Viernes, 12 Junio 2020 10:49

La “satelitización total de la vida” como paradigma del futuro posible

Escrito por Damián Pachón Soto
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Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)

En 1957 Sputnik se convirtió en el primer satélite que se puso en órbita. Desde ese momento los rusos lograron que la tierra se pudiera percibir desde un “afuera” y la humanidad adquiriera una mayor auto-consciencia de su puesto en el cosmos. Con esta hazaña se inició también el escaneo permanente del espacio y del universo. Este hecho se convirtió en un punto de partida nuevo para la humanidad. No sólo significó un acontecimiento importante en la carrera espacial, sino en un “modelo” mismo –un paradigma diríamos con Giorgio Agamben– que amplió y profundizó la organización y el control de la vida en la tierra, y que puede ser el paradigma hegemónico en ese futuro que los gobiernos han empezado a llamar “nueva normalidad”. Si, al fin y al cabo, los satélites artificiales han servido para recoger información, almacenarla, procesarla y transmitirla, en la “nueva normalidad” o “excepcionalidad normal”, podrían ponerse al servicio de un total bio-control de la población.


Ese logro de la tecno-ciencia en el siglo XX sólo fue en ese momento otro peldaño más escalado producto de los sueños prometeicos y fáusticos despertados en los albores de la modernidad; o lo que Francis Bacon llamó el “imperio humano sobre el universo”, el cual buscaba realizar “todas las cosas posibles”. Entre los siglos XVI y XVII cambia la cosmovisión y, por ende, la imagen del mundo. El Nuevo Mundo “descubierto” por Colón dio lugar a una mayor y creciente colonización del orbis terrarum. Esa colonización no sólo fue posible por los descubrimientos geográficos, los adelantos técnicos y de navegación, sino por la apertura mental posible gracias a la vuelta del escepticismo pirrónico y el de Sexto Empirico, lo cual produjo, en pocos años, el cuestionamiento de esa imagen del mundo sustentada por la cosmovisión cristiano-medieval de la realidad.


Eran las postrimerías del Renacimiento, donde la escolástica perdía el monopolio de la explicación del origen y el destino del mundo. Pero era, también, el entronamiento de la razón, de la ratio, esa misma que Hobbes definió, en El Leviatan, como cálculo. El cálculo no sólo respondía a las necesidades de la naciente sociedad burguesa y su matrimonio con el Estado, esa nueva “empresa” como la llamó Max Weber, sino que era el nuevo fundamento de la filosofía y de la racionalización del cosmos. Así, resquebrajada la cosmovisión cristiana, el mundo pasó a ser dominio humano, profano, desencantado. El “desencantamiento del mundo” y la concomitante razón cálculo, darán origen a lo que el pensador colombiano Darío Botero Uribe llamó “raciomundanidad” o, lo que es lo mismo, la consumación del postulado weberiano según el cual: “como lema de toda investigación en torno al racionalismo debería figurar este sencillo principio olvidado a menudo: que es posible racionalizar la vida desde los más distintos puntos de vista y en las más variadas direcciones”.


El dominio logrado sobre la naturaleza en el siglo XVII, gracias a los aportes de Newton y de tantos otros, es correlativo con el paradigma del gobierno. Es decir, al dominio del cosmos correspondía también la imperiosa necesidad de administrar la polis, la civitas. No es raro, entonces, que la ciencia social haya seguido a la ciencia o filosofía natural consolidada durante la revolución científica. Gobernar es regir, y se debe regir no sólo la naturaleza, sino también la sociedad. La biopolítica foucaultiana muestra bien ese nuevo paradigma de gobierno creciente en Europa de la mano de la consolidación del Estado, más precisamente, diríamos, en el tránsito del Estado absolutista al Estado de derecho liberal.


El Estado moderno hizo necesaria cada vez una mayor organización social. Ésta no es posible sin mecanismos de control social, entre ellos, el derecho, y muy especialmente, el derecho punitivo. El derecho, que regula, permite y prohíbe, no es más que una expresión de la racionalidad romana rediviva en la configuración de la nueva vida estatal. En ésta, el encapsulamiento, la ubicación, la determinación del espacio en relación con la población, la estadística, es fundamental. Desde luego, esta juridificación y administración de la vida cotidiana no es suficiente, pues requiere de otros mecanismos como la moral y la ética. La regulación de la vida social siempre ha ido de la mano de la autorregulación social, la cual es muestra, de paso, de la legitimidad otorgada por los ciudadanos a los sistemas políticos.
La nueva organización social de la modernidad necesitó que el pensamiento funcionara, para usar la expresión de Max Horkheimer en la Crítica de la razón instrumental, como “ancilla administrationis”, lo cual en manos de los gobiernos se traduce en una manera de “rector mundi”. Esto es, la razón esclava de la administración puesta al servicio de regir o gobernar el mundo. Que a esto le llamemos sociedad panóptica, disciplinaria, poco importa. Ya no estamos en ese paradigma. Más bien, hoy éste ha sido subsumido en lo que Deleuze llamó “sociedad de control” o, en términos marxistas, en la subsunción real de la vida por el capital.


