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Domingo, 22 Marzo 2020 11:04

El viaje

Escrito por Omar René Arias
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Laurita Mazapan, “Respira azul clarito”Laurita Mazapan, “Respira azul clarito”

No dejes de respirar, Héctor, no cierres los ojos. Éramos niños en ese entonces. Nunca habíamos salido de la ciudad. El viaje era para nosotros una experiencia nueva. Recuerda a la vieja… ¡tan bonita! Ella se encargó de empacar. Las condiciones económicas no permitían llevar mucho equipaje. Un pantalón largo, dos cortos, tres camisas, la pantaloneta de baño y la ropa interior. También los tenis remendados que usábamos para jugar fútbol. Todo cabía en el maletín azul. Recuerda, Héctor, y no dejes de respirar.

Abordamos el bus de las seis de la tarde y viajamos toda la noche. Recuerda, Héctor. El ruido del motor nos desvelaba. Jamás habíamos visto una noche tan oscura. Las estrellas nos escoltaron gran parte del camino. Nunca en la ciudad habíamos visto tantas y tan brillantes. Atravesamos muchos pueblos, casi todos sin nombre. Éramos niños en ese entonces, ¿cómo podríamos imaginar que la gente vivía en sitios sin nombre a la orilla de la carretera? Haz memoria, Héctor. “¿Cómo se llama este pueblo, mamá?”. “Se llama Gigante”. Aquel nombre nos causó curiosidad. “¿Y por qué se llama así, mamá?”. “Porque encontraron los huesos de un animal enorme que vivió hace mucho tiempo”. No pegamos los ojos el resto del viaje tratando de reconstruir la figura del animal. Lo imaginamos de mil formas posibles. “¿Y por qué desapareció ese animal, mamá?”. “No lo sé, mijo. Todos vamos a desaparecer algún día”. Por primera vez pensamos en la muerte. Deseábamos que el enorme animal viviera y estuviera en alguna parte. “¿Qué siente la gente cuando muere, mamá?”. “No es tiempo para pensar en eso”. No pienses en eso, Héctor, no dejes de respirar.

Llegamos a Florencia pasadas las ocho de la mañana. Estábamos cansados y teníamos hambre. Hacía calor y sudábamos. Recuerda. Aquel calor húmedo nos alteraba el genio. Descargamos las maletas y tomamos un taxi. “¿Dónde vive mi tía Alicia, mamá?”. “Acá cerca. En un barrio del centro”. La tía era una mujer morena con un carácter fuerte. En aquel tiempo rondaba los cuarenta años. Recuerda su voz, Héctor. Era grave pero pausada, tenía la musicalidad propia de la gente de tierra caliente. Recuerda, Héctor. La tía y la vieja se abrazaron fuertemente. Hacía mucho tiempo que no se veían. “Salude a su tía, mijo”. Éramos niños en ese entonces y nuestros brazos no alcanzaban a cubrir las dimensiones de aquel cuerpo de matrona. Era la primera vez que estábamos allí. La casa era grande y de un solo piso. Los corredores oscuros generaban una rara sensación de estrechez. Sentíamos que nos faltaba el aire. En vez de casa, aquel lugar parecía un laberinto. Mantén los ojos abiertos y no dejes de respirar.

Los primos salieron a saludarnos y nos sentimos extraños. Todos tenían el mismo tono pálido en su piel. Éramos entonces unos niños y nos resultaba imposible aprender sus nombres. Eran cinco. Tres mujeres y dos hombres. Ninguno superaba los doce años. Trata de recordar, Héctor, haz memoria. ¿Cuáles eran los nombres de los primos? ¡Nelson! Uno de ellos se llamaba Nelson. Tenía nuestra edad. Era un poco más alto que nosotros pero más flaco. Como una ráfaga de metralleta, Nelson tartamudeaba al hablar. Era ágil y siempre parecía sonreír. Nos costó mucho trabajo desprendernos de la mano de la vieja. “Vaya y juegue con sus primos, no sea tontico”.

Fue difícil adaptarnos al nuevo ambiente. Recuerda. Todo era diferente. El calor y la humedad hacían el aire más pesado. Las cosas tenían brillo y una textura especial. El espacio parecía distendido y el ritmo de vida de la gente transcurría lentamente. De a poco fuimos ganando la confianza de los primos. Eran niños en ese entonces, como nosotros.

