Viernes, 13 Diciembre 2019 06:33

Seis segundos. Monólogo de mujer en confinamiento obligatorio

Escrito por Philip Potdevin
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Seis segundos. Monólogo de mujer en confinamiento obligatorio

Datos escenográficos: (Un apartamento pequeño con ventana a la calle, un sofá, una cama, varias repisas con libros, una cocineta con alacena, al fondo un baño. La entrada está sobre el proscenio. La mujer viste apenas camiseta de negra que llega abajo de las nalgas).

 

(Asomada a la ventana saluda con la mano a alguien a lo lejos) ¡Vecina! Veci, sé que no me oye, pero igual le hablo desde aquí. Tan bonita, aunque hoy amaneció con la tristeza congelada en la cara. Últimamente la veo así, apagada. Ay, pero ese pelo que cae sobre sus hombros es precioso; y me fascina su sonrisa cuando devuelve el saludo. Sé que no vive sola, como yo. A veces cierra la cortina o apaga la luz… me imagino por qué…. No sé qué es peor, si vivir este encierro sola o con otra persona. Usted no sabe quién soy yo, pero ¿sabe qué me pregunto en este momento? (Baja la voz un poco). ¿Saltar o no saltar? A eso se reduce hoy mi vida… Tengo la fortuna de vivir en un piso 14. Imposible no lograrlo, no hay forma de quedar viva. Es imposible soportar este encierro mucho más. El vecino de la izquierda me tiene desesperada con sus vallenatos y el de la derecha, practica para Yo me llamo pero nadie le ha dicho que desafina cada nota. Todos terminaremos por lanzarnos al vacío. Pobrecitos los primeros pisos… quedarían vivos, unas piltrafas… (Se retira de la ventana y se sienta en el sofá.) Ay, si la veci supiera que la única razón para postergar mi salto, desde que despierto, es la ilusión de saludarla. Vengo madurando esto desde el primer día. “Quédate en casa” es la tortura sin pausa… si, como en La colonia penal de Kafka. ¡#Sé responsable, #sé obediente, #salvemos vidas! (Se cuadra como soldado) ¡Sí, mi general, como ordene, señora!... Amo la medianoche cuando la mente aclara los pensamientos y se pierde el último pudor frente a la muerte. (Se sienta al borde la cama.) ¿Cómo será la muerte? (Toma la almohada y la abraza.) De niña preguntaba a mi madre y ella no sabía qué responder, era atea y no tenía ni cielo ni infierno aunque estoy segura de que está hoy en el Cielo; es posible un Cielo sin Dios. Terminaba mirándome por encima de las gafas: «Ay mija, deje de pensar esas cosas» y se ponía a arreglar el dobladillo de una falda o a sacudir la carpeta sobre el televisor o pedía ayuda para doblar ropa. Me cansé de esperar una respuesta y comencé a buscarla por mi cuenta, quería creer que me convertiría en nube para cruzar el cielo y me negaba a pensar que sería devorada por gusanos como decían en el (con sarcasmo) cole. Después no volví a pensar en la muerte aunque sí pienso todo el tiempo en matarme... (Se dirige a la alacena). Cuando decida saltar sobrará mucha comida aquí. La víspera del simulacro traje mucho atún y frijoles enlatados. Los primeros días abría una lata de frijoles al mediodía y una de atún en la noche. Ahora solo abro una al día, la que salga. (Camina por el apartamento.) Tengo comida para un mes pero no aguanto una semana más, además dicen que esto se extenderá tres meses más. Algunos dicen que jamás volveremos a salir, que viviremos el resto de nuestros días confinados entre muros. La distopía perfecta. Eso no lo imaginó Huxley ni Orwell. Nadie. Podría ser tema para uno de mis cuentos. La humanidad encerrada en la casa de por vida, pudriéndose lentamente. (Reflexiona) ¿Pero seré bruta? ¿Me oyó, veci? ¿Quién me entiende? Llevo años, desde que enseño en el colegio, añorando tener tiempo para leer y escribir lo que siempre he soñado. (Suelta una carcajada. Abre los brazos). Emparedarme aquí para escribir y poder leer esas largas novelas. (Se