Domingo, 22 Marzo 2020 11:18

El ciclismo: ¿La rueda suelta de nuestro ser nacional?

Escrito por Gonzalo Medina Pérez*
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Así como las múltiples guerras y violencias padecidas por Colombia a lo largo de su vida republicana se explican en parte por la ausencia de un proyecto fuerte de Estado-Nación, también nos atrevemos a caracterizar la coyuntura del 9 de abril de 1948 –día del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán–, como un momento decisivo que, quiérase o no, trazó la vinculación del deporte con esa anhelada búsqueda de nuestra identidad nacional.

Precisamente, dos de los deportes más populares de Colombia, como son el fútbol y el ciclismo, comenzaron a practicarse de manera organizada en el país en medio de la confrontación partidista generalizada entre las bases liberales y conservadoras que se prolongó hasta finales de los años cincuenta del siglo XX, cuando sus principales líderes acordaron en España el Frente Nacional que regiría en el país desde 1958 hasta 1974.

Si bien desde comienzos del siglo XX el fútbol se practicaba en algunas ciudades por iniciativa de ciudadanos nacionales y/o extranjeros, solo a finales de los años cuarenta –y como recurso para tratar de apaciguar el exacerbado clima de confrontación violenta, en campos y ciudades, del régimen presidido por el conservador Mariano Ospina Pérez–; una Colombia más rural que urbana vio coronarse como primer campeón de fútbol al equipo bogotano Independiente Santafé, algunos de cuyos jugadores eran argentinos. El nombre de Alfonso Senior sobresale entre quienes hicieron de este deporte una actividad profesional organizada.

Y por parte del ciclismo, fue la pomposa expresión “Vuelta a Colombia” la que encarnó la quijotada de algunos periodistas de El Tiempo y de otros ciudadanos que le presentaron su idea al jefe de redacción de este diario, Enrique Santos Castillo, con el objetivo de que este medio liderara y materializara este proyecto: Efraín Forero Triviño –coautor de la iniciativa– se convirtió en el primer campeón del tour nacional que partió de Bogotá, de la Avenida Jiménez con carrera 7 –donde quedaba entonces el diario El Tiempo– el 5 de enero de 1951 con 35 participantes, quienes recorrieron 1.254 kilómetros durante 10 etapas.

En medio de la variada y accidentada geografía colombiana –con sus llanuras, selvas, costas, nevados– surge la imponencia de la montaña como el escenario que marcaría la identidad de nuestro ciclismo, porque fueron los reyes de las montañas –en alusión al título del excelente libro escrito por el inglés Matt Rendell sobre la historia del ciclismo colombiano–, quienes sentaron las bases del deporte de mayor arraigo socio-cultural en nuestro país y, al mismo tiempo, del que mayores reconocimientos y títulos nos ha brindado: sobre todo cuando ha representado a un país desangrado históricamente en guerras interminables y con un régimen político liberal-conservador excluyente, además del lastre internacional que hemos arrastrado como consecuencia de nuestras más disímiles prácticas delincuenciales, siendo el narcotráfico la que ha tenido mayor pervivencia y unas implicaciones que sin excepción atraviesan las dinámicas económicas, políticas, sociales, culturales e institucionales.

Y ha sido tal el impacto del narcotráfico a todos los niveles de nuestra realidad, que ni el mismo ciclismo pudo escapar a la máquina de dinero y de muerte y de corrupción de que es capaz el imparable negocio: en los años 80 del siglo XX –y como resultado de la presencia de empresas patrocinadoras de corredores que, en realidad eran nombres que disimulaban el lavado de dinero, fue así como asistimos a los asesinatos de pedalistas de las calidades del antioqueño Gonzalo *Chalo* Marín y del santandereano Alfonso Flórez Ortiz, quien hacía poco había ganado el Tour de L´Avenir en Francia y la Vuelta a Colombia, versión de 1981.

Pero sin perder de vista ese entorno cómplice del origen de nuestro ciclismo nacional, podría afirmarse que esa elevación majestuosa, silente y cruel que se constituye en marca definitiva de nuestra identidad geográfica, social y cultural y que se extiende a lo largo de buena parte del territorio nacional, ha desafiado la imaginación de los campesinos del altiplano cundi-boyacense y de departamentos como Antioquia, Quindío y Risaralda: la bicicleta irrumpió allí como medio de transporte, de trabajo y también de diversión y de competencia, prácticas que han propiciado la irrupción de miles de adolescentes y jóvenes que, de un momento a otro, se convirtieron en protagonistas de la mayor gesta deportiva que haya tenido y vivido Colombia en el panorama mundial.

