Lunes, 17 Febrero 2020 17:11

Lo que Donald Trump permite...

Escrito por Serge Halimi
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En enero, el impeachment contra Donald Trump ingresó al Senado. En febrero, comienzan las primarias demócratas. En noviembre, serán las elecciones presidenciales. Durante todo este 2020 los medios de comunicación jugarán sus cartas. Pero los auténticos problemas de la democracia estadounidense no están en la Casa Blanca.

 

Desde que Donald Trump se instaló en la Casa Blanca, la personalización de la política estadounidense alcanzó su punto máximo. Sus declaraciones, sus tweets, sus fabulaciones, su egocentrismo obsesionan al país –y lo agotan–. Pero los medios de comunicación se frotan las manos ante un producto tan atractivo. Como resultado, sólo se habla de él en todo el mundo. La única ambición de los republicanos es coronar a un campeón con autoridad indiscutible en su campo. Los demócratas debaten cómo “desbancar” lo antes posible a un Presidente tan amenazador. Sin embargo, como su destitución es muy improbable, esperan que las primarias les permitan encontrar a un rival que podría hacerle morder el polvo el próximo noviembre.

“Si nos conformamos con deshacernos de él –señala la ensayista de izquierda Naomi Klein–, volveremos a la situación anterior, que era tan mala que le permitió triunfar”. En sus palabras: más vale tratar la causa que combatir el síntoma. Andrew Yang, uno de los doce precandidatos demócratas para las elecciones de noviembre, piensa lo mismo: “Los medios de comunicación realmente no nos ayudan cuando ocultan la razón por la cual Donald Trump se convirtió en Presidente. Mirando un canal de noticias, se llega a pensar que lo que explicaría ese resultado es una mezcla de Rusia, racismo, Facebook, Hillary Clinton y sus e-mails. Pero los estadounidenses saben que eso no es cierto. Hemos perdido 4 millones de empleos industriales, principalmente en Ohio, Michigan, Pensilvania, Wisconsin, Missouri [Estados del Medio Oeste donde el actual Presidente ganó en 2016, a veces por un estrecho margen y para sorpresa general]. Cuanto más actuamos como si Trump fuera la causa de todos nuestros problemas, más dudan los estadounidenses de nuestra capacidad de percibir y resolver sus problemas diarios” (1).


Para el ala centrista del Partido Demócrata, encarnada principalmente por Joseph Biden, reemplazar al Presidente sin revisar las condiciones que permitieron su triunfo presenta, sin embargo, un interés obvio: el de limpiar el nombre de aquellos que no supieron luchar contra él cuando tenían los medios para hacerlo, es decir Hillary Clinton, Barack Obama… y su ex vicepresidente. Pero entonces se corre el riesgo de producir un nuevo Trump, potencialmente más peligroso porque sería más hábil, menos propenso a ganarse con fanfarronadas la antipatía de sectores enteros del electorado, menos incorregiblemente narcisista, menos ignorante de las relaciones de fuerza internacionales. Y, en consecuencia, más capaz de encontrar aliados dentro y fuera del país al servicio de una política similar, cuyos efectos destructivos se verían potenciados.


Recordemos que en noviembre de 2008 la mayoría de los estadounidenses estaban felices y orgullosos. Acababan de traer a la Casa Blanca a un joven senador afroamericano que prometía “esperanza” y “cambio”. Su elección dejó atónito al Partido Republicano, al que muchos consideran reaccionario, intolerante, al servicio de los ricos, militarista y tanto más temible porque no le falta apoyo entre las poblaciones más pobres (2). La esperanza se disipará con rapidez, el cambio será modesto; y sabemos quién sucederá a Obama.


Trump, que quería distinguirse de su predecesor, al que detesta, no anduvo con rodeos frente a sus adversarios. En el proceso, trivializó una serie de conductas que estaban bastante bien documentadas como para no requerir detalles: vulgaridad, rapacidad, comentarios racistas y sexistas, exaltación de la violencia, mentira generalizada. Al mismo tiempo, en el campo demócrata se propagaron actitudes preocupantes. Y su lista es igual de larga: cuestionamiento del voto popular cuando no produce el resultado que conviene; una mirada acrítica y beatífica sobre la historia de Estados Unidos hasta ese maldito día en que la elección de Trump lo echó todo a perder; glorificación de las alianzas militares occidentales que de repente se volvieron “progresistas” solo porque el actual Presidente proclamó “America First”; heroicidad de las agencias de inteligencia porque abochornaron a la Casa Blanca filtrando información (y conversaciones telefónicas) en la prensa, comprometiendo así al Presidente; por último, celebración de los grandes medios de comunicación privados, intocables desde que Trump se desatara contra ellos pretendiendo que su actividad se reduce a producir “fake news”.


