Domingo, 26 Abril 2020 11:19

Después de la pandemia, ¿todo seguirá igual?

Escrito por Carlos Gutiérrez M.
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Adriana Gómez, sin título (Cortesía de la autora)Adriana Gómez, sin título (Cortesía de la autora)

A toda velocidad, mostrando con orgullo cuál es el más capaz, como sucede en una carrera de cien metros planos, así están sobre la pista China y Estados Unidos, pero también Australia, Alemania, España, Francia. En todos y cada uno de estos países, sus equipos científicos, con antecedentes investigativos en coronavirus, como el Sars (Síndrome Respiratorio Agudo Grave), el Mers (Síndrome Respiratorio Agudo de Oriente Medio), buscan a través de diversas técnicas alcanzar a izar la vacuna, y para ello, incluso, experimentan con humanos, dejando a un lado los protocolos clásicos. También han acudido a antivirales basados en la cloroquina –utilizada desde hace décadas para tratar la malaria– y uno de sus derivados, la hidroxicloroquina, así como la azitromicina, esfuerzos para los cuales han recibido fuertes sumas de dinero de sus respectivos Estados o de organizaciones civiles.


Es una carrera que hace parte de un pentatlón que ya estaba en marcha desde antes que la pandemia conmocionara al mundo, para constituirse el lugar central de la competencia. Una disputa en la cual Estados Unidos y China, como imperio en descenso uno y en ascenso el otro, están enfrascados desde hace algunos años, y cuyo antecedente inmediato es la guerra comercial aún no resuelta en su totalidad y que copó la economía mundial durante 2019. ‘Disciplinas’ como la carrera armamentista, el rodear y controlar el territorio o geografía inmediata al imperio, y pulsar el poderío financiero también son parte del actual pentatlón.


Entre los distintos competidores, resaltan dos por su dotación en todos los ámbitos y están decididos a todo por conservar y/o ampliar su liderazgo global, y en ello también están los intereses también inmediatos, como es la elección presidencial de noviembre próximo en el país de las barras y las estrellas: si Trump puede levantar la mano de primero en la meta, seguramente queda propulsado para continuar otros cuatro años en la Casa Blanca. Y lo que parece ser por el bienestar de la humanidad tiene en realidad sus mezquindades. Para China está el reto de ahondar su prestigio ante toda la comunidad internacional, ahora como potencia científica, un escalón más para figurar en tiempo cercano como campeona entre campeones.


Es aquella una disputa que lleva a pensar que unos y otros están convencidos de que, una vez resuelto el problema de la vacuna y una vez aplicada en miles de millones de seres humanos que habitan el planeta Tierra, todo volverá a su ritmo anterior. Nada más descabellado, pero convicción difícil de erradicar de la cabeza de los millonarios del mundo, de los políticos gobernantes a nombre de todos aquellos que nunca toman en cuenta, así como de las mayorías de cada país, subsumidas en las lógicas del mercado.


Descuadernado


La aparición de un nuevo coronavirus, esta vez en China, desató, en el país de origen y en cadena en todo el mundo, una conmoción en frontera con el pánico. Validos de esta realidad, aupada por todos los poderes globales, entre estos las grandes cadenas de información, fue desplegado un dispositivo inmenso de seguridad y control social, una militarización de la salud pública que recuerda que, en toda la historia de la sociedad humana, la salud y la clínica han sido parte sustancial del control social: el dominio biopolítico del cuerpo. Se trata de un control ahora potenciado por las tecnologías de vigilancia y disciplinamiento social, producidas y desplegadas tras la tercera y la cuarta revoluciones industriales. Miles, millones de cámaras de video dispuestas en todas las ciudades y por todas las rutas. Un registro en grandes bases de datos de toda huella que deja cada persona usuaria de sistemas de comunicación inteligente, o que use algún carné dispuesto por su gobierno para desplegar un programa social y/o económico, y con ello la identificación al detalle de gustos, consumos, enfermedades, tono de voz, color de piel, etcétera. Los millones que somos, en gran medida estamos bajo control, y ahora, con la conmoción suscitada por este virus, quedamos sometidos a un mecanismo de registro y vigilancia ampliado, amenazados de ser potenciales portadores del mismo y, por tanto, potenciales transmisores.