 

El pasado que reclama volver

 

Pensar el papel civilizador del deporte en la sociedad, mucho más en una sociedad polarizada como es la colombiana, obliga a mirar atrás y remitirnos a la historia de la humanidad y al caso específico de Roma y Grecia, referentes obligados que nos muestran concepciones diversas sobre el deporte y su relación con el ciudadano y con su formación integral.

Lucha, sangre, sudor, códigos, muerte y persecución, son algunos de los personajes que realzan el papel del protagonista de la historia milenaria que atraviesa relatos clásicos sobre el deporte, caso de Homero en La Ilíada y del Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, libro de los Mayas. Hablamos de esa práctica que a su vez ha recorrido múltiples concepciones, desde aquellas de tono literal hasta las que coqueteaban más con la inspiración propia de la poesía.

En la sociedad romana, por ejemplo, el deporte era protagonizado por los gladiadores y tenía un equivalente más de sabor guerrero. Los luchadores se enfrentaban a muerte –en sentido físico–, razón por la cual quien triunfara sobre su rival y lo lanzara a la arena del circo –de allí lo que conocemos como ‘hacerle morder al rival el polvo de la derrota’–, descargaba su pie sobre el pecho del vencido y les preguntaba a los presentes si querían que lo matara o que le perdonara la vida. La forma de respuesta a la primera opción era tan silenciosa como contundente: el pulgar inclinado hacia abajo. Sin atenuantes.

La cultura griega también tenía sus prácticas con gladiadores, aunque estas eran protagonizadas por ciudadanos, distintas a las de los romanos, estos de origen esclavo. Mientras que los triunfadores recibían al final del combate la corona de laurel, los segundos eran premiados con bienes materiales.

Refiriéndose al papel del deporte en la civilización griega, el francés Charles Andler asevera que una de las principales razones de la admirable civilización helénica, es el vivo espíritu de rivalidad que estimulaba a sus ciudadanos:


“El terrible odio de las ciudades entre sí, la división de la ciudad en clase y facciones, el antagonismo idealizado en los torneos de atletismo y en la poesía, crean la cultura más fuerte, a la vez que más sutil. La necesidad de estar dispuestos constantemente para la lucha definitiva y vital, templa una humanidad de una rara integridad física, sobria, bien adiestrada, enérgica y musculosa, preparada enteramente para la acción”1.

 

En la sociedad griega se produce el feliz encuentro del deporte con la educación, representada esta última en la gimnasia y la música. Platón se pronunció frente a una y otra actividad:

 

“Así, no es para cultivar el alma y el cuerpo (pues si este último saca alguna ventaja, no es más que indirectamente), sino para cultivar el alma sola y perfeccionar en ella el valor y la sabiduría, ya que los dioses han hecho presente a los hombres de la música y la gimnasia; es para que convivan tensándolos y relajándolos según convenga, y en un justo grado”2.

 

El niño, por ejemplo, iba a la escuela entre los siete y los catorce años; el gramático se encargaba de enseñarle a leer y a escribir; el citarista lo formaba en el canto y la música, aunque no pretendiendo convertirlo en un virtuoso sino para estimular su sentido de la medida y de la armonía. Y en la palestra –alusivo a lucha–, los adolescentes eran entrenados en las competiciones deportivas y en la agonística, la cual comprendía especialidades como el atletismo y la lucha. Vale la pena precisar que la palabra agonística es la que más se parece a nuestra expresión deporte.

Gillet señala cómo el genio de Agón era quien iluminaba las competiciones, por lo cual el sentido que se deriva de los vocablos de la misma raíz contribuye a evocar la acritud de los combates. Agrega este autor que en la sociedad griega existían formas de lucha que se basaban en el honor: caso de la lucha en pie, durante la cual había que derribar al adversario o si no obligarlo a tocar la tierra con la rodilla; estaba también la lucha en el suelo, en la que al rival había que forzarlo a declararse vencido. Al reunir cinco pruebas en una sola competición, los griegos le dieron vida al pentatlón, modalidad deportiva de especial significado histórico y acerca de la cual Aristóteles sentenció que “los pentatlones son los más perfectos de todos los atletas, porque la naturaleza los ha dotado de fuerza, rapidez, habilidad y valor”3.

