Sábado, 13 Junio 2020 08:28

El cerco se estrecha

Escrito por Philip Potdevin
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Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)

Lo que está en juego, más allá de la pandemia, son las libertades individuales y sociales dentro de democracias que cada vez se asemejan más a regímenes totalitarios.

 

Los gobernantes a través de sus actuaciones desnudan sus más profundas convicciones. Por ejemplo, la alcaldesa de Bogotá, quien goza de un alto índice de popularidad, ante la pregunta de una periodista de cómo estaba ante la situación de la pandemia, contestó al borde de las lágrimas: “Angustiada, Yolanda, angustiada”, con voz entrecortada, y tras una pausa, “Muy angustiada. […] Tengo ocho millones de personas por cuidar, esa es mi responsabilidad”(1). Una expresión que revela que al ciudadano se le trata como a un menor de edad incapaz de cuidarse por sí mismo. Por contraste, y menos de un mes después, al otro extremo del maternalismo, la misma gobernante declaró: “El nuevo crimen es salir sin tapabocas” (2). Es la otra cara del continuo de poder, criminalizar la conducta ciudadana al punto de perseguir al individuo por algo que no puede ser más que una contravención o una conducta socialmente reprochable, jamás un delito. Entre las dos actitudes, maternalismo y persecución, ambas igual de absolutistas en el ejercicio del poder, subsisten las distintas formas de confinamiento obligatorio, con profundas implicaciones para las libertades individuales.


Encerrar a la gente en sus casas ha sido la medida tomada como “mejor práctica” por casi todos los gobiernos del mundo, siguiendo el ejemplo chino y coreano para contener la pandemia. Del otro lado, hay países como Suecia que se negó a imponer ningún tipo de confinamiento, y Bielorrusia que se negó a caer en el contagio del miedo y adoptó una actitud mucho más festiva. Pero ir en contra de las medidas draconianas es desafiar la autoridad científica de expertos epidemiólogos y de la máxima autoridad en el tema, la OMS. Lo que está detrás es el encubrimiento de la enorme deuda social de los Estados por haber despreciado, a través de la desinversión y de la privatizaciones, la importancia de un cubrimiento apropiado en los servicios de salud para la población, en especial, para la más pobre y vulnerable.


Añádase a esto que los gobernantes y líderes del mundo desconocen o subvaloran una verdad de Perogrullo: el ser humano es esencialmente un zoon politikon y en su condición gregaria, individuo de la polis, necesita la ritualidad de reunirse, congregarse, festejar, celebrar, solidarizarse, acompañarse, abrazarse. La necesidad social ha sido imposibilitada con las medidas de confinamiento, aislamiento y distanciamiento. Ahora parecen monumentos al absurdo escenarios de reunión vacíos como teatros, coliseos, bibliotecas, auditorios, estadios, parques, paseos peatonales, terrazas, playas. Y, a medida que estos reabren paulatinamente, la demarcación del espacios para el distanciamiento parecen más un insulto a la sociabilidad que una medida de protección.


De allí que la propia OMS haya advertido sobre otra crisis inminente: «El aislamiento, el miedo, la incertidumbre, la agitación económica, todos causan o podrían causar angustia psicológica. La salud mental y el bienestar de sociedades enteras se han visto gravemente afectados por esta crisis y son una prioridad que debe abordarse con urgencia» (3).

Concedamos que el encerramiento forzoso ayude a contener la propagación del mal, pero si se mira más allá de esto, ¿qué se gana con el aislamiento, el distanciamiento y la reclusión de los ciudadanos? ¿Acaso no es el más grande miedo de los gobernantes el temor a que la “multitud” se manifieste libre y espontáneamente contra los mecanismos de dominación? El confinamiento voluntario, obligatorio o inteligente –todos eufemismos sacados de la chistera de la PNL–, coarta el derecho a la protesta social, a la manifestación pública, a la expresión colectiva. No solo por la prohibición expresa de llevarla a cabo sino por la angustia sembrada en el ciudadano de la calle en torno al riesgo de congregarse con sus semejantes en una calle a protestar. Los motivos para reunirse solidariamente y ejercer presión ante las autoridades pasan a un segundo plano ante el miedo de poner en riesgo la vida. Es una cuestión de supervivencia individual.

