Jueves, 11 Junio 2020 08:43

¿Volverá la normalidad?

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
Valora este artículo
(0 votos)
Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)

Del encierro a la calle, del aislamiento al reencuentro, de la incertidumbre a la alegría social. La pandemia va dejando múltiples lecciones, entre ellas las características cada vez más nítidas del poder y sus intereses inmediatos y mediatos. La vida se impondrá a la muerte, y la creatividad potenciada en todos los campos por la imposibilidad del encuentro físico cotidiano potenciará la acción colectiva pospandemia.

 

La producción de estudios, reflexiones y análisis sobre el covid-19 es impresionante. En algo menos de tres meses desde su irrupción mundial, solamente el portal Researchgate.net reporta más de 30.000 documentos. Varias estimaciones señalan que para diciembre de 2020 habrá un total de 50 millones de publicaciones y pre-prints. Los hay de todo tipo: consideraciones epidemiológicas, económicas, políticas, de diagnóstico, de pronóstico, teorías conspirativas, relaciones con la crisis ambiental, estudios nacionales y regionales y muchos más. Aquí nos proponemos, con la mayor prudencia, pensar el futuro inmediato de la post-crisis covid-19. No sin humor decía N. Bohr, uno de los padres de la física cuántica: predecir, sobre todo cuando se trata del futuro, es muy difícil. Por esto quedan fuera de consideración aquí el futuro a mediano y a largo plazo. Al fin y al cabo los sistemas complejos son esencialmente impredecibles. En el mejor de los casos, se los puede predecir a corto plazo; y cuanto a más corto plazo, tanto mejor.


Las causas de la crisis


Sin reduccionismos, es posible identificar claramente cuatro causas de la crisis de la pandemia, todas con un valor genérico, y se aplican por tanto a muchos países; pero no a todos y cada uno.
En primer lugar, la crisis golpeó muy fuertemente a todos aquellos países cuyo primer renglón de gastos en el PIB es en industria armamentista: seguridad y defensa. De lejos, numerosos países invierten mucho más en el campo militar y de policía antes que en políticas sociales; notablemente, mucho más que en salud, educación vivienda, ciencia y tecnología. Quedó claramente de manifiesto que los países catalogados como más desarrollados son solamente ricos en consumo, pero no en calidad de vida. No en vano son los países más depredadores de la naturaleza, así como la materialización más fina del neoliberalismo.


La segunda causa es la privatización de los servicios sanitarios (= seguridad social) en la mayoría de los países más afectados. De esta suerte, la privatización de los servicios de salud consiste en la traición del Estado hacia sus ciudadanos y el favorecimiento del capital privado por encima de los derechos más fundamentales. Políticamente hablando, se trata de una amplia y sistemática violación de los derechos humanos. Y a eso llaman “democracia” (sólo formal y en la superficie). Los países menos golpeados por la crisis del covid-19 tienen una seguridad social estatal o gubernamental más fuerte. En casos como Colombia, el 100 por ciento de la seguridad social está privatizada: las EPS.


La tercera causa de la gravedad de la crisis es la globalización (globalization en inglés) o la mundialización (mondialisation, del francés) o internacionalización (Internationalisierung, en alemán); tres expresiones para un mismo fenómeno. El capitalismo termina achatando las culturas y los pueblos y estandarizando estilos de vida, a la vez que integra, por todos los medios –tecnologías, transporte, comercio, educación, etcétera–, geografías, historias y tradiciones en una sola cosa; eso que se llama genéricamente “Occidente”. El mundo se volvió literalmente pequeño (small world theory), y los Estados nacionales cedieron su autonomía a un puñado de transnacionales y corporaciones que son las que en realidad dominan el mundo. Así, la expansión de los males es una sola y misma cosas con la expansión del capital. La globalización puede ser entendida, mucho mejor, como un mundo diferente de suma cero; así, los fracasos de unos son también los fracasos de los otros, o al revés: los triunfos en un lugar se traducen en triunfos en otra parte; así sea con diferencias.


