Lunes, 15 Junio 2020 10:20

Pospandemia no significa superación de la crisis ni capitalismo normalidad

Escrito por Francesca Gargallo Celentani
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Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)

Y ahora que muchas feministas hemos dicho repetidas veces que la pandemia ha solo evidenciado la crisis que estaba ahí, tocando a la puerta, nos vemos en la urgencia de afirmar que no queremos volver a la normalidad de esa crisis latente. No queremos más inacción ante el cambio climático para apuntalar con tierras devastadas y cantidades de C02 e Hidrógeno en el aire al capitalismo. No queremos un sistema ecocida que del ser humano solo le interesa su fuerza de trabajo. No queremos jerarquías, confinamientos, control.
Usaré unas imágenes y conceptos para sostener esta afirmación: retorno, mutación, reordenamiento, revolución y cambio civilizatorio.


Mutación y reordenamiento son dos palabras que caracterizan perfectamente el comportamiento de los virus. Cada año el virus de la influencia evoluciona gradualmente a través de mutaciones en los genes que ocasionan que su superficie exterior parezca diferente y los anticuerpos producidos por una infección anterior no lo reconozcan y no puedan combatirlo con eficacia. El virus que provoca el VIH es más frenético, está atareado como un corredor de bolsa y parece un adalid del productivismo capitalista: se reproduce mucho más rápido que la mayoría de otras entidades, en miles de millones de copias de sí mismo cada día. A medida que se copia rápidamente a sí mismo, comete errores, lo cual se traduce en mutaciones de su código genético, que se reproducen a su vez, se recombinan y forman nuevas variaciones dentro de la persona. Paralelamente, los virus de las computadoras mutan cada vez que el inventor de sus antivirales necesita vender uno nuevo y las tendencias virales en las redes sociales se reordenan según la rapidez con que los ídolos que los ponen a circular cambian. La relación que estas mutaciones virales tienen con nuestros comportamientos, con nuestros miedos y con la capacidad de controlar nuestros comportamientos está en directa relación con la capacidad de mantenernos en constante estado de alarma, hacernos comprar antivirales (o vacunas) o amenazarnos.


Revolución es una vuelta acelerada que provoca un cambio generalmente brusco sobre algo ya existente. En tiempos remotos, las revoluciones eran retornos a las normalidades trastocadas por hechos extraordinarios –pestes, invasiones, migraciones–, pero, desde la Modernidad Ilustrada, revolución se ha convertido en un término político que remite a los comienzos de algo completamente nuevo, que puede provocar rechazo en amplios sectores de la sociedad, aunque otros la hayan planeado e impulsado. ¿Es tiempo de una revolución en el modo de concebir nuestra relación con el trabajo, los cuidados, la vida y la naturaleza? De ser así, el cambio civilizatorio es la transformación vital, cooperativa y simbiótica, donde se abre paso y asienta este algo completamente nuevo contra el que combaten conservadores, liberales, patriarcas y millones de personas asustadas que buscan certezas.


Las feministas, por mucho que le pese al señor Zizek, desde hace más de medio siglo, venimos reflexionado, fantaseando y construyéndonos imágenes del fin del patriarcado y del capitalismo para un cambio civilizatorio que contemple la igualdad de oportunidades para personas y culturas diferentes sobre la base de la valoración de los trabajos indispensables, los de los cuidados y de la alimentación, y el fin de las confrontaciones, competencias y exaltación del individualismo.


El cambio civilizatorio que proponen las feministas es una construcción colectiva para desprendernos de la ilusión patriarcal del Dominio mundi que nos ha llevado a su pronto colapso. Cuestiona los objetivos económicos del sistema, cuales el desarrollo, el crecimiento continuo y la fantasía de infinitud que, inevitablemente, aterrizan en prácticas de control del trabajo, de los recursos naturales y de los productos culturales de los pueblos. Según el ambientalista mexicano Enrique Leff, la construcción de un conocimiento no de dominio, sino solidario con la diversidad y la diferencia, sería un “saber ambiental”. Para impulsar y organizar un cambio civilizatorio, este saber ambiental será la base de toda pedagogía. En efecto, construir la organización ecológica de la vida implica dialogar con respeto con percepciones distintas de la naturaleza de la que somos partes y examinar el conocimiento más allá de la racionalidad comunicativa construida sobre un posible consenso de juicios y verdades. 