Todo lo anterior tiene muchas aristas. No deja de sorprender la forma como los mayores de setenta años están siendo tratados, extremando su encierro forzoso bajo el pretexto de ser los más vulnerables. De nuevo, se está ante un manejo que desconoce la autonomía, la sabiduría y el respeto por el ciudadano. En la sociedad del siglo XXI, se es funcional más allá de los setenta años, entonces ¿qué propósito hay en tratar a esa población –que a través de la historia se ha respetado como sabios, consejeros y asesores de gobernantes y de las generaciones más jóvenes–, como si fuera menor de edad incapaz de decidir por sí misma? No deja de ser paradójico que algunos miembros del gabinete del presidente Duque hayan tenido que dar un paso atrás y quedarse en la sombra por ser precisamente mayores de setenta años.


A contrapelo de la tendencia de justificar las bondades de las medidas coercitivas, ampliamente defendidas tanto por gobernantes como por la tendencia mayoritaria mediática, de cerrar filas en una peligrosa unanimidad doctrinaria, comienzan a erigirse voces críticas. Por ejemplo, el rector de la Universidad del Valle, afirma que “el confinamiento es una medida de la Edad Media” (4) producto de la poca preparación y la falta de herramientas tecnológicas de los gobiernos y administraciones.


La crisis actual ha permitido entrever un sustrato aterrador al fondo del espeso mar de estadísticas engañosas (5), interpretaciones, alarmas, decretos, amenazas, advertencias, medidas y controles: la pretensión oculta bajo el eufemismo de “nueva normalidad” es otra estrategia de dominación, elemental, pero eficaz, de biopolítica que rebasa los límites de cualquier democracia para adentrarse en el totalitarismo; algunos ya la denominan abiertamente como neofascismo (6).

 

¿No se estará escondiendo un cierto experimento de autoritarismo y de poder que dialoga con las estrategias neofascistas? ¿No se estará produciendo una gran falacia a nivel global para aplicar tecno-controles, vigilancias y castigos en el presente y en un futuro cercano? A medida que pasamos por el “confinamiento obligatorio preventivo” se van despejando los campos, generando varias dudas sobre los actuales acontecimientos.

 

Desde diversas latitudes surgen cuestionamientos que revelan otra realidad. La diputada italiana Sara Cunial, ha declarado recientemente ante el parlamento italiano:

 

«Hobbes nos decía que el poder absoluto no nace con una imposición desde arriba, sino de la elección de individuos que se sienten más protegidos renunciando y concediendo la propia libertad a otras personas. Ustedes, en virtud de esto siguen anestesiando las mentes con base en medios de comunicación comprados, en gel desinfectante, en la PNL, con palabras como régimen, permitir, autorizar, hasta el punto de “permitirnos” regular nuestras relaciones y sentimientos y certificar nuestros cariños. [...] Hemos entendido que no se muere, por cierto, solo por el virus, y desde entonces se podrá sufrir y morir gracias a ustedes, según la ley, por la miseria y la pobreza. Y como en los mejores regímenes, la culpa será echada a nosotros, los ciudadanos. Nos quitáis la libertad y nos decís que nos lo hemos buscado, al grito de “divide et impera”. Quienes al final lo pagan son, sobre todo, nuestros hijos, almas violentadas por quienes supuestamente deberían garantizar sus derechos. Será permitida la vuelta al colegio solo con pulseras para acostumbrarlos a la libertad bajo vigilancia, a los tratamientos sanitarios obligatorios esclavistas y a campos de concentración virtuales, en cambio de un patinete y una tablet. Todo esto para satisfacer los apetitos de un capitalismo financiero cuyo motor es el conflicto de intereses, representado por la OMS, cuyo principal financiador “salvador del mundo” es el conocido “filántropo” Bill Gates.