Las tres primeras causas son económicas, políticas, financieras y tecnológicas; un mismo conjunto.


La cuarta causa tiene una razón científica. Se trata del desconocimiento acerca de la importancia de los virus en la economía de la vida. La biología, la medicina, la propia ecología y las ciencias sociales y humanas, principalmente, desatendieron el papel que los virus desempeñan en la trama de la vida. Fueron sistemáticamente descuidados, hasta que una conjunción de factores hizo que saltaran al primer plano. La historia reciente consiste en la fiebre de las vacas locas, malaria, el N1H1, el ébola, el Sars, y ahora el covid-19. Recurrentemente, numerosos virus asaltan la salud de los seres humanos. En general cuando los médicos no saben qué tiene un paciente diagnostican: es una virosis; y dejan que el sistema inmune actúe y logre recuperar la salud.


La lección, según parece, queda aprendida. A golpes, como aprenden a veces los perezosos y descuidados. El resultado fue el surgimiento del Proyecto Viroma Global (GVP, por sus siglas en inglés) (2017-2027) cuyo principal propósito es pasar de una actitud defensiva a una proyectiva (1). La vida es sencillamente imposible sin los virus o al margen de éstos. Así que debe ser posible comprenderlos. En el límite, se trata de una escala de los sistemas vivos.


Tenemos, así, cuatro causas de dimensiones diferentes que cuando se cruzan producen una auténtica pandemia. Quizás la identificación de las causas ayuda a pensar en soluciones y en previsiones.


El futuro inmediato después de la crisis


La crisis llegó y nadie la vio venir. Ni Tirios ni Troyanos. A contrapelo, sin embargo, numerosos centros de investigación, universidades, laboratorios y países trabajan mancomunadamente para encontrar alguna solución. Desde la producción de vacunas hasta el ensayo con medicamentos distintos para paliar la crisis. Las cifras son alentadoras. Verosímilmente alguna solución se habrá encontrado en cuestión de meses hacia futuro, a partir de la fecha.


Dos hechos justifican este optimismo. En primer lugar, la existencia de (grandes) bases de datos comunes, y el carácter de redes en los que se adelanta hoy en día la investigación. De esta suerte la curva de aprendizaje es vertiginosa y los tiempos de investigación más breves. En segunda instancia, se trata de la publicación, acelerada, de avances, propuestas, proyectos. La investigación hoy no existe si no es publicada. Esto hace que los dos factores se refuercen mutuamente: redes de cooperación y aprendizaje colectivo aunadas a amplias bases de datos y fuentes comunes de publicación.


Sin embargo, es claro que el panorama no es ingenuo. Ha salido a la luz pública que E.U. e Inglaterra no desean que la vacuna contra el covid-19 sea gratuita. Esta es la perversión de las patentes, en un marco de conocimiento abierto (open source) y de beneficio para la humanidad. Las patentes son el canto más acabado a la privatización y al realce de los intereses privados sobre la vida y el interés común. Las patentes y registros son el pasado que quiere vivir aún en el presente, y amenazan la salud y la vida de millones de seres humanos. El camino hacia el futuro es el libre acceso a la información: datos abiertos (open data) y libre acceso a la información (open access).


La vacuna logrará ser desarrollada en poco tiempo. Pero la producción masiva de la misma tardará unos meses más. Esta es la diferencia entre investigación básica en el laboratorio y producción industrial por parte de las farmacéuticas; producción y comercialización. De suyo, ningún laboratorio tiene las capacidades de producción de una farmacéutica. Aun así, lo cierto es que deberemos aprender a vivir con el virus; con este o con una variación suya. Y que, verosímilmente habrá una segunda o tercera ola de contagio. Sin embargo, el problema no es el virus: es la eficiencia o ineficiencia de políticas de salud exactamente en el panorama de las políticas –económicas fiscales, de salud y otras– del Estado.


