Sábado, 07 Diciembre 2019 17:08

Hipótesis sobre el paro nacional

Escrito por Edwin Cruz Rodríguez
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Hipótesis sobre el paro nacional

El paro nacional es una movilización inédita, originada en la incapacidad del gobierno actual para responder a las demandas sociales, pero que hunde sus raíces en la dinámica política generada por el Acuerdo de Paz como una lucha por posicionar en la agenda pública reivindicaciones sobre los problemas históricamente irresueltos que condujeron a la guerra.

 El paro nacional, iniciado con las multitudinarias marchas y manifestaciones del del 21 de noviembre, pero anticipado varias semanas atrás, ha sorprendido a buena parte del país, empezando por el propio gobierno. Se trata de una protesta inédita, si acaso comparable con la mítica jornada del 14 de septiembre de 1977, que no por casualidad reunió una diversidad de actores con demanadas similares, en particular contra la política laboral neoliberal. ¿Cuáles son las caracter{isticas y determinantes de esta protesta.

Una protesta inédita

 

En la historia reciente se presentaron multitudinarias marchas, contra las Farc el 4 de febrero de 2008 o por las víctimas de crímenes del Estado y el paramilitarismo el 6 de marzo del mismo año, pero el marco de sentido en que estaban comprendidas no es comparable con el del actual paro: los antagonismos, las demandas e incluso los actores eran otros.

De igual forma, el paro no es comparable con las grandes protestas que tuvieron lugar bajo el gobierno Santos (2010-2018), el paro universitario (2011), los paros cafetero, agrario y del Catatumbo (2013), la minga agraria, campesína, étnica y popular (2016), pues si bien estas protestas fueron masivas y perduraron semanas e incluso meses, tuvieron formas de convocatoria y repertorios de acción más tradicionales, y no alcanzaron a articular la clase media y media alta urbana en la forma en que lo ha hecho el paro.

En efecto, las grandes manifestaciones desarrolladas desde el 21 de noviembre en distintas ciudades han sido interclasistas, articulando diversos actores, estudiantes, mujeres, ambientalistas, desempleados, con cierto predominio de los jóvenes, y han desbordado las organizaciones convocantes, las centrales obreras. A las demandas contra el llamado “paquetazo”, las reformas tributaria, laboral y pensional que ahondarían la orientación neoliberal de estas políticas, se han sumado una diversidad de reclamos, la mayoría de veces transversales, no sectoriales, que convergen en la exigencia de implementar el Acuerdo de Paz.

Muchas de sus acciones han sido “autoconvocadas” y descentralizadas, esto es, propuestas por actores en la base de la protesta, ajenos al Comité de Paro. De hecho, en Bogotá, siguiendo el ejemplo del movimiento estudiantil del año anterior, las acciones colectivas se desarrollaron en toda la ciudad, no solamente en la tradicional Plaza de Bolívar. En fin, el cacerolazo, un repertorio de acción que se había implementado marginalmente en las ciudades en el marco del paro agrario de 2013, fue acogido masivamente desde la noche del 21 de noviembre.

 

El descontento con un libreto conocido

 

Existe un vínculo con las grandes protestas que se han presentado en otros países, como Chile y Ecuador, contra el modelo económico neoliberal. Las políticas neoliberales afectan al segmento poblacional más activo en las protestas: jóvenes insatisfechos, de todas las clases y niveles de formación formal que, en primer lugar, disponen de tiempo para invertir en las protestas, debido a su marginación del campo laboral o a su sometimiento mediante esquemas de informalidad, flexibilización y precarización. Segundo, jóvenes que experimentan con mayor intensidad las formas de opresión, dominación y explotación del mundo contemporáneo, para empezar porque tienen acceso a un mayor cúmulo de información que les permite construir visiones complejas de su lugar en él. Y tercero, jóvenes anhelantes por establecer vínculos y participar de experiencias sociales, con los otros, más allá del mundo virtual que acapara sus vidas y del voraz individualismo en que tienen que desenvolverse.

No obstante, en parte la masividad del paro se explica por detonantes de corto plazo, asociados al descontento con el actual gobierno de Iván Duque, que ha tratado de ejecutar el mismo libreto de su mentor, Álvaro Uribe, en un contexto político y social totalmente distinto al que a éste le correspondió y sin atender a las particularidades y la correlación de fuerzas del momento.

