Domingo, 26 Julio 2020 13:37

Ruedas para huir

Escrito por Mónica González Memenza
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Ruedas para huir

Siempre supe que albergaba un profundo amor por viajar. Me imaginaba que todas las niñas pequeñas poseen un alma inquieta, incómoda ante esa crianza que nos ordena ser dulces, apropiadas y no-llamar-demasiado-la-atención, aunque debas asegurarte de estar-bien-arregladita.

Parece natural hacerme la pregunta a mí misma, ya como mujer adulta, si fue por esa incomodidad que terminé montada en una máquina de 175 kilos (sin carga), 300 CC y dos ruedas, viajando hasta el fin del mundo; la aventura en la que me embarqué hace unos meses. Tengo mis dudas, aunque ciertamente eso tuvo que haber jugado un papel importante, porque bien o mal, es mi verdad. Cuando era niña, conducir una motocicleta no estaba en mi flujo de conciencia. Mi único conocimiento acerca de esos aparatos provino del pub de cerveza a la vuelta de mi casa, que en las noches de verano atraía lo que me parecía una ruidosa flota de Harleys y harlistas. Sabía que eran enormes, ruidosas y, francamente, molestas.

Como estadounidense, probablemente debería saber mucho más sobre motocicletas, después de todo es el hogar de marcas legendarias como la venerada Harley o la clásica Indian. Pero es todavía doloroso definir qué es ser estadounidense, pues en este país pesa una larga historia de racismo que tuvo su eco hace muy poco, y todavía hay heridas sin sanar.

Mientras que me crié en Nueva York, el hogar y la familia colombo-peruana a la que pertenezco fue mi universo. Todo lo que se consideraba cultura, idioma y costumbres americanas “típicas” ocupaban una segunda silla frente a la cultura, lengua, costumbres y comida latina, una vez estaba bajo el umbral de mi casita. Mis rasgos más latinos, morenos, mi estatura desafiada verticalmente por los otros y otras y mis pómulos pronunciados, sirvieron como puntos de alerta de que una de esas cosas no era como la otra, en la comunidad mayoritariamente blanca y acomodada donde crecí.

Frecuentemente me fichaban como nativa americana, tanto que comencé a pensar que realmente debería acercarme más a los indígenas norteamericanos a quienes de alguna manera represento. Eso sí, ser identificada como colombiana o peruana nunca aparecía en el radar de nadie, y tal vez eso estaba bien porque, de cualquier manera, parecía encajar más fácilmente en la categoría general de “otra”, o simplemente latina. Aparentemente, este es un sentimiento común para los “no blancos”, minoría en esa ilusión de “América blanca”.

Con el tiempo, mi alma inquieta solo buscaba salir, escapar, estirarse, atreverse a encontrar algo en ese ser “otra”. También había empezado a cansarme del síndrome de ¿Tú de dónde eres?; una curiosidad suficientemente inocente, que se me presentaba en entornos sociales o públicos aleatorios, sin saber muy bien qué respuesta quería el inquisidor. Es un síndrome que, por mejor intencionado que esté, te recuerda que NO puedes ser de aquí y que ahora, de alguna manera, tus acciones, comportamientos, actitudes y palabras se convierten en un momento de “aprendizaje” para otros, sobre eso que define lo colombo-peruano, si es que hay alguna manera de definirlo. En todo caso es un aprendizaje que te exotiza en una sociedad que quiere ser hegemónica y homogenizante.

Mi lógica era que, si mi apariencia inicialmente sugería que no pertenecía a “allí” pero mi apariencia era común, tal vez tendría el chance de pasar desapercibida, así que en un ingenuo intento de seguir esa lógica y por otras razones de búsqueda personal, me mudé para Colombia, y hasta cierto punto, mi estrategia funcionaba, siempre y cuando no abriera la boca. Mi acento medio raro, con una mezcla de gringo, colombiano, peruano y probablemente mexicano (por mis vecinos en la capital del mundo) me traicionaba rápidamente, y resulta que los taxistas de Bogotá, con instintos agudos para asesorar desconocidos, siempre desacreditaron mi estrategia con el curioso ¿Tú de dónde eres?.