En noviembre de 2016, el 22% de los blancos sin estudios que habían votado por Obama en las elecciones presidenciales de 2008 y 2012 se pasaron al bando republicano (3). Como los partidarios de Clinton difícilmente podían acusar de racismo a los electores que habían plebiscitado dos veces seguidas a un candidato afroamericano, explicaron su deserción por su sexismo, o por la cobardía de gente inculta fácilmente manipulable por noticias falsas de origen ruso. No les preocupó mucho la idea de que las destructivas políticas de libre comercio implementadas por los demócratas y su encierro en una burbuja sociológica de citadinos diplomados y despreciativos podrían haber jugado un rol no menos importante en este cambio de rumbo.


Un país muy inocente


Esta miopía social no es sólo electoral. Cuando los primeros episodios de la serie Roseanne, cuyos protagonistas eran obreros, empleados, campesinos en lugar de diseñadores gráficos, periodistas o profesores de lenguaje inclusivo tuvieron un enorme éxito de audiencia, la presidenta del canal American Broadcasting Company (ABC) confesó su perplejidad: “Hasta ahora, habíamos consagrado mucho tiempo a preocuparnos por la diversidad en términos de color, religión, género. Pero no habíamos pensado lo suficiente en la diversidad económica. El éxito de Roseanne nos recuerda que hay muchas personas que no se ven en la televisión muy a menudo” (4). Así, fue necesario que Trump ganara, aprovechando el resentimiento popular contra las élites intelectuales, para que productores y guionistas salieran de su letargo creativo.


Pero esa clase de lucidez sólo dura un tiempo. Es más común que las clases medias altas urbanas y educadas que votan por los demócratas, en especial en Nueva York y California, argumenten que se desinteresan de la gente blanca pobre y sin educación porque apoyan a Trump. Sin embargo, al presunto campeón de este grupo social este grupo le preocupa tan poco como a ellos. Al menos en este punto imita el comportamiento de su predecesor: Obama se proclamó solidario con el proletariado afroamericano, lo adormeció con símbolos y palabras bonitas, pero nunca combatió un orden económico que lo aplasta.


En un esfuerzo por “desalojar a Trump”, millones de estadounidenses se conformarían con cualquiera –y con cualquier cosa– para lograr su objetivo. Si Trump defiende a alguien, ellos se convierten en fiscales [acusadores]; si combate algo, ellos son sus abogados [defensores]. La prueba de esto ya se tuvo el 5 de febrero de 2017, apenas quince días después de ocupar la Casa Blanca. En Fox News, el presentador ultraconservador Bill O’Reilly interpeló al nuevo Presidente, acusándolo de no condenar a Vladimir Putin, “un asesino”, según él. Trump respondió, imperturbable: “Hay muchos asesinos. Nosotros mismos tenemos muchos asesinos. ¿Qué cree usted? ¿Que nuestro país es tan inocente?”


De inmediato, la senadora demócrata Amy Klobuchar, actual precandidata en las primarias de su partido, se indignó porque el Presidente de Estados Unidos se atrevió a comparar a la malvada Rusia con su virtuoso país. Y The New York Times que, junto con las cadenas Cable News Network (CNN) y MSNBC sirve de portavoz militante a la fracción centrista del Partido Demócrata, proclamó su espanto en un editorial de ampuloso patriotismo: “Afirmar la superioridad moral y política de Estados Unidos sobre Rusia no era hasta hoy una operación delicada para los presidentes estadounidenses. Pero Trump, en lugar de recordar el excepcionalismo estadounidense, pareció apreciar la brutalidad de Putin, y sugirió que Estados Unidos se comportaba de la misma manera” (5). La analogía indignó tanto a Nancy Pelosi, la actual presidenta demócrata de la Cámara de Representantes, que de inmediato pidió al Federal Bureau of Investigation (FBI) que investigara las finanzas del nuevo Presidente para asegurarse de que el gobierno ruso no lo chantajeaba. Hoy, esta muy inteligente mujer repite una y otra vez: “Con Trump, todos los caminos conducen a Putin”.