 

Lo que está en juego, más allá de si la pandemia se va o se queda, de en qué momento se supera la pendiente de la curva, de hasta cuándo se extiende la cuarentena o cuándo se pasa de una fase a otra, de si hay riesgos de rebrote es algo más profundo y sensible: el principio de libertad, individual y social, un principio que parecía dado por sentado en los derechos humanos universales. Este derecho está en riesgo y es lo que han enmascarado numerosos gobernantes apoyados por una comunidad científica y médica y por los organismos multilaterales como la OMS.


Y cuando aparece el debate, este se limita a intentar dilucidar un falso dilema en el que muchos tropiezan por un hilo invisible atravesado en el camino: la elección entre dos opuestos: privilegiar la vida, a través de extremar las medidas de confinamiento o privilegiar la economía, permitiendo que los negocios y las actividades industriales, comerciales y profesionales vuelvan a operar. En todos los medios aparecen cada día opiniones de numerosos analistas que tratan de dilucidar el acertijo sin darse cuenta que han caído en una trampa al adentrarse en agones, disputas típicas entre los personajes de la tragedia griega: Antígona y Creonte, Edipo y Tiresias, Medea y Jasón, Agamenón y Clitemnestra. Para un ciudadano desprevenido es difícil tomar partido por uno u otro, pues en ultimas, ambos parecen tener la razón. La forma como se desate el nudo siempre dejará insatisfecha a la otra parte. Estamos entonces, ante una aporía, un razonamiento en el que aparecen contradicciones o paradojas irresolubles.


La dificultad en resolver las aporías es la forma cómo se plantean o las premisas de donde parten. En general, lo que esconden es algo más de fondo que permanece en un segundo plano. De allí que en lugar de caer en la falacia de inclinarse por la salud o por la economía, lo relevante es resaltar lo que está en el fondo: el deterioro de la libertad humana de elegir su destino, sus comportamientos y hasta sus pensamientos.


En los últimos años autores como Sadin (7) y Srnicek (8) vienen advirtiendo de qué manera la inteligencia artificial, con sus algoritmos que registran, vigilan, controlan, procesan y anticipan comportamientos, ha irrumpido en la “gestión de la vida”, donde las decisiones del individuo son influidas, de manera sutil pero decisiva, por el conjunto de medios de comunicación, motores de búsqueda, aplicaciones y redes sociales. Ahora los teléfonos inteligentes descargan de manera automática aplicaciones de rastreo de contactos con el supuesto fin de determinar el riesgo de contagio (9), una herramienta más en el eslabón de vigilancia biopolítica. El ser humano es cada vez menos autónomo en su ir y venir, en su discurrir, en su comportamiento y en su pensamiento, a pesar de que la época actual está nimbada de un falso halo de exacerbada individualidad y libertad. Byung Chul Han ha dicho, recientemente: “Con la pandemia nos dirigimos hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, sino incluso nuestro cuerpo, nuestro estado de salud se convierten en objetos de vigilancia digital (10).


Las fronteras de la libertad individual se estrechan en todos los campos de acción, desde lo físico, a través del encierro obligatorio y el distanciamiento físico, hasta lo intangible pero verificable, como es el pensamiento y sus mecanismos de toma de decisiones de qué hacer, qué comprar, qué buscar, qué leer, a dónde viajar, por quién votar…


Hay un retroceso en las libertades individuales tras el cenit alcanzado en algún punto entre la Revolución Francesa y la crisis actual. De la crisis actual emergemos más vigilados, más restringidos, más dominados, menos autónomos, en una palabra, menos libres. El anhelo perpetuo por la dignidad humana ha sido puesto en suspenso. La búsqueda de la realización personal y de los esfuerzos por practicar la solidaridad con los demás ceden al instinto más básico que domina al ser humano: el de la supervivencia. El mismo Han sintetiza:

 

“El virus es un espejo, muestra en qué sociedad vivimos. Y vivimos en una sociedad de supervivencia que se basa en última instancia en el miedo a la muerte. Ahora sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente. Todas las fuerzas vitales se emplearán para prolongar la vida. En una sociedad de la supervivencia se pierde todo sentido de la buena vida. El placer también se sacrificará al propósito más elevado de la propia salud”.