El desempeño de Duque ha sido peor de lo que esperaban los más pesimistas en todos los campos, pero además persiste en la implementación de la receta neoliberal sin medir costos, ha obstaculizado y frenado la implementación del Acuerdo de Paz, permanece impasible frente al genocidio político, del que son víctimas cerca de 700 líderes sociales, y la emergencia del paramilitarismo y las bandas de narcotraficantes en distintas regiones. No ha dialogado con los sectores sociales, dejó plantada a la minga a principios de este año, y ha incumplido los compromisos del gobierno tras el paro universitario.

Ese descontento coyuntural se incubó durante cerca de un mes, en que el gobierno se mostró totalmente incapaz de desactivar el paro. La respuesta de Duque fue un calco de la que habría dado el gobierno de Uribe: tratar de crear un “enemigo” bélico fundamental para la sociedad colombiana, que reemplace a las Farc, para responsabilizarlo de un supuesto intento de desestabilización. En este caso, se trató de “vándalos” ingresados al país como parte de un complot internacional.

En vez de articular a la sociedad en contra de ese supuesto enemigo, como habría ocurrido hace unos años, esa respuesta ahondó la sensación de incapacidad del gobierno y, por lo tanto, el descontento. Días antes del inicio del paro, figuras tradicionalmente ajenas al mundo de la política, como una reina de belleza y varios cantantes, anunciaron su apoyo a la marcha del 21. En lugar de atender al fracaso de su estrategia, el gobierno persistió desarrollando allanamientos a varias organizaciones sociales y detenciones de activistas.

 

El “vandalismo”: una retórica contrainsurgente

 

Sin embargo, la estrategia gubernamental rindió algunos frutos. En particular, la retórica del “vandalismo” contribuyó a legitimar los altos niveles de represión desplegado en los días posteriores de la protesta. Esta retórica se posicionó luego de las protestas estudiantiles del 29 de septiembre, en Bogotá, cuando un grupo de “encapuchados”, entre los que posteriormente se señalaron efectivos de la Policía, ocasionaron daños en la sede del Icetex.

Esa retórica articuló a diversos formadores de opinión y políticos, que apoyaron las protestas siempre y cuando fueran “pacíficas” y sin “vandalismo”. De esa manera, aunque las recientes protestas de estudiantes y más aún las comprendidas en el paro, han sido no violentas, fueron puestas en el mismo marco de sentido con el “vandalismo” y la violencia. La consecuencia fue una criminalización anticipada de la protesta social.

En efecto, el “vandalismo”, que comúnmente designa la violencia contra bienes muebles o inmuebles, no tiene que ver con la protesta social. Los fines del vandalismo no son políticos: se acude al daño o la destrucción de un bien con el fin de causar un perjuicio a un particular, a manera de venganza o amenaza, para causar miedo o, incluso, por “diversión”. En contraste, los fines de la protesta, incluso aunque ocasionalmente se ejerza violencia contra bienes, son públicos y políticos. No obstante, y a pesar del carácter no violento de las protestas, la retórica del vandalismo contribuyó a legitimar la represión la misma noche del 21 de noviembre, al mismo tiempo con el cacerolazo.

La violencia policial para disolver concentraciones y marchas, particularmente en el centro y sur de Bogotá, o contra ciudadanos que trataban de llegar a su casa después de la jornada de protesta, fue presentada como resultado de los enfrentamientos con “vándalos”. De la misma forma, la retórica del vandalismo alimentó y legitimó la crisis de pánico, muy probablemente orquestada, que se apoderó de Cali esa misma noche y de Bogotá la noche siguiente, que en ambos casos llevó a la declaración del toque de queda, por cuenta de supuestos grupos de “vándalos” que asaltaban viviendas particulares.

El asesinato del joven estudiante Dilan Cruz, el sábado 23 de noviembre, luego del desalojo violento de una concentración totalmente pacífica en la Plaza de Bolívar de Bogotá, se insertó en el mismo marco. Eso permite comprender por qué muchos reclamos posteriores se orientaron nuevamente a reivindicar la protesta pacífica y sin violencia, en lugar de rechazar tajantemente la represión policial.

