Sábado, 07 Diciembre 2019 15:53

De la resignación a la ira: ¿Despierta Suramérica?

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
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Felipe Martínez, Bogotá 25 de noviembre de 2019, fotografía (Cortesía periódico desdeabajo)Felipe Martínez, Bogotá 25 de noviembre de 2019, fotografía (Cortesía periódico desdeabajo)

“Pero estos éxtasis de los pueblos o de las sociedades no son ilimitados.
La somnolienta laguna, la quieta palude, acaba por agitarse y
desbordarse. La vida recupera entonces su energía y su impulso”.

José Carlos Mariátegui

 

La agitación que vive el sur de América quizá es novedosa para las generaciones recientes, pero así parezca extraño a los más jóvenes, no es una condición excepcional sino la normalidad estacional de un ciclo en el que los estados de convulsión regresan periódicamente, pero, desafortunadamente, sin alcanzar avances definitivos para los grupos subordinados. Ecuador, por ejemplo, tuvo entre agosto de 1996 –año en que asume Abdalá Bucaram, destituido por el Congreso luego de una fuerte movilización popular, y cuya sucesión dio lugar a que en una noche el país tuviera tres presidentes simultáneos–y enero del 2007, siete mandatarios, en una seguidilla que acabó en la corta administración de Alfredo Palacio, quien había asumido la presidencia en reemplazo del destituido Lucio Gutiérrez, luego de una serie de revueltas populares.


En Bolivia, para citar otro ejemplo, entre 1978 y 1982, el país tuvo ocho presidentes producto de sucesivas dictaduras militares. Durante el período 1996–2006, seis mandatarios que culminaron en la breve administración de Eduardo Rodríguez, luego de la renuncia obligada de Carlos Mesa, por acción de las movilizaciones sociales. Brasil y Argentina, las dos economías más grandes de la región, no han estado exentas de sacudidas e inestabilidades fuertes luego de las dictaduras militares. En Brasil, la destitución de Fernando Collor de Mello a comienzos de los noventa del siglo pasado, y la más reciente de la presidenta Dilma Rousseff, fueron sucesos de la misma naturaleza, y en Argentina, luego de las revueltas por la confiscación del dinero de los ahorristas –conocida como “el corralito”–, ese país tuvo cuatro encargados del poder ejecutivo entre diciembre de 2001 y mayo de 2003, de los cuáles dos fueron presidentes formales.


Venezuela y Colombia, las dos naciones que han tenido en las sucesiones presidenciales una mayor estabilidad a partir de la mitad del siglo pasado, han sido centro de una conflictividad aguda cuyo hito, en el caso venezolano, es quizá el “Caracazo” que, según reportes oficiales fue saldado con 270 muertos y miles de heridos, aunque no pocos estiman que los miles fueron los muertos, y recientemente, las llamadas “guarimbas”. En Colombia, que no ha sido lugar de motines populares en las calles –pese a lo sucedido en el paro nacional del 21 de noviembre y los días subsiguientes–, los desplazados, las masacres, las ejecuciones extrajudiciales y los desaparecidos son parte del diario discurrir. Perú y Paraguay no escapan, ni mucho menos, al parámetro de las conmociones periódicas.


Los golpes de cuartel han sido recurrentes –incluso antes del inicio de la vida republicana, cuando los encomenderos, como fue el caso del virreinato del Perú, disputaron con la Corona–, y en su casi totalidad como instrumentos de última instancia para el mantenimiento del poder de los grupos dominantes. Los motines callejeros espontáneos también son una constante histórica que, de no haberse presentado, seguramente hubieran tenido como consecuencia aún peores condiciones de desigualdad, pero, pese a su recurrencia, aún no han logrado un acumulado para las clases subalternas que les permita alcanzar una estabilidad progresiva de sus condiciones.


Ese oleaje estacional de acontecimientos disruptivos, seguramente está anclado en un mar de causalidades complejas de las que, sin caer en determinismos, tanto el mudable eje de la economía como la filiación altamente subordinada en el áspero juego de la geopolítica, deben ser considerados como de gran peso. Uno y otro afectan la cotidianidad de las personas, pues los vientos devenidos del precio de las commodities, por ejemplo, terminan afectando el de los bienes de subsistencia ofertados en el comercio local debido a las alteraciones de la tasa de cambio, y las tensiones en la polaridad mundial, inciden las formas inmediatas de sus grados de libertad por los cambios hacia medidas más o menos autoritarias. Ensayemos, entonces, un rápido repaso de esos dos condicionamientos en las últimas etapas del sub-continente.


