Miércoles, 26 Agosto 2020 09:34

Devenir otra y otredades en el extranjero

Escrito por Erika Rodríguez Gómez
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Devenir otra y otredades en el extranjero

Resulta que siempre me rehusé a tener que pagar para aprender inglés. Cultivé un espíritu antiimperialista desde muy pequeña y nunca soñé con visitar USA o Europa. Sabía de Inglaterra por la música y quizá This is England, pero siempre lo vi como un territorio distinto e inalcanzable. Mis ideas de viaje siempre estuvieron asociadas al Abya Yala; montañas y lagos andinos, y mares pacíficos o caribeños de estas latitudes.

Sin proponérmelo, resulté enredada con un británico al que conocí en una fiesta. Del coqueteo de una noche pasamos a una relación intercultural en la que nos la jugamos por permanecer juntos, así fuera unos cuantos meses al año, y resulté aplicando a una beca en la universidad, que parecía diseñada exclusivamente para mí, y en la que yo ya tenía un plus asegurado; parejo lugareño que me haría la vida más amable.

Terminé pagando un curso que reforzaría mi inglés “chapineruno” y en tres meses me preparé para sobrevivir en la universidad, a donde llegaría para trabajar y compartir mi experiencia como defensora de derechos humanos, justo después de la firma del Acuerdo Final entre la guerrilla de las Farc y el gobierno colombiano. La sorpresa fue que tuve que explicar, más veces de lo que hubiera querido, dónde queda Colombia, y reafirmar que sí, que las mujeres guerrilleras saben leer, y que si hablan de feminismo insurgente es porque in-the-jungle, como occidente imagina que es todo el vasto territorio colombiano, pasan más cosas que bombardeos en medio de un calor asfixiante.

Entonces mi experiencia en el extranjero abarca desde situaciones cotidianas en la universidad, como ser de las pocas que tomaba tiempo para almorzar, en compañía de otras mujeres provenientes del sur global, a sutilezas en mi relación “intercultural” de pareja, pues sentí en mi cuerpo, y leí con mi subjetividad, lo que significa ser latina en el “primer mundo” y, por supuesto, lo que significa tramitar emociones y sentimientos con un parejo, cuya experiencia vital era radicalmente distinta a la mia. Nuestras biografías estaban atravesadas por orígenes divergentes; el suyo, en una isla donde todavía existen reinas y reyes, y se transacciona con la moneda más poderosa del mundo; el mío, en una América Latina herida por la Colonia y la pobreza estructural, y donde todavía atesoramos el afecto como núcleo de las relaciones sociales.

Provenir de mundos distintos es una riqueza invaluable en cualquier relación, pero en lo erótico, hace carne eso de lo personal como político. Para empezar, el chico blanco de ojos azules siempre utilizó mi “colombianidad” como una forma de saldar nuestras discusiones, como una forma de indicarme que mis incomodidades o solicitudes en la relación, se debían más a una tendencia latina al drama y al romanticismo que a una exigencia de igualdad y justicia. Aunque mi parejo fue criado en la tierra donde las mujeres se nos adelantaron 100 años al voto, y donde aparentemente no les pegan, el patriarcado no solo lo atravesaba entero en su cuerpo, como a mi evidentemente, sino que se mezclaba con los privilegios que le heredaron sus ancestros colonizadores, esas sutilezas que cuesta reconocer y cambiar para aprehender el mundo de “la otra”. Al parecer, eso de la “colombianidad” nos vende “bien” a las mujeres en el extranjero, pues –per se– somos abnegadas, cuidadoras, bonitas (más bien exóticas en el modelo de belleza hegemónico), entregadas, chistosas y necesitadas. Si no ¿por qué tantos portales para extranjeros que buscan esposa colombiana?

Así que reafirmé algo que ya sabía, que el machismo opera en todos lados y se cruza con otros sistemas de discriminación que, cuando se es migrante, se calcan en la piel, se alojan en tu corazón y se vuelven absurdos por su injusticia, así que no se sorprendan con esta historia: una noche, estando en un bar con mi novio inglés, se nos acercó un escocés, de aquellos que aun perteneciendo a la GRAN Bretaña no les gustan los ingleses, quien me miró de arriba abajo, para enseguida preguntarle a él, a su compatriota, que cuánto había pagado por mí. Yo no entendí, solamente vi la cara de mi acompañante transformándose en una mueca de vergüenza y extrañeza. El escocés pensó que era muy gracioso, y cuando escuché la traducción, interrumpió para decirme que solamente había sido un chiste, pero que si había llegado a su país en-una-caja, ¡en una caja!