Recuerda, Héctor, el paseo de olla el día de Navidad. En la víspera la tía se encargó de los preparativos. De madrugada, todos nos levantamos de las camas al escuchar los chillidos del marrano que estaba siendo sacrificado en el patio. Jamás habíamos sentido la muerte tan cerca. El olor de la sangre caliente impregnaba las habitaciones. Los primos entraban y salían con más frecuencia de la acostumbrada. Otras mujeres ingresaban a la casa para obtener un trozo del animal destazado. La tía lavaba las vísceras y adobaba con sal, ajo y cebolla grandes porciones de carne. La vieja ayudaba con lo que podía. Una sensación de abundancia infinita nos invadía. Como nunca antes, la comida parecía brotar a borbotones. “¿De dónde sale tanta comida, mamá?”. “Su tía es generosa, mijo. Y cada quien recibe lo que da”. Respira, Héctor, respira.

Al día siguiente, salimos muy temprano a un sitio llamado Charco azul. Recuerda, Héctor. Un camión que transportaba ganado fue el encargado de recoger, casa por casa, el más de medio centenar de personas que conformaba aquella familia extendida. Ese día nos relacionamos con tíos y primos segundos que luego no volvimos a ver. Fue maravillosa la sensación de pertenecer a una familia, especialmente en Navidad. “¿Por qué nunca los habíamos conocido, mamá?”. “Yo salí muy joven de la casa y perdí el contacto con ellos. Sólo me comunicaba con su tía Alicia y su abuelita”. Respira, Héctor, ya falta poco.

Charco azul era un río de mediano caudal y aguas cristalinas. Éramos niños en ese entonces y nuestro primer impulso fue sumergirnos en aquella corriente magnífica que sólo habíamos imaginado en sueños. “¿Me puedo meter al río, mamá?”. La tía Alicia fue la encargada de alertar a la vieja. “¿El niño sabe nadar?”. “No. Esta es la primera vez que viene a un lugar como este”. “Entonces es mejor que no lo deje bañar sólo. El agua es traicionera”. No dejes de respirar, Héctor. Sentados en la orilla veíamos a las mujeres encargadas de prender el fuego y montar la olla para el sancocho. Un ejército de niños felices se lanzaba desde lo alto de una piedra en uno de los pozos de agua que daban nombre al lugar. Sentíamos envidia al no poder disfrutar de ese momento con los primos. Nelson parecía ser el más contento de todos.

No cierres los ojos, Héctor, no dejes de respirar. Aprovechamos la hora del almuerzo para escabullirnos. Mientras todos estaban distraídos atravesamos el río y nos dirigimos a la piedra. El azul profundo del pozo ejercía sobre nosotros una rara atracción. Éramos niños en ese entonces y pesaban más los deseos de experimentar que las advertencias de la vieja. Nos hicimos ligeros y de repente todo se tornó azul. Recuerda. Era como retornar al vientre de la vieja. El agua era tibia y el mundo era un lugar tranquilo. Pero tocamos el fondo y no pudimos salir. Los intentos de impulsarnos a la superficie fueron vanos, pudo más la fuerza del agua que nos mantenía sumergidos. No dejes de respirar, Héctor, y mantén los ojos abiertos. Estábamos tranquilos porque pensábamos en la vieja. Ella se habrá dado cuenta que huimos y vendrá a sacarnos. La vieja nos salva, Héctor. Ella siempre nos saca de líos desde aquel día triste que empacamos maletas y dejamos a papá. “¿Dónde estás, mamá? ¿Por qué no vienes a ayudarnos?”. Haz memoria, Héctor. La pobre vieja murió hace más de veinte años. Éramos adultos en ese entonces y sólo la tía Alicia nos acompañó en el entierro. “¿Qué es la muerte, mamá?”. “La muerte es como un viaje, Héctor. Es viajar más allá de las estrellas”. “¿Qué siente la gente cuando muere, mamá?”. “La gente hace memoria, mijo. Recuerda a las personas que amó y los sitios donde se sintió amado”. Cierra los ojos, Héctor, ya falta poco. “¿Por qué morimos, mamá?”. “No lo sé, mijo. Todos vamos a desaparecer algún día”. Y este fue el día destinado para nosotros, en una habitación cualquiera, lejos de la familia y los amigos. Tú y yo Héctor, solos en una noche oscura y sin estrellas. Queremos llorar y nuestros gritos se ahogan mucho antes de salir de la garganta. Como el marrano destazado por el cuchillo de la tía en la víspera de Navidad, no habrá compasión para nosotros, nadie vendrá a salvarnos. Tampoco la vieja. Cierra los ojos, Héctor y deja ya de respirar.

 


 

 

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Visto 836 vecesModificado por última vez en Miércoles, 25 Marzo 2020 11:19

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