Domingo, 22 Marzo 2020 17:58

Correcciones a falsos paradigmas económicos

Escrito por Jaime Villamil
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Correcciones a falsos paradigmas económicos

Para muchos economistas y todavía más para quienes no lo son, muchas afirmaciones que se hacen actualmente como la de reducir salarios e impuestos a las empresas con el fin de estimular el empleo, o que solo el crecimiento es la fórmula de un país contra la pobreza, pasan por ciertas solo por el hecho de ser promovidas por quienes han estudiado hechos económicos con un tratamiento matemático riguroso. Sin embargo estas herramientas tienen unas implicaciones diferentes cuando se aplican a objetos físicos que fenómenos sociales.

Desde el siglo XVIII la economía tomó a la física como referente para la construcción de su cuerpo teórico. De la mecánica celeste de Newton trasladó elementos para construir la idea de mercados expuestos a fuerzas que los llevan al equilibrio. Según G.L.S. Shackle “se asumió que las ciencias económicas se parecen a las ciencias de la naturaleza donde todo lo que es podría reducirse a un solo y solitario secreto del cosmos”. Han transcurrido más de doscientos años y la idea de equilibrio permanece incólume, los economistas poco reparan en lo nocivo de este concepto pese a las consecuencias duraderas que tuvo la gran recesión o crisis financiera del año 2008.

León Walras fue el primer exponente de la idea de equilibrio neoclásico con elementos matemáticos de su tiempo, sin embargo fue consciente que para entender la interacción entre diversos mercados y llegar a la idea del equilibrio general debía hacer abstracción de problemas profundos y entrar en peligrosas simplificaciones. Walras nunca pensó que el mercado fuera un cruce entre la curva de oferta y la de demanda, él sabía que esta reducción omitía el papel de las instituciones y hacía a un lado temas importantes como la justicia, la felicidad o la distribución de la riqueza.

Las advertencias de Walras desaparecieron de la mente de los economistas y desde 1972 se posicionó una nueva visión que se llamó el Nuevo Consenso Macroeconómico (NCM) que inventó un agente representativo y condujo ingenuamente a los economistas a suponer que aquello válido en el comportamiento individual es extrapolable a la sociedad. Los economistas entonces empezaron a desconocer aspectos tan evidentes cómo el de la dificultad que existe para obtener consensos a partir de diferentes posturas individuales y cerraron la puerta a la importancia que tiene la acción colectiva frente a fallas del mercado o del Estado.

El modelo de equilibrio general dinámico estocástico (Dsge) hace parte de la sofisticación que aceptan ampliamente los Bancos Centrales y los Ministerios de Finanzas Públicas. Para la mayoría de economistas es suficiente reducir todo a un agente representativo y suponer que este es el dueño de una sola empresa y que a su vez es su único empleado. Que la empresa produce una sola mercancía y que el agente representativo es su único consumidor. De suerte que la economía y la sociedad en su conjunto la entienden como las decisiones que maximizan la utilidad de este trabajador y consumidor que es el agente representativo simultáneamente. Pero el absurdo no se detiene aquí. Este agente representativo además tiene un conocimiento perfecto del mecanismo económico y de las distribuciones de probabilidad de todas las variables macroeconómicas, de tal forma que sus expectativas (racionales) son acertadas y no existen obstáculos para llegar al equilibrio económico.

Increíblemente esta visión se impuso al sentido común, al punto que economistas como Prescott llegaron a afirmar que el alto desempleo de la Gran Depresión era el resultado de una decisión racional de los trabajadores porque descubrieron que más horas de ocio les generaba mayor utilidad. “El problema –afirmó Romer, un economista decepcionado del NCM– no es tanto que la macroeconomía hable de cosas que no tienen relación con la realidad, el problema verdadero es que haya economistas que no les importe que existen un grupo amplio de economistas a los que no les importa la realidad”.

De este estrecho planteamiento se han posicionado algunas conclusiones que son equivocadas y que es necesario corregir:

Los mercados NO son perfectos

Ningún mercado es libre, todos necesitan de reglas e instituciones para su adecuado funcionamiento, sin embargo aquellos economistas no aceptan ninguna imperfección del mercado porque esta es contraria a la idea del equilibrio, para ellos la Ley de Say es incuestionable y los mercados se ajustan solos y no requieren de instrumentos de estabilización. Solo en casos extremos y en el corto plazo puede recurrirse a la política monetaria (siempre y cuando no la anticipe el mercado) como principal instrumento de estabilización de las variables reales.
Keynes, un economista por fuera de la escuela dominante y cuyas recomendaciones ayudaron al mundo a salir de la depresión de los años treinta, rechazó esta idea y afirmó que las crisis ocurren por restricciones en el consumo que conducen a ajustes en las expectativas de producción y, por tanto, a una menor demanda de recursos de inversión y de trabajo. Estos desequilibrios o imperfecciones son el principal atributo del capitalismo y, por esto, para él es importante la intervención gubernamental.