La real realidad –que más bien parece irreal, una película de ficción, en vivo, donde todos somos sus protagonistas– ha puesto en cuestión las ciudades, la mayor de las construcciones humanas, donde ahora millones se agolpan en un arañar de espacio, como abejas, consumiendo todos los recursos que produce la naturaleza a su alrededor, transformándola hasta darle cuerpo a la nueva naturaleza, la producida por la mano humana: la naturaleza del cemento y el asfalto. Una construcción donde cada cual mira hacia sí mismo, insolidaria y despiadada, en lucha de cada uno por vender la fuerza de trabajo y así lograr su sustento diario, imponiéndose sobre millones que no logran incorporarse a la lógica del sistema ni alcanzan a sintonizar su psique con las dinámicas del mismo, sobre los cuales pasan las ruedas del sistema, triturándolos.


Estamos ante una obra humana que se construyó especialmente a lo largo del siglo XX y que, para poder satisfacer las demandas de los millones que las habitan, ha exigido desviar ríos, canalizar sus aguas en represas, deforestar montañas y valles, romper el hábitat de miles de especies de animales, violentar culturas de diversidad de pueblos, hasta llevar a la casi homogenización del ser humano. Tradiciones, prácticas, formas de alimentación, idiomas y muchas otras particularidades de su diversidad van desapareciendo bajo el peso de una supuesta eficiencia que reclama, además de disciplina, una sola forma de ser y estar.


Espacio de vida y muerte que, como máquina que es, demanda y consume infinitas cantidades de energía, además de exigir un ritmo frenético para su reproducción, donde el día y la noche se confunden, donde nunca se para, y donde el carro, la máquina construida para agilizar la circulación de mercancías, la humana entre ellas, termina por definir espacios y arquitectura, arrinconando al caminante, a la gente de a pie, que poco valen, pues “producen menos” y, por tanto, su eficiencia es menor.
Producir, consumir, trabajar, correr, dormir, producir… La ciudad, como parte de la lógica de este sistema que se considera el mejor y único, ahora ha quedado paralizada por el despliegue de un virus que todavía los científicos no saben a ciencia cierta cómo controlar. Regresa a la escena, por consiguiente, la vitalidad que tiene vivir en espacios más pequeños, diversos, plurales, donde se puede organizar la vida en común y donde, sin el afán hasta ahora impuesto, se puede reconstituir la relación perdida entre los propios seres humanos y entre estos y la naturaleza, reanimándola.


No es para menos. Según la Organización Mundial de la Salud, al año mueren en el planeta siete millones de personas como efecto directo de los gases emitidos por los vehículos. Y como producto de estos mismos gases, así como de los emitidos por fábricas y motores de diversidad de tipos, millones de seres humanos sufren enfermedades del corazón, el sistema nervioso, los ojos, los oídos, la columna, las rodillas, el hígado, y demás órganos que integran y hacen posible todo tipo de metabolismo en sus cuerpos. Una pandemia silenciosa pero inocultable, susceptible de erradicación si así se quisiera, envía a los hospitales de todos los países una cantidad constante e inmensa de seres humanos que padecen la enfermedad denominable así, en pocas letras: capitalismo. Otros muchos, millones, parecen estar vivos pero en realidad malsobreviven, y la máquina que mueve a la ciudad los arrincona hasta la inanición, hasta el desprecio total.


Es este espacio, organización social y metabolismo productivo, lo que ahora queda en cuestión por efecto directo de la crisis en curso, y, con él, el Estado, la forma de gobierno, y todos los mecanismos adjuntos a la estructura económico-social que determina los relacionamientos que tipifican al capitalismo. Esas mismas estructuras y mecanismos que ahora, con el despliegue de control expuesto por China (Ver Halimi pág 40) para enfrentar la crisis iniciada en una de sus regiones, gana reconocimientos entre las élites del mundo entero, ansiosas de un poder de Estado, militarizado, que les permita perpetuarse. Pero al tiempo que esto suscita admiración entre quienes detentan el poder, entre sus contrarios despierta miedo, terror de que tal máquina llegue a consumarse en sus espacios de vida.
Paradojas del capital y de sus ansias descontroladas de producción y dominio. Todo aquello que han negado a través de sus gobiernos de turno para garantizarles mejor vida a sus sociedades –redistribución de la riqueza, protección más cuidadosa de todos los grupos sociales, disminución del ritmo de la incesante producción, descontaminación, control de los gases de efecto invernadero, regulación efectiva de precios y de la especulación, reprogramación de los pagos de deudas para la cancelación de los servicios públicos–, abriendo incluso la posibilidad de su goce para todos y todas sin costo alguno. Con estas y otras demandas sociales, siempre negadas, ahora, como producto del virus, queda en evidencia que sí es posible plasmarlas, y, por su conducto, otra democracia, una directa, radical y realmente participativa.