dirige al estante de libros. Los tira al suelo tras examinarlos.) Celia se pudre, de Rojas Erazo. Hace años está ahí, las hojas amarillándose como Celia. Podría evacuarla en tres días, si me decido. Cuando la termine se la paso a la veci, seguro que también le gusta leer, pero quien sabe si ese man la dejará en estos días. No me gusta cómo la mira, la otra vez la arrancó de la ventana cuando me saludaba... La broma infinita. ¡Ja! Estos títulos están como para resumir este encierro… Museo de la novela de la eterna, con 32 prólogos. ¡Qué genio! Cuatro días si dejo de estar tumbada en ese sofá pensando en tirarme por la ventana... A todos nos va a dar esta joda, por más encierro obligado, y no quiero morir apestada... Me gusta demorarme mucho leyendo cada página... En busca del tiempo perdido, siete tomos... Leo muy concentrada y me rinde el tiempo. A ver, qué más... Mmmmh, La odisea, Guerra y Paz… No, qué mamera… (se pone de pie y examina otro estante.) Tu rostro mañana de Javier Marías, un título para mi veci… La noche de los tiempos de Muñoz Molina. (Sonríe.) Este me casa perfecto. ¿Será mejor que El jinete polaco?... ¡Qué bárbaros! ¿Cómo logran escribir novelas de más de mil páginas? Pero son escritas por machos para machos con su perspectiva siempre de machos. ¡Qué estúpida yo!… Mejor esto: la saga de Dos amigas de Elena Ferrante, en cuatro tomos. Dos amigas, como la veci y yo, aunque no sepamos el nombre de la otra… nos entendemos a través del vacío. Veci, la veo más triste hoy que lo normal. Puedo jurar que ha llorado. El día después del fin del encierro bajamos y la invito a un cafecito en Tostao, si ese man la deja, claro. El club de los mentirosos de Mary Karr o la trilogía de Las chicas de campo de Edna O’Brien. Primero, en definitiva… nosotras. A lo mejor se me quitan las ganas de leer a esos tipos. Mierda, marica…, todo esto por leer y yo, güevona, rumiando que no tengo tiempo, repitiendo “hoy sí me siento a escribir”. ¡Estoy llena de ideas! Cuatro cuentos cortos, una serie de cinco poemas, una obra de teatro breve ... ¡Mucha vaga!... ¿Qué hago primero, leer o escribir? Podría leer todo esto y luego saltar. Seis segundos y ya. Muero feliz, repleta de lecturas y vacía de ganas de vivir. Así despierto de este delirio. O quizás, si me pongo a leer se me quitan las ganas de lanzarme al vacío. Lo tenaz sería saltar y durante los seis segundos concebir hasta la última línea de estos proyectos… O tal vez en la caída descifro la tristeza de la veci. (Regresa al sofá y se tira cuan larga es). Me dolió la cabeza de pensar tanto. Hace una semana que el dolor viene y se va. Se me quita cuando saludo a la veci, pero después vuelve. Por eso no puedo leer ni me dan ganas de tomar apuntes sobre mi ruinosa soledad. Los cuentos y poemas los tengo bosquejados, en cambio, la obra de teatro la tengo aquí (señala su cabeza) pero enmarañada, (Cuela un café y lo lleva al sofá) ¡Ja! Primero, simulacro, luego aislamiento voluntario, ahora confinamiento obligatorio... ¿De qué soy culpable, carajo, para que me encierren sin fórmula de juicio? ¡Todos, veci, somos de alguna manera culpables! Casa por cárcel pero sin brazalete. Ahora se dan cuenta si alguien se ha salido de la casa porque le rastrean el celular. Y como uno puede salir en pelota pero no sin celular… La sociedad de la vigilancia. (Grita) ¡Atrapados sin salida! ¿Me oyó, veci? Afuera están poniendo comparendos. Si me multan no tengo cómo pagar. No saldré, ni más güevona que fuera… ¡Pero si este mal siempre ha existido! El virus del sinsentido! Hay quienes lo padecen y les da lo mismo, otros no lo tienen pero parece que sí, y otros, como yo, saben que lo tienen y quieren sanar… El mundo se acabó. (Se para frente a la ventana y saluda de nuevo con la mano.) ¡La ciudad se acabó! Veci, cuándo la gentecita como usted