 

La pregunta que aflora es ¿qué hacer frente al cerco que se estrecha y se cierra sobre el ciudadano? ¿Qué queda a este en sus pretensiones de libertad individual y de ejercer la solidaridad? Desde una perspectiva macroeconómica, el economista francés Piketty, autor del reciente Capital e ideología, se ha pronunciado con una tesis que encuadra en su anhelo de reinventar la socialdemocracia y el Estado de Bienestar Social. “Debemos ser muy cuidadosos. Así que, hoy, pienso que además de estos confinamientos masivos debemos aumentar la inversión en nuestros sistemas públicos de salud y desarrollar mejores redes de seguridad social y apoyar más los ingresos de todos los que lo necesiten”. Pero por otro lado, no deja de mencionar el potencial que tiene la protesta social: “Esta crisis podría alimentar efectos muy contradictorios. En términos generales, lo que expongo en mi último libro es que todo depende de la movilización política, las movilizaciones sociales …”. Es decir, a mayor presión sobre el confinamiento, mayor potencial de las comunidades para manifestarse contra el recorte de las libertades individuales. Las consecuencias pueden ser previsibles.


De otra parte, el individuo, en su soberanía interior, posee un recurso inalienable: la resistencia civil, pacífica y firme, de oponerse a toda forma de dominación, llámese confinamiento, encierro, aislamiento, vigilancia o intromisión en su vida privada, familiar, social y comunitaria. Hoy recobran vigencia los postulados de un neoanarquismo que rechaza las más sutiles pero también las más explícitas formas de dominación. Ante las fuerzas que estrechan el cerco sobre los derechos humanos universales, el llamado está en abogar, como se hizo en la Revolución Francesa, y en cada momento crucial de la humanidad, por un ciudadano que goce de unos derechos consustanciales a su naturaleza que se han ido disolviendo en los vericuetos de las democracias que cada vez más semejan regímenes totalitarios donde estos simplemente no existen. El bienestar del ser humano debe ser puesto de primero y no al final de la lista de los intereses del capital y de los gobernantes. Tras lanzar la carta de la resistencia civil, es la multitud quien decide la siguiente jugada.

 

1. RCN, 19 de abril, 2020, entrevista con Yolanda Ruiz.
2. El Tiempo, 10 de mayo 2020
3. The Guardian, 14 de mayo 2020, dijo la directora del departamento, Devora Kestel. Dijo que el mundo podría esperar un aumento de la gravedad de las enfermedades mentales, incluso entre los niños, los jóvenes y los trabajadores sanitarios.
4. El Tiempo, 9 de mayo, 2020.
5. Ver, por ejemplo, Carlos Maldonado, Los engaños de la estadística, Desde abajo, mayo 2020.
6. Fajardo Fajardo, C., Neofascismos y pandemia. Desde Abajo, mayo 2020.
7. Sadin, E., La siliconización del mundo, la irresistible expansión del liberalismo digital, Caja Negra, colección Mundos futuros, Buenos Aires, 2017.
8. Srnicek, N.Capitalismo mde plataformas, Caja Negra, colección Mundos futuros,Buenos Aires
9. El Espectador, 19 de mayo, 2020. El desafío tecnológico que propone el COVID-19, las aplicaciones para rastreo de contactos.
10. El Tiempo, 17 de mayo, 2020

 

*Escritor, integrante el Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

Información adicional

  • Autor:Philip Potdevin
  • Edición:200
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº200, junio 2020
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