Martes, 21 Julio 2020 16:09

Confinamiento, poder y control social

Escrito por Equipo desdeabajo
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La decisión tomada en días recientes por gobiernos municipales, de confinar población por localidades, comunas o determinados perímetros en sus ciudades, de manera rotativa, como mecanismo para evitar el colapso del frágil sistema sanitario con que contamos, así como la decisión de la administración central de prolongar la llamada “cuarentena”, obliga a pensar si el recurso de este tipo de confinamientos será la constante de aquí hacia adelante, hasta cuando –supuestamente– la humanidad cuente con una vacuna para neutralizar el virus.

Como puede concluirlo cualquiera, el virus no será controlado ni derrotado; permanecerá entre nosotros como una constante, las sociedades lo controlarán con encierros y rompiendo su necesario relacionamiento, y una vez flexibilizada la medida –pasadas unas semanas–, la creciente de infectados llevará a un nuevo enclaustramiento. En uno y en otro caso, el apriete y afloje fungirá como salvamento del buen nombre de los mandatarios, “preocupados por la vida de sus gobernados”. En el caso particular del cerco poblacional, en contra de la voluntad de millones que ven con angustia cómo su economía y la de su hogar llegan a menos de cero, urgidos de rebusque ante la ausencia de una política económica que redistribuya en justicia lo que es de todos y todas; contenidos con el despliegue de policía militar, barricadas, y todo tipo de control y amenazas, como se ve por estos días en Bogotá, es decir, militarizando la vida cotidiana, así como el tratamiento de un problema de salud y de economía social que no debieran ser abordados de tal manera.

Este círculo, cierre-apertura-cierre, parece ajustarse a un modelo de gobierno y poder altamente rentable: gobernar por decreto, anular toda oposición tras impedimentos de salud pública –primero la vida, dicen como propaganda que rinde dividendos, pero también como ejercicio de control social–, de sometimiento psicológico, al delegar amplias capas sociales –sobre todo los sectores pudientes, clase media alta e intelectualidad– la administración de sus vidas en sus gobernantes. Todo un contrasentido, sobre todo para la intelectualidad, que en el caso colombiano no deja de cuestionar al gobierno nacional de turno.

Es un experimento no premeditado pero que con el paso de las semanas parece cada vez más real, ajustado a los sueños de dominio que desde décadas atrás han pretendido. En un primer momento, lo evidente fue la ampliación del control social vía nuevas tecnologías, proceso que venía en creciente, de manera especial en China, país que lo ahonda hasta el estupor, y que con pretensiones de vigilancia global también ganó despliegue en Estados Unidos, como ya lo habían denunciado Edward Snowden, Julian Assange y Chelsea Manning.

La potencia de tecnologías usadas por el poder para ahondar su control y su dominio sobre amplios grupos sociales desató temor y preocupación alrededor del mundo, al presenciar este que la libertad individual queda como cosa del pasado. Pero, en un segundo momento, el efecto de la política de miedo y control desplegada desde los gobiernos –amparada en la protección de la vida, como ya anotamos– logró lo impensable hasta ahora: gran parte de la población transformada en agente de control y denuncia, señalando al ‘infractor’, encerrándose sin chistar, renunciando a diversidad de derechos hasta ahora incuestionables. Y no solo eso: pidiendo más encierro, más control, exigiendo policía para que “impongan disciplina y sanciones; para que hagan cumplir las medidas de confinamiento”. Es este un logro hasta ahora impensado y no pretendido de manera abierta por gobierno alguno: interiorizar el policía, el máximo logro del gran hermano.

Precisamente, al comprobar varios gobiernos que el resultado de las medidas para tratar de controlar el virus dan los resultados antes resumidos, además de apagar la protesta social –en auge hasta antes de la pandemia en varios países de América de Sur– y opacar otras demandas y denuncias al reducirlas a “manifestaciones en las redes”, se aferran con mayor denuedo y sin temor alguno al método hasta ahora implementado.

Asimismo, es evidente, a pesar del paso de los meses, que nadie sabe a ciencia cierta las características plenas del virus y las variables que asume su forma de ser y evolucionar. Hasta ahora todo es hipotético. Pero lo que sí podemos relacionar con certeza es que el modelo de desarrollo en vigor, con la uniformidad de la vida, las inmensas concentraciones urbanas, el sometimiento de la naturaleza como cosa al servicio de la especie humana, los modelos agrícolas impuestos, así como de granjas para reproducción animal y consumo, a la vez que la matriz energética aún imperante, todo ello está en la base de este tipo de virus cada vez más frecuentes. Pese a ello, esta realidad no hace parte de los discursos gubernamentales para explicar la presencia del covid-19 ni para contenerlo, como tampoco de las políticas que los mismos empiezan a desplegar en su pretendido regreso a la mal llamada normalidad.

Todo esto es una manifiesta continuidad política –pese a los palos de ciego que dan por allá y por acá–, reproducida a través de los poderes reales de nivel global. Los países a los cuales llega el virus de manera tardía se acogen sin reparos a lo hecho por quienes les antecedieron: confinar, aislar, infundir temor, hacer sentir al ciudadano como culpable de la multiplicación del contagio. Con escasas excepciones, como Suecia, donde no renunciaron a la libertad ni se decidieron por políticas de amplio control social.

Lo dominante es la reproducción de un modelo de control y sometimiento que renunció a políticas de salud pública menos masivas y tal vez más eficaces, como el aislamiento preventivo de los primeros contagiados y los grupos humanos con los que tenían relacionamiento más permanente. Claro. Pasado el tiempo, esto ya no es posible, pero en su momento sí era una opción viable.

Una política de control social, disciplinamiento ampliado, transformación de la ciudadanía en su propio policía y otras manifestaciones de gobiernos autoritarios, con extremos como que alguien que funge de líder de un gobierno de supuesto cambio termine inculpando a los jóvenes que no permanecen encerrados en sus casas del factible contagio y la muerte de sus mayores. Un discurso y una inculpación a todas luces manipulador y distorsionador de la realidad en la que tomó forma el virus y sobre la que se reproduce.

Pandemia, control social, manipulación, autoritarismo, es la presente una experiencia de gobierno que indica con claridad el régimen político a que aspiran los poderes realmente existentes. Ante este devenir, ¿permanecerán en contemplación las fuerzas alternativas?

 

 

 

 

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Información adicional

  • Autor:Equipo desdeabajo
  • Edición:270
  • Sección:Editorial
  • Fecha:Periódico desdeabajo Nº270, julio 20 - agosto 20 de 2020
Visto 327 vecesModificado por última vez en Miércoles, 22 Julio 2020 08:20

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