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Sábado, 07 Diciembre 2019 16:58

El necesario desmonte del Esmad

Escrito por Equipo desdeabajo
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El necesario desmonte del Esmad

¿Qué sociedad soñamos? ¿Cómo la construimos? ¿Qué papel juegan en ellas los cuerpos represivos? ¿Derecho a la protesta? ¿Vida? ¿Muerte? Democracia, ¿formal o integral? Las protestas en curso dejan lecciones, no las dejemos escapar.

Cinismo, una de las características del poder. Desvergüenza, otra de sus formas cotidianas. Cuestionado el establecimiento por la violencia con que actúa el Esmad, por su poder de muerte, no de prevención ni de distención, el ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo no titubea para decir que el mencionado cuerpo de choque se rige por los más altos estándares internacionales, que las armas que utiliza son las reconocidas por la comunidad internacional, y que en la “muerte” de Dilan Cruz no se utilizaron armas ilegales.

Represión, violencia, defensa del poder, todo es legal, incluso el asesinato, esa es la capacidad que tienen quienes acumulan la riqueza nacional: autoprotegerse “legalmente”, así en tal proceder los excluidos, los negados, los oprimidos, los reconocidos simplemente como una cifra más en una relación estadística como pobres, desempleados, migrantes, o simplemente como “desafectos” “ilusos”, pierdan hasta lo más preciado: la vida, precisamente.

No hay duda en el procedimiento del Esmad, esa no debe ser la discusión, ya que el poder global define los parámetros que le sirven para proteger sus intereses: arma sus ejércitos y fuerzas de choque para destruir a quien(es) lo cuestione(n), y para ello reglamenta el funcionamiento de tales fuerzas y de las armas que utiliza, no importa que en ello se vaya la salud – les jodan una o las dos vistas, un brazo o los dos, la nariz, la dentadura, los oídos, las piernas, o la vida toda– la tranquilidad, el futuro inmediato o mediato de miles o millones de personas, precisa- mente las que protestas por las condiciones de vida que les toca soportar.

Lo que sí debe abrirse al debate es si la sociedad permite que el poder prosiga por sus desafueros violentos. ¿Es suficiente que la comunidad internacional avale tal tipo de violencia y proceder del Estado para que la misma sea procedente?

¿Es el poder omnímodo? ¿Cuál es el límite del poder? ¿Es inmune e impune el capital, quien por un lado oprime y niega a los pobres y por otro se sirve de ellos, los arma, los viste y adiestra, para violentar a sus contradictores?

Las pruebas son patéticas. Ahí está el asesinato, no solo de Dilan sino de muchos otros jóvenes que en el curso de pocos años han sido arrollados por el poder, el legal, el autorizado por la comunidad internacional con sus gases tóxicos –que en gran escala o espacios cerrados hacen lo mismo que las cámaras de gas hitlerianas–, guerra química vetada en otros contextos pero permitida para la represión del descontento ciudadano; poder que atemoriza con su escenografía pero también con sus balines, sus cachiporras, sus motos y carros que arrasan a quien les interponga resistencia.

Es ese poder, violenta y violador de los derechos humanos de millones, el que hoy está en cuestión, pues es suficiente la pérdida de una vida para que cualquier sociedad revise lo que le está sucediendo. Es suficiente una injusticia para que haga lo mismo. Y en Colombia las vi- das irrespetadas por el poder no son una ni dos, así como las injusticias. Entonces, ante la muerte propiciada de manera consciente por el poder –revestido de legalidad jurídica y militar; revestido del amparo internacional–, y ante la injusticia que propicia ese mismo poder –al proteger sus intereses y beneficios– no se le puede decir a la sociedad que aguante, que guarde silencio, que comprenda que lo sucedido es legal. Eso es cinismo, eso es desvergüenza.

Con justa razón amplios sectores sociales reclama el desmonte del Esmad. Con justa razón pues esa parte de la sociedad teme que la asesinen cuando proteste, o cuando menos que la violenten, maltraten, y producto de ello quede con secuelas sicológicas o físicas que lo limiten por el resto de la vida.

Tenemos ante nosotros la muerte, la violencia, las afectaciones de cientos de personas que en el curso, no solo de ahora sino de numerosas protestas han sido afectadas por perdigones, los mismos que acabaron con la vida de Dilan; pero también han quedado decenas de manifestantes con lesiones físicas que los impiden para el resto de su vida producto del ataque de este tipo de fuerzas de choque. Es evidente que los derechos huma- nos ante esta realidad quedan reducidos a simple letra muerta, sumatoria de buenas intensiones burladas por el poder.

Armas y ataques sometidos a la reglamentación internacional, según el ministro de Defensa. Es esa misma reglamentación internacional la que en Chile, por referirnos a una realidad cercana, llevó a Human Rights Watch (HRW) a solicitar que este tipo de armas, como la que dispara el cartucho ‘bean bag’ –con el que acabaron con la vida de Dilan– no sigan en uso.

Hay que recordar, según el director de HRW, que este tipo de bala consiste en una especie de calcetín que tiene una concentración fuerte de perdigones. Un instrumento que se supone que no es le- tal y que está predefinido para ser disparado al suelo, para intimidar, no a la cabeza, ojos, pecho y partes del cuerpo que puedan ser lesionadas y derivar en una amputación o un trauma que termi- ne con la vida de quien sufre el ataque.

Es tal la potencia de este tipo de armas, así como de las escopetas que disparan perdigones (“disparan perdigones en forma indiscriminada y que dependiendo de la distancia pueden herir gravemente a aquellos que se encuentran dentro de su amplia zona de impacto”), que HRW pidió al gobierno chileno cesar el uso de las mismas, además de solicitar al gobierno que reforme las fuerzas de choque con que cuenta.

Ante esta realidad, que no es distante de la padecida en Colombia, ¿por qué acá no se puede proceder con el desmonte del Esmad? ¿Por qué no es posible controlar el uso de armas que tienen un potencial peligro de acabar con la vida de quienes padezcan su uso?

Es claro. No basta con que el campo internacional legitime este tipo de fuerza y armas (campo internacional donde están, con toda seguridad, quienes fabrican estas armas y brindan instrucción a quienes las usan), ese es un argumento leguleyo que se cae por el peso de la realidad, más aún cuando ese mismo campo internacional está dominado por los de- tentadores del capital global y por quienes comparten una misma lectura sobre el poder y sobre el destino inmediato y mediato de la humanidad.

Es por ello que tiene sentido la discusión y el mismo desmonte del Esmad; pero no solo este cuerpo de operaciones especiales de la policía, sino todo grupo policial, militar y de choque que atente contra los derechos humanos. Y así debe ser ya que se trata de un asunto de vida o muerte. Es un proceder justo o injusto. Es un asunto de democracia, no la formal, sino la directa e integral, y en ella la sociedad toda no contempla ni padece lo que deciden tras bambalinas los negociantes de la muerte sino que actúa, interviene y decide sobre el tipo de sociedad que anhela y la forma de hacerla realidad.

El silencio social debe ser cosa del pasado.

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Visto 1038 vecesModificado por última vez en Jueves, 19 Diciembre 2019 10:33