 

La montaña que acerca

 

Nombres como los de Ramón Hoyos Vallejo y Martín Emilio *Cochise* Rodríguez –para solo mencionar dos de los grandes campeones de nuestro ciclismo en el siglo XX–, tienen el común denominador en el que su relación con la bicicleta surgió de la necesidad de sobrevivir frente a las carencias familiares:

*Don Ramón de Marinilla* –como bautizó a Hoyos Vallejo el narrador Carlos Arturo Rueda C.–, le contó en entrevista al autor de este artículo que, a finales de los años cuarenta del siglo XX, y estando en Medellín, “me coloqué de ciclista en el granero ‘El centavo menos’ […], luego trabajé en la carnicería ‘La Arteria’ […] y como yo era el mensajero más rápido, cuando Medellín era un pueblo, una ciudad más pequeña, me llamaron de ‘La Bandera Blanca’; me pagaban un peso más a la semana y me fui para allá a ganarme cinco pesos semanales”4.

Cuatro años después, Ramón Hoyos Vallejo saltó a la escena nacional del ciclismo cuando ganó las vueltas a Colombia de 1953, 1954, 1955, 1956. Y dos años después –1958–, alcanzó su quinto título. La Vuelta a Colombia de esa década y siguientes, se constituyó en el campo de expresión y disputa de lo regional a través de ciclistas que representaban los departamentos cuya geografía estaba trazada por la montaña, como resultado de lo cual la figura del escalador comenzó a darle carta de identidad a este deporte, misma que después sería refrendada en carreras internacionales, tendencia que, a la fecha, se consolida con lujo de detalles cuando corredores como Lucho Herrera, Nairo Quintana y Egan Bernal se dieron el lujo de ganar las competencias emblemáticas del ciclismo mundial: Vuelta a España, Giro de Italia y Tour de Francia.

El periodismo y la literatura darían cuenta después de lo que en su momento fue el encuentro inopinado de dos referentes nacionales del ser colombiano: el pentacampeón Ramón Hoyos Vallejo y nuestro Nobel Gabriel García Márquez. El entonces reportero del diario El Espectador, fue enviado a Medellín para cubrir la llamada tragedia de Media Luna –1954-– nombre derivado del sitio localizado al oriente de Medellín y donde se produjo el gigantesco deslizamiento de tierra que tapó a humildes habitantes, entre ellos varios familiares de Hoyos Vallejo. Y como la mayoría de víctimas correspondió a personas que quisieron ayudar, García Márquez tituló “Medellín fue víctima de su propia solidaridad”, una de las crónicas que escribió, incluidos los relatos inspirados en la vida y conquistas del gran pedalista antioqueño.

La geografía representada en la montaña y la lucha por la sobrevivencia y el desafío de dominar aquella, coronándola en lo más alto a punta de pedalazos y teniendo como aliados la magia de la radio y la narración épica de locutores que avivaban la imaginación de campesinos, niños, mujeres, jóvenes –unos en el surco y otros en las calles de ciudades y pueblos–, se concitaron para propiciar el acontecimiento que integraba no solo las regiones sino a los más diversos sectores y clases sociales de una Colombia dispersa y sin referentes sólidos de identidad nacional.

Hoy, cuando nuestro país es empujado una vez más por el desbarrancadero de las violencias, como respuesta de muerte ante la opción reconciliadora que han inspirado los Acuerdos de Paz, el ciclismo colombiano se afianza como factor constitutivo de nuestra aún endeble identidad nacional, dada no solo su raigambre como parte del ser regional, sino también su contribución –gracias a sus triunfos internacionales– al anhelado propósito de forjar un país que podamos habitar y compartir en medio de la diversidad a la que –por fortuna– jamás podremos renunciar.

1 GILLET, Bernard. Historia del deporte. Colección “¿Qué sé?”. Oikos-Tau., Barcelona, 1ª edición. 1971, p. 23.
2 Citado por Gillet, Bernard, p. 25.
3 Citado por Gillet, Bernard, p. 27.
4 MEDINA, Pérez Gonzalo. Historia del deporte en Antioquia. Instituto para el Desarrollo de Antioquia-IDEA-. Medellín, 2008, p. 241.
* Periodista, docente universitario, politólogo y doctor en literatura.

 


 

 

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