El covid-19 ha permitido algo hasta ahora inimaginable, o muy demorado: el ingreso, a la fuerza, de las sociedades al siglo XXI, gracias al manejo de internet y todo lo que la red implica. En verdad, el aprendizaje de las herramientas básicas de internet ha debido ser rápido y sostenido. Esto implica la apropiación –no siempre consciente– de la web 3.0 y 4.0, tanto como el trabajo con las tecnologías 3G y 4G en gran escala; gobernantes y ciudadanos, profesores y estudiantes, activistas, comerciantes y empresarios, por ejemplo, y gentes de todas las edades. Claro, señalando expresamente la emergencia de la brecha digital, diáfana, como nunca antes: alrededor del mundo, una amplia mayoría no tiene computador personal, carece de servicios de internet y no conoce estas herramientas de trabajo. Las desigualdades sociales y económicas han resultado evidentes también en este plano.


Pues bien, en el futuro inmediato se impone una reducción de los costos de computadores, servicios de internet y otros relacionados. El sistema wimax (= internet gratuito en las ciudades) debe ser un derecho humano fundamental, y los gobiernos y Estados deben suministrarlo y garantizarlo; al fin y al cabo, en la sociedad de la información el acceso a la información forma parte de un derecho fundamental (cuarta generación de los derechos humanos). En otras palabras, se trata del tránsito del sistema wifi al wimax. Este tránsito es una condición básica para una democracia sólida.


La pandemia y el aislamiento social han permitido, al mismo tiempo, que los pueblos, los académicos, los intelectuales, los campesinos organizados y las ONGs piensen. El confinamiento ha permitido observar y pensar. Novedosas propuestas están emergiendo en todos los ámbitos tendientes a un fortalecimiento y exaltación de la vida. Ya existe claramente conciencia de que la pandemia del covid-19 no es ajena a la crisis climática en curso, y ambos, al sistema productivista y de consumo vigente. Se ha aprendido que la especie humana es débil por culpa del sistema económico y político dominante; pero que puede resistir y rebelarse en contra del mismo.


La gente ha aprendido que se alimenta mal, y que puede cocinar más saludable y a menor costo. Y que hay numerosas cosas del consumo superfluas.


En otras palabras, el confinamiento, la distancia social y otras medidas de aislamiento colectivo han tenido como resultado el encuentro de numerosas voces en internet compartiendo experiencias y propuestas. Jamás se habían realizado tantas charlas, conferencias y seminarios –webinars– como en los últimos tres meses; el número es creciente. Ello ha permitido un aprendizaje colectivo cuyos resultados son promisorios por alternativos. La verdad es que el aislamiento ha permitido una integración a través de la web nunca antes existente. Sólo queda, una vez que el confinamiento baje o se elimine llevar estas experiencias hasta acciones y relaciones presenciales. Y ello sucederá, sin duda.


Covid-19 y acción colectiva


Sin la menor duda, en el futuro inmediato la acción colectiva cobrará nuevas fuerzas. Al fin y al cabo, justo antes de la epidemia se vivía una efervescencia de vida alrededor del mundo: los estudiantes chilenos, los indignados en Nueva York y Barcelona, los movimientos indígenas en las Américas, los jóvenes en Hong Kong, todos los movimientos ambientalistas, con todo y la crítica al fracking, y muchos otros. Los aprendizajes realizados durante el confinamiento no lograrán opacar los reclamos y protestas. Por el contrario, se asistirá a un movimiento mundial sin antecedentes en la historia de la humanidad, con el valor de la vida saltando al primer plano. Vida y naturaleza, y no más complejo industrial-militar, productivismo y consumo; vida y naturaleza y salidas a la crisis climática, por ejemplo.