y yo salga del encierro en estas cajas de fósforos, —mamita, me vuelve loca su media sonrisa que asoma entre su dolor—, ¿quién le pregunta a la mandoncita de la alcaldesa, qué va a hacer con los polideportivos, parques, plazoletas, bibliotecas, centros comerciales, sitios de encuentro, ciclovías y rock al parque si todos tienen que guardar (con sarcasmo) el distanciamiento social? ¿Acaso ella no se da cuenta, y los demás gobernantes, de que somos sociales, comunitarios, solidarios? ¡No entienden, carajo! Entre las dos tenemos una profunda conexión… Si supiera los relámpagos que recorren mi espalda cada vez que sumercé me regala esa apretada sonrisa. ¡Están matando el amor! Y un mundo sin amor es un mundo muerto. Un segundo antes de estrellarme contra la plazoleta grabaré su sonrisa en mi eternidad, veci. (Mete la mano debajo de la camiseta y se acaricia). Le mando un besito a ver si me lo devuelve. (Hace el gesto, agita la mano entusiasmada, en señal de que ha sido correspondida.) Ahora todo el mundo se volvió epidemiólogo. Cada cual tiene sus teorías de la propagación exponencial, de la letalidad, de la reinfección, de cuanta verga. El nuevo deporte nacional es llevar la cuenta. ¡Pelotudos! (Se sienta en el borde la ventana, las piernas afuera). Tranquila veci, fresca… no voy a saltar... por ahora. Es para refrescarme un poco. ¿Le gustan mis piernas?... Y bueno, la cuestión es: ¿Salir o no salir? Allá abajo hay gente en la calle, aunque no mucha, entonces, ¿por qué no puedo salir yo? Siempre he tenido un espíritu anarquista. Cuando me preguntan digo (levanta la mano izquierda y sube la voz) ¡libertaria! No me vengan a joder con cadenas de ninguna clase. Este encierro no es más que una estrategia de dominación. Biopolítica, diría Foucault. Aprovecharon el virus, qué jodidos. Lograron someter a la humanidad con el miedo. Desembocamos en un mundo donde ya nada se explica, nada se entiende, nada es auténtico. Todo se volvió artificial, virtual, el mundo del (con sarcasmo) “haga de cuenta”. Miren cómo estamos, un rebaño dócil y sumiso (se baja de la ventana y da pasitos cortos y lanza un lamentoso balido). ¡Beeeeh! (Golpea sus palmas.) Todos a sus casitas, todos a cuidarse, para no contagiar ni dejarse contagiar, a lavarse las manitas. Mataron la felicidad. ¡Nos jodieron! Se cagaron del susto con las manifestaciones de los chalecos amarillos, de Hong Kong, de la rebelión de Chile, del 21N aquí, de Ecuador, de Bolivia… Se dieron cuenta de nuestra fuerza. Yo siempre salgo a unirme a la protesta social. Me mama la injusticia. Pero… ¿quién vuelve a una manifestación? Están prohibidas, pero cuando esto pase, si es que pasa, ¿quién sale a protestar si tu amiga, tu compañera, tu colega puede contagiarte? ¡Si estornudas en público te pueden linchar! ¡Todos somos sospechosos, parias, potenciales criminales! Por violación a medidas sanitarias o propagación de epidemias, ¡prisión de uno a cinco años! Todos a correr con solo ver al prójimo acercarse. ¡Y la mujer, la más jodida! Que ahora los machos se den cuenta lo que es el encierro. Diez mil años confinada en cuevas, granjas, casas, conventos, hospicios, cárceles, palacios, harenes, apartamentos… perseguidas como brujas, esclavas, botín de guerra, histéricas, locas, posesas, revolucionarias, sometidas…y cuando comenzábamos a encontrar nuestro sitio ¡a encerrarse! Confinamiento o-bli-ga-to-rio. ¿Qué opina de la injusticia, veci? (Se sienta en el sofá, se toma la cabeza. Llora desconsoladamente. Se abraza. Tarda en recuperarse.) Cálmate, cálmate. ¡Mis gotas! ¿Dónde están mis gotas? No me conviene exaltarme. ¿Vio veci lo que pasó? Inventaron una forma de encerrarnos en nuestros cuerpos, como si las actuales no fueran suficientes: (Recorre el apartamento gritando, se exalta de nuevo, manotea y habla rápido.) No darnos la