Miércoles, 09 Septiembre 2020 09:04

Venezuela: ¿Fin del Estado mágico?

Escrito por Leonardo Bracamonte
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Hernando Sánchez, Ascensión (Cortesía del autor)Hernando Sánchez, Ascensión (Cortesía del autor)

El asunto sobre el que quiero llamar la atención tiene que ver con lo que considero es el núcleo cardinal de la profunda y dolorosa crisis que ahora sacude a Venezuela. Tal encrucijada no se circunscribe a los errores de un finalmente nebuloso socialismo del siglo XXI, sino a los mismos límites estructurales de la economía petrolera. Al menos este experimento “socialista” que trató de desarrollar Hugo Chávez y las fuerzas sociales que lo acompañaban, no debe entenderse como una transición sistémica postcapitalista.

Como la historia,
escribir es una batalla de posiciones.
Fernando Coronil

Hacia finales del siglo XX cronológico el científico social venezolano Fernando Coronil publicó por la Universidad de Chicago la primera edición en ingles del libro El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela**. Uno de los textos fundamentales, tal vez el más relevante escrito hasta ahora sobre la historia política venezolana.


Se trata de una extensa investigación que analiza la constitución del poder durante el siglo XX, pero más alla de un enfoque tradicional –las relaciones entre los actores políticos organizados en partidos, y sus luchas por acceder a las distintas instancias estatales, para desde allí en el mejor de los casos modelar la sociedad. La perspectiva de Coronil aunque contiene esta dinámica, también hace explicita la naturaleza del poder en Venezuela en el marco del capitalismo mundial, su articulación histórica en momentos de la dictadura de Juan Vicente Gómez en el despunte del siglo pasado, y su profunda crisis hacia finales de la década de 1990. Esta historia política aborda la estructuración del Estado nacional, visto por su autor como agente trascendente y unificador de la nación, un proceso en el cual el Estado es la instancia referencial de un específico relato histórico, en tanto que administrador de los recursos petroleros; su capacidad de capturar y distribuir ingentes recursos lo convierte en el actor central de una trama fantástica, un agente trascendente que nada tiene que ver con la vida de los venezolanos; de ahí proviene su carácter mágico.


Lo que podría ser el trazado de un estilo de pensamiento se orienta hacia una construcción comprensiva que historiza al mismo tiempo que desnaturaliza las lógicas del poder social. Por lo que no establece una relación empática con una determinada configuración histórica percibida comunmente como natural o históricamente necesaria. Se trata en consecuencia de una historia que si bien otorga un carácter específico a una nación afirmada sobre un territorio, al mismo tiempo sus procesos no ocurren exclusivamente al interior del espacio de la nación, sino que transcurren en el marco de un sistema mundial capitalista y por eso mismo moderno. Su análisis se desplaza de un lugar a otro, según lo demanden las lógicas inherentes a su propio enfoque. En sus propias palabras:

 

Al mostrar cómo la historia laberíntica de Venezuela transcurre en el seno de un laberinto mayor, confío en contribuir a desalentar la idea falsa de que su historia puede quedar contenida dentro de fronteras fijas de orden territorial, temporal o cultural. (Coronil, 2013: 29)

 

Coronil escribía en momentos en que al país asistía al agotamiento de un proyecto fundado sobre las premisas de la economía mineral, cuya fortaleza le había otorgado a la nación una consistente viabilidad histórica. Las reformas neoliberales llevadas a cabo por el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez en los años finales de la década de los ochenta y principios de la siguiente década, comprometían los acuerdos ideológicamente transversales gestados desde la muerte del dictador Gómez en 1935, a partir de los cuales el desarrollo democrático de la nación sería posible a través de un Estado distributivo de las riquezas que albergaba el subsuelo venezolano. Como consecuencia de aquella conmoción de finales de siglo XX en todos los órdenes, los sectores populares movilizados le dieron forma a una respuesta que llegó a encarnar el chavismo. El asunto sobre el que quiero llamar la atención (como lectura reactualiza del Estado mágico), tiene que ver con lo que considero es el núcleo cardinal de la profunda y dolorosa crisis que ahora sacude a Venezuela. Tal encrucijada no se circunscribe a los errores de un finalmente nebuloso socialismo del siglo XXI, sino a los mismos límites estructurales de la economía petrolera. Al menos este experimento “socialista” que trató de desarrollar Hugo Chávez y las fuerzas sociales que lo acompañaban, no debe entenderse como una transición sistémica postcapitalista. Nada de eso ocurrió.


El enfoque holístico de Coronil (para volver al objetivo de estas líneas), lo conforma lo que llama el olvido de la naturaleza para la teoría social. A partir de uno de los planteamientos centrales de Marx que sostiene que en el proceso social de producción hay que considerar la trinidad trabajo/capital/tierra, en la práctica el propio Marx tiende a apartarse de tal premisa. Coronil sostiene que con el objeto de dar cuenta de la generación de riqueza al interior de una sociedad nacional, Marx termina privilegiando la relación capital/trabajo. Esta interpretación teórica tuvo entonces alcances significativos en las ciencias sociales a la hora de comprender nuestro mundo moderno.