La crisis que vivimos es civilizatoria, no simplemente de la modernidad o del neoliberalismo. Existen ya suficientes luces al respecto. Asistimos al nacimiento de una nueva civilización, mientras la vieja fallece inevitablemente. Sin embargo, como en todos los movimientos milenaristas, trata de llevarse a cuantos pueda consigo. El capital no sabe de vida; tan sólo de cifras, y ve a la gente como estadísticas.


Si para crear se necesita confinamiento, para celebrar la creación son necesarios actos de encuentro y celebración. Y durante el confinamiento por esta pandemia es mucha la creatividad percibida: en las artes y en la academia, en la cultura popular y en las artesanías, en ciencia tanto como en filosofía. El desconfinamiento será la ocasión de compartir, asimilar y evaluar esta creatividad. Sin embargo, lo claro es que todo apunta hacia un espíritu crítico, alternativo y no ya simplemente contestatario, sino, propositivo. Una mirada sensible y crítica a las dinámicas que tienen lugar en las redes sociales así permite anticiparlos.


En verdad, la celebración de la cultura es un acto social: las exposiciones, los lanzamientos de libros, las lecturas de poesía, los encuentros y debates académicos, y demás. El sector cultural se habrá de reinventar en el futuro inmediato. Numerosos textos están siendo escritos, y muchos de ellos podrán ser publicados también en impreso, por ejemplo.


Un elemento determinante que cambiará será el cuidado a la vejez (“el adulto mayor”). Hay una idea que no se sostiene más, y que proviene de la Segunda Guerra Mundial. Impuesta por la Cruz Roja, se trata de la idea de que la prioridad en los procesos de salvamiento va así: primero mujeres, luego niños, después adultos y al final los ancianos. En el marco de la sociedad del conocimiento este criterio es vetusto y, en verdad, peligroso. No solamente ignora la inversión de la pirámide demográfica, algo inexistente en los años 1940, sino que desconoce por completo la educación, la memoria y las curvas de aprendizaje que implica el adulto mayor en el contexto de la sociedad del conocimiento. En numerosos países han comenzado a realizar la crítica del criterio que ha llegado a permear a las ciencias de la salud. En verdad, un criterio biologista debe poder lugar a uno de tipo cultural, social y de conocimiento. De lo contrario, se cae en el peligro de convertir la eugenesia en androfobia.


Nada volverá ser igual: la idea de la termodinámica


Nada volverá a ser igual, una vez que pase la pandemia. En primer lugar porque se ha hecho un aprendizaje, en muchos casos doloroso. Segundo, porque saldrán a la luz verdades que los gobiernos han estado ocultando: cifras de muertes, manejos de presupuestos, alianzas oscuras, asesinatos cometidos o permitidos por agentes y fuerzas del Estado, y mucha corrupción. Las persecuciones a los periodistas independientes, líderes sociales, miembros de la oposición, ambientalistas y ONGs mientras tenía lugar el aislamiento social no pueden quedar impunes. Sin la menor duda, las élites le temen a la transparencia y a la información. Ambas son, hoy por hoy, la principal fortaleza de los movimientos sociales y políticos alternativos. Una nueva democracia es posible gracias a la creciente de información pública, compartida y revelada. El mundo de los datos no es patrimonio de nadie. Los movimientos sociales, políticos y sectores de la academia están aprendiendo el procesamiento de datos, y todo lo que ello comporta.


En numerosos lugares, el cuidado de la vida ha sido el resultado más de políticos locales que de gobernantes nacionales, alrededor del mundo; de médicos y personal sanitario antes que de políticas públicas; en fin, de las comunidades y redes sociales antes que de militares, banqueros y políticos. Esto ya ha quedado en claro. Numerosas consecuencias surgirán de este estado de cosas.


Una derivación inmediata de la termodinámica establece que hay un costo en los procesos de aprendizaje, traducido en la elaboración de clases de equivalencias entre hechos cumplidos, descuidos y abandono de un lado, y la creación de posibilidades, con la generación de acción colectiva creativa, crítica y radical.