mano, no abrazarnos, no acariciarnos, no frotarnos, no besarnos, no tirar. Puedes morir o matar si lo haces. ¡Nada! La apoteosis de la alienación total. Nadie toca a nadie. Nadie se junta con nadie. Chau entretenimiento colectivo. Ahora cada cual frente a una pantalla para ver un concierto, para asistir a un museo, para hacer el amor. ¡Todos a venirse por un chat! (Comienza a carcajearse, nerviosamente, se acaricia y simula un orgasmo, luego llora de nuevo.) ¡La virtualidad nos jodió! (Corre al baño, se escucha vomitar. Luego se oye correr agua del lavamanos. Regresa. Inhala y exhala despacio. Se sienta en posición de loto frente a la ventana.) ¿Cómo es el mantra que aprendí de la maestra de meditación?... ¡No lo recuerdo! ¿Qué pasa? Siempre lo recito cuando medito. Ahora la mente se me quedó en blanco. Es…. Es…. (Se pone de pie, furiosa.) ¡Ya! Ahora me entró la angustia. (Camina de un lado a otro). No puedo. No puedo. ¿Qué voy a hacer? Si me asomo a la ventana me lanzo. La semana pasada una anciana saltó, antes de ayer dos mujeres casadas. Cada día saltan más desde los edificios. (Mira la puerta, como descubriéndola.) Si abro la puerta… Si la abro... Si piso el umbral… (se dirige a la puerta, la abre. Se detiene.) Salgo y no regreso. Me dedico a recorrer las calles que no conozco de esta ciudad, que son casi todas... Esta ciudad es putamente grande y desconocida y llena de sorpresas. Hay barrios llenos de callecitas lindas con tienditas, panaderías que a toda hora huelen a pan caliente, misceláneas, viejas tipografías, tallercitos donde le reparan a uno el secador de pelo o la licuadora, escuelas de baile, barecitos discretos para encuentros chéveres, como los que me gustan, salones de belleza, spas de uñas, garajes con boutiques de diseñadora, mercaditos con fruta y verdura fresca, hasta las ferreterías de barrio me parecen simpáticas. (Se detiene a reflexionar) ¿Y a qué salgo si todo está cerrado? Desde aquí la ciudad parece un primero de enero. ¡Qué tristeza! ¿Así para qué ciudad? Mejor me voy al campo. La soledad del campo es distinta. Además el aire es limpio, aunque reconozco que estos días el aire es más puro. ¡Incluso se ven los nevados! Me gusta filosofar cuando voy en el transmi en medio del bullicio. En cambio los filósofos pasean por el campo para aclarar sus pensamientos, como Kant y Heidegger en los bosques alemanes. Pero no soy filósofa. Bueno, algo que podría hacer es salir y extasiarme con los antejardines de las casas donde hay flores: girasoles, malvarrosas, cayenas, pichones, veraneras, guineas… Sería el equivalente a caminar por el bosque. Eso me podría inspirar... (Se queda reflexiva, cierra la puerta y regresa al sofá. Cierra los ojos. Luego abre el cuaderno de notas y comienza a escribir frenéticamente. Después se dirige a la ventana y agita la mano.) ¡Veci, veci! ¿Puedo leerle lo que estoy escribiendo? ¿Veci?... (Se asoma al vacío y lanza un grito desgarrador). ¡Aaaaaaagh! (Señala al frente, llena de ira, un dedo acusador).

 

 

 

 

Distanciamiento

Un fantasma recorre las calles del alma
Fantasma amargo llamado desconfianza
Aléjate que me alejo
No me abraces
No respires mi aire
Que tus ojos no rocen los dedos de mi miedo.

¿De qué maldición sembraron el vergel de la esperanza?
¿Cuál el himno que baten las campanas de la dominación?

Yo solo vine a ver el jardín
Espiarlo por encima del muro que levantaron una noche
Saciarme de fulgores:
alcatraces, begonias, catleyas y durantas
Antes de tornar al confinamiento obligatorio.

¡Solo vinimos a ver el jardín!
Apiñados todos
Libertarios
Hombro a hombro
Codo a codo
Rostro a rostro

¿Adónde me llevan?
¿Qué delito cometí?

Yo solo vine a ver el jardín.

Philip Potdevin
5 de mayo 2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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