El mundo NO es predecible

Para la mayoría de economistas el futuro puede predecirse con base en el pasado. Paul Davidson, un sucesor de las ideas de Keynes, afirmó que esto solo tiene sentido si se cumple la hipótesis de ergodicidad, es decir, si las distribuciones de probabilidad de los eventos económicos son invariantes en el tiempo. No obstante en la realidad se evidencia que los efectos de un choque transitorio pueden persistir en el tiempo (histéresis) y en consecuencia no es posible alcanzar el equilibrio ni hacer algún pronóstico veraz. Debido a que no es posible conocer el futuro, las decisiones de las personas obedecen más a la euforia o al miedo que a los cálculos racionales.

Pese al desarrollo matemático de la teoría de la probabilidad, esta no ha dejado de ser entendida como una opinión, como un juicio de valor de acuerdo con nuestros hábitos o costumbres. Aunque la probabilidad de un evento sea reducida este puede suceder, fue el caso de la crisis financiera del 2008. “Las probabilidades –acierta Shackle– son un reconocimiento de que no se tiene conocimiento y estamos en libertad de usar la imaginación y hacer conjeturas […] que descansan en testimonios escurridizos, fragmentarios y confusos, cuya interpretación y sugerencia puede cambiar de un momento para otro sin causa visible”.

El dinero NO es neutral

Los modelos matemáticos de los economistas no tienen en cuenta el dinero ni la presencia de los intermediarios financieros y por tanto tampoco el crédito. Ellos simplemente asumen la hipótesis de la neutralidad del dinero, es decir que los cambios en las variables monetarias dejan inalteradas las variables reales como el empleo o la producción. La crisis financiera demostró que hay actores que llegan a asumir riesgos excesivos que desestabilizan la economía, responsabilidad, justamente, de las variables monetarias que administran los banqueros centrales.

El 2008 se manifestó con un alto desempleo y un fuerte descenso del producto, la respuesta de las autoridades monetarias fue usar el mismo mecanismo que originó el problema: bajar más la tasa de interés. Pero cuando este instrumento llegó a su límite, a niveles cercanos a cero, se implementó el mecanismo de expansión cuantitativa (QE) de la oferta monetaria con el fin disminuir también las tasas de interés de más largo plazo. Joseph Stiglitz sostiene que esta estrategia fue la responsable de que la recuperación hubiese sido demasiado lenta, para él unas medidas de política fiscal hubieran sido más oportunas. En diciembre de 2017 EE.UU., finalmente, aplicó un aumento del déficit del 3 al 6 por ciento del PIB y este se tradujo de manera rápida en un crecimiento económico del 4 por ciento y en una disminución del desempleo a niveles de 3.7 por ciento.

El trabajo NO es una mercancía

En los modelos matemáticos de los economistas siempre se está en pleno empleo, por “facilidad” se pasa por alto que el mercado laboral tiene unas rigideces que no se superan con la equivocada idea de flexibilizar el salario. El nivel empleo responde mucho más a la demanda agregada que al salario. Stiglitz enuncia otros factores que las autoridades económicas deben tener en cuenta para entender el mercado de trabajo como los cambios demográficos, las mejoras en la productividad, la globalización de la contratación laboral, y la desmotivación y subempleo que genera un desempleo persistente.

El crecimiento económico NO erradica la pobreza

Para los economistas convencionales debe procurarse una desregulación total de los mercados para que la competitividad aumente el crecimiento económico y un mayor ingreso llegue hasta los más pobres. Esta idea conocida como efecto derrame no puede ser más simplista y falsa. La desigualdad además de ser éticamente inaceptable es una traba al crecimiento económico. Entre más profunda es la desigualdad más bajo es el crecimiento. Si el ingreso se concentra en unos pocos esto constituye un freno al efecto multiplicador porque la demanda efectiva se restringe.

Alesina y Rodrik mostraron que las economías que parten de condiciones distributivas muy desiguales en ingreso y riqueza tienen bajas tasas de crecimiento económico en el largo plazo. En 1960, tras una muestra de 70 países con condiciones similares, concluyeron que por un incremento de 0.16 en el coeficiente Gini de distribución de la tierra se produce una reducción en el crecimiento de 0.8 puntos porcentuales por año. Lo anterior contradice el efecto derrame y llama la atención para que los votantes demanden unas medidas tributarias y un gasto publico redistributivo.

Los recursos NO son infinitos

Han difundido la falsa idea de que la acumulación material redunda en felicidad, y esta ha hecho que se deprede los recursos naturales que permiten la vida. Lo importante no es la acumulación sino la satisfacción que las personas obtengan de realizar su proyecto de vida logrando mayor cohesión social y participación ciudadana y política. “La prosperidad consiste en nuestra capacidad de desarrollarnos como seres humanos dentro de los límites de un planeta finito”, afirma el economista ambiental Tim Jackson, cuya propuesta implica incrementar el consumo de riqueza inmaterial (lectura, escritura, deporte, música, danza, meditación, arte, oficio, cuidado de los otros, etcétera) y así reducir las actividades productivas que son generadoras de carbono.

