Domingo, 12 Julio 2020 10:24

Nada hay más peligroso que la normalidad*

Escrito por Carlos Gutiérrez Márquez
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Germán Ardila, El carro de Elías O-T, 130 x 70 cm (Cortesía del autor)Germán Ardila, El carro de Elías O-T, 130 x 70 cm (Cortesía del autor)

El suceso trasluce con luz de mediodía la esencia social que somos: el 19 de junio pasado, al llamado a un día sin IVA, el segmento social que cuenta con ahorros e ingresos fijos, ansioso, contenido por un confinamiento de varios meses en su ritus cotidiano de ver, tocar, comprar y ostentar, se volcó sobre las grandes superficies. El afán era uno solo: calmar su sed de consumo.


Fue una respuesta masiva, constatable desde las primeras horas del día, que aún son noche, en algunos sitios con extensas filas, en otras en apretada concurrencia. En uno y otro caso, poco importaba el riesgo de exponerse a la posible infección del virus al que le habían escurrido el cuerpo en la soledad del hogar; no importaba: había que satisfacer la contenida compulsión. Respuesta masiva y acrítica al llamado al consumo, soporte y energía para la existencia misma del capitalismo, que no puede sobrevivir con seres humanos sobrios, frugales, solidarios, motivados por otras prioridades más allá del consumismo y la acumulación; máquina en buena parte contenida por efecto impredecible de un minúsculo bicho que desquició toda lógica del capital, frotando la lámpara de las maravillas para que de ella emanaran evidencias contenidas, negadas siempre, como que la sociedad global ha espantado la escasez y cuenta con un acumulado tal de bienes que puede garantizar su necesaria redistribución para que sus 7 mil millones de seres que somos vivamos sin las angustias del hambre y el temor que se desprende de no saber dónde pasar la noche.


Tales evidencias le permiten también al conjunto social ver y reflexionar sobre la innecesaria jornada de trabajo de 8 horas, ahora posible de reducir a 6, quizá menos, y con ello la necesidad de retomar en debate global el sentido del tiempo, el porqué y el para qué del trabajo, el cómo gobernarnos directamente y sin mediaciones, entre algunos tópicos que pudieran contribuir a replantear el sentido de nuestra existencia.


Pese a las constancias escapadas de la maravillosa lámpara, cientos de miles acuden al llamado para que el capital retome su lógica infinita de producir y producir hasta lo innecesario, mucho de ello con un límite de vida útil (obsolescencia programada), no importa el daño que su producción y su uso generen sobre la vida humana, en particular, y sobre la naturaleza en general.


Era aquella, claramente, una respuesta entusiasta a un llamado proviral por parte de un gobierno que se ufana de los resultados parciales en el manejo de la pandemia, presionado a ello por las manifiestas evidencias de una recesión cada vez más profunda que amenaza con arrasar buena parte del parque industrial y comercial de sus patrocinadores y aliados, desnudando a la vez la esencia de un sistema de producción para el cual lo primero es la cosa (la mercancía) que la vida. Al fin y al cabo, según su máxima genealógica, la tarea principal de la vida –en este caso del ser humano– es garantizar la propia existencia de la cosa, para cuya concreción debe disponerse en cuerpo entero, en tiempo y en salud.


Con la respuesta masiva, al menos de ese insaciable segmento de los pudientes, quedaba claro que la pandemia no ha despertado la necesaria reflexión en el cuerpo social sobre el sistema económico y político que nos determina, así como sobre el significado del virus como expresión paradigmática de una sociedad global que se extiende como peste sobre la naturaleza, sometiéndola como si fuera ajeno a la misma; mucho menos sobre las razones de ser del Estado y del gobierno, y, con ellos, sobre sus funciones esenciales, a fin de garantizarle al conjunto social las condiciones indispensables para gozar una vida digna.


Quedaba, por tanto, esculpido sobre el piso de esas grandes superficies, el regreso a la ‘normalidad’, la misma que ha creado una sociedad de extremos en la que se vive para el trabajo, para ganar un salario sin el cual se pierde autonomía para reproducir la capacidad de labor y así, hasta el infinitum, hasta cuando la fuerza de trabajo, producto de las leyes biológicas que regulan y explican la vida, pierde potencia y capacidad de ser, para pasar a la contemplación y luego a la postración, antesala del dejar de ser.