Estupefacción, no lo pude creer, no supe qué hacer. Lo único que sentí fue miedo de iniciar una contienda, más bien exigirle respeto, y terminar deportada, por escandalosa, por latina. No fue la única vez que sentí miedo de hacer algo en público y resultar señalada, aunque al menos sí fue la única vez en la que directamente recibí semejante acto de racismo, porque las ciudades cosmopolitas, como Londres o New York, ya han ganado bastante en el intercambio intercultural y eso te hace crecer colosalmente.

No creo que el miedo al que me refiero le haya sido ajeno a ningún colombiano o colombiana promedio en un aeropuerto. Es como un vacío en el estómago, que se conecta con tu cerebro, y está todo el tiempo vigilante de tus movimientos, de tus ruidos, de tus posibles respuestas. Ese mismo miedo me inmovilizó cuando sentí la mano de un oficial en mi cabeza para revisarme el cabello, únicamente a mí, en el aeropuerto de Washington D.C, sin poder increparlo por atreverse a semejante abuso de autoridad y vulneración de mi cuerpo. Ese mismo miedo me acompañó en una fila de más de una hora ingresando a Inglaterra, después de un viaje a Alemania, mientras mi novio británico pasaba los controles sin contratiempos. Algunos argumentarán la necesidad de los controles en aras de la seguridad, así los únicos que aparentemente la amenacemos, seamos los del color “oliva”, porque nadie pudo decir cuál era mi color de piel en Inglaterra, y esa me pareció la definición más recursiva y hasta poética.

Otras experiencias de exclusión que viví en territorio foráneo quizá fueron más sutiles, y me enseñaron más sobre la importancia del territorio y el pensamiento que tejes con relación a él, que de la violencia; pero esto se debe a mi condición de migrante privilegiada, con beca y reconocimiento, porque nadie me denominó “ilegal”, como se etiqueta a las personas que cruzan fronteras, o como hoy Colombia asume a los hermanos y hermanas que llegan de Venezuela.


Así y con todo comprendí que vengo de una tierra mágica donde detenemos la lluvia con una velita encendida y en donde si “comen dos comen cuatro”, lo que la hace atractiva para el que está cansado del desafecto del capitalismo salvaje donde “time is money” mientras la gente sube y baja de los trenes en ciudades industrializadas. Aunque no me crean, en Londres me sentía envejeciendo más rápido, no sé si era la sensación en invierno del día iniciar a las 9 o 10 de la mañana –antes no hay luz solar–, y la necesidad de establecer citas al menos un mes antes para conversar con alguien, porque el tiempo no ha querido detenerse en esas tierras.

En medio de tal realidad, me sentía más cómoda hablando con las housekeepers de mi edificio, por lo menos en un 80 por ciento colombianas, que con algunos coterráneos latinos en la universidad, esforzados por caer bien en los círculos europeos, pronunciando sus apellidos de origen italiano o español en un inglés risible, y que se negaban a hablar en su idioma materno, incluso si todos en la conversa podíamos entenderlo.

También me gustó desactivar mis propios estereotipos y abrirme a hablar en otro idioma, así sea el impuesto por el imperio, para desarrollar una forma otra de pensamiento, hacerme ideas sobre expresiones en inglés en las que caes en el amor, más no te enamoras. Significarme el mundo desde una economía del lenguaje en la que eres directa y al grano, no enredadora o literaria, y tener la capacidad de ser otra, para hablar en inglés sobre la guerra y la paz en Colombia, para llevar la voz de una sujeto, en oposición al objeto de estudio.

Esa escisión me encanta, me recuerda lo volátil de nuestras personalidades y cómo estamos tejidas por varias ancestralidades, incluida esa, la de la Colonia, la de un mundo con estaciones y otros frutos, que no debería estar cerradas por pasaportes o documentos “legales”, porque en el mundo no deberían existir las fronteras.

* Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres historias, en tres tiempos y tres lugares extranjeros para las narradoras: Chile, Inglaterra y Colombia, donde devenir migrante trajo consigo experiencias de exclusión, racismo, soledad o incluso, resistencia.


Estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la tercera entrega.

 

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Información adicional

  • Autor:Erika Rodríguez Gómez
  • Edición:271
  • Fecha:Periódico desdeabajo Nº271, agosto 20 - septiembre 20 de 2020
Visto 491 vecesModificado por última vez en Miércoles, 26 Agosto 2020 09:35

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