Una de las implicaciones tuvo que ver con la relegación de la categoría del espacio en función de la primacía del tiempo en las construcciones teóricas. Esto supone hacer abstracción de la naturaleza, de los recursos y de los territorios en la evolución del capitalismo histórico. Pero igualmente trae otra consecuencia. Suponía el ocultamiento en las diferentes tradiciones analíticas de las ciencias sociales, de la experiencia colonial como espacio estratégico para la constitución histórica del sistema social moderno. Más bien con la desaparición del orden de la naturaleza las naciones centrales se conciben como productos autogenerados y autopropulsados, a la manera como los llama Coronil. De esta forma el autor va construyendo un campo de análisis unificado capaz de configurar una totalidad ya no centrada solamente en una división internacional del trabajo (haciendo abstracción de sus bases materiales), sino de forma más compleja, en una división global de la naturaleza. En sus palabras:

Recordar la naturaleza –reconocer teóricamente su significación histórica– nos permite replantearnos las historias dominantes del desarrollo histórico de Occidente y poner en tela de juicio la idea de que la modernidad es hija de un Occidente autopropulsado. Una naturaleza reconceptualizada nos permite incluir en nuestros recuentos históricos no solo un conjunto más diversificado de actores históricos, sino también una dinámica más compleja. (Coronil, 2013: 44)

Uno de los aspectos distintivos asociados al carácter de los Estados periféricos exportadores de naturaleza, tiene que ver con el tipo de relación que mantienen con las sociedades sobre las cuales estas instancias se imbrican. Vale la pena recuperar esta premisa del texto de Coronil porque establece una peculiaridad de la historia política del largo siglo XX venezolano. Mientras que en los Estados metropolitanos la retención de una parte del valor generado en forma de impuestos, constituye una dinámica inmanente donde esos Estados centrales establecen formas de interdependencia con relación a sus sociedades, en los Estados periféricos exportadores de naturaleza estos procesos ocurren de otro modo. En los intersticios del mundo neocolonial los Estados establecen políticas para captar fundamentalmente los recursos de la renta producto de la venta internacional de la naturaleza. Esto plantea la existencia de Estados que han establecido formas de autonomía con respecto a sus propias sociedades. Tal peculiaridad no controvierte sin embargo, el principio según el cual se trata de Estados que históricamente se posicionan en el sistema-mundo capitalista como subalternos, pero cuyas relaciones estructurales con respecto a sus propias dimensiones sociales han sido radicalmente asimétricas. Se trata de una de las características que explica la distinción de lo que Coronil llama la riqueza de las naciones pobres. (Coronil, 2013: 75) La visualización de una fisionomía económica hasta ahora inalterable es estratégico para pensar la historia venezolana del largo siglo XX.

Uno de sus planteamientos más sugerentes tienen que ver con lo que él llama los dos cuerpos de la nación, en el cual su autor comenta que las memorias nacionales se articulan como recuerdos que se superponen a olvidos convenientes a la hora de imaginar una comunidad nacional históricamente viable. Es el caso de la dictadura de Juan Vicente Gómez (Coronil, 2013: 114). Las narrativas convencionales enfatizan en la idea según la cual Venezuela bajo el gomecismo se había sumergido en un tiempo de barbarie militarista y personalista, mientras se afirmaba que los gobiernos civiles representaban la asunción de la modernidad política. El punto crucial aquí tiene que ver con que estas afirmaciones ocultan, como lo demuestra Coronil, las profundas continuidades estructurales entre la dictadura gomecista y los gobiernos posteriores. Continuidades cimentadas en la creación de un petro-Estado cuya fuerza cohesiva a través de la renta, es finalmente capaz de imponer un dominio efectivamente nacional que culmine con el país archipiélago propio del siglo XIX.

Los recuentos dominantes, resueltos a indicar una ruptura entre la dictadura gomecista y los regímenes después establecidos, han escamoteado hasta qué grado el Estado contemporáneo se sustenta en una estructura construida durante aquella. Sin embargo, la “democracia moderna” de Venezuela, construida febrilmente en oposición a la “dictadura primitiva” de Gómez es, de hecho, su antítesis, la otra cara de la misma moneda. A pesar de las significativas diferencias entre el gobierno dictatorial de Gómez y los regímenes liberales erigidos como contraste, uno y otro se conformaron como Estados de una nación petrolera. (Coronil, 2013: 115)

Uno de los momentos culminantes de esta historia laberíntica que construyó Fernando Coronil, coloca el foco de su atención en la crisis de una idea de democracia que la dirigencia de las organizaciones políticas habían planteado desde mediados de la década de 1930, cuando se habían producido consensos básicos capaces de transversalizar los principios ideológicos de los nacientes actores que iban a protagonizar el siglo XX. Coronil le apunta específicamente a la ruptura con relación a la historia previa, cuando identifica un conjunto de políticas de ajuste macroeconómico que el gobierno neoliberal de Carlos Andrés Pérez estaba impulsando sin preparar a la población. Concretamente llegaba a su fin (o al menos así parecía) el contenido de un proyecto nacional cuya trascendencia estaba asegurada por la capacidad de distribución de las riquezas que provenían de la venta internacional del petróleo. Un proyecto que se materializaba en la preexistencia de los dos cuerpos de la nación comentada anteriormente.