Pese al atropellado regreso a la ‘normalidad’, permanecen los efectos de una pandemia que descuadra el discurso histórico con el cual y por medio del cual la sociedad ha permanecido inserta en un ciclo reproductivo que parece natural pero no lo es. ¿Trabajar y trabajar, bajo cualquier circunstancia, para poder acceder al alimento? ¿Trabajar 8 horas diarias a pesar de que en unas cuantas se produce lo necesario para recuperar las energías gastadas en esa misma producción? ¿Trabajar y trabajar para que unos cuantos lo posean todo mientras la inmensa mayoría permanece excluida de los beneficios que también le pertenecen o efectivamernte debieran pertenecerle? ¿Delegar en otros la administración de la vida propia a pesar de poder hacerlo de manera directa entre comunidades dispuestas a ello? ¿Resolver la vida de manera individual o hacerlo en colectivo, como lo aconseja el virus en el reto impuesto para lograr su contención?


Aunque el mensaje esculpido por los cientos de miles que corrieron sobre las grandes superficies pareciera ser contrario al cambio histórico al cual nos concita la coyuntura de salud pública que conmueve a la sociedad global, es de suponer que, siendo este tipo de giros una verdadera transformación cultural, tales variables deberán tomar forma en las décadas subsiguientes, cambio que no llegará sin disputa ni resistencia de parte del capital y sus acumuladores, y el cual deberá dar cuenta de la crisis sistémica que azota al capital como un todo. De ahí que las manifestaciones de este cambio seguramente serán variadas y extendidas en el tiempo: en la forma de relacionarnos como especie, en la de asumir la naturaleza, en la de producir, en la comprensión del tiempo, en el valor otorgado a la vida, en el sentido de la cosa –para que deje de ser centro de la sociedad, y así regresar a su estadio natural de donde nunca debió salir.


En esa factibilidad de una verdadera recreación del el cuerpo social –sabiendo que una de las fortalezas del capital es su capacidad de someter e instrumentalizar hasta hacer suya la totalidad de aquello que en primera instancia parece oponérsele–, se abre como real posibilidad una no tan nueva reivindicación de colectivos de izquierda: la renta básica.


Su reivindicación emana en los actuales momentos con mayor fuerza por varias razones:


1. El obligado confinamiento sufrido por grupos sociales que ciertamente no cuentan con qué garantizarse el plato de comida si no les permiten salir a disputarlo en la calle, y sin que el gobierno –en lo nacional y lo municipal– despliegue una política económica y alimentaria de carácter previo para asegurarles todo lo necesario, con el objetivo de que no caigan en depresión ante la evidente miseria ni sentirse obligados a salir para rebuscarse el pan, exponiendo su vida ante un posible contagio, ‘improvisación’ que dejó en claro que, para garantizar la vida de vastos segmentos sociales, es necesario asegurarle a cada persona lo fundamental para cubrir los requerimientos irrenunciables que cada día nos plantea la vida, posibilidad que recae en la necesaria aprobacion de una Renta básica. Sería una medida posible de concretar en los días que corren y por algunos meses –ahora como “renta de emergencia y por el lapso de tres meses”, equivalente a un salario mínimo mensual, como lo propuso en el Congreso de la república un grupo de 54 congresistas no conformes con la política de subsidios, limitados e insuficientes, con que el gobierno dice atender la crisis, que no cubren sino a una tercera parte de la población total que los requiere (1). La necesidad de una genuina renta básica, en este caso universal e incondicional, queda como una necesidad y posibilidad por concretar en el futuro próximo, cuya concreción demanda, sin duda alguna, una masiva presión social.


2. El quiebre de la política de austeridad fiscal –Regla fiscal para el caso colombiano–, siempre ondeado por los organismo multilaterales y ahora superado por la autorización de un conjunto de gastos no previstos, y sostenibles financieramente, evidencian que sí es posible acometer una política económica de otro orden.


3. Por extensión, la necesidad de superar la política de la escasez y el chantaje que la misma significa para quien no tiene asegurados los ingresos suficientes para cubrir los días que vendrán; chantaje asociado al manejo del miedo que la escasez despierta y/o potencia, y el cual genera seres dóciles y clientelas sometidas al poder de turno.