Así que emprendí nuevamente el viaje

Recuerdo que fue a mediados de julio, era temprano en ese domingo fresco en Bogotá, por una calle ciega contigua al Makro de la Avenida Boyacá. Me había regalado un curso de conducción de moto para mi cumpleaños número 36, y cuando tomo decisiones de esta magnitud me aseguro de que no haya ninguna salida de emergencia, así que sentía el máximo nivel de nerviosismo y emoción, porque sí o sí iba aprender a manejar una motocicleta. Después de un par de intentos torpes, despegué, con una sensación indescriptible de euforia y libertad que solo se puede obtener a unos primeros 10 km/h en una calle que no lleva a ningún lado. Eso selló todo. Había pagado por clases que cambiaron el resto de mi vida y redefinieron para mí la libertad, el amor y el escape.

Lo extraño es que ni siquiera sabía qué estaba buscando y no podía ni quisiera avizorar lo que me esperaba. Aprendí a andar en moto porque soy una persona práctica, y conocer Bogotá es resignarse a los trancones que dictan cada aspecto de tu vida. Después de mudarme a esta ciudad, la neoyorquina eficiente y pragmática dentro de mí evaluó las opciones y lo único lógico fue arriesgar la vida en una moto por vías que son todas un caos, a cualquier hora.

Dicen que, si aprendes a andar en moto en Bogotá, puedes andar en moto en cualquier parte del mundo. Esto me resonaba, ya que también me habían dicho que “si puedes lograrlo en Nueva York, puedes lograrlo en donde sea”, pero la sentencia ahora me ubicaba en una ciudad a 4.001 km de mi hogar.

Hay una fuerza particular que uno internaliza en estos tipos de ciudades porque comparten una energía única y un amor especial que se refleja en su gente, así que casi seis años después de mi primer encuentro con la moto y tras un par de viajes en soledad, que me llevaron hasta La Guajira, el Alto de La Línea, camino a Popayán a través de Cali y el desierto de la Tatacoa hasta San Agustín, decidí fijar mi mirada un poco más allá de mi zona de confort. Si ya había visto el océano desde el extremo más al norte de América del Sur, entonces solo necesitaba ver el océano desde el otro extremo del continente, y quizás en el camino, responder la pregunta ¿de dónde vengo?, sería mucho más claro.

Todavía no tengo esa respuesta, pero lo que sí es cierto es que aproximadamente 9.890 kilómetros después de salir de mi parqueadero en Bogotá, llegué a Ushuaia, Argentina, un día lluvioso, congelado y ventoso que nunca olvidaré. Llegar a este lugar en moto es un sueño anhelado por muchos moteros y moteras, excepto por un chileno que conocí, para quien sencillamente, ese viaje no valía la pena.

Para mí era diferente, pues allí sentí haber cerrado un círculo a pesar del agotamiento y las heladas temperaturas que me dieron la bienvenida. Me había ganado fuertemente cada kilómetro de esa travesía y Ushuaia me regaló una cosita más: respirar profundamente. Una inhalación de cumplimiento, de asombro, un respiro de belleza natural y de encuentro mágico. La tierra que me arraigaba en Nueva York, que me seguía cada paso hasta llegar allá, no daba más. Había llegado al fin del mundo y ante mí no quedaba más sino el mar abierto, que en mi imaginación alcanzaba las orillas de la Antártida, sin embargo, lo único que quedaba por hacer era darle la vuelta a mi moto y regresar hacia el norte, paradójicamente.

Volver a los lugares de una

Es muy curiosa la vida y el destino. El mundo y mi viaje se suspendieron de manera abrupta. Mi moto y yo aguantábamos fríos, lluvias, vientos, hielos, ripios, sustos, perros callejeros, sol desértico. Sin embargo, la pandemia global nos alcanzó en el norte de Chile, a 400 km de la frontera peruana. Con los cierres de vías y aeropuertos logré tomar unos de los últimos vuelos hacia Bogotá y ahora espero regresar al lugar de dónde vengo.

Este viaje no solamente fue una travesía de descubrimiento de las tierras de mi herencia, sino un paso antes de devolverme a Nueva York. Mi papá mayor, mi hermana y mis raíces del norte aún me esperan, y quiero llevarles los cuentos del reencuentro que me brindaron dos ruedas.

* Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres historias, en tres tiempos y tres lugares extranjeros para las narradoras: Chile, Colombia-Argentina e Inglaterra, donde devenir migrante trajo consigo experiencias de exclusión, racismo, soledad, o incluso, resistencia.
Estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro segundo tritono.

 

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Información adicional

  • Autor:Mónica González Memenza
  • Edición:270
  • Fecha:Periódico desdeabajo Nº270, julio 20 - agosto 20 de 2020
Visto 132 vecesModificado por última vez en Lunes, 27 Julio 2020 18:00

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