 

Las profundidades de la protesta

 

El paro se inscribe sobre todo en una dinámica de crisis del sistema político que reconfiguró el escenario a consecuencia del Acuerdo de Paz. Todos los actores políticos han tenido que posicionarse con respecto a las reivindicaciones que estando en la raíz misma de la guerra han sido sistemáticamente desconocidas y aplazadas. Las mencionadas protestas bajo el gobierno de Santos posicionaron en la agenda pública reivindicaciones para resolver los problemas de exclusión política, desigualdad socioeconómica, propiedad de la tierra, etcétera. Sin embargo, paulatinamente, tras el fracaso del plebiscito en octubre de 2016 y el retorno del uribismo al gobierno, tales reivindicaciones han sido excluídas del debate público. Así pues, el paro es en últimas un esfuerzo por reintroducir esas demandas, claramente contrarias a las políticas neoliberales, en el centro de la discusión.

Como consecuencia, el paro ha puesto en evidencia un desencuentro entre las dinámicas del descontento social y la representación política. Unas semanas antes, la noticia era la derrota del uribismo en las elecciones locales. Sin embargo, quienes desplazaron al uribismo de cargos como la alcaldía de Medellín, e incluso de Bogotá, no son precisamente contradictores del modelo económico neoliberal, en contra del cual se produce el paro.

Aún más, los actores triunfantes en estas elecciones, mayoritariamente autoidentificados como “centro”, no han reivindicado las reformas estructurales para resolver los problemas que están en la raíz de la guerra. Al contrario, su constante condena de la “polarización” ha contribuido a proscribir tales demandas de la agenda pública. En el desarrollo del paro el posicionamiento de estos actores ha sido ambigüo: unos se mostraron dispuestos a participar del “diálogo” con que el Duque aspira a deslegitimar y en últimas desgastar la protesta, mientras otros la han apoyado activamente.

Este escenario plantea, primero, un cierto hiato, entre los representantes políticos del centro y sus bases, principalmente los actores de clase media y media alta urbana que participan activamente en el paro. Segundo, la situación muestra que mientras a nivel social fue posible una articulación entre las bases del centro y la izquierda, ésta ha tenido muchas dificultades para articularlas en el plano político electoral. Y tercero, para la izquierda el paro es decisivo para dislocar y rearticular esas bases, sobre todo teniendo en cuenta que parte del “centro” político se inclina por acompañar al gobierno más que a la protesta social en su desenlace; pero esa rearticulación dependerá en últimas de la efectividad que tengan los llamados del “centro” a “despolarizar” el paro.

En fin


Toda protesta, por reducida que sea, tiene impactos a corto, mediano y largo plazos, sobre las instituciones, las políticas públicas y la cultura política. Sin embargo, la evaluación de esos impactos solo es posible con la perspectiva que da el tiempo.

El paro nacional hoy cuenta con una clara agenda de reivindicaciones que apuntan no solo a detener las polítias neoliberales sino a un conjunto de reformas alternativas. Incluso si esta agenda no se consigue implementar, en el corto plazo el impacto más importante es el empoderamiento de la gente, de los ciudadanos de a pie.

La protesta ha sido una oportunidad para que personas ajenas y/o apáticas al campo político escuchen sus voces y, de esa manera, descubran que tienen un poder y experimenten la política como una dimensión más de sus vidas, y no solo como una esfera de actividad especializada, el ejercicio del gobierno, los partidos, etcétera.

En una sociedad predispuesta al silencio y la inmovilidad este fenómeno tiene un enorme potencial en términos de formación práctica de ciudadanía y de cualificación de la cultura política. De hecho, esta dinámica de empoderamiento ha tenido como consecuencia inmediata el desborde de las organizaciones convocantes y, lo que era inevitable en este momento, la proliferación de diversas demandas de todos los sectores sociales que quieren tramitarlas mediante el paro.

 

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Información adicional

  • Autor:Edwin Cruz Rodríguez
  • Edición:264
  • Fecha:Diciembre de 2019
Visto 1205 vecesModificado por última vez en Lunes, 16 Diciembre 2019 12:07

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