Sábado, 07 Diciembre 2019 16:07

El horno colombiano

Escrito por Carlos Gutiérrez M.
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El horno colombiano

Con una duración que es sorpresa para todos, una llama intensa, vivaz, se propaga por el sur de nuestra región subcontinental, aunque en algunos puntos encuentre contrafuegos, como en Bolivia (ver pág. 17-23). Es una llama. No una chispa, como alguna vez se propusiera como vía para estimular la resistencia y el alzamiento social (1); es un fuego surgido del malestar acumulado y que se expresa en contra de un modelo económico, social, político, cultural, que para algunos países ya suma 40 años –Chile–, 28 en otros –Colombia–, y 21 para el particular caso de Ecuador.


Quienes ahora atizan la llama son las nuevas generaciones. Así sucede en tanto son estas las que hoy tienen ante sí la realidad de una sociedad que les ofrece poco para el presente y mucho menos para el futuro. Una sombra en el horizonte, para ese inmenso grupo humano que hoy suma 160 millones en el conjunto latinoamericano, y para el cual el trabajo digno, y por tanto estable y bien pago, es una simple leyenda impresa en un cuaderno que llaman Constitución Nacional, igual que la educación universitaria y superior gratuita.


Según investigaciones del Banco Mundial, en Colombia “[…] sólo el 35 por ciento de los estudiantes que acaban el bachillerato accede en forma inmediata a la universidad […]. De los estudiantes que ingresan, apenas el 35 por ciento culmina con la graduación, lo que significa que únicamente un 13 por ciento de quienes culminan el bachillerato alcanza un título profesional.


Colombia también ha entrado, como es característico de países como Estados Unidos, en la etapa de endéudate y estudia (2). El Icetex, en 2000, le otorgó créditos al 5,3 por ciento del total de matriculados en las instituciones de educación superior, y en 2015 ese porcentaje fue del 21. Este aspecto, sumado a los préstamos estudiantiles de la banca privada, acerca el porcentaje de estudiantes endeudados al 50 por ciento de la matrícula total [...] (3). Esta es la lógica perversa a la cual se enfrentan quienes por estos días ocupan de manera masiva las calles de nuestro país: “[…] nada de derecho a la vivienda sino créditos inmobiliarios; nada de derecho a la escolarización sino préstamos para pagar los estudios; nada de mutualización contra los riesgos (desempleo, salud, jubilación, etcétera) sino inversión en seguros individuales”.


Por su parte, el desempleo no da respiro. Según el Dane, para el trimestre julio-septiembre del año en curso. “la tasa de desempleo de la población joven se ubicó en 18,1 por ciento […]. Para los hombres, la tasa de desempleo fue 14,1 y para las mujeres fue 23,4 por ciento” (4). Tal realidad se extiende por la región: “[…] el desempleo entre los jóvenes latinoamericanos y caribeños entre 15 y 24 años llegó a 18 por ciento (2018), En números absolutos, son 10 millones de jóvenes que buscan empleo sin conseguirlo.


Por otra parte, seis de cada 10 jóvenes que sí consiguen ocupación se ven obligados a aceptar empleos en la economía informal, lo que en general implica malas condiciones de trabajo, sin protección ni derechos, y con bajos salarios y baja productividad. Se estima que unos 20 millones de jóvenes en la región no estudian ni trabajan debido en gran parte a la frustración y el desaliento por la falta de oportunidades en el mercado laboral (5). Y entre los jóvenes latinoamericanos que se abren espacio en medio de un gran sacrificio diario, el 5,1 por ciento estudia y trabaja simultáneamente (6).


Ante esta realidad, de la cual no escapan la pobreza ni la indigencia entre los jóvenes, no es casual que el suicidio sea una opción para muchos de ellos, no solo en Colombia sino en el mundo entero. Realidad extendida a Francia (Ver página 40). Un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indica sobre el particular que “[…] 800.000 personas mueren cada año en el mundo por esta causa, registrada como la segunda causa principal de muerte entre personas de 15 a 29 años de edad. Hay indicios de que por cada suicidio posiblemente más de otras 20 personas intentaron un camino igual.


Esa realidad dolorosa y cuestionadora registra en Chile […] uno de los mayores aumentos en la tasa de suicidios en el mundo […]. Según cifras del Ministerio de Salud, si en el año 2000 se suicidaban cuatro de cada 100 mil personas entre 10 y 19 años, en 2010 esa cifra creció a ocho y se estima que para 2020 se llegará a 12 suicidios por cada 100 mil jóvenes. De esa realidad no escapa la juventud de nuestro país.