Esto es lo evidente en la coyuntura, pero, más allá de la misma, en perspectiva de un cambio estructural, la renta básica universal e incondicional permitiría abordar el debate social sobre el sentido del trabajo y del salario, sobre la función del patrón –como propietario del capital–, si en efecto este es indispensable o si quienes ciertamente lo son cuentan solo con su fuerza de trabajo como recurso para procurarse la vida, como quedó demostrado una vez más al garantizar las decenas de miles de pequeños propietarios que laboran por cuenta propia –en el campo y la ciudad– el abastecimiento de los millones que por semanas permanecieron inmóviles en sus lugares de residencia.


Al mismo tiempo, se extiende el debate al reconocimiento del trabajo como sustancia, como esencia para la realización humana, que, para que no sea alienado, debe estar sujeto a la realización espiritual de quien lo efectúa; es decir, debiera ser propósito central trabajar por gusto, para plasmar los conocimientos adquiridos en el proceso formativo, como en la vida misma, o trabajar donde se sienta bien pero no obligado por la circunstancia del salario. En estas condiciones, la renta básica les garantizaría a todos los seres humanos la tranquilidad indispensable para elegir el trabajo que desea, y obliga a quien contrata a ofrecer y garantizar cada vez mejores condiciones para asegurarse así la mano de obra que requiere. Como consecuencia lógica, el salario tendería a subir y no a bajar o congelarse, como ahora sucede. Abiertos ante la libre elección, sin la presión de la miseria, la siempre soñada realización espiritual, el arte y el deporte mismos podrían ser asumidos como posibilidad para amplios grupos sociales, dejando de ser asunto de especialistas, a la par de superar su fetichización y comercialización que cosifican el cuerpo y el ser humano.


Con la posibilidad de trabajar en lo deseado, esta renta facilitaría que la economía del cuidado sea asumida por muchas más personas, dejando de ser en lo fundamental una responsabilidad femenina y, con ello serían reivindicados de nuevo y en su mejor sentido, por ejemplo, la solidaridad y el apoyo mutuo no mercantilizado. Al ser apreciado lo que antes no lo era, al dejar de ser mercancía lo que ante lo era, las posibilidades de empleo ganan en extensión y calidad, y el trabajo vuelve por sus fueros como mecanismo para la realización humana y social, así como del mundo mismo, liberándose del chantaje que suscita el miedo al despido, como a no contar con el recurso indispensable para procurarse alimento y techo, por lo menos.


Al invertir la realidad hoy imperante, no tomarían forma ciertas ‘ofertas’ como la planteada recientemente por Avianca a sus empleados: “[…] mantener contratos no remunerados por un período de entre 6 y 12 meses…”. (2), es decir, asoma su nariz el chantaje del despido, de la no renovación del contrato laboral, del trabajo gratis a lo largo de los meses que indique la patronal, para así garantizar la supervivencia de la aerolínea que, con seguridad, en épocas de bonanza no cita a una asamblea de su personal para discutir la redistribución de lo obtenido. Como siempre, en el capitalismo se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias.


En simultánea, el tema de la jornada de trabajo regresa como necesario debate social, esta vez más allá de lo luchado y ganado por la resistencia obrera a finales del siglo XIX y comienzos del XX, esto es, ya no como derecho al descanso dominical –ocio–, al estudio, a la recreación, sino como la necesaria reapropiación del tiempo por parte de quien vende su fuerza de trabajo. Un posible encogimiento de la jornada laboral que no podría estar asociada a la reducción del salario; una vía para enfrentar los altos niveles de desempleo, afianzado en cifras de dos dígitos.


Como es reconocido, en el corazón del capitalismo se encuentran el tiempo y su apropiación por parte del patrón, realidad resumida por imaginería popular: “El tiempo es oro”, cuya semántica es muy fuerte, pues ¿quién está dispuesto a perder oro por “no hacer nada”? El oro, el fetiche, la riqueza, el egoísmo, el deseo de acumular más y más, el afán de lucro, la vida como mercancía, al punto que no pocas personas están dispuestas a migrar a otro país y trabajar hasta dos jornadas diarias con el afán de reunir en algunos años tanto como sea posible para regresar al lugar de origen, seguramente con diversas afectaciones físicas y con las marcas que deja el paso de los años, y poder contar con un negocio propio, además de casa, carro y finca, para seguir llevando una vida de trabajo.