Este es parte del debate que tiene pendiente la sociedad global, que ahora también padecerá los efectos de una recesión global del sistema mundo capitalista, valido de esta coyuntura para redireccionar miles de millones de dólares que permitan paliar su crisis, tomando para ello como excusa el enfrentamiento al Covid-19 y sus secuelas de todo tipo. Por un lado, entrega de inmensas ayudas a las grandes empresas que entran en peligro de liquidación (o estatización de empresas en quiebra), y, por el otro, desembolso de miles de dólares a cada familia –una especie de renta básica– para garantizar su manutención. Es este un supuesto espíritu solidario, de justicia, que oculta su real propósito: que la máquina no pare de producir, lo cual se logra al mantener la demanda. Por el mismo conducto, se afronta la recesión en curso, anunciada y ahora reconocida por distintos organismos multilaterales.


Es decir, la crisis de salud es la mampara para de nuevo poner en marcha el Estado intervencionista, solidario y redistributivo, hasta que, una vez recuperado el Sistema Mundo Capitalista de la crisis, tuerzan el rumbo y de nuevo lo público entre en oferta para que la “eficiencia privada” lo potencie. Como en otros momentos de este mismo sistema, socializar la crisis y privatizar las ganancias, maniobra urdida sin necesidad de esgrimir arma alguna y legitimada por todo el aparato de Estado.
Enfrentados a la realidad de crisis ampliada del capitalismo, ahora con manifestación en su sistema de salud, en su organización espacial, en su mecanismo de reproducción, en su concepción de la vida y la muerte, los millones que lo padecen entrarán en unos meses en oleadas de protesta, continuidad y/o profundización de las congeladas por efecto de la crisis en salud. Serán oleadas de marginados y no tanto que demandarán que el sistema ponga freno de mano y ofrezca la oportunidad para que del mismo se bajen todos los que así lo decidan.


Serán alzamientos tumultuosos, enfrentados también a las nuevas técnicas de control ahora ampliadas y experimentadas con mayor detalle, cada una de las cuales, en los países donde tomen forma, tendrá sus particularidades, llegando los inconformes, tarde o temprano, a la conclusión de que deben coordinarse de manera amplia para poner en jaque al sistema todo y no solo al que rige en su territorio.


Son todas estas expresiones y reivindicaciones lo que alzaran quienes hasta ahora son espectadores de la competencia de pentatlón que llevan a cabo los titanes imperiales, tanto por conservar sitial y privilegios, por parte de quien los ha gozado a lo largo de los últimos cien años, como por ocupar y disfrutarlos por parte de quien aspira a sucederle.


El mayor peligro que se vive, mientras esto sucede, es que entre las cabezas de las disciplinas atléticas, en su afán por conservar privilegios y estar siempre a la cabeza del grupo de competidores, desaten una confrontación abierta que ahora sí ponga en riesgo total posibilidad de vida sobre la Tierra. Para evitarlo, los espectadores tienen que obrar de manera pronta, decidiéndose por controlar y enrutar la esfera global que nos aloja, poniendo a su mando la solidaridad, la igualdad, el respeto a la diversidad en todas sus expresiones, la concreción efectiva de los derechos humanos, la administración por parte de las comunidades locales de sus propias vidas…


De obrar así, al final de la competencia los espectadores se levantan y aplauden, no a los competidores sino a la población global, que en veloz final alcanza la meta antes de aquellos que por décadas los han mantenido sometidos.

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