El extractivismo, un principio


Cuando Juan Pablo Viscardo y Guzmán, en su Carta dirigida a los “españoles-americanos” a finales del siglo XVIII –texto que es considerado uno de los pioneros en reclamar públicamente la independencia de la América hispana–, entre sus muchas quejas expresaba que “Desde que los hombres comenzaron a unirse en sociedad para su más grande bien, nosotros somos los únicos a quienes el gobierno (léase la Corona española) obliga a comprar lo que necesitamos a los precios más altos, y a vender nuestras producciones a los precios más bajos”. Y completaba su idea señalando que “Para que esta violencia tuviese el suceso más completo, nos han cerrado, como en una ciudad sitiada, todos los caminos, por donde las otras naciones pudieran darnos a precios moderados y por cambios equitativos, las cosas que nos son necesarias1”, exponía anticipadamente una condición, ya estructural, que más adelante los teóricos de la Cepal y los dependentistas, discutirían bajo el concepto del intercambio desigual resultante de la exportación de materias primas y la importación de bienes manufacturados, y que las reflexiones posteriores incluirían en el problema más amplio del extractivismo. En ese sentido, economía colonial, extractivismo e intercambios desiguales serán, en muchas de sus aristas, sinónimos.


Puede afirmarse, entonces, que en Sudamérica la división internacional del trabajo con la que es inaugurado el capitalismo sigue presentando, desde sus expresiones coloniales convencionales, hasta hoy, la misma configuración de la etapa colonial clásica. Ahora, el gran problema del subcontinente, y en general de América Latina, es que basa su economía, y en consecuencia el mayor o menos estado del bienestar de sus habitantes, en el comportamiento del sector externo, dejando al mercado interno y los bienes no comercializables un papel subsidiario. Quizá es este uno de los aspectos en el que los analistas de las diferentes escuelas de pensamiento económico coinciden. Bértola y Ocampo, por ejemplo, alternativamente consultores o miembros de diversas entidades multilaterales, y de quienes no puede sospecharse sesgo hacía posiciones de la economía “radical”, al respecto señalan: “No quedan dudas de que el desempeño del sector exportador fue el que marcó el ritmo, el que constituyó el motor de la dinámica del crecimiento en general. Y también es claro que esa dinámica exportadora se basó en bienes agropecuarios o mineros, y que fue prácticamente nulo el peso de otro tipo de bienes o servicios2”. La existencia, entonces, de una correlación directa entre la realidad política, social y económica de nuestros países y la atmósfera de los mercados internacionales de materias primas, va más allá de un simple recurso formal o retórico determinista.


“Civilización o barbarie”, una dicotomía de la subordinación


Desde sus inicios, la vida republicana de las naciones suramericanas estuvo marcada por la búsqueda de un producto de exportación ventajoso para los grupos de élite que habían promovido los procesos independentistas. En Colombia, por ejemplo, luego del oro y el tabaco, base de la generación de divisas durante las tres décadas que siguieron a los inicios del Estado-nación, la quina y el añil buscaron sucederlos, hasta que a finales del siglo XIX el café ocuparía el sitio central de nuestro engranaje con el mercado mundial, que durante los siguientes cien años definiría buena parte de nuestro discurrir. Igual papel le cupo al petróleo en Venezuela, al cobre en Chile o al banano en Ecuador.


La Segunda Revolución Industrial , como es conocido el período que va de finales del siglo XIX hasta la tercera década del XX –en el que la economía empieza a girar, con el invento del motor de explosión, alrededor de aparatos como el vehículo particular y el avión, y materias primas como el petróleo y el caucho–, dio lugar a un cambio sin antecedentes en la cultura y su decorado que en Latinoamérica impulsó la discusión sobre civilización o barbarie, anticipando la de desarrollo-subdesarrollo y en la que los consumos europeos y estadounidenses, así como su forma de vida, fueron convertidos en el espejo en el que obligatoriamente deberíamos mirarnos. Faustino Domingo Sarmiento, escritor y político argentino que escribió un libro con el título de la dicotomía, expresaba abiertamente su desprecio por la población indígena y abogaba por su exterminio físico. Los exportadores-comerciantes obtenían divisas por la venta de sus productos primarios en los países del centro capitalista y compraban allí bienes de consumo que comerciaban en sus naciones de origen, en un ciclo donde los márgenes para las inversiones locales eran exiguos.