El aislamiento social ha congelado la acción colectiva; pero no la ha suprimido, en absoluto.


Los estudiantes chilenos volverán a las calles. Las mujeres seguirán cantando voces de protesta alrededor del mundo. Los indignados y los okupas se organizarán de formas aún más creativas. Y se publicarán, leerán y discutirán los aprendizajes logrados. Una fabulosa articulación entre movimientos locales y aprendizajes globales habrá de arrojar nuevas y refrescantes luces. Las gentes han aprendido a usar las tecnologías a su favor, y seguirán haciéndolo. Y nadie podrá controlar la fuerza de internet y de la acción colectiva subsiguiente.


Nada será igual a lo que era antes de la pandemia porque las cosas serán mejores, a favor de la vida y la naturaleza, y peor cada vez para el gran capital. En un estudio ya clásico, M. Randle pone en evidencia las distintas modalidades de la resistencia civil (2): la desobediencia civil, la insumisión, el desacato, las sentadillas, la objeción de conciencia, el boicot, las huelgas, los paros, la ocupación, la rebelión armada no violenta, son algunas de las formas más destacadas. A estas se suman la canción protesta, las coreografías, las fiestas populares y en general toda forma de acción colectiva no-violenta. La crisis del covid-19 sirvió para redimensionar los sistemas de trabajo, de producción, de estilos de vida y de valores anteriores a la crisis. Este redimensionamiento se traduce en un cambio en las formas de vida, y entonces, en el sistema de libre mercado. En el capitalismo, el valor por excelencia es el valor de cambio. Y éste es exactamente el que se ha revelado como secundario frente al valor de uso, frente a la salud y la vida misma, como un todo. Como dicen los mayores: si se tiene la salud todo se lo tiene; lo demás es secundario.


El periodismo independiente, la academia crítica, las ONGs de derechos humanos y las ambientalistas, las nuevas formas de expresión artística, los movimientos de hacker éticos, la minga indígena, el movimiento campesino, sectores de las clases medias y algunos (desafortunadamente aún pocos) miembros del sector industrial y comercial democráticos, militares críticos y otros sectores sociales habrán de encontrarse en el post-confinamiento. Lo que habrá que celebrar es la vida.


Subrayemos esto: no es al virus a lo que se habrá derrotado, sino a la indolencia de gobernantes y políticos corruptos, de banqueros y financistas ciegos por el poder y el dinero, en fin, a políticas públicas sociales que deberán ser cambiadas. Las gentes saldrán después del aislamiento social no solamente a recuperar las distancias perdidas y los encuentros que se suspendieron, sino, además, a reconocer ampliamente que fue el personal sanitario el que estuvo al frente, y una buena parte de los que cayeron unos, y se recuperaron otros. A pesar de los gobiernos, los bancos y los militares.


Es evidente: las élites tradicionales tienen miedo. Y deberán tenerlo aún más, una vez que superemos la pandemia y la alegría vuelva a ser posible: en la calles, colectivamente, unos con otros, en el abrazo y el calor humano. Que es lo más real que podemos tener como humanos. A pesar de la desconfianza e incertidumbre que hoy domina, por paradójico que parezca, las gentes han perdido el miedo: ésta es la más grande ganancia que puede haber en la vida jamás. De ahí en adelante todo lo que queda es ganancia: y entonces mucha acción colectiva, que no es sino un nombre para la alegría y la fiesta.

1. Cfr. Maldonado, C. E., (2020) “¿Qué significa la crisis del Coronavirus?”, en: Le Monde diplomatique, edición Colombia, abril, año XVIII, No. 198, pp. 4-6.
2. M. Randle, Resistencia civil. La ciudadanía ante las arbitrariedades de los gobiernos, Barcelona, Paidós, 1994.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • Edición:200
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº200, junio 2020
Visto 438 vecesModificado por última vez en Jueves, 11 Junio 2020 08:45

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.