Ahora bien, este tipo de saber ambiental mina la ideología de la ciencia única, verdadera, cuyas bases, nos enseñan desde la primaria, guían el destino de la humanidad a la salud y la prosperidad. Entre los motivos por los que no podemos volver a la normalidad del colapso capitalista que la pandemia vino a evidenciar está la función de las universidades y el concepto de ciencia única, que se impone sosteniéndose en los valores de mercado. La academia propaga y defiende su ciencia desde su poder de descalificar cualquier investigación o presupuesto que ponga en duda su poder. Para conseguir patentes de vacunas y medicamentos (que, de obtenerse, habrán sido financiadas con dinero público pero serán de su propiedad), las universidades han impedido de hecho el reconocimiento a las curas tradicionales, con sus saberes e investigaciones prácticas, que en las comunidades más aisladas y en zonas urbanas empobrecidas están siendo las únicas que llegan a salvar las vidas de las personas infectadas.
En su libro Monocultivos de la mente: perspectivas de la biodiversidad y la biotecnología, la física y ecofeminista india Vandana Shiva sostiene que en los últimos tres siglos la racionalidad de la ciencia moderna ha transformado el escenario del planeta porque ha colonizado los espacios geográficos tanto como las poblaciones, volviéndolas rehenes de una ideología del dominio y de los valores del mercado. Las mentes así se han cristalizado en un “monocultivo”, una cultura que homogeneiza, uniformiza y mercantiliza todas las formas de vida. Y que además es capaz de generar constantemente discursos, mecanismos y herramientas perfectamente racionales para perpetuar el sistema ante cada cuestionamiento y acción para acabar con los males existentes. Desde 2005, Shiva nos ha develado que los monocultivos primero se instalan en las mentes y luego se transfieren al suelo. Son ideas y estrategias económicas que generan modos de producción que destruyen la diversidad de la vida y legitiman la minería, el trabajo explotado, la destrucción de las selvas, los megaproyectos hídricos, así como la devastación de cualquier cultura –con su respectiva pedagogía– diferente a la establecida por el mercado.


La infección viral que desde principios de este año se ha subido a los aviones baratos y contaminantes del turismo de masa, y ha ido saltando de país en país, ha logrado que la Organización Mundial de la Salud, una especie de superministerio mundial de salubridad, presionara a estados nacionales que se pretendían globalizados para que encerrara en su fronteras nacionales, sus municipios y sus casas aproximadamente el 65 por ciento de la población mundial en todos los continentes (excluyendo a aquellas personas cuyos trabajo son considerados indispensable por el sistema financiero-industrial, más las personas que proporcionan servicios indefectibles para la vida). Supuestamente este encierro tiene que ver con un virus desconocido con una enorme capacidad de contagio: el coronavirus Sars-CoV-2. Eso es, un virus que muta poco pero alcanza a cualquiera. En realidad la ciencia moderna no ha sabido ofrecer para frenarlo sino el jabón, que los romanos inventaron hace más de dos milenios, y la solución medieval ante las pestes, la cuarentena. ¿Por qué? Porque el encierro provoca ansiedad y miedo, y el miedo –según lo que dicen los publicistas– vende más que el sexo.


El 6 de mayo recién pasado, el Centro de Investigación de Virus de la Universidad de Glasgow, en Escocia, ha dado a conocer un análisis que revela que el coronavirus que causa la covid-19 no ha mutado en diversos tipos. Sin embargo, desde marzo diversos investigadores lograron una gran resonancia mediática cuando informaron que circulaba más de un tipo de Sars-CoV-2 en la pandemia, unos más agresivos que otros. ¿La “ciencia” mentía para sostener un fin económico? Que solo circule un tipo de virus significa que la respuesta inmunitaria de las personas que han superado la enfermedad, de manera sintomática o asintomática, no está afectada por ninguna mutación. ¿Cómo van a hacerle las 120 compañías farmacéuticas financiadas con dinero público que investigan una vacuna contra el coronavirus para convencer a la población mundial de vacunarse si ya 4.500.000 personas, y pronto muchas más, pueden estar seguras de haber desarrollado inmunidad a la covid-19?


Por supuesto, los seres humanos vivos hoy somos más de lo que fuimos jamás, sin embargo, más que el número de personas es el tipo de devastación del sistema la que provoca el avance de las afecciones virales sobre la población mundial. Si no cortáramos bosques, si no nos hacináramos en ciudades, si no se valorara mejor el trabajo en una ensambladora que en un huerto, si no comiéramos verduras cargadas de petróleo porque han sido cosechadas a kilómetros de nuestras mesas, tendríamos un porvenir planetario más saludable.


Un horizonte poscapitalista y pospatriarcal, al que podemos aspirar desde ya, implica gestionar el cambio civilizatorio y organizar la vida con base en una racionalidad ambiental, socialmente solidaria y con una finalidad no económica de las interrelaciones que la vuelven posible.


Como revolución este cambio civilizatorio será combatido por todos los sectores que no quieren una transformación de su modo de vida. Pero si una peste (entendida como una enfermedad infectiva potencialmente mortal) tuviera de por sí sola la fuerza de cambiar las relaciones de poder que subyacen a las estructuras económicas y políticas de un tipo de gobernanza, entonces Marco Aurelio, su esposa, 9 de sus 13 hijos y la población romana hubieran amanecido sin imperio, sin guerras, sin esclavismo después de la epidemia de viruela de 165-180. Nos urge compartir con creatividad diferentes saberes para fertilizar la vida humana en la naturaleza. No se trata de buscar la supervivencia, sino mirar de frente esta crisis sin precedentes y escuchar a campesinas, poblaciones indígenas, migrantes, ecologistas, médicas tradicionales, parteras, filósofas, científicas para pensar una subsistencia, como la llama Maria Mies, con que generar un futuro para la Tierra y todos sus seres, humanos y no humanos. Pasémonos las semillas, como ya hacen en Vía Campesina, para acabar con los monocultivos y neguémonos al uso de combustibles fósiles.

Información adicional

  • Autor:Francesca Gargallo Celentani
  • Edición:200
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº200, junio 2020
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