Aunque no queda mucho del “Rusiagate” desde que el fiscal Robert Mueller presentó su informe la primavera pasada, la (infructuosa) persecución del agente del enemigo emboscado en el Salón Oval ha obsesionado a los demócratas –y a los medios de comunicación– durante los dos primeros años de esta Presidencia (6). Afianzó un clima de paranoia que indirectamente permitió que el presupuesto militar estadounidense (738.000 millones de dólares) siguiera aumentando, gracias al apoyo de una abrumadora mayoría de parlamentarios de ambos partidos (siendo el senador Bernie Sanders una de las raras excepciones). Y la idea de una “democracia estadounidense atacada por Vladimir Putin” –un paquete a menudo comparado con el ataque del Japón imperial a Pearl Harbor en 1941– se ha convertido en religión oficial para la mayoría de los adversarios de Trump. Pero la democracia estadounidense tendría muchos problemas más serios que algunas cuentas falsas de Facebook con un impacto insignificante: en 2016 el actual Presidente triunfó con 3 millones de votos menos que su rival, y este año uno de sus competidores declarados es otro multimillonario neoyorquino, incluso más rico que él: Michael Bloomberg.


El ala moderada del Partido Demócrata y sus apoyos mediáticos han respaldado su cruzada antirrusa con los elementos más militaristas y securitarios de la sociedad. Como señala con bastante regularidad el periodista Glenn Greenwald, a quien le debemos –junto con Edward Snowden, Chelsea Manning y Julian Assange– una mejor comprensión del amplio alcance del espionaje estadounidense, “es casi imposible ver Msnbc o CNN sin ser importunado por ex generales o agentes de la CIA [Central Intelligence Agency] o del FBI, que ahora trabajan allí como comentaristas contratados o incluso reporteros” (7). Los demócratas moderados ya no tienen ningún escrúpulo en alabar a los servicios de inteligencia que, sin embargo, se han destacado por asesinar a opositores políticos y organizar golpes de Estado en el exterior. Ven en ellos islotes de “resistencia” contra un presidente autocrático. Además, ¿no fue un analista de la CIA quien, en agosto pasado, filtró su conversación telefónica con un jefe de Estado extranjero, en este caso el Presidente ucraniano? Sometido a un proceso de destitución, Trump tiene varias razones para combatir los intentos de desestabilización política orquestados por el “Estado profundo”. Pero, ¿debemos alegrarnos por ello, o más bien preocuparnos de que no se preserve otro Presidente que no sea él? (8).


No contentos con inculcar a sus partidarios el amor por los servicios de inteligencia, los líderes del Partido Demócrata siguen alabando a los ex presidentes republicanos para remarcar el contraste entre ellos y su extraño sucesor. Así, Biden le entregó una medalla a la pareja Bush celebrando su compromiso con los ex combatientes –o por lo menos con aquellos que, imaginemos, regresaban vivos de las guerras en Irak y Afganistán–. Por su parte, Michelle Obama proclamó que enloquecía por George W. Bush, “un hombre maravilloso” (“Today”, NBC, 11-10-18). El término “Trumpwashing” se ha generalizado desde entonces para referirse a la glorificación que la izquierda hace de los elementos más despreciables de la derecha estadounidense, dado que un día criticaron a Trump o que Trump los fulminó. Incluso la memoria de Ronald Reagan se beneficia de esta disposición demócrata a embellecer el pasado, lo cual es tanto más paradójico cuanto que la política exterior estadounidense de los últimos tres años ha sido, hasta ahora, bastante menos mortífera que la de décadas anteriores.


Dos opciones opuestas


Sin embargo, una estrategia de retirada internacional sería popular en un país donde, desde el 11 de septiembre de 2001, la “lucha por la democracia” ha justificado la intervención o el mantenimiento en servicio de 240.000 soldados en 172 países y territorios –con, lo hemos visto, un presupuesto militar anual superior a los 700.000 millones de dólares–. El hecho de que el asesinato del general iraní Qassem Soleimani, aunque ejecutado sin contratiempos, no beneficiara a Trump confirma a su manera la desafección de los estadounidenses por las “guerras sin fin”. Pero con demasiada frecuencia los candidatos demócratas se presentan como los restauradores de un orden mundial, comercial y estratégico interrumpido durante tres años. Biden, en particular, defiende los tratados de libre comercio, quiere mantener un contingente estadounidense en Irak y glorifica a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan). Y en un resonante artículo, del tipo de los que se leían en el apogeo de la Guerra Fría, hizo un llamado a una política frontal de oposición a Rusia para “defender la democracia contra sus enemigos” (9).