Los incipientes procesos de industrialización surgieron en Latinoamérica de la necesidad de producir ciertos bienes de relativamente bajo valor por unidad de peso o volumen, tal el caso de las bebidas embotelladas de consumo masivo, así como de la tecnificación de la industria textil qué desde la colonia, con los obrajes, tenía cierta importancia. El impulso adicional para la ampliación y conformación de un sector industrial provino de los grandes obstáculos a las importaciones surgidos a raíz del estallido de las llamadas Guerras Mundiales en 1914 y 1939. La urbanización de una parte importante de la población, la emergencia de una clase obrera y la asunción de un paisaje modernizado convergieron en la imagen de sociedades insertas en las relaciones capitalistas que, sin embargo, velaban en su fondo el carácter altamente subordinado y dependiente de factores externos, que la consolidación y mantenimiento del sistema exigían.


Finalizando la primera mitad del siglo XX inicia actividades la Comisión Económica para América Latina (Cepal), que tendrá la tarea de estimular el “desarrollo” de los países de la región. El economista argentino Raúl Prebish, uno de los gestores en la conformación de la Cepal, y su segundo director, acuñó los conceptos centro-periferia e industrialización por sustitución de importaciones (ISI), con los que definía el problema de la asimetría de las relaciones entre el centro capitalista industrializado ―con elevado y constante avance técnico―, y Latinoamérica circunscrita a la producción y exportación de bienes primarios con mercados rígidos y pobre desempeño tecnológico. Ahora bien, sin pretender restarle originalidad a Prebish, lo cierto es que sus reflexiones están inscritas en el programa del primer presidente estadounidense de la segunda postguerra, Harry Truman, que al calificar a los países subordinados como subdesarrollados, asume erigirse como protector e impulsor de su desarrollo para “salvarlos” del comunismo. Arthur Lewis y Theodore Schultz, desde la teoría, legitiman el discurso del “atraso” de las naciones periféricas, que Walt Whitman Rostow sintetizará en su libro Las etapas del crecimiento económico, en el que con una descripción bastante simple de lo que considera fue la ruta seguida por la humanidad desde la sociedad tradicional (primera etapa) hasta la de alto consumo masivo Occidental (quinta etapa), pretende señalar hitos y mecanismos que deben alcanzarse para que el mundo entero arribe al paraíso de las sociedades del derroche. La idea de fondo era convertir a los países en pequeñas réplicas de EU, en los que la industrialización (cuarta etapa), tutelada por las multinacionales, haría converger a los países en estructuras económicas análogas, diferenciadas tan sólo por su tamaño.


Neoextractivimo y reprimarización


La crisis de los años setenta despertó al capital del ensueño de los treinta gloriosos, y entre las fantasías desvanecidas, la de hacer de las naciones periféricas réplicas en miniatura de los países dominantes quedó disuelta en la centralización geográfica del capital, al eliminar en gran medida las producciones dispersas, para aprovechar las agrandadas economías de escala que la introducción masiva de la electrónica y los inicios de la automatización propiciaron. Los procesos de industrialización dependientes fueron reducidos a su mínima expresión, siguiendo una ruta regresiva que alcanzaría su punto máximo en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuando el capital impuso las aperturas económicas y acabó de derribar las débiles fronteras comerciales de los países subordinados.


Raúl Prebisch, en su último trabajo terminaría reconociendo que el ensayo de un capitalismo al que denomina “imitativo” estaba en la raíz de los problemas de Latinoamérica. “Hemos caracterizado el desarrollo periférico como un proceso de irradiación y propagación desde los centros de técnicas, modalidades de consumo y demás formas culturales, ideas, ideologías e instituciones. Todo ello en una estructura social fundamental diferente. Allí se encuentra la raíz de las contradicciones de donde surgen las grandes fallas internas del capitalismo periférico”, dice Prebisch, en una declaración que no sólo no tendrá eco sino que será blanco de los ataques de una ortodoxia ultraliberal que llegará acompañada de los golpes militares. Augusto Pinochet en Chile y Juan María Bordaberry en Uruguay, encabezan sendos golpes de cuartel en 1973; Jorge Rafael Videla en Argentina los continúa en 1976, y conjuntamente con el régimen militar de Brasil, instaurado en 1964, y el del Paraguay que databa de 1954, conformaron un sistema que garantizaba los dictados del capital desde los centros de poder, y en el que la eliminación de las organizaciones de base, la de los movimientos políticos heterodoxos y de los pensadores independientes, fue tarea central.