Las decisiones económicas SON una expresión del poder político

Para el economista convencional el uso de la matemática libera a las decisiones económicas de los juicios de valores y las hacen neutrales de los intereses políticos. Nada más falso. “El problema –escribe Shackle– es que el mundo no es económico. Es político-económico, es económico-lucha de poder, económico-descontento social, es económico sujeto únicamente a insaciables codicias, rivalidades y enemistades implacables […] Los asuntos económicos no están encerrados en sí mismos o aislados, no pueden tener una explicación autosuficiente”.

Galbraith, por ejemplo, afirma que la adopción de la política monetaria se debe al interés de los poderosos por mantener estable el valor de sus activos financieros más que por generar empleo e ingresos a quienes dependen de su fuerza de trabajo. Esto fue evidente con los multimillonarios rescates financieros que hizo la Reserva Federal en la crisis financiera de 2008. Usualmente la preocupación de los gobiernos no es el bienestar general sino unos intereses concretos por reelegirse y favorecerse a sí mismos y a los grupos económicos que los financian.

Su resultado económico NO es exclusivamente su responsabilidad

El discurso económico convencional promueve una consigna que ha calado profundo en la psique de las personas y que hace mucho daño: Que su retribución económica está en relación directa con la productividad, que en la medida en la que desarrollan muchas capacidades son más competitivos y por tanto mejor remunerados. Esto sencillamente es una falacia con la que los gobiernos neoliberales han justificado el desmonte de los subsidios a los más vulnerables. Sorprende que dicha idea tenga eco en las personas del común y que la respalden pensando que los menos privilegiados lo son porque no se han esforzado, y en consecuencia es injusto brindarles una ayuda que sale de los impuestos de los que sí trabajan.

Aquellos billonarios de hoy no han construido su fortuna a partir de un trabajo colosal sino mediante el uso de un creciente poder de mercado que les permite capturar las decisiones políticas a su favor. Las empresas usando ese poder tienen entonces la opción de fijar unos salarios bajos y unos precios de sus productos en niveles altos (otra evidencia de que los mercados no son perfectos). Mayor poder de mercado se traduce en un poder político para debilitar sindicatos y precarizar el empleo y, además, incidir en reformas tributarias se les reduzcan su aporte fiscal, esto último se llama corrupción que en sociedades como la colombiana se ha naturalizado. Todo lo anterior conduce a una estrategia que irriga recursos de las capas medias y bajas a los ricos y ultra-ricos y que conduce a desigualdades cada vez más asombrosas.

El Estado ha dejado de actuar en beneficio del mayor número y ahora lo hace en favor de los ricos. Así lo mostró la crisis de 2008 donde los riesgos de los grandes bancos se socializaron mientras que los beneficios se apropiaron individualmente, los abultados rescates a los bancos no fueron más que transferencias de recursos públicos al sector privado. Mariana Mazzucato advierte que esta conducta no es propia de solo el sector financiero sino también del sector real donde la innovación juega un papel determinante. El Estado es el actor que, con recursos públicos, ha asumido el riesgo para financiar investigación básica que luego se convierte en desarrollos como la internet, el GPS, la pantalla táctil, entre otros, y que después privados como Steve Jobs logran integrar en teléfonos móviles inteligentes beneficiándose mediante cuantiosas ventas anuales de años de investigación y dinero públicos destinados a I+D.

De otro lado los avances tecnológicos como el machine learning (la robotización) contribuyen a concentrar todavía más poder de mercado por parte de las empresas, en la medida en que la máquina sustituye a los humanos que no van a ser reemplazables en otros oficios a menos que se reinventen en otras actividades, y el uso de grandes volúmenes de información se usa para manipular las decisiones de consumo de individuos específicos. El resultado de todo esto son industrias más poderosas y un mercado laboral polarizado donde solo unos pocos con las capacidades que exige el mundo de la robótica son empleables con buenos salarios y otros muchos están excluidos de las relaciones laborales. De acuerdo con el Banco Mundial el 70 y el 77 por ciento de los empleos actuales en la India y la China respectivamente (países que tienen el 45% de la población mundial) están amenazados por la robotización.

Es evidente que su resultado económico no depende sólo de usted. La mayor exclusión y manipulación de la que estamos siendo testigos además está generando mayores trastornos de salud mental, no solo la idea vergonzosa de la culpa detrás de nuestro menor bienestar, sino la sensación de impotencia y frustración frente al excesivo poder de mercado que ostentan los bancos, los operadores de telefonía móvil, las aerolíneas y otras industrias que menoscaban la capacidad de reclamación y elección libre que deben tener los consumidores en una sociedad capitalista.

Conclusión

La economía no es una ciencia. No está libre de intereses particulares por parte de aquellos que toman las decisiones económicas. Nos han hecho creer que la desregulación del mercado, incluyendo el laboral, se traduce en bienestar social y presentan su justificación como lo más normal y sensato, cuando no lo es. Este entramado de la teoría económica no tiene bases sólidas, aquellos educados en las universidades más importantes del primer mundo han tomado como serio un relato que solo beneficia a unas élites que están concentrando riqueza a tasas endemoniadas, dejando a su paso exclusión y deterioro en la salud mental y ambiental. ¡Es importante entenderlo y actuar!

19 febrero 2020

 


 

 

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