En efecto, “durante la última década en Colombia se presentaron 18.336 suicidios, con promedio de 1.833 casos por año y una tasa promedio anual de 4,1 casos por 100.000 habitantes” (7). Es claro, entonces, que la generación que se levanta con todo brío, así no tenga afinidad con una utopía como las dos que la antecedieron, ni la identidad con unas pretensiones estratégicas y tácticas por conquistar tras sus acciones, es una generación que, además de sufrir la exclusión y la negación de sus derechos fundamentales, ve y padece lo que viven sus progenitores y el núcleo familiar en general: inestabilidad laboral, rebusque por cuenta propia, inexistentes o bajas pensiones, precaria atención médica, humillaciones ante todo reclamo, derechos fundamentales traducidos en mercancías, y con ello servicios públicos que erosionan sin compasión el ingreso familiar. Es esta una realidad más que suficiente para levantarse en demanda de trastocar el orden existente; motivo intenso para su constante confrontación ante el poder dominante. Y así lo están haciendo por estos días los jóvenes, como atizadores de un inmenso fogón llamado Ecuador, Chile, Colombia.


Sus miles de brazos juntan material combustible con inscripciones que en los primeros casos indican claramente varios factores: fin a las privatizaciones, vida digna, educación gratuita, no más violencia ni asesinatos de líderes sociales, no incremento de los servicios públicos, no realización de acuerdos con organismos como el FMI o entidades similares. Se trata de reivindicaciones que conmueven al conjunto de la región, entre las que también realzan reclamo por vida digna, pensiones justas, gobiernos abiertos a la participación directa de sus sociedades y democracia real.


El material combustible en esa franja juvenil, producto del paso de los años, de la suma neoliberal que los marca –y de las insuficientes confrontaciones–, así como del dolor que cada acción antipopular deja en quienes las padecen, lo arruman con cuidado. Resulta bagazo y leña revestida de propuestas y aspiraciones para el ya y para el mañana, que al encontrar fuego lo incrementa con facilidad –aun con la reserva de represión que guardan los poderes y sus regímenes. No fabril, es la voz juvenil lo que marca y atrae la participación de otros muchos de sus pares, así como a nuevos grupos sociales, todos volcados a la calle con decisión.


En su decidida acción, no encuentran ni esperan orientación de fuerza partidista alguna, simplemente actúan. Tienen impulso, certidumbre de que tienen el poder de desmontar y reforzar los legados de lucha. Es la convicción de quienes saben que nefastas políticas económicas y sociales se han sumado, brindándoles la potencia suficiente para increpar al establecimiento y no solo al gobierno de turno, para recoger la continuidad de la demanda y revertir los incumplimientos y las negativas de las reivindicaciones de mayoría sentidas, dándole paso a una nueva fase en la historia de sus países. De su potencia depende el cambio.


Es importante igualmente percatarse cuanto antes de que aquellos requieren encontrar y movilizar consigo a todo el país nacional. De lo contrario, pudieran verse en pocos días ante la fatiga de la acción diaria y la falta de resultados concretos, ante la pérdida de entusiasmo, así como de la confianza en su manifestación y continuidad, dejando escapar una coyuntura histórica que tal vez tome mucho tiempo para volver a conjugarse. Y el poder central, que no es ocasional sino producto de procesos, maniobras y acciones de diverso tipo, sí que sabe desgastar, dilatando respuestas, entregando unas de manera parcial para dividir y embolatando otras, erosionando así, de a poco, la fuerza original de la protesta.


Por ahora, tanto en Ecuador como en Chile, la unidad social ha estado presente. En Ecuador, en cabeza del movimiento indígena (ver Pablo Dávalos pág. 8), en Chile como una expresión pura del pueblo en su sentido más amplio, la cual encuentra pilotes que la sostienen entre las generaciones más jóvenes, y en Colombia, con brillante deslumbre los rostros que indican una edad de 18-30 años son los que se destacan en todas las actividades públicas realizadas a partir del 21 de noviembre y hasta el momento de escribir este editorial (28 del mismo mes). Detrás de su despertar, las organizaciones históricas y no tanto, las que congregan sindicatos y el amplio espectro de la izquierda, llama en mano tratan de seguirles el paso para poner su experiencia al servicio de la intensa llamarada que deberá cubrir todo el país si de verdad se pretende concretar un avance de la lucha política, la acumulación de fuerzas y el sueño de un cambio efectivo. De retomar la iniciativa, sin limitarse a la renuncia o destitución de ministros y funcionarios menores, objetivo que para algunos pudiera indicar un triunfo parcial o total pero que en el fondo de la realidad misma del poder y del gobierno no es más que el cambio de un bombillo pero sin afectar el conjunto del tendido eléctrico.


Así es. Las llamas consumen al funcionario, dividen al propio proceso en marcha –en tanto unos están de acuerdo con este logro parcial, mientras otros no–, pero la política estructural prosigue, así como el poder y la clase que está detrás de la misma. Con este tipo de reivindicaciones, como lo enseña la realidad ecuatoriana, que en repetidos momentos ha logrado tales propósitos, todo parece triunfo, pero cambia el funcionario y en verdad todo sigue igual, luego de lo cual la llama se apaga. Es un triunfo de simple apariencia, sin transformación efectiva. Esa es la conclusión extraída de su experiencia directa y en la cual se basaron para no señalar la salida de Lenín Moreno como propósito de su alzamiento del pasado mes de octubre.