El descenso pronunciado del precio de las materias primas que inician su carrera descendente a mediados de los setenta, alcanza su nivel más bajo en el año 2000. Las naciones del sub-continente, para sostener el consumo importado, incurren en un endeudamiento monumental que en los ochenta explotó como crisis de deuda y obligó a los dictadores militares la entrega a los civiles la dirección formal de los gobiernos. En la década perdida, que fue el nombre que los historiadores dieron a los años ochenta del siglo XX, afloran las distorsiones plantadas desde los setenta, y es la declaración de impagos que hace México en 1982 su primera expresión manifiesta, que tienen su cierre en el “caracazo” y la caída de Alfredo Stroessner en 1989 –la dictadura de Stroessner duró poco más de 34 años–. Los Noventa, fueron los años donde los gobiernos civiles del continente, algunos herederos de las dictaduras, asumen como carta de navegación de los diferentes países el llamado Consenso de Washington, que exige las aperturas económicas, la entrega de las empresas del Estado al sector privado, la conversión en mercancías de derechos positivos como la salud y la educación, y la desregulación de las relaciones laborales que busca convertir el contrato de trabajo en una relación estrictamente privada entre capitalista y trabajador. Las primeras crisis del nuevo modelo empiezan a brotar en 1994 con la llamada crisis Tequila de México, iniciada con fuertes desequilibrios cambiarios que tienen como reacción del capital externo una fuga masiva y acelerada que deja como secuelas devaluación, aumento de la tasa de interés y recesión. En 1999, el efecto Samba en Brasil también tuvo como detonante una crisis cambiaria, seguida del desplome de la bolsa de valores y una devaluación del Real que lo llevará a su desaparición posteriormente. En Colombia, durante la administración de Andrés Pastrana, en el último año del milenio, el país vive una recesión no experimentada en la modernidad que reduce el Pib en 4,5 por ciento.


Las llamadas aperturas económicas muestran su lado oscuro, y las crisis que provocan estimulan la búsqueda de cambios que acabaron por dar lugar al ciclo de los llamados gobiernos progresistas. Hugo Chávez es elegido presidente de Venezuela en 1999, luego de su fracasado intento de golpe de Estado en 1992. En 2003, luego de la fuerte crisis política y económica que padece Argentina, Néstor Kirchner gana las elecciones, y ese mismo año Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil es investido presidente. Tabaré Vásquez, en Uruguay en el 2005; Evo Morales en Bolivia en el 2006; Rafael Correa en el 2007, en Ecuador, y Fernando Lugo, en Paraguay en el 2008, conformaron el cuadro del progresismo que estuvo acompañado en sus inicios del ciclo al alza del precio de las materias primas.


La depresión de los precios de las materias primas acabó a la par con el siglo –el precio del petróleo tuvo su piso entre 1998 y 1999 cuando descendió a 12,28 dólares por barril, y alcanzó su máximo histórico de 147, 25 dólares en julio del 2008–, y en promedio alcanza su pico en el 2011, periodo durante el que Sudamérica vive una etapa que vio surgir esfuerzos de integración entre vecinos, así como intentos de autonomía política con la creación de instituciones como La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) en el 2004, La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en el 2008, La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en el 2010, que produjeron la sensación de que Suramérica estaba en camino de alcanzar su mayoría de edad. Las nubes negras volvieron a posarse sobre la región en 2012 con el inicio de un nuevo ciclo depresivo del comercio internacional de las materias primas, que hace reducir las exportaciones latinoamericanas de un valor aproximado de 1,128 billones de dólares hasta 0,995 billones entre 2012 y 2017, provoca la reducción de la inversión extranjera directa, y a partir de 2016 la transferencia neta de recursos, inicia un período de saldos negativos.


La combinación entre bonanza de las materias primas y gobiernos heterodoxos significó, en términos generales, una mayor participación de la población más vulnerable en las rentas derivadas del comercio exterior. Sin embargo, un elevado porcentaje tuvo lugar a través de programas asistencialistas indiferenciados respecto del signo político, Bolsa Familia, lo estableció el gobierno de Lula da Silva en 2003; Juntos, del Perú, fue establecido en 2005; Puente en Chile (como parte integrante de Chile Solidario), tuvo su inicio en 2002, y Familias en Acción, en Colombia, en el 2000, fueron muestra de esa forma redistributiva, que es muy frágil –además de inconveniente por la relaciones de dependencia que provoca–, pues retrocede o es eliminada cuando las ventas externas sufren contracciones. La crisis del capital en el 2008 volteó nuevamente las tornas, y con el golpe de Estado en 2009 a Manuel Zelaya, presidente hondureño adherido al club del progresismo, y la defenestración de Fernando Lugo en Paraguay en 2012 comienza el desmonte de esa etapa, que vería su fin con la expulsión forzada de Evo Morales este año.


