendimiento no nos debe interesar el mañana sino el hoy. Somos parte de una empresa que ofrece a los autómatas una pregunta ¿Where do you want to go today?

 

 

1. Cuando hablamos de este síndrome nos referimos un conjunto de síntomas psicológicos dentro del plano laboral cuando el trabajador se considera y se autonombra tan necesario que cree que no se puede prescindir de él o no se puede dejar de tener en consideraciónn. Y, por tanto, busca por todos los medios posibles ser el primero en proponer proyectos, ser el centro. Por ende, es el único que supuestamente lo hace bien y así se autoproclama como el líder y paradigma para que los otros sean como él. Un ego laboral que beneficia únicamente al empresario, pues ya no hay necesidad de vigilar, controlar o espiar porque el empleado lo hace solo. Una idea que se desvanece al instante, cuando el empresario decide prescindir de los servicios del imprescindible.
2. “Al síndrome de burnout se le han dado también varias denominaciones, aunque la literatura ofrece alrededor de diecisiete en castellano, algunas de ellas son: “quemarse por el trabajo”, “quemazón profesional”, “síndrome del estrés laboral asistencial o síndrome de estrés asistencial”, “síndrome del desgaste profesional”, “estar quemado profe sionalmente” y “desgaste psíquico”, entre otras (Boada, Vallejo & Agulló, 2004; Ortega & Francisca, 2004; Gil-Monte, 2005). Burnout: “Síndrome de quemarse en el trabajo (SQT)”, Japcy Margarita Quiceno Sierra, Stefano Vinaccia Alpi. Acta Colombiana de Psicología, Vol. 10, Nº. 2, pp. 117-125, 2007.
3. Han, B.C., La topología de la violencia, Barcelona: Herder, p. 11, 2018.
4. Spamización o bastardización del lenguaje en todas sus manifestaciones consiste en la repetición agresiva, violenta, simbólica e invisible l en la cotidianidad y a través de los medios de comunicación. “Una “violencia sistémica” que se inscribe en el modo de conducta y percepción de tal manera que esto se acepta y se repite sin rechistar.” (Byung-Chul Han. “Topología de la violencia”, Violencia sistémica, p. 119.)
5. Han, B. C., op. cit., p. 10.
6. “Para que este ‘modo’ de comunicación se manifieste, es necesario: a) una relación muy significativa entre dos o más personas; b) una experiencia repetida de doble mensaje o “doble vínculo”; c) un mandato primario negativo del tipo “no hagas eso o te castigaré” o “si no hacés eso te castigaré”; d) un mandato secundario que está en conflicto con el primero en un nivel más abstracto y, que al igual que el primero, está reforzado por castigos o señales que anuncian un peligro para la supervivencia. Por lo general, se trata de mensajes no-verbales que contradicen la prohibición primaria, tales como, por ejemplo, un gesto que muestra “no consideres esto un castigo”, o “no me veas como alguien que te castiga”. O, verbalmente es contradicho el primer mandato diciendo, por ejemplo, “lo hago por tu bien” o “hacé las cosas por vos mismo y no porque te digo que las hagas”; e) un mandato negativo terciario que prohibe a la “víctima” escapar del campo; y f) luego, la persona aprende a percibir su universo bajo patrones de doble vínculo y ya no es necesario que se den secuencialmente todos los pasos, sino que casi cualquier parte de la secuencia de doble vínculo puede resultar suficiente para precipitar el miedo o la furia. De acuerdo a los autores, una persona atrapada en una situación en la que haga lo que haga, “no puede ganar”, es decir, en una situación de “doble vínculo”, puede desarrollar síntomas esquizofrénicos. La esquizofrenia incluye principios generales que son importantes en toda comunicación y, por ende, pueden encontrarse muchas similitudes esclarecedoras en situaciones “normales” de comunicación..”
7. Sanabria, F., “El doble vínculo”, 18 de julio de 2019. https://www.youtube.com/watch?v=ason6dnhgWI
8. Han, B. C., op. cit., p.117.
9. https://www.milenio.com. (2019). https://www.milenio.com/opinion/david-herrerias-guerra/en-la-tormenta/adiaforizacion. Obtenido de https://www.milenio.com/opinion/david-herrerias-guerra/en-la-tormenta/adiaforizacion

 

*Profesor de Literatura. Deutsche Schule Cali.
Colegio Alemán de Cali, 21 noviembre de 2019.

 

 

 

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Información adicional

  • Autor:Alfredo Motato M.
  • Edición:195
  • Fecha:Diciembre 2019
Visto 227 vecesModificado por última vez en Lunes, 16 Diciembre 2019 06:38

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