En Chile, el ojo colectivo mira a Piñera pero sin consenso sobre el propósito de exigir su renuncia, teniendo más eco el cambio de la Constitución escrita bajo la coacción del autoritarismo extendido por conducto de un Estado bajo control militar, y el de sus aliados económicos, políticos, religiosos; cuerpo de normas que someten hasta hoy a su sociedad a la opresión y la explotación demencial producto de la privatización de todo lo imaginable e inimaginable, como nos comenta Luis Sepúlveda (ver pág. 9).


El riesgo de esta exigencia está en que la anunciada constituyente que pudiera tener el país quede bajo control de las fuerzas de siempre, riesgo cierto y que solo pueden neutralizar quienes atizan allí el fuego si logran una reglas de juego concertadas entre todos y no por conducto de los partidos tradicionales.


El reto de democracia integral


En Colombia, por su parte, las distintas demandas que alimentan los alzamientos acaecidos desde el 21 de noviembre pueden resumirse en una gran demanda: otra democracia, en esta oportunidad integral, es decir, económica, social, cultural, política.


Una democracia directa-participativa, que vaya más allá y sin limitarse a las elecciones.


Una democracia asamblearia, que proyecte un poder social y popular para ponerle freno al poder presidencialista que nos domina, el mismo que maniobra y logra por medio del control del Congreso de la República y de sus demás poderes constitutivos, feriar los bienes públicos estratégicos del país sin haber puesto tal posibilidad a consideración en la campaña electoral donde terminó ungido.

Darle un giro de 180 grados a esta realidad obliga a que pretensiones como estas, entre otras, pasen de modo obligado por la consulta popular.


La suma de reivindicaciones que se escuchan en la calle le dan vida a este tipo de democracia, entre ellas:

Democracia social
- Formalización de todo trabajo y vinculación laboral de los empleados informales.
- Desmonte del Esmad y de todo grupo policial, militar y de choque que atente contra los Derechos Humanos.
- Acceso real, gratuito y universal a todos los derechos fundamentales.

Democracia económica
- Incremento impositivo para las multinacionales, grandes empresas y ricos en general.
- Desmonte de la regla fiscal; eliminación del IVA.
- Renuncia a las reformas regresivas en pensiones y trabajo.

Democracia política
- Superación plena del modelo neoliberal

 

Como se puede ver, es un conjunto de aspiraciones que, para hacerlas realidad, demandan un acuerdo nacional. Por el momento, hay dos vías planteadas para ello: una negociación directa con la cabeza del Ejecutivo, cuyos acuerdos transitarían vía legislativa, mecanismo que no es muy promisorio. La otra opción hasta ahora planteada es una nueva constituyente, que carga el riesgo de un poder electo en forma tal que esta vía pudiera reforzar el régimen político hoy imperante.


El país levantado en demanda de cambio está ante una disyuntiva de alto calibre, y superarla implica reforzar su capacidad de demanda, de suerte que toda aquella reforma que pueda hacerse de manera directa tome forma de inmediato, sellando así triunfos parciales, y las que obliguen a procesos formales, que implican meses de trámite, estén sostenidas sobre la espada blandida en el cuello del poder legislativo y jurisdiccional.


No es este un reto de poca monta, a no ser que se materialice una revolución, opción que no hace parte de la agenda de quienes llenan mayoritariamente las calles del país.


El año 2020 abrirá con grandes retos para un país llamado Colombia, y, en su materialización, lo que ocurra en Chile y en Ecuador, así como en Bolivia y el resto de la región, será combustible y ejemplo para avivar sus llamas.

 

1. Tsetung Mao, “Una sola Chispa puede encender la pradera”.
“La deuda estudiantil en Estados Unidos suma casi 1,5 billones de dólares, más del doble que hace una década. […] actualmente hay unos 44 millones de personas con deuda estudiantil”. https://www.elconfidencial.com/mundo/2019-01-03/la-deuda-estudiantil-en-eeuu-una-bomba-de-tiempo-para-la-economia_1735910/
2. Sanabria, Álvaro, “La clase media no va al paraíso”, periódico Desde Abajo, edición julio-agosto de 2019.
3. https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/mercado-laboral/mercado-laboral-de-la-juventud.
4. “Empleo juvenil en América Latina y el Caribe, https://www.ilo.org/americas/temas/empleo-juvenil/lang--es/index.htm ).
5. Sarmiento Anzola, Libardo, “Juventud al borde del suicidio”, periódico Desde Abajo, edición abril-mayo de 2016.
6. íd.

7. íd.

 

 

Información adicional

  • Autor:Carlos Gutiérrez M.
  • Edición:195
  • Fecha:Diciembre de 2019
Visto 266 vecesModificado por última vez en Viernes, 13 Diciembre 2019 08:40

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