Pero en la petrodemocracia venezolana esta iniciativa (el aumento del precio de la gasolina, el más barato del mundo, como parte de un programa macroeconómico integral), rompía el lazo que unía al cuerpo político como dueño colectivo del cuerpo natural de la nación; al violar lo que la gente consideraba su derecho por nacimiento, quebraba un vínculo moral de protección entre Estado y pueblo. (Coronil, 2013: 455)

Uno de los aspectos mejor logrados por Coronil tiene que ver con la visibilidad puesta sobre la constitución de unos sujetos conformados como consecuencia del incremento y la movilidad de los recursos provenientes de la renta petrolera, acentuada sobre todo durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, a partir de 1974. Se trata de una reconfiguración del poder político y empresarial, extendido aguas abajo hacia el conjunto de la sociedad. La emergencia de oligarquías alrededor del interés por privatizar la renta pública supuso un quiebre de la normalidad, lo que potenciaría prácticas delictuales y una idea de las jerarquías que distinguían a buena parte los sujetos que hacían parte del mundo político de entonces. Comenta Coronil: la honestidad era un asunto práctico; no consistía tanto en no ser deshonesto como en saber cómo lidiar con la deshonestidad. (Coronil, 2013: 381) Esta noción última de la jerarquía, por su parte, se expresaba no solamente en la existencia de una relación peculiar al interior del campo político-delictual, sino en las formas cómo esos sujetos se relacionaban con su propia sociedad. Acá la metáfora de la existencia de un cuerpo nacional indigesto, compuesto de una sociedad deforme y pacata cobraba sentido para los analistas del momento. (Coronil, 2013: 432)

La enorme contribución intelectual de Coronil resulta trascendente ya que pone de manifiesto las claves para una comparación, por ejemplo, entre los instantes durante los cuales el país asistió a un alza fundamental de los precios del petróleo en el marco del largo siglo XX, y sus efectos letales en los respectivos órdenes sociopolíticos. Efectos considerables que terminaron por limitar los alcances de un orden social entero, así en la experiencia democrática frustrada del trienio 1945-1948, en la profundización de la dictadura militar de la década de 1950, en la descomposición de la democracia de partidos hacia finales de la década de 1970, y en la deriva conservadora y corporativa durante el último tramo de los gobiernos del chavismo (2007-2013). El proceso bolivariano se gestó precisamente a lo interno de esta realidad histórico-estructural. Si bien con alguna frecuencia el liderazgo chavista registraba la necesidad de trascender las limitaciones del petro-Estado, muy pronto se tomó la determinación de impulsar las transformaciones radicales en Venezuela y en la región apoyados en el fortalecimiento de la economía mineral; conclusión a la que se llegó una vez certificadas las mayores reservas de hidrocarburos del mundo en la llamada Faja Petrolífera del Orinoco, un hallazgo que finalmente repotenciaría una idea de modernidad fundada en el progreso ilimitado ahora en clave “socialista”, a partir del cual Venezuela podía conquistar la prosperidad y la abundancia de manera súbita. Tal como se había imaginado la industrialización, por ejemplo, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez hacia la segunda mitad de la década de 1970, con el establecimiento de improvisados planes de desarrollo.


La profundización social de la presente catástrofe cimentada a partir de la crisis del Estado petrolero, su acentuación con la caída consiguiente de una gestión gubernamental extraordinariamente incompetente, la imposición criminal de las sanciones norteamericanas, (que pueden verse como una reprimenda al periodo anterior, asociado con el alcance regional del proyecto chavista), el crecimiento letal del virus covid-19 en el contexto de un sistema de salud arruinado, así como del resto de los servicios públicos colapsados, y un enfrentamiento fanático y despolitizado de dos cúpulas gemelas por reaccionarias, oscurantistas y delirantes, que han bloqueado sistemáticamente cualquier posibilidad de solución política, componen una situación definitiva que compromete la viabilidad del territorio. En medio de este panorama asaz abigarrado las relaciones interpersonales (hasta la propia configuración psicológica de las personas), se han visto sujetas a transformaciones significativas. La caída al parecer definitiva de la producción petrolera puede anunciar el fin del Estado mágico y con ello, el ocaso del largo siglo XX venezolano. Pero para que esto ocurra se requiere de una sostenida voluntad política interesada en establecer las bases de una sociedad productiva. Esta determinación última no se vislumbra hasta ahora. n

** Acá trabajaremos la edición del 2013. El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela. Caracas, Alfa, 2013.

* Leonardo Bracamonte es profesor agregado de la Universidad Central de Venezuela. Doctor en Ciencias Sociales. Este artículo es uno de los productos del seminario “Venezuela: La crisis política en perspectiva histórica”, impartido como profesor invitado en la Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. En octubre 2019.

 

 

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