La sociedad de la subsunción real de la vida en el capital, esta aldea global de la sociedad unidimensional, se torna, gracias a la información, a su hiperrelación e hiperconexión, en una especie de organismo social, complejo heterogéneo, pero encapsulada bajo el paradigma de la vigilancia permanente. En esta nueva realidad de las últimas décadas, capitalismo y seguridad van de la mano, máxime desde el 11 de septiembre cuando la lucha global contra el terrorismo justificó la restricción de las libertades y alteró más la frágil geopolítica mundial, dando lugar al derecho de intervención y a la guerra preventiva. En todo caso, el Estado se puso al servicio del capital en la era neoliberal, y la extracción de plusvalor, la explotación de la vida y la naturaleza, ha sido facilitada por mecanismos más fuertes de control social, represión y vigilancia, en desmedro, desde luego, de los mecanismos de auto-regulación social.


En el contexto actual de la pandemia, donde las crisis múltiples que anidaban en las entrañas de la civilización se han convertido en síntomas, claramente patentizados e identificados, la urgencia de controlar el virus y el contagio, avizora un aumento de estos sistemas de control y vigilancia. La necesidad crea la oportunidad y los gobiernos lo saben, de tal manera que se abre un abanico de posibilidades técnicas de control y la tecno-ciencia trabaja en ello. Es fácil comprender que, en la situación actual, si bien eso que llamamos globalización va a sufrir transformaciones radicales, se hace necesaria una vigilancia global sincronizada, actual, en tiempo real. Desde luego, tal vigilancia se articulará gradualmente desde lo local, pasando por lo estatal, hasta articularse a los sistemas de control y vigilancia global. Esta posibilidad planteada por Byung-Chul Han, nos pone en un escenario donde el ciber-Estado acudirá a mecanismos y dispositivos sacados de una película distópica o de series a lo estilo Black Mirror de Netflix. Esta vigilancia global sincronizada, articulada segmentalmente, puede leerse bajo el paradigma de la “satelitización total de la vida” o “sputnikismo biocratico”, que nos devuelve a la imagen teológica del ojo divino que todo lo ve, planteada en Marcos 4: 22: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz”. Sería una especie de Dios digital omnipresente. El mundo en acto ante el super-ojo satelital de los gobiernos del mundo.


Ya los celulares que controlan el distanciamiento social, donde sí se ha estado en un punto plenamente cartografiado, en contacto con un contagiado, manda directamente al individuo al confinamiento; donde el perro robot es usado para lo mismo; donde el dispositivo en la mano o en el pie, tal como se usan para el arresto domiciliario, vigilan las posibilidades de movimiento; donde el cheap electrónico o el reloj multifunciones ubican y leen la temperatura o los signos vitales, son una realidad en marcha. Todos ellos se podrán articular en esa nueva normalidad que se avecina de no ser posible el control total del covid-19. Si los poderes existentes ya escanean el universo, por qué no usar el “satélite” para un escaneo permanente de la vida. La “visibilidad como elemento integrante del control social” –para decirlo con las palabras del sociólogo Robert K. Merton– será la nueva realidad. De ahí surgirían insumos para la nueva gobernabilidad.


Esta satelitización total de la vida disolvería la distinción –ya casi inexistente– entre la vida privada y la pública, menguaría más las libertades, de tal manera que en el futuro la libertad sería un bien escaso y preciado; vulneraría de manera inimaginable la democracia, aseguraría el disfrute de los privilegios de las élites más pudientes, en fin, profundizaría las injusticias de la sociedad actual y crearía nuevas formas de jerarquización y exclusión. Incluso, tornaría funcional a la eugenesia social profundizada (miseria, pobreza, disminución de las posibilidades) por los efectos de la pandemia.
Lo curioso es que hace unos meses se criticó fuertemente a algunos filósofos e intelectuales por sus pronósticos apocalípticos, pero lo cierto es que en la medida en que se vaya perdiendo la batalla contra el coronavirus –para usar ese lenguaje bélico tan de moda por estos días– pensadores como Agamben y Han tendrían algo (o mucha razón). No lo sabemos con certeza, dadas las dificultades de pensar en el vértigo de la crisis, pero es una posibilidad.


Sin embargo, la política no está aún aniquilada ni desactivada. Es claro que los gobiernos gozan por estos días de carta libre –bajo muy poco control– para tomar medidas, y que la pandemia ha puesto en letargo la protesta social, tal como ha sucedido en América Latina, en países como Chile, Colombia y México. De tal manera que impedir la materialización de la mencionada satelitización de la vida solo será posible si los movimientos sociales, la ciudadanía, los colectivos, etcétera, logran crear un horizonte alternativo de existencia. Finalmente, si la protesta social se reactiva y convierte el Estado y lo público en “objetos” en disputa, en espacios de lucha, se pueden crear modos de vida distintos, plurales, con instituciones fuertes, anti-patriarcales, vitalistas, justas, etcétera, donde lo común y la realización pluridimensional de las personas sean el horizonte de la política y la convivencia.

* Profesor Universidad Industrial de Santander,
Doctor en Filosofía, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional

  • Autor:Damián Pachón Soto
  • Edición:200
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº200, junio 2020
Visto 413 vecesModificado por última vez en Viernes, 12 Junio 2020 10:52

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