Las nuevas condiciones de la geopolítica


En 2014 China superó a Estados Unidos en el valor del Pib ajustado por paridad de poder adquisitivo, y con esto quedaba en evidencia el fin de los norteamericanos como único polo de poder a nivel mundial. La llamada guerra contra el terrorismo establecida por EU, y su negativa a la aceptación de un mundo multipolar han llevado al mundo recientemente al debilitamiento de organismos multilaterales como la Organización Mundial del Comercio (Omc) y la misma ONU, y a intentar sustentar el poder sobre la base exclusiva de la fuerza. La última administración norteamericana ha iniciado una guerra fría con el gigante asiático, de la que no somos completamente ajenos.


En América Latina, la presencia China crece aceleradamente: en 2001 las exportaciones al país oriental eran 1,5 por ciento de las ventas externas de la región, mientras que las importaciones representaban el 3 por ciento; en 2017, esos guarismos fueron el 10 y el 18 por ciento respectivamente. Para países como Brasil y Chile, China ya es el principal socio comercial, en una tendencia que cubre toda la región y parece estar lejos de tocar techo. Estas relaciones pueden tener la ventaja de qué al imponerse el multilateralismo, los grados de independencia de los países de la región pueden aumentar, pero, hasta ahora muestran la desventaja de profundizar el modelo primario-exportador, ya que el 70 por ciento de las exportaciones al país oriental son materias primas sin elaboración.


John Bolton, quien fuera asesor de seguridad del actual gobierno estadounidense, en noviembre de 2018 calificó a Cuba, Venezuela y Nicaragua, como la “troika de la tiranía” y “triángulo del terror”, buscando justificar porque los EU declaraba a esas pequeñas naciones como un peligro para la seguridad de la primera potencia militar del mundo. Intentar revertir la penetración China en Suramérica es un objetivo declarado de la potencia del norte, y una acentuada reedición del monroísmo es parte importante de la estrategia para ese fin. John Kerry, Secretario de Estado en el gobierno de Barack Obama declaró en abril de 2013 que América Latina es el patio trasero de EU, y que debían nuevamente encargarse de ella. Al veranillo de la autonomía le era decretada la partida de defunción.


La actual encrucijada tiene sin embargo una novedad. El regreso de la derecha en Argentina ha sido un estruendoso fracaso bajo la administración de Mauricio Macri, las reformas de Lenín Moreno para alinearse con las lógicas de Washington encontraron respuesta en la calle, el Chile neoliberal de la dictadura y de los diferentes gobiernos de la Concertación es desafiado por multitudes de inconformes, y el incipiente gobierno de Duque encontró en los movimientos sociales colombianos una dura respuesta a la profundización de las medidas ultraliberales. La salida por la derecha parece, entonces, obstruida, lo que obliga devolvernos a las reflexiones que inicio Raúl Prebisch acerca del cuello de botella que para la región constituye el capitalismo imitativo, y a afirmar que un nuevo comienzo pasa por re-nacionalizar el consumo y su producción, y por pensarnos y definirnos desde adentro. El Sumak Kawsay y el Suma Qamaña, en sustitución del desarrollismo, deben ser pautas a estimar seriamente para que los reclamos de la calle por fin nos permitan encontrar un marco estable y armónico que rija las relaciones entre nosotros y de nosotros con los Otros.

1. Juan Palo Viscardo y Guzmán, Carta dirigida a los españoles americanos, F.C.E, México D.F, 2004, p. 75
2. Luis Bértola y José Antonio Ocampo, El desarrollo económico de América Latina desde la independencia, F.C.E, México D.F, 2008, p. 107.

*Economista, profesor universitario, Integrante del Consejo de Redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

 

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Información adicional

  • Autor:Álvaro Sanabria Duque
  • Edición:195
  • Fecha:Diciembre de 2019
Visto 281 vecesModificado por última vez en Jueves, 12 Diciembre 2019 11:02

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