Es así como terminamos, con el refuerzo del discurso bíblico –“Ganarás el pan con el sudor de la frente”– y el tallado mental de la escuela –Dios castiga el ocio-, por renunciar al uso libre y soberano del tiempo, para reducirnos a simples máquinas concentradas en una labor diaria, extenuante. Y así es porque lo que vende quien firma el contrato de trabajo es tiempo, y al hacerlo renuncia a la posibilidad de utilizarlo en lo que le plazca, entre otras opciones por realizarse en lo que en verdad lo satisface.


Como ya fue dicho, el capital tiene la capacidad de hacer suyo todo lo que le enfrenta, y en el caso del ocio no fue diferente: si bien entre finales del siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria le fueron arrebatadas al capital unas horas de cada día, al tener que reconocer una jornada laboral de 8 horas y no de 12 o más, como lo había impuesto durante largas décadas, horas posibles de disfrutar creativamente. Pero el capital las recuperó al montar la industria del entretenimiento, de manera que esas horas recuperadas para el libre albedrío no dieron paso a la acción común y solidaria para ir tallando otra sociedad sino que millones terminaron tirados en un sillón, consumiendo los incesantes mensajes de conformismo que el ‘enemigo’ les bombardea.


Con la lección aprendida, lo que hoy tenemos ante nosotros como sociedad global es el reto de ganar más tiempo para nuestra libre creación y, en efecto, construir entre todos las relaciones sociales de solidaridad y hermanamiento necesarias para erigir una sociedad orientada al bien común, proceso en el que cada cual aporte lo que en efecto le permita realizarse, apropiando de los demás, de igual manera, todo lo que considera benéfico para su propia y colectiva realización. Una sociedad otra donde la investigación, la recreación, el goce artístico, todo ello sin afán de lucro, vayan tallando otros valores y una ética de vida con espacio suficiente para la libertad creativa.


Aquellos y otros son retos por encarar, aprovechando la luz que sobre la totalidad social, no solo sobre los gobernantes, extendió la pandemia, y entre los cuales existe uno que no puede quedar al margen: la administración directa de nuestras vidas, sin delegarla en terceros.


Con lo realizado por el gobierno nacional en su obligación de garantizar la vida de los millones que somos, vida sin precariedades, así como por las medidas aplicadas por sus pares sobre lo extenso del planeta, de nuevo quedó ante nuestros ojos que, en su afán de producción incesante y de acumulación en pocas manos, el capitalismo está impedido para ubicar la vida en el centro del sistema, y mucho menos la vida en dignidad.


Pero no solo aquello. Tampoco tiene capacidad este sistema para propiciar la participación cada vez más amplia y decisiva del conjunto de gobernados en los asuntos fundamentales que le competen a cada ser humano. ¿Qué más decisivo que la consideración y la determinación de enfermedad, tratamiento, muerte, abierta por el covid-19? ¿Qué más determinante que la participación social, y no solo deliberativa, en el modelo productivo por sostener o implementar una vez superada la circunstancia que hoy nos limita, proyectando políticas de buen gobierno para que otra pandemia u otra manifestación brutal ocasionada por la intervención/destrucción de la naturaleza, poniendo en vilo la propia existencia de la especie, no alcance a tomar cuerpo?


Nada de ello ha sucedido. Nada de ello sucederá. El sistema funciona con un formato de control y dominio en que la apariencia es democrática pero sin superar la forma. La pandemia nos reta a no seguir delegando, y mucho menos cuando, como también se ha visualizado con las app y softwares de alta complejidad, ahora se cuenta con potentes recursos tecnológicos de espionaje y control social que desdicen de la privacidad y de la libertad misma.


Como lo hemos constatado, gobernar sin control alguno es un sueño concretado durante estos meses, en parte con la complacencia de millones que, llevados por el miedo a la muerte, renunciaron a todo derecho, entre estos a la privacidad.
El virus que conmueve a la sociedad global la invita a reencontrase con sus utopías, dejando a un lado miedos y conformismos. No es tarde para que aprendamos una de sus lecciones.

 

* Dávalos, Pablo, Un Manifiesto para el siglo XXI, ediciones desdeabajo, mayo 2020, p. 56.
1. Equipo Desde Abajo, “Por una renta básica (transitoria) para nueve millones de familias en Colombia”, 28 de mayo de 2020, www.desdeabajo.info.
2. https://www.eldiario.es/economia/Avianca-propone-empleados-cobrar-meses_0_1041846591.html.

 

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Información adicional

  • Autor:Carlos Gutiérrez Márquez
  • Edición:201
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº201, julio 2020
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