¿Por qué no ir más lejos? Un editorialista de The New York Times, cercano a la derecha israelí y ardiente partidario de todas las intervenciones militares de Estados Unidos –incluyendo aquellas a las que finalmente había renunciado– propuso que los demócratas compensen las fallas de la Casa Blanca y se conviertan en el partido del imperio. Cultivando un poco la paradoja, argumentó que la política de “retiro” e “ingenuidad” de Trump, particularmente en el Medio y Lejano Oriente, abría la posibilidad de que sus adversarios políticos se convirtieran en los únicos profetas de la “Pax Americana” contra Siria, Rusia y la temida Corea del Norte (10).


La fracción progresista del Partido Demócrata no tiene la intención de desempeñar ese rol. Elizabeth Warren, al igual que Sanders, propone retirar todas las tropas estadounidenses de Medio Oriente y Afganistán. Y lejos de oponerse sistemáticamente a Trump, el senador Sanders acogió con agrado su encuentro de hace un año con el presidente norcoreano Kim Jong-un: “Si Trump logra librar a ese país de sus armas nucleares, será algo muy bueno, y le deseo buena suerte” (CNN, 25-2-19). Unos meses después, consciente de que la vehemencia sistemática de su oposición al Presidente republicano permitía a los amigos de Biden ocultar su rechazo a las transformaciones estructurales que reclama la sociedad estadounidense, añadía: “Si pasamos todo nuestro tiempo atacando a Trump, los demócratas perderán” (11).


La cuestión que se les plantea hoy es más bien saber lo que pueden ganar. Los candidatos centristas justifican la moderación de sus propuestas por el deseo de no asustar a los votantes que quieren poner fin a las excentricidades de Trump, pero no hasta el punto de dar vuelta las cosas. El statu quo les parece tanto más aceptable cuanto que no creen que los resultados económicos y los precios de las acciones aboguen por un cambio de rumbo. Por lo contrario, Sanders y en menor medida Warren creen que la detestación del actual presidente puede permitirles, si ganan las primarias, llevar propuestas radicales a los estratos sociales que normalmente las rechazarían. Al mismo tiempo, esperan que otros votantes, desmovilizados porque ya no creen en la política, puedan reencontrar el camino a las urnas si se les ofrece la perspectiva de un cambio real (medicina socializada, duplicación del salario mínimo, revolución ecológica), y no sólo un Presidente que restauraría el país de hace tres años. La elección entre estas dos opciones demócratas es al menos tan importante como las elecciones del próximo 3 de noviembre.

 

1. Debate demócrata en Los Angeles, 19-12-19.
2. Serge Halimi, “El pueblo humilde que vota Bush”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, octubre de 2004.
3. Sabrina Tavernise y Robert Gebeloff, “They voted for Obama, then went for Trump. Can Democrats win them back?”, The New York Times, 4-5-18.
4. John Koblin y Michael M. Grynbaum, “Roseanne” rebbot sprang from ABC’s heartland strategy aftert Trump’s victory”, The New York Times, 29-3-18.
5. “Blaming America first”, The New York Times, 7-2-17.
6. Aaron Maté, “Rusiagate, un regalo demócrata para Trump”, y Serge Halimi y Pierre Rimbert, “Chernobyl mediático”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, mayo de 2019.
7. Glenn Greenwald, “The Inspector General’s report on 2016 FBI spying reveals a scandal of historic magnitude: not only for the FBI but also the US media”, The Intercept, 12-12-19, https://theintercept.com
8. Michael Glennon, “La nueva excepción estadounidense”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2018.
9. Joseph R. Biden, Jr. y Michael Carpenter, “How to stand up to the Kremlin. Defending democracy against its enemies”, Foreign Affairs, Nueva York, enero-febrero de 2018.
10. Bret Stephens, “Will Democrats become born-again neocons?”, The New York Times, 24-11-19.
11. “Town Hall”, Fox News, 15-4-19.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Teresa Garufi

Información adicional

  • Autor:Serge Halimi
  • Edición:Nº196
  • Fecha:Febrero 2020
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